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domingo, 16 de octubre de 2022

Darwin y el sexo de las orquídeas



En El origen de las especies, uno de los libros que más impacto han causado en la historia del pensamiento, Charles Darwin estableció definitivamente la idea de que nada es inmutable, de que, gracias a la selección natural, todos los seres vivos se transforman poco a poco, adaptándose cada vez mejor a su entorno. 

Escribió Proust que hay menos ideas que hombres, pero no es menos cierto que las ideas de unos pocos hombres llenan el vacío intelectual de otros muchos. Y eso es lo que ocurrió con Darwin: a partir de un joven atolondrado «que sería la vergüenza de su familia» en palabras de su propio padre; a partir de un seminarista timorato creyente en el origen divino de la creación, el viaje de cinco años (1831-1836) en el buque de investigación naval HMS Beagle, junto con la lectura accidental del Ensayo sobre el principio de la población, de Malthus, forjaron un naturalista agnóstico cuya teoría de la evolución trastocaría conceptualmente el mundo. 

El viaje del bergantín inglés HMS Beagle, grabado a golpes de galernas, de tempestades, de maremotos, de picos de pinzón y de huesos de megaterio sobre el venteado amarillo de los llanos patagónicos, sobre el gélido verde de los brumosos bosques fueguinos y en los roquedos salpicados por la maresía de las islas volcánicas ecuatoriales, ocupa un lugar privilegiado en la historia de la humanidad. 

Aquella prodigiosa travesía que duró cinco años cambió para siempre la personalidad y el pensamiento de Charles Darwin, que por entonces no era ese anciano de mirada adusta, pobladas cejas blancas y barba de patriarca bíblico que nos muestran los daguerrotipos de su célebre ancianidad, sino un petimetre de frente despejada y largas patillas a la mode que tenía 22 años cuando embarcó en el Beagle como caballero de compañía de un aristocrático capitán escocés de 26 años, Robert FitzRoy. 

El bergantín en la Tierra de Fuego. Cuadro de Contad S. Martens


Darwin subió al buque como un joven burgués aficionado a la Historia Natural que estaba convencido de que existían tantas especies de animales y plantas como Dios había creado, pero también conocedor de las perturbadoras hipótesis transformistas de Lamarck y de su abuelo Erasmus, y como un muchacho sin demasiadas convicciones religiosas pero destinado por imperativo paterno a sentar plaza como párroco en alguna cómoda y rentable rectoría rural. 

Cuando después de un lustro de una dura travesía en la que estuvo siempre mareado -«odiaba cada ola, una por una», escribió en una carta- y que haría de él un enfermo crónico para el resto de sus días; después de haber atesorado miles de especímenes; después de haber tomado centenares de notas para el que sería uno de los mejores libros de viajes jamás escrito, Diario de viaje de un naturalista alrededor del mundo; después de todo ello, el experimentado Darwin era un científico agnóstico en cuyos cuadernos estaban esbozados, con los trazos gruesos y precisos de un apunte de Durero, los fundamentos de El origen de las especies por selección natural, un libro que habría de ser, junto a los Principia Mathematica de Newton y a la teoría de la relatividad de Einstein, una de las tres obras más influyentes y revolucionarias de la historia de la ciencia. 

Retrato de C. Darwin en 1869
Con la excepción de sus primeros trabajos como geólogo en ciernes (su hipótesis acerca del origen de los arrecifes de coral todavía no ha sido refutada), toda la obra de Darwin está encaminada a sostener una teoría que un conservador burgués como él, convertido muy a su pesar en un revolucionario de las ideas, sabía que resultaba escandalosa en los puritanos tiempos del victorianismo inglés. Tanto su trabajo sistemático sobre los percebes que le ocupó obsesivamente durante los años previos a la publicación de El origen de las especies, como el tratado sobre la fecundación de las orquídeas publicado en España por Laetoli (2008) se sitúan en esa línea de meticuloso apuntalamiento de su teoría de la evolución. 

Pero si el estudio de esos aburridos crustáceos que son los inmóviles cirrípedos le produjo un inmenso hartazgo («odio al percebe como ningún hombre lo ha odiado jamás» afirmó al concluir su monografía), el estudio de la sexualidad de las orquídeas y de las maravillosas estratagemas elaboradas por ellas para seducir como enamorados a sus insectos polinizadores, le satisficieron enormemente: «No se puede imaginar el placer que me ha proporcionado el estudio de las orquídeas», escribió en una carta a su amigo el botánico inglés Hooker. 

La fecundación de las orquídeas no es un texto técnico de interés limitado para botánicos y naturalistas, sino una excelente obra de divulgación y del retrato que refleja al observador inquieto, meticuloso y paciente, al experimentador concienzudo, puntilloso, exhaustivo y minucioso en que se había convertido Darwin en su afanosa búsqueda de las pruebas que avalasen el inmenso trabajo que ocupaba toda su vida: la demostración de que la evolución era un hecho incontestable y la defensa de la selección natural como el mecanismo fundamental de aquella. 

Pero, además, La fecundación de las orquídeas fue el primero de los libros de Darwin sobre la bella sencillez de las piezas que componen la naturaleza, sobre la evolución de lo secreto y de lo aparentemente inexplicable. Porque escudriñar meticulosamente los prodigiosos arcanos de la naturaleza para racionalizarlos, para descifrar lo indescifrable, era lo que agudizaba la insaciable curiosidad de Charles Darwin. 

En El pulgar del panda, el gran divulgador Stephen J. Gould identificó el tratado sobre las orquídeas como un episodio fundamental en la campaña de Darwin a favor de la evolución, porque lejos de esa perfección en el diseño que sostenían los teólogos naturales, siempre tan propensos a cantar los milagros del Creador-Ingeniero que tanto alababa William Pailey, su profesor de Teología Natural en el Christ’s College de Cambridge, quien concebía al Creador como un orfebre que había diseñado el universo como un reloj, la naturaleza avanzaba más torpemente, a trancas y barrancas, a la manera del “relojero ciego” de Richard Dawkins. 

La orquídea australiana Caladenia lobata


Con un lenguaje un tanto morigerado muy propio de la época, Darwin criticó a los teólogos naturales y a sus ideas creacionistas sobre el origen de las partes de las flores, es decir, a la insostenible idea que los ultraconservadores norteamericanos llaman “diseño inteligente”: «En un futuro no muy lejano, escribió en aquellas fechas a Hooker, los naturalistas escucharán con sorpresa, quizás con mofa, que en tiempos anteriores hombres serios y cultivados mantuvieron que estos órganos fueron especialmente creados y dispuestos en su lugar adecuado como platos en una mesa por una mano omnipotente para completar el esquema de la naturaleza». 

Hasta la monografía del naturalista inglés las orquídeas eran consideradas como la creación más excelsa, sublime y perfecta de la mano de Dios, por lo que Darwin -siempre empeñado en subrayar que «los fenómenos naturales pueden ser explicados sin recurrir a los agentes sobrenaturales», un aserto que nunca le perdonó FitzRoy- quiso demostrar que incluso aquellas plantas tan extraordinarias podían explicarse como resultado de una maravillosa suma de adaptaciones evolutivas. 

Y es que para Darwin era completamente inverosímil concebir un Dios que hubiera creado a todas y cada una de las especies de orquídeas y a los prodigiosos y fascinantes mecanismos con que embaucaban a los insectos que habían arteramente enamorado. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

lunes, 10 de octubre de 2022

Breve historia de una chapuza: Bockscar, “el avión que puso fin a la Segunda Guerra Mundial”

El Enola Gay lanzó la bomba atómica "Little Boy" sobre Hiroshima. En la foto aparece el piloto Paul Tibbets (fumando en pipa)) con los otros seis miembros de la tripulación. Dominio público.

Además de por la preciosa canción homónima de Orchestral Manoeuvres in the Dark, quienes ya peinamos canas conocemos el nombre de Enola Gay, el nombre del bombardero que fue bautizado en honor de la madre del piloto Paul Tibbets, que el 6 de agosto de 1945 dejó caer la primera bomba atómica lanzada sobre una ciudad, Hiroshima.

Pero pocos recordarán la historia de otro bombardero, el Bockscar, que tres días después lanzó la segunda bomba nuclear sobre otra ciudad japonesa, Nagasaki. Que el Bockscar yazca en donde habita el olvido se debe en buena medida al encubrimiento realizado por los militares después de un bombardeo que en realidad fue un desastre y casi un completo fracaso. Una historia aterradora que se mantuvo en secreto durante décadas.

Los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki ordenados por el presidente Harry S. Truman contra el Imperio japonés cambiaron el mundo para siempre y anunciaron el final de la guerra más sangrienta de la historia. Las dos misiones a menudo se hermanan en el imaginario colectivo.

Dos misiones, dos ciudades, dos bombas y un resultado: destrucción. Pero cada misión no pudo ser más diferente: el bombardeo atómico de Hiroshima se llevó a cabo sin problemas. Fue una misión militarmente impecable. El bombardeo de Nagasaki fue un fracaso que casi terminó en desastre. Cuando los detalles acabaron por revelarse, se supo que la misión falló incluso antes de que el avión principal, el Bockscar, despegara.

Durante la mañana del jueves 9 de agosto de 1945, el B-29 Bockscar pilotado por el mayor Charles Sweeney debía transportar una bomba nuclear, la Fat Man, con la intención de lanzarla sobre dos ciudades niponas: Kokura como blanco principal y Nagasaki como objetivo secundario. El plan para esta misión era prácticamente idéntico al de Hiroshima: además del Bockscar, dos B-29 volarían una hora antes sobre el objetivo para hacer el reconocimiento de las condiciones climáticas y dos B-29 más con instrumentación volarían cerca del principal para tomar datos.

Los problemas comenzaron incluso antes de que los aviones despegaran de Tinian en las Islas Marianas. El Bockscar tenía un problema con la bomba de combustible que impedía utilizar 2.400 litros de combustible. Las tripulaciones tenían dos opciones. Reemplazar la bomba y retrasar la misión o volar con la bomba averiada corriendo el riesgo de quedarse sin combustible durante la misión. Decidieron volar sin la bomba de combustible. Reemplazarla tomaría demasiado tiempo y los militares, que estaban deseando poner en marcha la misión, no querían que las bombas atómicas permanecieran en tierra mucho tiempo.

La tripulación del Bockscar con su capitán Charles Sweeney en el centro. Dominio público.

La misión recibió luz verde y, a pesar de la bomba de combustible defectuosa, el vuelo siguió adelante según lo programado y los cinco B-29 pusieron rumbo a Japón con su carga mortal. Sweeney despegó con la bomba armada, aunque con los seguros eléctricos puestos.

Rápidamente se dieron cuenta de que la bomba de combustible defectuosa iba a causar problemas. El avión, obligado a transportar peso extra en combustible inservible, volaba desequilibrado y lento porque tenían dificultades para redistribuir el combustible entre los distintos tanques y eso causaba un aumento de la resistencia y del consumo, lo que empezó a poner en duda que pudiera regresar a la base una vez cumplida la misión. Afortunadamente, Estados Unidos había conquistado la estratégica isla de Okinawa, que estaba marcada como un posible lugar de aterrizaje en caso de que el Bockscar se quedara sin queroseno.

Una vez en vuelo, los ingenieros del avión notaron que la bomba atómica estaba actuando de manera anormal. De repente, las luces de alarma comenzaron a parpadear. Durante unos momentos angustiosos, los aterrorizados tripulantes creyeron que algo había fallado y que Fat Man estaba a punto de detonar en el aire.

Después de consultar una y otra vez los manuales de instrucciones de la bomba si encontrar una solución, los desconcertados ingenieros se olvidaron de los manuales, cruzaron los dedos, apretaron los dientes, entrecerraron los ojos y reiniciaron el mecanismo temiéndose lo peor. El suspiro de alivio resonó en el aparato cuando las luces dejaron de parpadear y la misión continuó. Superado el incidente, los estupefactos ingenieros, que no sabían qué demonios había pasado, decidieron guardar la historia durante muchos años.

Después del problema de la bomba de combustible y superada la angustia de su aniquilación en pleno vuelo, el Bockscar llegó a su punto de encuentro sin que lo hiciera unos de sus B-29 acompañantes. Faltaba el Big Stink, uno de los aviones de reconocimiento. Un incidente de ese tipo no era infrecuente y había un plan de contingencia en marcha: Sweeney debía desacelerar y esperar quince minutos para ver si el avión rezagado lo alcanzaba. De no ser así, debía continuar con la misión.

El punto de encuentro estaba frente a la costa de Japón, a unos treinta minutos de vuelo de Kokura, la ciudad objetivo. El avión perdido volaba a casi 10.000 pies por encima de la vista del Bockscar. En lugar de esperar quince minutos, Sweeney, que no podía verlo, esperó más de media hora. Durante este tiempo, quemó más combustible y perdió la ventaja del ataque.

Después de esperar durante más de treinta minutos, los B-29 restantes se dirigieron hacia Kokura. Durante esa media hora, la niebla cubrió la ciudad objetivo principal de la segunda bomba atómica. Los aviones sobrevolaron el objetivo varias veces, pero la visibilidad era demasiado escasa para continuar. Había instrucciones estrictas de lanzar la bomba solo si conseguían una buena visión fuerte del objetivo.

A medida que los aviones volaban en círculos, se quemaba más combustible y el Bockscar comenzaba a agotar peligrosamente el suyo. Empezaron a pensar que, una vez que iniciaran el regreso, era muy probable que el avión tuviera que amerizar: si lo hacía con la bomba atómica a cuestas, la catástrofe nuclear estaría servida.

Una vez descartada la opción Kokura por falta de visibilidad, los aviones se dirigieron a su segundo objetivo: Nagasaki. Kokura se había salvado. Todavía hoy, Kokura se considera una ciudad afortunada y muchos japoneses supersticiosos peregrinan hasta allí para absorber parte de la "suerte de Kokura".

Fotografías aéreas de Nagasaki antes (arriba) y después de los incendios que arrasaron la ciudad a causa del bombardeo. Dominio público.

Cuando los aviones estuvieron sobre la vertical de Nagasaki, se encontraron con otra capa de nubes. Dieron tres vueltas sin que pudieran fijar visualmente el objetivo, por lo que parecía que toda la misión tendría que abandonada. Cuando terminaban la tercera vuelta, apareció una abertura entre las nubes y el bombardero pudo obtener una confirmación visual del objetivo. Lanzó una bomba con una potencia explosiva equivalente a 21 kilotones de TNT que arrasó el 44% de la ciudad, mató de forma instantánea a 35.000 personas e hirió a otras 60.000.

El resto es historia. Nagasaki fue destruida y los cuatro B-29 emprendieron el regreso a la base. Pero tardarían algún tiempo en volver a Tinian. En ese momento, el Bockscar estaba casi sin combustible. El avión tuvo que desviarse hacia el sur en dirección a Okinawa. Para alivio de la tripulación, los ingenieros de vuelo calcularon que había suficiente combustible para que el avión volviera a aterrizar…siempre que no se produjera algún error.

Cuando el avión averiado se acercaba a la isla, Sweeney no obtuvo respuesta de la torre de control. Cuando el avión comenzó a descender, el piloto tenía dos opciones: amerizar y esperar a ser rescatados si todo salía bien, o realizar un aterrizaje descontrolado en una pista muy concurrida y sin apoyo de la torre. Sweeney eligió lo último.

Cuando el avión descendía, Sweeney comenzó a disparar todas las bengalas que guardaba en su arsenal para avisar al personal de tierra de que el avión estaba a punto de realizar un aterrizaje de emergencia. Los controladores acabaron por darse cuenta de lo que se les venía encima y despejaron la pista. El Bockscar aterrizó a mayor velocidad de la reglamentaria pero finalmente se detuvo en la pista. La misión se había completado, pero también había sido un completo y absoluto desastre de principio a fin.

La investigación posterior concluyó que Charles Sweeney había tomado varias decisiones erróneas. No debería haber esperado tanto por el avión desaparecido. Debería haberse redirigido a Nagasaki antes. Debería haber gestionado mejor sus reservas de combustible. Pero como al final la misión fue un éxito y ningún estadounidense perdió la vida, alguien decidió mantener todo el asunto en secreto y los detalles de la misión no saldrían a la luz hasta décadas después.


Después de la guerra, en noviembre de 1945, el Bockscar regresó a Estados Unidos. En septiembre de 1946 fue entregado al Museo Nacional de la Fuerza Aérea de Estados Unidos en Dayton, Ohio, en donde está expuesto junto a una réplica de la Fat Man y un cartel que dice: «El avión que puso fin a la Segunda Guerra Mundial». De chiripa, cabría decir. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.


domingo, 28 de agosto de 2022

Lecturas de verano: breve historia del iceberg que hundió al Titanic



Si en algo se puede resumir la biografía del fotógrafo Wilson Bentley es que le fascinaba la nieve. En total, este fotógrafo estadounidense tomó más de cinco mil fotografías a lo largo de cuarenta años. En su trabajo utilizaba microscopios, lo que le convierte también en pionero de la microfotografía. La minuciosidad con la que Bentley estudiaba la nieve ha sido clave para entender cómo se forma ese fenómeno meteorológico que tanto nos cautivó cuando la vimos por primera vez.

La pasión por la nieve llevó a Bentley a descubrir tres cosas esenciales: a) que su formación es el resultado de la acumulación de cristales que adoptan formas geométricas y se agrupan en copos; b) que aunque se parezcan mucho entre ellos, cada copo, que apenas mide un centímetro, es diferente de otro, y c) que las formas geométricas con características fractales que pueden presentar son infinitas.

La nieve se forma cuando la temperatura atmosférica –no la que sentimos nosotros– es de cero grados centígrados. También es necesario que haya un cierto nivel de humedad en el ambiente. De hecho, hay muchos climas secos de frío extremo en los que jamás nieva. Un ejemplo son los valles secos de la Antártida, un territorio hipercongelado donde la falta de humedad impide la formación de nieve.

Fuente

Si se dan las condiciones adecuadas de temperatura y humedad, el agua que cae de las nubes se transforma en finos cristales microscópicos de hielo cuyo núcleo es una mota de polvo. Ese cristal atrae a más cristales hasta que forman largas dendritas alrededor de la mota de polvo como hormigas alrededor de un trozo de chocolate.

Unidos unos a otros gracias a la colisión de gotas microscópicas de agua mientras se precipitan al vacío, los cristales indetectables para el ojo humano caen a tierra en forma de copos visibles. Cuantos más cristales colisionen entre sí, mayor será el peso del copo de nieve. Mientras el copo en crecimiento sea más ligero que el aire, flotará. Pero tan pronto como un nuevo cristal adicional supere el punto de inflexión, la estructura sucumbirá a la gravedad y se desplomará.

Los copos son tan livianos porque entre un 90 y un 95% de cada uno es aire atrapado. Eso convierte a la nieve en un gran aislante térmico. Por eso, aunque parezca paradójico, algunos animales se cubren de nieve durante el invierno para hacer frente a las temperaturas del exterior. Esa es también la razón por la que los iglús, que solo usan el calor corporal para calentarlos, pueden llegar a ser mucho más cálidos dentro que fuera. Claro que a los iglús también les ayuda su característica forma esférica. La esfera es la figura geométrica de mayor volumen y menor superficie, lo que significa que un iglú está menos expuesto a la acción desecante de los vientos.

Hace quince mil años nevó sobre las capas de hielo congeladas de Groenlandia. La masa de tierra ya estaba cubierta de con una capa de hielo de casi cinco kilómetros de espesor. Con el tiempo, los copos frescos penetraron en el hielo y fueron comprimidos por la presión a la tercera parte de su tamaño original.

Pasaron miles de años mientras que la nieve que comenzó como copos se transformó en un compacto hielo glacial a medida que se deslizaba hacia la costa oeste de Groenlandia a razón de unos ocho kilómetros al año. El hielo pierde cohesión a medida que se acerca a la costa y, por eso, todos los días, particularmente en verano, enormes paredes de hielo se desprenden de los glaciares y caen al océano.



Así es como se forman cientos de icebergs oceánicos cada año. Fue un iceberg en particular que se desprendió en el verano de 1909 el que adquirió muy mala fama. Cuando se desprendió, su anchura era de casi cuatro kilómetros y medía treinta metros de alto, un tamaño lo suficientemente grande como para dejar pequeños a todos los estadios de fútbol del mundo juntos, al menos antes de que comenzara a derretirse.

Comenzó a derretirse una vez que empezó a flotar en el agua. Gracias al archiconocido principio de Arquímedes, sabemos que, a pesar de su tamaño colosal del que solo emerge un 10%, los icebergs flotan por la diferencia de densidades: los cuerpos ligeros (el hielo del iceberg es agua dulce) flotan sobre los densos (agua marina). Por eso, más que el tamaño de esos inmensos pedazos de hielo lo que importan son sus masas y la del agua: una vez en el agua, el hielo tiene una densidad de 900 kg/m3 que al ser mucho menor que la del agua salada del mar (1027 kg/m3), permite que floten.

Cumplidos sus quince mil años, el iceberg que venimos siguiendo cayó al mar en 1909, el mismo año en empezó a fabricarse el que hasta entonces sería el barco de vapor más grande jamás concebido, el RMS Titanic, concebido con una ambición desmesurada de tamaño y opulencia. Sería el transatlántico de pasajeros más grande y lujoso que jamás hubiera flotado.

Construir un barco como ese era demasiado costoso como proyecto único. Por eso, el primer gigante de los mares, que tardó en construirse tres años, tenía dos barcos hermanos destinados a formar la primera línea de la White Star Line durante las siguientes dos décadas.

El Titanic, como sus dos hermanos gigantes fue diseñado para transportar potentados a través del Atlántico en enormes camarotes con lujosas comodidades victorianas siempre que el afortunado (o eso creía él antes de estamparse con un bloque de hielo) pagase un billete de primera (unos 60.000 euros actuales) que le otorgaban acceso a restaurantes de lujo, salas de reuniones y biblioteca con paneles de roble, un baño turco y un gimnasio, una piscina cubierta de agua salada, enormes ventanales y salones de baile amenizados por la Wallace Hartley Band una orquesta que, más que por sus méritos estrictamente musicales, entraría en la leyenda por su perseverancia.

Hoy, el Titanic no hubiera sido un gigante de los mares si se compara con los modernos cruceros.

Ninguno de esas opulencias duró mucho. El barco zarpó de un dique seco en Irlanda del Norte a principios de 1912 y se detuvo para recoger pasajeros en Cherburgo, Francia, y en Queenstown, Irlanda, antes de virar hacia el oeste rumbo a Nueva York. Una vez lleno, iban embarcadas 2.200 personas, más de un tercio de ellas tripulantes. Cuatro días después de su singladura, 1490 descansaban para siempre en el piélago.

En esos tiempos, se sabía poco sobre el comportamiento de los icebergs, salvo que la mayoría se derretía en algún lugar del Círculo Polar Ártico. John Thomas Towson, un científico de la navegación, escribió en 1857 que los icebergs no eran ni diferentes ni menos duros que las rocas formadas durante milenios por el tiempo y la presión. Muy cierto.

Towson sabía que los icebergs representaban un enorme peligro para los cascos de madera de los barcos del siglo XIX. También muy cierto, pero fue un poco más allá, especuló y falló estrepitosamente: los cascos de acero eran indestructibles, pronosticó sin mayor conocimiento de causa. No vivió para ver lo que ocurrió con el casco del Titanic.

Durante tres años, la masa ultracongelada de nuestro iceberg se balanceó y fue derritiéndose y moldeándose en aguas árticas. En un momento dado, viró hacia el norte y pasó el verano de 1910 alrededor del Polo Norte. Luego, impulsado por el flujo de la corriente del Labrador, que traslada agua helada hacia el sur.

La mayoría de los icebergs se derriten cumplido su primer año. Otros cuando cumplen dos. Solo un puñado dura tres hasta que la corriente del Labrador se encuentra con las cálidas aguas de la corriente del Golfo, que actúa como un calefactor oceánico. Solo uno de cada cien icebergs sobrevive a esa zona de contacto y solo uno entre varios miles llega a los 41º norte, la misma latitud de Nueva York y la misma que cruzan los transatlánticos.

Principales corrientes oceánicas. Fuente


Cuando el Titanic naufragó en 1912, se hundió cuatro kilómetros en el océano y golpeó el fondo marino a más de cincuenta kilómetros por hora. La tumba oceánica del barco era tan remota que se necesitaron setenta y tres años, casi toda una vida, para encontrar el pecio más legendario y fascinante de todos los tiempos.

La brevísima historia del Titanic se ha contado mil veces en películas, libros, exposiciones y documentales que olvidan el detalle más asombroso: lo cerca que estuvo de que nunca hubiera sucedido. Los icebergs habían golpeado a los barcos desde que hubo barcos, pero el que hundió al transatlántico de pasajeros más grande jamás construido estaba a punto de desaparecer.

El Titanic se hundió alrededor de las 2:20 am del 15 de abril de 1912, después de chocar contra un iceberg en el océano Atlántico. Universal History Archive.


Después de tres años a la deriva, a la masa helada probablemente le quedaba una semana de vida, dos como mucho. Se hacía cada vez más pequeño a medida que navegaba por aguas más cálidas. A medida que los icebergs se derriten por su base, se giran, vuelcan y siguen erosionándose y dando más volteretas hasta que al final, cuando se han reducido al tamaño de una pelota playera, giran como peonzas y desaparecen como nacieron: transformados en una y definitiva gota de agua.

Una semana más tarde o cualquier otra semana y un barco que nadie creía que pudiera hundirse hubiera completado su viaje inaugural y hoy estaría en donde quiera que habite el olvido: Sería uno más de cientos de buques trasatlánticos. Un día más y el iceberg habría sido mucho más pequeño. En cualquier otra hora el barco habría estado a cientos de metros de distancia.

Pero ni el buque ni el bloque de hielo esperaron y el ingenio de los humanos en los albores de la navegación moderna sucumbió a la fuerza de varios copos de nieve que el tiempo, quince mil años desde que cayeron en Groenlandia, había compactado hasta hacerlos tan duros como una roca de cuarzo. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca

viernes, 26 de agosto de 2022

Lecturas de verano: Breves instrucciones para construir castillos de arena

El castillo de arena más alto del mundo mide 21,16 m de altura y se construyó en Blokhus, Dinamarca, el 2 de julio de 2021. Foto: Shutterstock/DVY

Un edificio incomparable se recorta en un cielo azul brillante. Docenas de agujas y torres de múltiples formas y diseños sobresalen entre almenas y contrafuertes alrededor de una torre central piramidal. La base la cierra un muro fortificado, detrás del cual hay un cuerpo de agua del que emerge un dragón vigilante mientras que un faro brilla desde un costado de la imponente estructura.

Esta colosal escultura pulverizó el año pasado el récord Guinness de castillos de arena. con un ancho de 32 m y una altura de 21,16, la fortaleza arenosa está hecha con 4.860 toneladas de arena que treinta escultores dirigidos por el artista holandés Wilfred Stijer esculpieron en Blokhus, Dinamarca, en julio de 2021.

Si quiere saber por qué algunos castillos de arena son altos y tienen estructuras complejas y elegantes, mientras que otros son montones de arena desmadejados, tenga en cuenta en primer lugar el ABC de los castillos de arena: construirlos adecuadamente exige la mezcla correcta de tres ingredientes: la arena proporciona la estructura, pero es el agua que se introduce entre los granos de arena la que mantiene cohesionada la arena. El tercer ingrediente es intangible e invisible: sin la cantidad correcta de aire, el agua separaría los granos de arena.

No sirve cualquier arena

De acuerdo con el Sistema Unificado de Clasificación de Suelos que utilizan los ingenieros para los cálculos de estructuras, los granos de arena son partículas de suelo que tienen un diámetro entre 0,075 y 4,75 mm. Por definición, cualquier material térreo que se clasifique como arena debe tener al menos la mitad de sus partículas dentro de ese rango. Si una muestra de suelo tiene partículas más pequeñas que el tamaño de la arena es una arcilla, y si las partículas son más grandes se consideran gravas.

La mayoría de la arena sirve para construir cualquier castillo, pero la mejor de todas tiene dos características: granos de arena de varios tamaños diferentes que se sientan ásperos al tacto, es decir, si se observan con una sencilla lupa de mano presentan bordes angulares. La variación en el tamaño del grano permite que los granos de arena más pequeños llenen los huecos (poros) que quedan entre los granos de arena más grandes. El resultado es una mayor resistencia de la arena.

Concurso infantil de esculturas de arena. Playa Ramírez (Montevideo, Uruguay). Dominio público


Si quiere hacer una pila de piezas angulosas de madera no tendrá ninguna dificultad para amontonarlas; intente hacerlo con un saco de canicas y, por mucho empeño que ponga, no lo conseguirá (salvo que use pegamento). Por eso mismo, los granos de arena más angulares, es decir, los que tienen márgenes más delgados, se unen mejor entre ellos lo que trae como resultado que el castillo de arena sea más fuerte y resistente.

Esa es también la razón por la que, paradójicamente, la mejor arena para levantar castillos no se encuentra necesariamente en una playa natural. Los granos de arena más angulares generalmente se encuentran más cerca de las montañas, cuyas rocas antes de disgregarse son las fuentes geológicas de donde surge la arena una vez que el agua y el viento hacen su trabajo erosivo.

Esos granos de arena son los más angulosos porque el agua y el viento no han tenido tiempo para redondearlos. En los mejores concursos de castillos de arena los organizadores suelen importar arena de río. Debido al maltrato urbanístico del litoral y a la falta de aportes de los ríos agostados o represados y de la destrucción de las dunas naturales, muchas de las playas más populares están muy artificializadas con unos o varios aportes anuales de arena de río. Esas son las mejores para hacer esculturas de arena.

Imágenes en 3D de cuentas de vidrio (a modo de granos de arena) mojadas usando microtomografías de rayos X (arriba). Estos modelos muestran los granos (en amarillo) y los puentes capilares (en azul) que tiran de las cuentas una hacia la otra, tal como lo hacen en la arena real. Abajo: Se forman más puentes capilares (regiones blancas) a medida que aumenta la cantidad de agua entre los granos (de izquierda a derecha).l. Fuente: Nature Materials 7 189. 2008.

Finalmente, cuanto más apretados estén los granos, más consistente será la arena. Si presionamos con fuerza la arena húmeda para compactarla lo máximo posible los granos de arena se aprietan unos contra otros, lo que disminuye el tamaño de los poros y aumenta el efecto cohesionador del agua con el consiguiente aumento de la resistencia de la arena.

El agua es clave

Cualquier niño que juegue en la playa sabe que las propiedades físicas de la arena húmeda y seca son muy diferentes. Si no hay agua, como mucho solo conseguirá levantar un montón de arena. Si se pasa, “ahogará” el material y comprobará como el agua y la arena fluyen en forma de un fluido incoherente y amorfo. No hay que plantarse a destiempo y mucho menos pasarse: entre la arena seca y la arena saturada de agua hay una amplia gama de niveles de humedad que permiten la construcción de castillos de arena.

El agua es cohesiva, lo que significa que al agua le gusta pegarse al agua. Pero el agua también se adhiere o asciende por ciertas superficies. Mire con atención la superficie del agua en un tubo de ensayo y verá cómo se curva hacia arriba en los bordes debido a las fuerzas adhesivas entre el vidrio y el líquido. La gravedad consigue mantener el agua en el tubo, pero el líquido trata de trepar hasta la superficie. Esta pequeña lucha es lo que hace posible levantar castillos de arena.

Fuente


Justo donde el aire y el agua se juntan, hay tensión superficial, que cohesiona el agua como la superficie tensa de un globo. Esa misma tensión superficial es la que une también los granos de arena. Si el tubo de ensayo medio lleno de agua fuera mucho más delgado, como una pajita de sorber, el agua subiría más y tendría más tensión superficial. Cuanto más estrecha sea la pajita, más alta subirá el agua. Este fenómeno se llama capilaridad.

El agua se comporta del mismo modo en la arena húmeda. Los huecos o poros entre los granos son como un montón de pajitas muy pequeñas. El agua forma pequeños puentes entre los granos. En esos puentes microscópicos el agua está sujeta a tensión y tira de los granos manteniéndolos apretados gracias a la tensión de succión.

Una regla general para construir grandes castillos de arena es utilizar una parte de agua por cada ocho de arena seca. La cantidad de agua controla el tamaño y la fuerza de los puentes de agua. Muy poca equivale a pequeños puentes entre los granos de arena. Añada más agua y el tamaño y el número de puentes crece aumentando la succión que mantiene unidos los granos. El resultado es una arena perfecta para esculpir arena.

Demasiada agua, sin embargo, hará la que succión sea demasiado débil para mantener la arena cohesionada. En una playa, la arena con el mejor nivel de humedad es la que está cerca de la línea de marea alta durante la bajamar.

La sal del agua marina también puede ser de gran ayuda para estabilizar nuestro castillo. Al principio, las fuerzas capilares mantienen unidos los granos de arena, pero llegará un momento en el que se evaporará, particularmente en los días con viento. Cuando el agua de mar se seca, la sal se queda. Como el agua estaba formando puentes entre los granos, la sal cristaliza en los puntos de contacto. De esa manera, la sal puede mantener un castillo de arena en pie mucho después de que la arena se haya secado. Pero, ojo, tenga cuidado de no tocar la arena cohesionada con sal: es frágil y deleznable.

Una escultura de arena presentada en el International Sand Sculpture Festival (SANDLAND) en Antalya, Turquía en mayo de 2021. Fuente. 


Antes de ir a la playa, recapitulemos. Para un castillo de arena verdaderamente impresionante, seleccione un lugar con una cantidad apropiada de arena fina. Coja arena húmeda alrededor de la marca de la marea alta, lo que le dará la proporción ideal de arena y agua de 8:1. Compacte su material para aumentar la estabilidad. Si quiere una torre alta, busque una base ancha y una forma cónica. Hecho eso, cruce los dedos y da rienda suelta a tu creatividad. Tendrá una obra maestra en sus manos... hasta que su estructura sea, inevitablemente, arrastrada por la marea ascendente.

En cualquier caso, aunque sus ambiciones constructoras sean más modestas, diviértase haciendo castillos de arena que, aunque no se eleven mucho, siempre será mejor que levantarlos en al aire. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca

jueves, 25 de agosto de 2022

Lecturas de verano: una brevísima historia de los castillos de arena… y de cómo construirlos





Construir castillos de arena era uno de las tareas infantiles más placenteras (e inacabadas) durante unas vacaciones en la playa, pero ¿qué sabemos realmente sobre la historia y la ciencia que hay detrás de las esculturas de arena? Como su propia vida, la historia de los castillos de arena es breve, pero si es posible que aprendamos un poco para que duren algo más… al menos hasta la siguiente pleamar.

Empecemos por la historia y dejemos para otra entrada cómo se construyen.

No existe una fecha exacta para datar la invención de las esculturas hechas con arena, aunque según dicen los egiptólogos los egipcios utilizaban la arena para hacer maquetas de las pirámides, lo que parece muy lógico habida cuenta de que arena, lo que se dice arena, no les faltaba algo, dicho sea de paso, que no nos ocurre ahora. Hay también quien dice que el poeta Balaram Das levantaba devotas esculturas de arena en su India natal hace seiscientos años.

Si eso es así, lo cierto es que en la historia de los castillos de arena se abre un vacío de siglos para que volvamos a tener constancia de su existencia. A pesar de lo que dice Wikipedia y otros repiten como una letanía, las edificaciones en arena no se inventaron en Estados Unidos a principios del siglo XX: como en tantas otras cosas, se adelantaron los ingleses.

Aunque sea imposible decir cuándo el primer niño intentó detener la marea que entraba en una playa construyendo un terraplén de arena o una torre con un foso alrededor, los periódicos británicos dan fe de que empezaron en el siglo XIX.

Por una vez y sin que sirva de precedente, en esta recuperación histórica de la más fugaz de las construcciones ideadas por los ingleses (y por el hombre, por ser estrictos), el Oxford English Dictionary no dice ni pío, así que acudo a beber en otras fuentes: la siempre generosa Hemeroteca Británica.


La primera referencia y la primera imagen que encuentro y que reproduzco arriba aparece en un libro infantil titulado
Conversación de un padre con sus hijos publicado en 1838. Como no podía ser menos en los albores de la Era Victoriana, es un libro pedagógico de trasfondo moralizante aprendieran sobre la arquitectura del castillo, el rey Canuto y los antiguos griegos. El niño del libro pide levantar un castillo de arena, de donde deduzco que los castillos debían de ser bien conocidos en aquel año en el los españoles andaban enfrascados en la Primera Guerra Carlista.

En un artículo sobre la benéfica y salutífera práctica de acercarse al mar publicado por el Fife Herald el 24 de julio de 1856 leo: «Déjale que se bañe y se empape en el agua y construya castillos de arena en la playa». Unos días antes, el 8 de julio de 1856, el Banffshire Journal and General Advertiser publicó un artículo que decía: «El contraste entre el niño flaco y precoz que se esfuerza por leer libros en los bancos abarrotados de una escuela de la ciudad, y el niño o la niña regordetes y juguetones que construyen castillos en la arena, o "castillos en el aire" a la orilla del mar, es muy acusado».

El Elgin Courier llegó un poco más tarde. El 15 de agosto de 1862 su corresponsal en Margate, una ciudad-balneario inglesa, escribe que en verano: «Es agradable incluso hacer cosas intensamente estúpidas: estar en la playa y arrojar guijarros al mar durante media hora, para luego ayudar a cavar un foso alrededor de un castillo de arena y sentir tanto interés por él como su pequeña hija de cinco años».

El Liverpool Mercury de 1864 describe las actividades en la playa de Llandudno, Gales del Norte, que incluían la construcción de castillos de arena. En Google News me entero de que en el Chronicle from Nova Scotia (1868) se escribía sobre castillos de arena, diques, bastiones y malakoffs (esto último en referencia a la Guerra de Crimea).

Imagen de 'Illustrated Poems and Songs for Young People', 1885, cortesía de The British Library en Flickr.

Los concursos de construcción de castillos de arena se consolidaron en los balnearios ingleses a finales del XIX. El superventas decimonónico Illustrated Poems and Songs for Young People describía en 1884 a cientos de niños construyendo fuertes y puentes, casas y faros.

En 1900 un concurso levantó una pequeña polvareda. En Rhyl, Gales del Norte, Bovril (la salsa de extracto de carne) patrocinó un concurso de castillos de arena. Los concursantes tenían que incluir el nombre de la compañía en el castillo. Unos días más tarde, una compañía de güisqui patrocinó un concurso similar, en el que, obviamente su nombre tenía que figurar en lugar destacado. Como uno puede imaginar, los abstemios de la asociación local de la templanza se levantaron en armas. A pesar de ello, hoy, en Rhyl se siguen haciendo unos famosos concursos de castillos de arena.

Los artistas no ganaron algún dinerito con sus esculturas en arena hasta finales del siglo XIX, cuando los veraneantes arrojaban monedas a los escultores astutamente plantados cerca de los paseos marítimos. A lo largo del siglo XX, la escultura de arena continuó siendo una parte importante de los complejos turísticos playeros y algunas personas que conozco guardan buenos recuerdos de la construcción de castillos como parte de las actividades que se realizan en muchas playas cada verano.

Philip McCord creó en 1897 una asombrosa imagen en arena de una mujer ahogada y su bebé, que se piensa que es la primera escultura artística conocida hecha con arena. Poco después, la gente estaba tan fascinada con esa manifestación original de arte que se convirtió en un verdadero negocio en Atlantic City, Nueva Jersey. Allí, en la principal ciudad turística de la costa noreste, los turistas pagaban para ver a los artistas crear enormes obras maestras en las playas.

En 1901, el escritor Emory James publicó un extenso reportaje en The Strand Magazine sobre un tal Eugen Bormel, un artista que creaba esculturas de arena en la ciudad turística de verano de Nordeney, en el mar del Norte alemán. James aseguraba que el buen profesor no debía ser clasificado «entre los sacaperras de las arenas que, por un sombrero lleno de monedas y pan con manteca, se dignan a exhibir su destreza artística ante la multitud». Y es que, al parecer, el profesor Bormel era famoso por donar todas sus ganancias a obras de caridad. Su tema preferido, las sirenas y distintas versiones de la esfinge egipcia, siguen siendo algunos de los temas favoritos de los escultores de arena modernos.

En la década de 1970, California se convirtió en el sitio de un nuevo tipo de constructor de castillos de arena: el profesional. De hecho, Todd Vander Pluym y Gerry Kirk crearon allí el SSI (Sand Sculptors International) para fijar las reglas reguladoras para homologar modalidad artística. También organizaron equipos de artistas dedicados a construir esculturas grandes y extremadamente detalladas. Hoy, muchas ciudades tienen playas en las que se organizan concursos y otorga premios a escultores profesionales y aficionados.

Las posibilidades de crear con arena son infinitas. Las esculturas de arena pueden pesar hasta cinco mil toneladas y se pueden ejecutar en cualquier forma imaginable para que coincida con un tema o con un acontecimiento local. A diferencia de los artistas anónimos del pasado, la mayoría de los mejores artistas de arena de la actualidad se ganan la vida con su trabajo y muchos compiten por títulos y grandes premios en efectivo. En todo el mundo se celebran cada año cientos de competiciones anuales.



Fort Myers, Florida, alberga una de esas competiciones anuales. Su American Sand Sculpting Championship & Beach Festival se celebra cada año en noviembre y atrae una media de 100.000 participantes. Generalmente participan una docena o más de los mejores escultores de arena del mundo, que crean sus obras maestras en las playas de arena de la ciudad con la expectativa de ganar un suculento premio en metálico.

Pero el considerado el evento de escultura de arena más grande del mundo se celebra en la península Ibérica: el Festival Internacional de Escultura em Areia (FIESA) se organiza en Pêra, en el Algarve portugués, desde 2003. La sede ocupa quince mil metros cuadrados sobre los cuales cada año unos sesenta artistas utilizan treinta y cinco mil toneladas de arena para crear sus obras.

De España poco sé, salvo la historieta de Paqui Peña, una reconocida destructora de castillos de arena a la que la tele le concedió cierta fama y que, afortunadamente, no irrumpió en el campeonato mundial de castillos de arena que tuvo lugar en 2003 en Valladolid, donde, si no recuerdo mal, no hay playas.

Donde sí las hay es en Virginia Beach, en donde en septiembre de este año se celebra la próxima edición de ese campeonato en el que los nostálgicos de los castillos son siempre bienvenidos.

¿Cómo se construye una buena escultura de arena? Larespuesta en una próxima entrada. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

viernes, 19 de agosto de 2022

Lecturas de verano: breve historia del pintalabios



Desde la antigüedad hasta hoy, las normas que regulan el uso de los pintababios han estado determinadas por el género, la clase, la seguridad y la religión.

Terminada la pandemia, las españolas han aumentado en un 38% el consumo de productos cosméticos, así que cabe suponer que después del desplome de ventas debido al obligado enmascaramiento, este verano el lápiz de labios regresa triunfante.

Buen momento, pues, para hacer un repasito de la historia de lápiz de labios, cuyo uso ha sido siempre un poco ciclotímico. Desde que hizo su aparición hace milenios, en su uso han influido más cosas que realzar la belleza: el género, la clase social, la salud y la religión y hasta guerra han jugado un papel decisivo en su popularidad.

Hoy en día, cualquier producto cosmético y más todavía si se coloca en la boca, pasa por una infinidad de controles sanitarios. Pero el lápiz de labios no siempre ha sido seguro, aunque históricamente era relativamente menos probable que alguien se envenenara con el lápiz de labios que con la mayoría de otros productos cosméticos o simplemente bebiendo agua del grifo.

Escena de banquete típica del Período Dinástico Temprano. Cilindro-sello de la Reina Puabi, procedente del Cementerio Real de Ur, c. 2600 a.C. Museo Británico. Wikipedia commons.


El primer lápiz de labios conocido apareció en la historia alrededor del año 3500 a. C. y lo usó en Babilonia la reina sacerdotisa Puabi de la antigua Ur, en cuya tumba, para pasmo de los arqueólogos encabezados por el célebre Leonard Woolley, además de los esqueletos de cinco soldados y veintitrés sirvientas que habían sido envenenadas (probablemente, salvo que a todas les diera un síncope mortal al ver fallecer a su dueña) y enterradas para servir a su señora en la otra vida, aparecieron un sinfín de objetos preciosos, entre otros varios cosméticos.

Siendo un poco tiquismiquis, en realidad no se trataba de un lápiz con la forma cilindro-cónica que se diseñó alrededor de la I Guerra Mundial (adivinen a qué se debe su inequívoca forma de proyectil de artillería). En realidad, lo que doña Puabi se untaba en sus reales belfos era una crema mezcla de plomo blanco y rocas rojas trituradas, que en la antigüedad se hizo tan popular que enterraban al personal de ambos sexos que podía costearlo con conchas de berberecho rellenas con él. Es también más que posible que las beldades que se untaban plomo (un veneno muy potente) en plenos morros incrementarían sin saberlo las estadísticas de mortalidad de su época (en el buen entender de que sumerios y camaradas contemporáneos tuvieran un primitivo INE).

Y es que muchos de los primeros colores de tintes labiales estaban elaborados con cosas que ni el influencer más insensato, y mira que los hay, se atrevería a recomendar: hormigas aplastadas y escarabajos de coraza carmesí en el antiguo Egipto o heces de cocodrilo y sudor de oveja en la antigua Grecia.

En Egipto, hombres y mujeres usaban maquillaje como parte de la rutina diaria. El color que arrasaba procedía del ocre rojo, que se aplicaba solo o mezclado con resina o goma como fijadores. Otros colores populares incluían el naranja, el magenta y el negro azulado (lo que quizás signifique que los antiguos egipcios fueron los precursores de los jovencitos góticos actuales), y como en Ur, a los que se lo podían permitir, que no eran muchos, los sepultaban con al menos dos botes de color labial junto con varios bastoncillos de madera húmedos con los que se aplicaba el cosmético.

En la antigua Grecia, la pintura labial era usada principalmente por trabajadoras sexuales. El rojo era el no va más y lo conseguían a base de tintes varios y de posos de vino o con ingredientes repugnantes como sudor de oveja, saliva humana y excrementos de cocodrilo. El uso cada vez más generalizado trajo consigo las primeras regulaciones, pero no por las razones de higiene y salubridad que, dados los ingredientes, pensaría cualquiera, sino debido al engaño potencial de los hombres y al socavamiento de las divisiones de clase. Para evitar la subversión, el uso del pintalabios obligó a promulgar nuevas leyes para el personal poco espabilado: las prostitutas podían ser castigadas por hacerse pasar como mujeres decentes si aparecían en público sin maquillaje ni pintura labial.

El auge del imperio romano vio cómo el pintalabios se volvía chic. Los hombres lo usaban para subrayar su posición social y las mujeres acaudalas lo usaban para ir a la moda. Sin embargo, la belleza y el estatus tenían un precio. Los ingredientes (ocre, mineral de hierro y algas Fucus) hacían de la pintura labial un veneno casi tan potencialmente mortal como arrojaran a las fauces de las hambrientas fieras del Coliseo.



En algunas partes de Asia, el pintalabios rojo también era un cosmético antiguo. En China, el color de las uñas era el principal cosmético utilizado por las clases altas, pero los primeros pintalabios (los primeros son de alrededor del año 25 d. C.) se hacían con una base de cera de abejas a la que los propios usuarios agregaban fragancias, aceites aromáticos y pigmentos rojos hechos de plantas trituradas, sangre o bermellón. La forma en que se aplicaba también cambió drásticamente de una dinastía a otra: durante la dinastía Qin (221 a 206 a. C.), por ejemplo, las mujeres pintaban un punto grande en el labio inferior y un punto en el labio superior; durante las dinastías Sui (581 a 618) y Tang (618 a 907), pintaban el perfil de los labios de una cereza.

A partir del período Heian (790-1185 d. C.), en Japón las geishas eran las mayores usuarias de todo tipo de maquillajes. Usaban una papilla de flores de cártamo para elaborar un pigmento para colorear sus labios. Muchas geishas usaban productos a base de plomo para aclarar la piel de la cara, el cuello y el pecho. Alguien realmente debería meterse en la máquina del tiempo para decirle a la gente en general y a las geishas en particular que untarse plomo en la cara es una idea muy mala.

Para las geishas, la forma en que se aplicaban los pigmentos labiales dependía de la etapa de su formación en la que se encontraban y de si se trataba una geisha novata o una más experimentada. Aparte de las geishas, el color de los labios era popular en Japón; Durante el período Edo (1603-1867), algunas mujeres combinaban el colorete de labios rojo con polvos blancos para la cara y dientes ennegrecidos, lo que demuestra una vez más que las primeras tendencias de maquillaje eran mucho, mucho más atrevidas, que cualquier otra que podamos ver ahora.

El uso de lápiz de labios disminuyó durante la Alta Edad Media de Europa occidental ya que hubo una evolución gradual pero clara hacia una existencia vital bastante más sencilla (y posiblemente también un poco menos higiénica). En Inglaterra se pensaba que las mujeres que usaban maquillaje habían firmado un pacto con el diablo, porque está más que claro que la modificación del rostro desafía la obra de Dios.

Dos de los grandes creadores de tendencias (a veces contrapuestas) entre los años 1300-1900 fueron Inglaterra y Francia. Mientras que Francia era relativamente permisiva y el colorete de labios fue una tendencia mantenida a lo largo de varias épocas (Guerlain es desde hace varios siglos una de las marcas más conocidas), Inglaterra tenía una extraña relación de amor-odio con pintarse los labios, que oscilaba desde ser absolutamente guay a prohibirlo de facto o de iure.

Durante la Edad Media, las mujeres de varios países europeos, incluidos Inglaterra, Alemania, España e Irlanda usaban coloretes de labio con tintes a base de hierbas. Con su acostumbrada postura progresista, a las iglesias no le olía bien el asunto y consideraban como satánico el aspecto de los labios pintados.

El protestantismo de Inglaterra impuso severas restricciones sobre el maquillaje. Hacia 1500, las cosas empezaron a cambiar. La tolerante reina Isabel I (1533-1603), la Reina Virgen era una usuaria constante del colorete hasta el punto de creer que tenía poderes curativos e incluso la capacidad de alejar la muerte, aunque esta creencia estaba fuera de lugar dado que uno de los ingredientes principales era el plomo blanco.

Después de la muerte de la reina, el uso del pintalabios volvió a ser un símbolo de reputación dudosa, pero mientras el clero y algunos legisladores se acercaban al color de los labios con el tipo de repelús generalizado con el que la mayoría de la gente se acerca hoy a los aseos de las gasolineras, durante el siglo XVII muchas mujeres (y algunos hombres del entonces desconocido movimiento LGTBIQ+) usaban coloretes labiales, aunque de una manera mucho más sutil, sin estridencias.

En 1770, el Parlamento aprobó una ley que convertía cualquier cosa que alterara la apariencia de una mujer (pelucas, pintalabios, dientes postizos y zapatos de tacón alto, entre otros) en motivo para anular su matrimonio o ser juzgada por brujería. Era una ley que, como todas, elaboraban los hombres a su favor, pero que tuvo un resultado sorprendente para las mujeres: las féminas compraban menos pintalabios que en aquellos tiempos contenía bermellón cargado de mercurio. La prohibición probablemente salvó a muchas mujeres del envenenamiento.

En la era victoriana, gracias a la declaración pública de la reina de que el maquillaje era "inapropiado", las mujeres recurrían a morderse los labios, frotarse los labios con cintas rojas e intercambiar en secreto recetas de lápiz de labios con sus amigas. Para las mujeres privilegiadas, los encargos o los viajes a París, donde podían comprar la pomada labial de pomelo, mantequilla y cera de Guerlain, era la solución más socorrida.

En los Estados Unidos del siglo XX, las sufragistas usaban lápiz de labios como emblema de la emancipación de la mujer. El color comenzó a aparecer en los labios de más y más mujeres. Pero la seguridad sanitaria seguía siendo un problema. La receta estadounidense de usar insectos triturados, cera de abejas y aceite de oliva producía pintalabios que tendían a volverse rancios a las pocas horas de aplicarlo. Hasta 1938, cuando Estados Unidos aprobó la Ley de Alimentos, Medicamentos y Cosméticos, no se introdujeron las normas de seguridad: los cosméticos ya no podían incluir sustancias "venenosas" o "perjudiciales". Todo un alivio.

Cuando en 1915, en plena I Guerra Mundial, se inventó el primer pintalabios con el característico diseño en forma de proyectil de artillería, su uso se hizo aún más popular porque la nueva forma lo hacía mucho más fácil de llevar encima. En el siglo XX, los labios rojos eran de uso universal (al menos en el universo conocido, que no es mucho). En la India, mientras que a principios de la década de 1900 la mayoría de las mujeres usaban un maquillaje muy ligero, los labios rojos (junto con cejas anchas y los ojos bien delineados) eran de uso generalizado a mediados de la década de 1920, cuando Gandhi andaba enredando con la independencia de su país.

Aunque el pintalabios rojo siempre ha sido un símbolo de estatus, sensualidad y del que parece un irrefrenable deseo de untarse cosas en la cara, asumió un papel ligeramente diferente durante la Segunda Guerra Mundial: para las mujeres que trabajaban en roles que tradicionalmente tenían una inclinación más "masculina", como las que inundaron talleres y fábricas en sustitución de los varones movilizados, la barra de labios era una forma de reforzar la feminidad tradicional al tiempo que les ofrecía algo que les daba cierta sensación de normalidad. En plena Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill creó el eslogan «la belleza es tu deber» (beauty is your duty) para convertir al lápiz labial rojo en un acto de compromiso patriótico.


Si bien los británicos paralizaron la producción de la gran mayoría de productos que no fueran estrictamente necesarios, el primer ministro decidió hacer una excepción con el pintalabios ya que su uso “levantaba la moral de la población”. Por ello, fue considerado producto de primera necesidad. Mientras que los huevos o las salchichas se racionalizaban, los pintalabios, por lo general, se despachaban sin restricciones.

Los tonos de pintalabios durante la guerra también venían con lemas y envolturas patriótica, que funcionaban de dos maneras: porque convertían al artículo en una especie de símbolo de poderío de un país que, pese a estar en guerra, seguía fabricando productos de belleza, y porque como los nazis repudiaban el maquillaje, especialmente si el pintalabios era rojo, usarlo era como hacerle un corte de mangas al dictador. En lugar de ¡Heil, Hitler!, ¡Que te jodan, Hitler!

Cuando las empresas de maquillaje comenzaron a ampliar sus gamas y a centrarse en nuevos tipos de productos y fórmulas, el pintalabios rojo se convirtió en un elemento básico que permanecía en un segundo plano de los muestrarios, pero que seguía omnipresente.

Y es que los labios rojos no han desaparecido y no desaparecerán a corto plazo. Algunos dicen que es porque el rojo es un color clásico y poderoso que siempre está de moda. Otros dicen que es porque los labios rojos significan labios vaginales a punto de caramelo. Quienes opinan así suelen ser antropólogos, que pueden ser los mejores o los peores invitados para tus fiestas.

Posiblemente el hechizo por los tonos rojizos sea una combinación de lo cromático y de lo erótico, pero como ocurre con los proverbiales gatos negros y los gatos blancos, lo importante es que el pintalabios sigue cazando…. corazones.