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martes, 5 de enero de 2010

Renace Keynes





A diferencia de la derecha, que ensalza de continuo las glorias de sus antepasados, la izquierda se había dedicado en los últimos tiempos a la tarea de enterrar a sus padres espirituales. La lista de los sepultados, desde Marx en adelante, es prolija, pero ahora, cuando han venido mal dadas, nos hemos dado cuenta que el vacío que más se hacía notar era el del economista británico John Maynard Keynes (1883-1946), a quien la Gran Depresión puso al frente del pensamiento económico. Y eso que sólo era un padre adoptivo, puesto que, como es sabido, el gran economista inglés no era ni socialista ni mucho menos un revolucionario, sino un liberal heterodoxo que intentó salvar a un capitalismo que no admiraba pero que consideraba la mejor garantía frente a sus alternativas reales, el fascismo y el comunismo, ideologías a las que aborrecía. En este sentido, puede considerarse al keynesianismo como una especie de revolución pasiva, moderada y endógena del sistema capitalista. Pese a ello, su solución de «dinero barato, gasto inteligente» como remedio contra la depresión y el desempleo fue el lema abrazado con entusiasmo por la izquierda socialdemócrata después de la II Guerra Mundial.

La generalizada aceptación de Keynes en la posguerra se debió a que para los socialdemócratas representaba la posibilidad de regular el capitalismo en beneficio de objetivos sociales, y para los conservadores moderados la seguridad de que el capitalismo podría sobrevivir y lograr el apoyo social. En el tiempo de la Gran Depresión se preguntaba Keynes cómo sustituir el capitalismo del laissez faire, laissez passer y de la supervivencia de los más fuertes, por un sistema económico más humano y equilibrado.

Ya en la era industrial quedó de manifiesto que los mercados desregulados no tienden al equilibrio. La situación de equilibrio es una abstracción teórica que casi nunca se produce. En plena Gran Depresión, Keynes demostró que la hasta entonces venerable ley de Say, que aseguraba que toda oferta genera su propia demanda, no se cumplía en términos macroeconómicos. Entregado a la mano invisible, el capitalismo de mercado genera más oferta que demanda, como el comunismo hacía lo contrario según atestiguaron durante años las colas para adquirir cualquier cosa en los países del Este. Para el economista de Cambridge, la economía era una ciencia de medios, no de fines y el capitalismo internacional e individualista de los años treinta no constituía ningún éxito. No era inteligente, ni virtuoso, ni justo, ni capaz de proporcionar los bienes y servicios que se necesitaban; por lo tanto, el capitalismo liberal estaba en la raíz del caos económico y proponía para arreglarlo una doble solución: el Estado debía adoptar una actitud más activa en la dirección y programación de la economía, y las relaciones económicas con el resto del mundo deberían ser controladas políticamente.


Franklin Delano Rooselvet, Presidente de los Estados Unidos durante la Gran Depresión. (http://21db.files.wordpress.com/).


Keynes percibía que la clave de las crisis cíclicas del capitalismo radicaba en que los gastos procedentes de las inversiones privadas son inestables de por sí, debido a las manías y modas que se dan entre los inversores, a los cambios que sufría el «espíritu animal» de empresarios y consumidores o a que la caída de los precios deterioraba el sistema financiero. Los keynesianos pensaban que una política monetaria sólida -en la que se utilizaran los tipos de interés para disminuir las fluctuaciones de las inversiones privadas- podría ayudar a estabilizar la economía. Pero también pensaban que el Gobierno tenía que intervenir directamente, aplicando una política fiscal expansiva para mantener la estabilidad del nivel global de gastos.

Agitadas las aguas bursátiles por las feroces dentelladas de los tiburones financieros y los agónicos braceos de inversores timoratos, las bolsas mundiales continúan aquejadas de altibajos erráticos que demuestran lo que nos enseñó Schumpeter, que el capitalismo de mercado se ve cíclicamente sometido a «temporales permanentes de destrucción creativa», al tiempo que cobran pleno sentido las palabras de Marx en el Manifiesto del Partido Comunista: «El Gobierno del Estado moderno no es más que el comité de administración de los negocios comunes de toda la clase burguesa». Actualícese el lenguaje, y en esas dos frases está todo el fondo de lo que está sucediendo estos días.

El comportamiento maníaco depresivo de la economía virtual está intoxicando a la economía real: las palabras en boga son crisis y recesión. Ajado ya el lustroso parqué financiero por una partida de facinerosos de los de “trinca la pasta y corre”, la recesión aparece con dos rostros, el de las encuestas de población activa, cuyas gélidas cifras redoblan como fúnebres campanas cuando anuncian el aumento del desempleo urbi et orbe, y con el rostro más humano, patético y sobrecogedor de quienes, engañados por el mercado e iluminados por sus propios sueños consumistas, lo están perdiendo todo.


El estafador financiero Bernard Madoff abandona la Corte Federal de Nueva York tras declarar ante el juez en enero de 2009. Fotografía de Associated Press (http://www.elpais.com/).

Una vez comprobado que la actual crisis no era un constipado sino una neumonía, las respuestas de los gobiernos, que al principio más parecían curanderos que médicos, han sido de manual clínico: ante los primeros síntomas, dosis homeopáticas de placebo en forma de optimismo; diagnosticada la enfermedad y asumida la crisis orgánica, inyecciones masivas de balsámicos caudales multimillonarios; observación de la respuesta del enfermo que apunta síntomas de ligera mejoría a pesar de las dificultades del diagnóstico por el empecinamiento ciclotímico de las bolsas una vez superado su catatónico desplome del viernes 23 de octubre de 2008, precisamente en el aniversario del crack de 1929; y consulta a otros especialistas, que van acudiendo a sucesivos cónclaves: véanse las idas y venidas de jefes de Estado, presidentes de gobiernos y ministros de Economía a las reuniones de organismos varios (G-7, G-8, G-20, Ecofin, UE, BCE, FMI).

La venganza es un plato frío. ¡Qué reconocimiento para lord Keynes volver a ver sus recetas después de tantos años de experimentos fracasados! Constatada una vez más el axioma de Schumpeter, en los dos últimos años hemos podido comprobar que las ideas keynesianas siguen teniendo plena vigencia: cuando vienen mal dadas, todos somos keynesianos. Entre los más notables, los premios Nobel de Economía Samuelson (1971), Stitglitz (2001) y Krugman (2008), para quienes sólo hay un remedio al problema de los ciclos depresivos del capitalismo: grandes dosis de keynesianismo intervencionista en estado puro o, lo que es lo mismo, un mayor gasto estatal que dinamice la economía, una medicina de probada eficacia en el New Deal que adoptó la administración Roosevelt durante la Gran Depresión.


El Nobel de Economía Paul Samuelson, fallecido el pasado trece de diciembre, fotografiado en la ceremonia de investidura como Doctor Honoris Causa por la UNED (1989). Foto de Bernardo Pérez (http://www.elpais.com/).

En una carta abierta publicada el domingo 31 de diciembre de 1933 en el New York Times, Keynes sugirió al presidente Roosevelt las medidas económicas que debían aplicarse para remediar los espasmos económicos del crack del 29, cuyas fatídicas consecuencias no se habían podido atajar con las políticas monetaristas de corte liberal aplicadas hasta entonces. En esa carta se sintetizan las ideas claves que años después, en 1936, el economista británico explicaría en la que es considerada la piedra angular de la moderna Macroeconomía, su Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero. En resumidas cuentas, lo que Keynes sostenía era es que cuando existe un vacío macroeconómico el Gobierno debe sustituirlo y prepararse para sanear el sistema.


Cola de desempleados esperando comida en las puertas de un albergue municipal de Nueva York durante la Gran Depresión (1932). Fotografía de Associated Press (http://blog.oregonlive.com/money_impact/).

Frente al mantra del capitalismo libertario que predicaba Milton Friedman, frente al deseable Estado anoréxico que «era el problema y no la solución», frente al laissez faire de los mercados defendido por los monetaristas de entonces y por los neoliberales de ahora, cuyo remedio para todo es dejar que la fuerza de la oferta y la demanda arregle los problemas, la teoría de Keynes abogaba por dotar a los Estados de poder para controlar la economía en épocas de crisis mediante la aplicación de medidas de política fiscal acometidas merced al gasto presupuestario del Estado y dirigidas a dar liquidez al sistema y a combatir el desempleo. En otras palabras, la propuesta de Keynes se fundamenta en que el Estado debe jugar un papel anticíclico en la economía estimulando la demanda en momentos de recesión y restringiéndola en momentos de auge. De esta manera, los ciclos económicos se aminoran y no se transforman en crisis.

Hoy, cuando la práctica totalidad de los Gobiernos ha vuelto masivamente a las políticas keynesianas de intervención en la economía y de activación de la demanda, vía déficit público, se palpa un malestar difuso y una cada vez mayor inquietud sobre el resultado que las costosas intervenciones públicas puedan producir en la recuperación económica. El malestar es especialmente visible en la izquierda política, que se pregunta si el esfuerzo del bolsillo de todos sólo va a servir, si hay suerte, para rehacer el mismo capitalismo de mercado que ha originado la crisis. Se constata el recurso a las técnicas keynesianas -con la derecha neoconservadora guardando un cauto silencio-, pero no se aprecia que la intervención salvadora vaya acompañada de los valores e instituciones que acompañaron al keynesianismo tras la Segunda Guerra Mundial. Se teme, en definitiva, que sobrepasada la crisis, surja más de lo mismo, que, como en El Gatopardo, algo se cambie para que todo siga igual.


En la imagen superior operadores de la Bolsa de Nueva York el 25 de octubre de 1929, un día después del “Jueves Negro”, el primero de una serie de desplomes bursátiles que condujeron al hundimiento de Wall Street, el incio de la Gran Depresión.  Debajo, operadores de la Bolsa de Nueva York en octubre de 2008, el día en que el índice Dow Jones cayó 777 puntos, la caída mayor registrada hasta ahora (http://blog.oregonlive.com/money_impact/).

lunes, 4 de enero de 2010

James Tobin y la cesta de los huevos





En la última reunión del Consejo Europeo, celebrada el pasado diciembre, los veintisiete hablaron de la necesidad de que el sistema financiero renovase su contrato económico y social con la sociedad después de los durísimos 30 meses de crisis global, cuyo epicentro estuvo precisamente en las finanzas internacionales. Para ello propusieron el estudio de cuatro grandes medidas: la generalización de fondos de garantías sostenidos por los bancos, gravámenes sobre los bonus de los ejecutivos del sector financiero, el establecimiento de primas que las entidades pagarían a los Estados por su papel de aseguradores de los riesgos y, finalmente y más importante para lo que aquí me interesa comentar, una tasa para las transacciones financieras.

En la página de ayer publiqué un artículo (Añorando Bretton Woods) en el que me ocupé de los problemas causados por el abandono de los acuerdos establecidos en aquella ciudad norteamericana que han traído como funesta consecuencia el desplome de la economía virtual y la crisis de la economía real cuyos efectos estamos pagando ahora. Finalizaba exponiendo la necesidad de establecer “un nuevo muro de contención que rehabilite el reparto de la riqueza y equilibre las insostenibles desigualdades del mundo actual”. “Soluciones las hay” –escribí-“volveremos a ellas desde Champaign, Illinois”.



Campus de Illinois State University en Champaign, Illinois.

En Champaign nació el economista norteamericano James Tobin (1918-2002), premio Nobel de Economía en 1981. Profesor en la Universidad de Yale desde 1950, y asesor del presidente Kennedy, Tobin fue siempre un hombre de ideas archikeynesianas. Frente a las políticas monetaristas propugnadas desde la Universidad Chicago, Tobin defendió el legado de Keynes y propugnó políticas fiscales y redistributivas. El Nobel se lo concedieron por haber desarrollado un complejísimo modelo de cálculo de variables financieras y monetarias, y por una teoría sobre criterios de inversión en la que recomendaba la diversificación de las inversiones. Cuando los periodistas le preguntaron qué quería decir aquello, intentó simplificar. Consecuencia: Tobin se convirtió en el hombre que ganó el Premio Nobel por recomendar que “no se pusieran todos los huevos en la misma cesta”.


James Tobin (1918-2002), fotografiado el año de su fallecimiento.

En 1971, el mismo año en que se derrumbaron los acuerdos de Bretton Woods, Tobin dio unas conferencias en Princeton. Estaba preocupado, como mucha gente entonces, por la estabilidad de los mercados de divisas. Se inspiró en una medida esbozada en la Teoría general de empleo, del interés y del dinero de Keynes, en la que aparece una propuesta de creación de un impuesto que vinculara a los inversores de una forma duradera, intentado favorecer que el capital apostase y ganase -que esa, y no otra, es la lógica del capitalismo-, pero tratando de evitar que su retirada tras un breve plazo de ganancias dejara abandonadas las inversiones capitalizadas que, por lo general, necesitan largos plazos de ejecución. Apoyándose en esta idea Tobin planteó establecer un impuesto del 0,05% sobre las transacciones de divisas. La tasa quería proporcionar alguna autonomía a las autoridades monetarias nacionales y penalizar los movimientos especulativos. Esa herramienta de lucha contra la especulación financiera, denominada desde entonces "tasa Tobin", concebida cuando los primeros ordenadores permitían modestas transacciones de divisas que, sin embargo, anunciaban un fulgurante porvenir que Tobin supo intuir.





Ejemplar de la primera edición del libro de John Maynard Keynes que inspiró la tasa Tobin.

El intercambio de materias primas y de bienes de consumo ha sido desde siempre un mercado regulado por los estados a través de aranceles. No hay que olvidar que tanto el impuesto sobre la renta como el que grava las rentas de capital son inventos modernos, y que los estados se han financiado secularmente vía impuestos indirectos que gravan la producción y el comercio. Si consideramos la obtención de una materia prima (un racimo de uvas, pongamos por caso) como inicio de una cadena cuyo último eslabón es la mercancía puesta en manos del consumidor (una botella de vino), a lo largo de esa cadena se ha ido creando empleo y riqueza, no solo al inicio (compra la uva) y al final de la transacción (venta de la botella), sino también a lo largo de toda una cadena en cuyos sucesivos eslabones se genera empleo y riqueza, y se reequilibra el bienestar social gracias a los impuestos. En el movimiento globalizado de capitales existe también una cadena, pero de tal naturaleza que sus eslabones iniciales y finales coinciden en las mismas manos, y cuyos tramos intermedios agitados por el chip, impulsados por el gigabyte, empaquetados en el ordenador y libres de tasas impositivas, no generan más riqueza que la resta en manos del especulador.

Catapultado a velocidades supersónicas por el descomunal desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación, un ejército electrónico de capitales depredadores mueve diariamente billones de dólares en el descontrolado mercado financiero. El turbocapitalismo de los traficantes de bonos y divisas salta de un mercado a otro en un billar financiero cuyo fundamento es la apuesta especuladora y cuyos réditos en términos de fortalecimiento de la economía real es prácticamente nulo, puesto que sólo un dos o tres por ciento de ese tráfico sirve directamente para asegurar la industria y el comercio. El resto se concentra en las manos de los apostadores que controlan el cibernético casino en que se ha transformado el mercado financiero. Un casino que ya había denunciado Keynes en los años treinta, genial previsor de lo que se nos veía encima cuando escribió que "no puede esperarse nada bueno de una situación (...) en la que el desarrollo de un país se convierte en subproducto de las actividades de un casino".



Madre de una familia de recolectores de melocotón en paro. California, febrero de 1936. Fotografía de Dorothea Lange (Biblioteca Franklin D. Roosevelt; http://www.loc.gov/rr/print/list/128_migm.html).

La cosa no pasaría de ahí si, como se decía a sus inicios, la libre circulación de capitales produjera los miríficos efectos de crear riqueza en derredor. Pero los datos son contundentes. En 1977, los ingresos de un ciudadano medio de los Estados Unidos eran 40 veces superiores a los de un habitante de un país pobre; hoy son ochenta veces mayores. Al inicio de los 70, cuando Tobin planteó su tasa, los movimientos diarios de capital ascendían a 70.000 millones de dólares, mientras que hoy son casi cuarenta veces mayores. Mientras que los capitales crecen, la industria y el comercio languidecen. La lectura es bien sencilla: el libre mercado de capitales, lejos de crear riqueza y de fomentar el equilibrio entre las naciones, ha incrementado la pobreza de los pobres, ha aumentado la riqueza de los ricos y ha provocado unas tremendas desigualdades.

La tasa de Tobin es hija del sentido común: gravar con una tasa modesta (0,1% en la propuesta inicial; 0,5% en la remodelación que Tobin hizo en 1983) las transacciones internacionales de capitales para luchar contra la especulación. El flujo de capital descontrolado, con sus impredecibles y abruptos cambios de dirección y caóticas oscilaciones en la cotización, daña la economía material. La idea básica de Tobin era favorecer las inversiones a largo plazo, las que se contemplan en un término situado entre uno y cinco años, y de penalizar las que se hacen pensando en términos de meses, semanas o incluso horas. El 0,1% no tiene ningún efecto disuasorio cuando se piensa en una inversión a varios años vista, pero sí cuando lo que se proyecta son viajes de ida y vuelta, en el mismo día, cada uno de ellos gravado sobre una moneda, bonos del Tesoro o activos financieros.


Patio interior de la Bolsa de Madrid

Desde hace más de una década lleva la Asociación para la Tasación de las Transacciones y por la Ayuda al Ciudadano (ATTAC) estudiando las diferentes modalidades de la tasa Tobin. La Comisión Europea ha encargado la instrumentación de una tasa Tobin al FMI. Es un primer paso, pero nada más. No se ha definido ni Cuándo entrará en vigor, ni a qué operaciones afectará, ni cuál será su cuantía, ni si tendrá el carácter universal que requiere para evitar la fuga de capitales a las partes del mundo que no la apliquen, en una especie de competencia desleal, como la que proporcionan los paraísos fiscales.

El objetivo de la tasa Tobin original era paliar la volatilidad de las operaciones financieras internacionales. A ello se le han añadido otros fines como financiar la ayuda al desarrollo o, incluso, ayudar a combatir el cambio climático. Además de esa tasa, y en el marco de los Objetivos de Milenio y de la transición hacia una economía sostenible se están estudiando otras iniciativas como un impuesto sobre los billetes aéreos, una tasa global sobre el carbono y una facilidad financiera internacional (una especie de Tesoro global, capaz de emitir deuda).

Al igual que Keynes, pero de forma más acusada, Tobin era un economista liberal y más partidario que su maestro de la no intervención del Estado en los mercados. No obstante, a diferencia de quienes han hecho de los mercados ídolos, de la globalización dios, y de sus virtudes un dogma, Tobin era consciente de que la mundialización económica trae consigo una desregulación que hay que controlar, para evitar un pensamiento que había comenzado a calar: que nadie se hacía rico trabajando e innovando en la economía real, que el triunfo estaba en la depredación del cibercapital.






domingo, 3 de enero de 2010

Añorando Bretton Woods





Si alguna ausencia se deja notar en la enorme crisis económica que nos desborda es un marco teórico que permita explicar por qué ha sucedido lo que ha sucedido y, sobre todo, cómo recuperar la senda del crecimiento, a ser posible, sostenible. Una buena parte de los economistas, seguidores de las teorías neoclásicas en que había desembocado el monetarismo, guardan un prudente silencio, del que ignoramos si se guarda con propósito de enmienda o sólo a la espera de volver a la carga. Por su parte, los contados neokeynesianos que se atreven a sacar la patita y, sobre todo, los líderes políticos, se afanan en atajar una enfermedad cuyos síntomas son muy claros pero cuyo diagnóstico no lo es tanto.




El economista británico John Maynard Keynes (1883-1946) y su esposa, la bailarina rusa Lydia Lopokova (1892-1981). Óleo de William Roberts en la National Portrait Gallery de Londres.

Con sensatez se recurre a Keynes, lo que parece ser la opción más oportuna. Sin embargo, ocurre que Keynes analizó la situación hace casi ochenta años, y, desde entonces, muchas cosas han cambiado, entre otras que el modelo keynesiano está sustentado en el esquema entonces imperante, el de las economías cerradas de Estado-nación, que ha sido superado por la realidad de un mundo globalizado e instantáneo desde el punto de vista financiero.

Aturdidos por el maremoto financiero, los antiguos defensores de la mano invisible del mercado y ahora neoconversos del intervencionismo estatal, predican la refundación el capitalismo, para reforzar los sistemas de control del sistema financiero, reescribir las reglas bancarias y estigmatizar el «capitalismo especulativo», frente al «capitalismo productivo» que debe recuperar su lugar central. Muchos expertos indican la necesidad de desembocar en un nuevo pacto, al estilo del que se estableció hace más de sesenta años en Bretton Woods, pero esta vez encaminado a regular el sistema financiero mundial. En este tipo de situaciones, nada más útil para abordar lo novísimo que echar mano de lo clásico. Repasemos un poco de historia y de geografía, que algo sacaremos en limpio sin quebranto de nuestros atribulados bolsillos.

En el flanco oriental de Norteamérica, la cordillera de los Apalaches se extiende a lo largo de tres mil kilómetros desde la cálida Alabama a la gélida Terranova, ya en Canadá. Sobrepasada la cuenca de los ríos Ohio y Hudson –ese río que cerca de Wall Street «se emborracha con aceite», como escribió Federico en Poeta en Nueva York-, alcanzado New Hampshire, los Apalaches se fragmentan en otra cadena, las montañas White, cuyos picos llevan los nombres de los primeros presidentes estadounidenses: Madison, Jefferson y Washington. Desde la cumbre del más alto de ellos, monte Washington, se divisa en los días claros el valle de Bretton Woods, donde un cálido día de julio de 1944 se quiso poner orden en el espacio económico mundial.



Hotel Mount Washington en Bretton Woods, donde se celebraron las conferencias de 1944. Archivos del Fondo Monetario Internacional (http://external.worldbankimflib.org/Bwf/).

Convocados por el presidente Roosevelt, representantes de cuarenta y cuatro países se reunieron allí para fijar el valor patrón del oro, para estabilizar los tipos de cambio entre las diferentes monedas nacionales y para crear los dos grandes organismos, el FMI y el Banco Mundial (BM), que habrían de garantizar el orden financiero del mundo mediante el control de las relaciones comerciales y monetarias internacionales. Conscientes de que la última gran guerra había sido una respuesta del fascismo a la incapacidad mostrada por los Estados democráticos para solucionar las recesiones económicas de los años veinte y treinta, los reunidos en Bretton Woods acordaron un tratado sobre el tráfico internacional de divisas que, aunque garantizando la libre conversión de las monedas, el cambio y la transferencia de grandes sumas de aquellas quedaban sujetos a la autorización estatal. Para las divisas de todos los países regía una paridad fija con el dólar, cuyo valor en oro se garantizaba por la Reserva Federal norteamericana.



Keynes se dirige a los asistentes de la conferencia de Bretton Woods en julio de 1944. Fotografía de Leo Rosenthal en los archivos del Fondo Monetario Internacional (www.imf.org/).

La cuestión estaba clara: si el dólar se mantenía fuerte, todos se mantenían. Si el dólar se debilitaba por problemas de la economía norteamericana o si la política de algunos Estados se inestabilizaba de tal forma que hiciera flaquear al dólar, el sistema fallaba. De ahí que se decidiera también que la política económica de las naciones quedara sujeta a planes económicos diseñados desde el FMI. De las faldas del monte Washington surgió la receta por todos conocida de inflación baja, recorte de los gastos estatales no destinados a inversiones en infraestructuras, reducción de impuestos, estabilidad de moneda, etcétera. Por su parte, tanto el FMI como el BM se encargarían de mantener estable el Sistema Monetario Internacional y de condicionar las políticas económicas a través de la concesión, o no, de créditos a los países cuando tienen problemas de balanza de pagos o necesitan financiar proyectos de desarrollo.

Ni que decir tiene que aquello no ha funcionado porque con la bonanza económica de los sesenta y la consiguiente expansión industrial favorecida por los avances en el transporte aéreo y marítimo, la industria y la banca comenzaron a considerar que el sistema era un intolerable dique intervencionista que frenaba la expansión. La crisis económica que se desencadenó en 1973 con la guerra del Yom Kippur y la subida de los precios del petróleo fue una crisis de oferta que marcó el fin de la era keynesiana, iniciada en los años treinta como respuesta a la Gran Depresión. La economía de los 70 había entrado en situación de estanflación, es decir, de inflación sin crecimiento. El diagnóstico que se impuso fue que los salarios y los impuestos habían crecido tanto que no se generaba suficiente "excedente de explotación" para invertir al ritmo tecnológico demandado.



El general general Moshé Dayan, héroe israelita de la guerra del Yom Kippur. Archivos del Ministerio de Defensa de Israel.

El mantra entonces era que un sector público hipertrofiado e ineficaz ahogaba la iniciativa privada al mismo tiempo que exigía crecientes recursos que se financiaban vía déficit públicos, generadores, a su vez, de inflación al aumentar indebidamente la oferta monetaria. Era lo que la vieja economía política, habría llamado una "caída de la tasa de ganancia del capital" provocada por un exceso de distribución de la renta. ¿Causantes? Reagan y Thatcher levantaron bandera política: los causantes de todos los males eran el pujante Estado de bienestar y las instituciones que lo acompañaban. Y a por ellos fueron. Hasta hoy.

Cuando la Administración Nixon rompió el dique sacando a Estados Unidos del Tratado de Bretton Woods, un flujo constante de países lo abandonaron también. La rotura del dique provocó una poderosa marea de inventivas financieras impulsadas por un neoliberalismo desaforado que alentó un consumismo engañoso en la sociedad y convirtió el capitalismo industrial en capitalismo financiero. Resurgió el mercado financiero, que venía a completar los mercados clásicos de bienes y servicios, un mercado virtual del que se decía que habría de crear un impulso creador de riqueza de tal magnitud que aún quienes no navegaran en él, como las economías de los países débiles o pobres, acabarían por beneficiarse. No ha sido así porque el mercado financiero –favorecido por ciberrevolución del chip y del byte- tiene un único y exclusivo fin: el beneficio especulativo, lo que parecería normal en una economía de mercado si no se tratase de un beneficio atípico, que no crea contrapartida alguna y no genera más beneficios que los monetarios en el principio y en el fin de una cadena concentrada siempre en las mismas manos.

El fracaso del dique de contención creado en Bretton Woods trajo como consecuencia que la economía financiera sustituyera a la real, dejando de paso indefensos a los Estados frente a las economías privadas del capital. Hoy, de cada 100 transacciones que se realizan en los mercados, más de 90 son meramente financieras. Dinero por dinero. ¿Qué pueden hacer las obsoletas estructuras estatales frente a los movimientos especulativos de los grandes fondos inversores que, navegando a la velocidad de la luz por las autopistas de la información, movilizan diez veces más euros que las reservas de los siete países más ricos del mundo? ¿Qué pueden hacer para controlar la nueva multiplicación de los panes y los peces que son los apalancamientos financieros que crean dinero de donde no lo hay inflando las burbujas a volúmenes irracionales? ¿Qué se puede hacer desde una economía nacional cuando las transacciones financieras diarias equivalen a la producción anual de bienes y servicios de una país como Francia, o cuando nos damos cuenta de que el conjunto de las transacciones de los mercados financieros y monetarios representa alrededor de cincuenta veces el valor de los intercambios comerciales internacionales? ¿Qué hacer si el papel de Shilock, el mercader prestamista de capital, ya no es una gran industria estatal sino un Estado nominalmente comunista llamado China? Poco o nada, al menos desde la economía, pero sí desde la política.

Se piden más controles públicos sobre el mercado, pero se habla poco pidiendo más igualdad. Se culpa de la crisis a la codicia descontrolada, pero se oyen pocas voces en contra de las injusticias subyacentes. No se ve que la izquierda política levante contra la sociedad de la desigualdad, que se nos viene presentando como si fuese la naturaleza de lo social, una bandera teórica y política tan descollante como la que, en su día, el neoliberalismo conservador levantó contra el Estado de bienestar. Se oye poco decir que la equidad, además de ser mejor moralmente, es también más eficiente. Sería ingenuo no tener en cuenta la enorme complejidad en la que se desenvuelven actualmente los indicadores económicos que marcan las diferencias entre ricos y pobres. Pero más ingenuo sería pensar que las relaciones de dominación entre personas y sociedades han desaparecido de la historia. Por eso la economía será siempre economía política.

La ruptura del muro de Bretton Woods supuso el alzamiento de otro muro ahora resquebrajado, el de Wall Sreet, cuyos depredadores agentes se habían convertido en los reyes de un mundo financiero abstracto, un universo de capitales virtuales que hace disminuir el interés por la producción industrial, corrompe la ética del trabajo y de la educación como instrumentos del progreso individual, y provoca que los gobiernos, en lugar de ser los agentes de la justicia social, se transformen en jugadores a la defensiva en la jungla de una economía internacional desenfrenada.




Y así las cosas, parece claro que destruido el de Bretton Woods, hay que edificar un nuevo muro de contención que rehabilite el reparto de la riqueza y equilibre las insostenibles desigualdades del mundo actual. El reto con el que nos enfrentamos hoy –se nos dice ahora- es nada menos que demostrar que desde instituciones democráticas se puede y se debe reformar y regular el capitalismo de mercado para mejorarlo. Soluciones las hay: volveremos sobre ellas desde Champaign, Illinois.

sábado, 2 de enero de 2010

Polvo de estrellas



Una página oficial de la NASA (http://stardust.jpl.nasa.gov) ha confirmado que la glicina, uno de los 20 aminoácidos que forman las proteínas y, por tanto, un ingrediente clave para la vida, se ha detectado en muestras de polvo recogidas por la sonda espacial Stardust cuando, a una velocidad de 21.960 km/h, se acercó a tan sólo 236 km del núcleo del cometa Wild 2, atravesando su cola. Las muestras llegaron encapsuladas a la Tierra en enero de 2006, culminando así el viaje de más de 5.000 millones de km realizados por la Stardust. Después de tres años de investigaciones usando isótopos de carbono, los científicos están completamente seguros de que la glicina estaba originalmente en el cometa, descartando así posibles contaminaciones por manipulación que afectaban a la credibilidad de anteriores hallazgos de biomoléculas en meteoritos y cometas.


El cometa Hale-Bopp sobre el pico San Francisco, cerca de Flagstaff (Arizona)

Después de la construcción del primer telescopio astronómico (Galileo; 1609), los astrónomos comenzaron a explorar los componentes del Sistema Solar: asteroides, cometas, planetas y satélites. Los cometas giran alrededor del Sol siguiendo órbitas elípticas de gran excentricidad, lo que motiva que se acerquen al Astro Rey en períodos temporales muy amplios. Por esto, y por su pequeño tamaño, sólo es posible verlos cuando están cerca del Sol y durante muy poco tiempo. Cuando en su órbita están situados a gran distancia del Sol, los materiales nucleares del cometa se encuentran congelados debido a las bajas temperaturas y desarrollan una atmósfera que envuelve al núcleo sólido y helado, la llamada coma, formada por gas y polvo. Conforme el cometa se aproxima al Sol, los materiales nucleares se subliman, de modo que parte de la superficie helada del núcleo se evapora cuando están en su posición orbital más cercana al Sol y, junto con el polvo que lo rodea, forman la característica cola o cabellera, que, apuntada en dirección opuesta al Sol y extendida a lo largo de millones de kilómetros, le confiere un aspecto fantástico que ha sido el origen de mitos ancestrales en todas las civilizaciones.

La publicación en 1859 del Origen de las especies, de Charles Darwin, supuso un aporte definitivo para la comprensión de los procesos biológicos y sirvió de ariete frente a los muchos tabúes que pretendían explicar nebulosamente aquello que ya estaba escrito de manera indeleble en los extractos de la naturaleza. Los trabajos de Darwin abrieron un sendero investigador en el que los enigmas se sucedían uno tras otro, necesitados de evidencias que vinieran a satisfacer las numerosas hipótesis en las que se sustentaba el prodigioso cuerpo teórico creado por el naturalista británico. Uno de los enigmas claves era la aparición de la vida sobre la Tierra, sobre un planeta recién formado cuyas condiciones ambientales hace 4.500 millones de años (MA) eran completamente diferentes de las actuales.


La cuestión del origen de la vida terrestre ha generado un campo de estudio especializado cuyo objetivo es dilucidar cómo y cuándo surgieron los primeros compuestos orgánicos y cómo pudieron estos ensamblarse para formar las primeras y más sencillas células, las de procariotas como las bacterias. Las hipótesis más aceptadas en el ámbito científico difieren en algunos planteamientos, pero son endogenéticas, es decir, asumen que la vida surgió en la propia Tierra a partir de materia inorgánica terrestre en algún momento entre hace 4.500 MA, cuando se dieron las condiciones para que el vapor de agua pudiera condensarse por primera vez, y 2.700 MA, cuando la proporción entre algunos isótopos estables de carbono, de hierro y de azufre induce a pensar en un origen biogénico de los minerales y sedimentos que se produjeron en esa época, y los biomarcadores moleculares indican que ya existía la fotosíntesis.

Frente a estas hipótesis, otros científicos, partidarios de las hipótesis exogenéticas reunidas bajo el nombre de “Panspermia” o “Panespermia”, apoyan un origen extraterrestre de la vida que habría tenido lugar durante los últimos 13.700 MA de evolución del Universo tras la explosión primigenia del Big Bang. La palabra de origen griego panspermia significa literalmente semillas (spermia) por todas partes (pan). Los partidarios de las hipótesis de la Panspermia en su sentido original sugieren que las "semillas" de la vida están diseminadas por todo el universo y que fueron “sembradas” en nuestro planeta. No es mi propósito hacer una revisión de los diferentes modelos en que se ramifica –a veces disparatadamente, con sus ingenieros extraterrestres y todo- el cuerpo doctrinal panspérmico. Los interesados encontrarán cumplida respuesta a su curiosidad en www.panspermia-theory.com. Un clarificador resumen del origen de la llamada “panespermia dirigida” tal y como fue formulada por el Premio Nobel Francis Crick en 1971, puede encontrarse en el capítulo 16 del libro de Javier Sampedro Deconstruyendo a Darwin (Crítica, 2007). Para lo que aquí nos ocupa en relación con el viaje del Stardust interesa distinguir entre las dos variantes principales en que puede ser escindida la Panspermia: Celular y Molecular.

El físico y biólogo británico Francis Crick (1916-2004), Premio Nobel de Medicina (junto con James Watson) en 1962 por el descubrimiento de la estructura del ADN, uno de los impulsores de la teoría de la panespermia.

La primera sostiene un origen de la vida terrestre a partir de microorganismos extremófilos (capaces de resistir condiciones extremas de temperatura, presión y radiación, como las que resisten algunas bacterias), que se habrían formado en algún lugar del Universo para llegar hasta la Tierra viajando en algún asteroide o cometa que hubiera impactado sobre nuestro planeta. Por su parte, los partidarios de la Panspermia Molecular defienden también que la vida terrestre surgió gracias a una lluvia de materiales procedente de asteroides y cometas que se precipitó sobre la Tierra primitiva, y que pudo haber traído cantidades significativas de moléculas orgánicas relativamente complejas, pero sin alcanzar el sofisticado nivel celular.

Quienes sostienen esta segunda hipótesis la apoyan en el hecho de que los componentes orgánicos son relativamente comunes en el espacio, especialmente en el Sistema Solar exterior, donde las sustancias volátiles no se evaporan por el calentamiento solar. Las pruebas más sólidas de esta hipótesis se encuentran en las muestras de moléculas orgánicas halladas en algunos meteoritos como el AH84001 encontrado en la Antártida en 1984 que ha sido objeto de fuertes controversias [véanse los números 279 de la revista Science (1998: pp. 362–365) y 61 de Geochimica et Cosmochimica Acta (1997: 475–481)]; y el meteorito Murchison, encontrado en Australia en 1969, cuyas biomoléculas han sido objeto de varias publicaciones (véase un resumen de las mismas en: http://astrobiology.gsfc.nasa.gov).

Además, el telescopio espacial Spitzer ha detectado recientemente una estrella, la HH46-IR, que se está formando en un proceso similar al Sol, en cuyo halo material hay una gran variedad de moléculas que incluyen compuestos de cianuro, hidrocarburos e hidróxido de carbono. Los hallazgos del Spitzer (http://www.spitzer.caltech.edu/espanol/) parecen apoyar el origen de la vida a partir de hidrocarburos aromáticos policíclicos, la hipótesis PAH World, que había sido propuesta por Simon Nicholas Platts en 2005 (http://nai.nasa.gov/nai2005/abstracts/), y que hasta ahora no ha sido probada.

Aunque ninguna de las dos variantes de la Panspermia resuelve el problema del origen de la vida, sino que despeja al graderío del Universo la enigmática pelota que se jugaba sobre la Tierra, son los científicos partidarios de la Panspermia Molecular los que ven reforzadas sus posiciones gracias al hallazgo de la Stardust. En cualquier caso, y por quitarle hierro al asunto, si quiere divertirse leyendo modelos alternativos desde un punto de vista excéntrico pero bien fundamentado, no deje de leer el libro Los orígenes de la vida (Cambridge University Press, 1999), del físico, matemático y excelente divulgador inglés Freeman J. Dyson. Les encantará, seguro.


viernes, 1 de enero de 2010

El Scalextric terráqueo y la contabilidad celestial



En el avance de toda ciencia ha existido siempre una etapa de ábaco, una fase de pura y simple contabilidad. La Astronomía no es una excepción. Tras el descubrimiento del primer asteroide en la madrugada que alumbró al siglo XIX, comenzó una eterna, inacabada e imposible cuenta: mientras que a finales del siglo XX se habían catalogado algo más de veinticinco mil asteroides, se estima que todavía quedan más de mil millones por identificar, así que esa eterna contabilidad no ha hecho más que empezar.


Hace unos días se habló mucho del acercamiento de un «asteroide potencialmente peligroso», que pasó a unos siete millones de kilómetros de la Tierra, una distancia desdeñable y de una peligrosidad nula porque el asteroide, cuya órbita era perfectamente conocida, pasó a algo menos de 18 distancias lunares (una distancia lunar son 340.400 kilómetros, que es el trecho que nos separa de nuestro satélite), porque pocas semanas antes otro pedrusco sideral había pasado a media distancia lunar sin despertar ninguna alarma, y porque en los 4.500 millones de años transcurridos desde que la Tierra merece tal nombre han sido muchos los asteroides que han pasado mucho más cerca o que la han alcanzado de lleno causando catástrofes de dimensiones planetarias, como la que provocó la extinción de los dinosaurios hace unos 65 millones de años.


Aunque los asteroides, popularmente conocidos como meteoritos o estrellas fugaces, han sido una amenaza que ha estado siempre ahí, sobre nuestras cabezas, no hemos sido conscientes de su peligrosidad hasta que Hollywood se encargó de recordarlo con películas como Meteoro, Armageddon e Impacto profundo, híbridos un tanto fallidos entre el “cine-catástrofe” y el de ciencia ficción. En ellas, los respectivos cabezas de cartel –Sean Connery, Bruce Willis y Robert Duvall- combaten con otras testas, esta vez nucleares, a una roca gigantesca que avanza a toda velocidad amenazando con la destrucción total de la inocente humanidad.

Catástrofes apocalípticas al margen, la realidad es felizmente más prosaica. Cada día entran en la atmósfera terrestre varios cientos de toneladas de materia, la mayoría de ellas en forma de meteoroides muy pequeños que avanzan a velocidad supersónica, pero que, debido a la fricción, alcanzan temperaturas de ebullición y se vaporizan antes de alcanzar el suelo como un polvo imperceptible. Sólo los más grandes conservan la velocidad suficiente para alcanzar la superficie y para dejar educadamente un cráter como tarjeta de visita.

El meteorito más grande conservado es el Hoba West, una roca de casi 60 toneladas que cayó cerca de Grootfontein, en Namibia y allí sigue. Los que le siguen en dimensiones han sido llevados a museos, como los meteoritos Chupaderos y Bacubirito, de unas 20 toneladas de peso, que pueden verse en la Escuela de Minas de la Ciudad de México. En todo caso, estamos hablando de rocas del tamaño de un automóvil mediano que no son nada comparable con el colosal regalo del cielo que aniquiló a los dinosaurios, un asteroide de 10 km de anchura que impactó en Chicxulub, México, dejó un cráter anular de 193 km de anchura y 48 de profundidad en la península de Yucatán, provocó una apocalíptica ola de destrucción y oscuridad que duró 10.000 años y diezmó a la mayor parte de la flora y la fauna terrestres. Pero de esto me ocuparé otro día.


Una de las ventajas de escribir artículos de divulgación sobre asuntos de lo que uno sabe poco es tener que forzar la mente para entender la cuestión y para elaborar un modelo metafórico comprensible para esos lectores que, como Pascal, reconocen que vale más saber alguna cosa de todo que saberlo todo de una sola cosa, y a los que uno supone tan legos en la materia como el que suscribe antes de interesarse por el asunto. Así que para contarles algo sobre la amenaza de los asteroides he buscado un símil lúdico que nos permite recuperar algo de la infancia.

Los primeros Scalextrics, que aparecieron en el mercado allá por los años 60, eran muy simples: dos cochecillos recorrían aburridamente una pista muy elemental: un par de rectas cerradas por sendas curvas en las que la fuerza centrífuga actuaba inevitablemente si se apretaba demasiado el gatillo. Supongamos que esa pista es la órbita terrestre, el circuito celestial que en su movimiento de traslación alrededor del Sol recorre la Tierra cada año a una velocidad escalofriante de la que felizmente no somos conscientes: 107.000 km/h. Por si eso fuera poco, el coche-Tierra se comporta como una peonza que rota sobre sí misma a 1.600 km/h. De manera que imagínese que es usted un piloto dentro de ese coche: circula por un circuito a casi treinta mil metros por segundo y, por si no tuviera bastante, el vehículo no le deja ver a través parabrisas porque el paisaje gira a su alrededor como una turbina de reactor. Peligroso, ¿no? Pues no acaba ahí la cosa. Mientras usted intenta controlar ese auto ingobernable, miles de objetos se cruzan en su camino y lo hacen de forma errática y totalmente impredecible. Son los asteroides, una verdadera manifestación de peatones suicidas que insensatamente atraviesan aquí y allá la autopista por la que usted circula me atrevo a decir que alucinado. Parece un viaje a ninguna parte, un trayecto abocado a la destrucción por un impacto fatal e inevitable. «Eppur si muove». Y sin embargo, así funciona la cosa.

Busto del astrónomo Giuseppe Piazzi (1746-1826). En el lado derecho de la escultura está grabado el círculo graduado de Ramsden que Piazzi utilizaba en sus observaciones.

Giuseppe Piazzi era uno de esos científicos, ahora perdidos como teselas en el inmenso mosaico de la historia de la ciencia, cuyo trabajo constante, silencioso, eficaz y ajeno al mundanal ruido ennoblece discretamente el avance de pensamiento científico. Mientras que en la ilustrada, postbarroca y epicúrea corte del reino de Nápoles se celebraban los fastos de la Nochevieja finisecular, el astrónomo real Piazzi escudriñaba celosamente el cielo. Aquella madrugada del 1 de enero de 1801, Piazzi descubrió el primer asteroide conocido, al que bautizó con el nombre de Ceres, la diosa romana de las plantas y el amor maternal, y de Ferdinandea por el rey Fernando IV, el hijo de Carlos III, un “apellido” real que se eliminó posteriormente por razones políticas. Así que el primer asteroide conocido lleva sólo el nombre de Ceres, y por su tamaño, más que suficiente para alojar ocho veces a España, es más bien un planeta enano, un planetoide.

Círculo graduado construido por el mecánico inglés Jesse Ramsden, que fue utilizado por Piazzi para la observación de Ceres.


Hoy, la inmensa mayoría de los astrónomos busca la gloria explorando el Universo a la caza mayor de agujeros negros, supernovas, nebulosas, galaxias y otras astronómicas gollerías. Sólo unos pocos, algunos más de los que caben en un taxi, han seguido el oscuro camino de Piazzi, la caza menor de los asteroides. Gracias a estos oscuros rastreadores, dos siglos después del bautizo de Ceres-Ferdinandea se han identificado y nombrado otros 26.000, pero se calcula que mil millones más rondan por ahí, sin que los veamos, sin que inquietantemente sepamos nada de ellos, moviéndose erráticamente sobre nosotros como celestiales, incandescentes y pétreas espadas de Damocles.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Chita, Tarzán y el primus interpares



Pese a las grandes diferencias externas y culturales que podamos observar entre un aborigen australiano y un noruego, por citar un solo ejemplo, la concordancia de sus características físicas y genéticas es tan acusada que se les clasifica como una sola especie en el sentido de una división taxonómica de los organismos. Con arrogancia, los hombres nos hemos otorgado el nombre científico de Homo sapiens, «hombre sabio», sin tener en cuenta que con ello nos hemos obligado también a la sabiduría, algo que, si miramos lo que hacemos a nuestro alrededor, a la descuidada forma con que degradamos tierras, mares y espacio, estamos muy lejos de alcanzar.


Cien años antes de que Charles Darwin publicara El origen de las especies, y casi doscientos antes de que Watson y Crick descifraran la estructura interna del ADN abriendo así camino a la clasificación molecular filogenética, un brillante naturalista sueco, Linneo, revolucionó el mundo científico al publicar en 1758 su Systema Naturae. Además de adscribir al género humano en la especie Homo sapiens, en esa obra fundacional de la Taxonomía moderna Linneo reconoció una segunda especie dentro del género Homo, Homo troglodytes, para designar a los chimpancés. Además, sin haberla visto, y anticipándose a las ideas evolucionistas de Wallace, Darwin y Lamarck, aventuró que debía existir una tercera especie, el hombre con cola (Homo caudatus), sobre la que no podía determinar «si pertenece al género humano o al de los simios». ¿Por qué hizo eso Linneo? ¿Por qué un científico convencido de que el hombre era el Rey de la Creación incluyó a su “hombre sabio” junto a tan simiesca compañía?

La Taxonomía o ciencia de la clasificación de los organismos es una herramienta fundamental para los estudios biológicos dado que, sin contar los fósiles, se estima en al menos cinco millones el número de seres vivos distintos que conviven actualmente en la biosfera, una buena parte de los cuales están todavía por descubrir. Hasta finales del siglo pasado, las clasificaciones de los seres vivos estaban basadas en observaciones poco sofisticadas tales como el aspecto externo, la estructura anatómica y el funcionamiento fisiológico. En un tiempo tan lejano como el siglo segundo, el médico griego Galeno había concluido acertadamente cuál era la posición taxonómica que los seres humanos ocupamos en la naturaleza. Al diseccionar varios animales y comparar sus anatomías encontró que el mono era «muy semejante al hombre en vísceras, músculos, arterias, venas, nervios, y en la forma de los huesos.»

Desde entonces, y para quien, como Linneo, haya querido verlo, ha estado bien claro en qué lugar del reino animal encajamos. Puesto que poseemos columna vertebral, somos compañeros taxonómicos de otras casi cuarenta mil especies de vertebrados actuales, compartiendo categoría con gorriones y ballenas, por poner dos ejemplos extremos de animales con espina dorsal. Dentro de los vertebrados, nadie dudará de que seamos mamíferos, un grupo de cuatro mil animales que se distingue por tener pelo y glándulas mamarias, entre otras características. Sin ser experto en Zoología, y sin otro bagaje que haber visto las películas de Tarzán, también es fácil ubicarnos entre los primates, un grupo taxonómico de algo menos de dos centenares de especies que incluye, además de a lémures, loris y tarseros, a los monos en general y a los simios antropoides en particular, dentro de los cuales los seres humanos constituimos un familia: los homínidos. Poseemos en común con otros primates un conjunto de características que no poseen otros mamíferos entre las que se cuentan: pies y manos pentadáctilos y plantígrados, con pulgar oponible por lo menos en las últimas que resultan así susceptibles de usar herramientas; uñas planas en lugar de garras; visión binocular que distingue perfectamente los colores; articulaciones en codos y hombros bien desarrolladas; hemisferios cerebrales notables; y un pene que cuelga libre en lugar de estar adherido al abdomen.

Y puestos a ser primates, está claro que somos más parecidos a los grandes simios o monos antropoides (gibones, orangutanes, gorilas y chimpancés) que a los monos de tamaño inferior como platirrinos, catirrinos y cinomorfos. Dentro de los grandes simios nos diferenciamos más de los gibones de cuerpo pequeño y brazos desmesurados que del resto, a los que nos parecemos especialmente, pero de los que diferimos en el mayor tamaño de nuestro cerebro, la postura bípeda y erecta, el menor vello corporal y otros aspectos más sutiles.

A partir del último tercio del pasado siglo la Taxonomía se ha ido apoyando cada vez más en los análisis del ADN primero y del genoma después. Hoy día, el parentesco ya no se establece por las coincidencias en la estructura física o en las funciones orgánicas, sino por el material genético de las distintas especies. Los resultados de la moderna Taxonomía genética vienen a apoyar lo que ya sabíamos: que cuanto más se parecen morfológicamente y anatómicamente dos seres vivos, mayor es su grado de parentesco y más semejante su genoma, y viceversa.

Además del ser humano, la taxonomía zoológica reconoce seis especies de homínidos vivos: dos de chimpancés (Pan troglodytes y P. paniscus, esta última especie también conocida como bonobo), dos de gorilas (Gorilla gorilla y G. beringei), y dos de orangutanes (Pongo pygmaeus y P. abelii). Orangutanes, chimpancés y humanos comparten un ancestro común que vivió hace entre 12 y 16 millones de años. Los chimpancés y los humanos descienden de una especie ancestral común que vivió hace unos 6 millones de años.


Johnny Weissmuller, el primer Tarzán cinematográfico

Aunque el estudio de las duplicaciones segmentales (fragmentos de ADN repetidos a lo largo del genoma) comienzan a arrojar nueva luz sobre el asunto (véase el número del pasado mes de febrero de la revista Nature: 877-881), los datos comparativos de ADN son por el momento concluyentes al confirmar lo que había vislumbrado Galeno y postulado la clasificación linneana: la similitud genética entre humanos y chimpancés es mayor que la que existe entre caballo y asno o entre marsopa y delfín. Charles Sibley y John Ahlquist, dos ornitólogos pioneros en Taxonomía molecular, encontraron que la diferencia genética (2,6%) entre dos especies de pájaros mosquiteros pertenecientes al mismo género es mayor que la existente entre las siete especies vivas de homínidos. Los grandes simios y los humanos guardan entre sí una relación de parentesco más cercana que la que liga a los grandes simios con los demás monos. Duplicaciones segmentales al margen, mientras que el genoma de los gorilas difiere en un 2,3% del genoma de los chimpancés y de los humanos, el nuestro sólo difiere en un 1,6% del de los chimpancés; el restante 98,4 de nuestros genes son puros genes de chimpancé. Si lo prefieren de otra forma: el pariente más cercano de Chita no era King-Kong, sino Tarzán.




Si abandonáramos nuestros prejuicios antropocéntricos deberíamos hacer lo que aventuró Linneo: incluir a chimpancés y bonobos no sólo en nuestra misma familia (algo que ya hacemos), sino incluso en nuestro mismo género: deberíamos llamarlos Homo troglodytes y Homo paniscus, respectivamente. Y es que la distinción tradicional que se establece entre los simios antropoides y la especie humana es una visión sociocultural y distorsionada de la realidad biológica. El ser humano no es la esencia del designio universal. Somos primates, o sea, monos. No es que descendamos del chimpancé, es que somos tan simios como los dos centenares de especies que componen el grupo taxonómico de los primates, nuestros parientes más cercanos, por más que gracias a nuestro arrogante cerebro consideremos a la estirpe humana como primus inter pares.


miércoles, 30 de diciembre de 2009

Nuestro padre Adán

La Paleoantropología, ciencia que se ocupa de los orígenes del hombre, comparte algo esencial con la Teología y con la Ufología: las tres tienen más estudiosos que materiales para estudiar. A pesar de que los fósiles de homínidos hallados en todo el mundo cabrían holgadamente en una furgoneta, la situación ha cambiado sustancialmente en los últimos años, porque además de que los huesos no están tan secos como pudiera parecer a simple vista y permiten extraer proteínas y ADN de sus deshidratadas estructuras, la arquitectura de un hueso, interpretada por los ojos expertos de un paleoantropólogo que se apoye en los modernos métodos de datación, sigue siendo un libro abierto repleto de una maravillosa información.



Portada del número de 2 de octubre de 2009 de la revista Science.

La revista Science ha dedicado el primer número de octubre a un exhaustivo estudio monográfico del más antiguo de los antepasados humanos, Ardipithecus ramidus, que se ha basado en los estudios multidisciplinares realizados por 11 equipos internacionales sobre 110 fósiles, el primero de los cuales fue encontrado en 1992 por el antropólogo norteamericano Tim White. Su datación, 4,4 millones de años (MA), se consideró como una antigüedad extraordinaria y aunque no se descartó que se pudieran encontrar homínidos de edad anterior, la posibilidad de hallarlos es un perturbador sueño para la mayoría de los antropólogos que trabajaban en África, el continente en el cual Darwin sugirió que había comenzado la evolución del hombre. El hallazgo de White hizo parecer un recién llegado al más popular de los fósiles de homínidos, una hembra de 3,2 MA de antigüedad a la que su descubridor en 1974, Donald Johanson, un paleontólogo al que le encantaban los Beatles y su canción Lucy in the sky with diamonds, bautizó como Lucy, sin olvidar asignarle su obligado nombre científico: Australopithecus afarensis.

Lucy fue el ser humano más antiguo durante un tiempo, hasta el hallazgo en 1995 de otro de sus congéneres, Australopithecus anamensis, que tiene una antigüedad de 4,2 MA y que ya era un ser bípedo. A partir de esos dos descubrimientos iniciales de simios que caminaban como usted y como yo, pero cuyo tamaño cerebral era un tercio del nuestro, sobrevino una verdadera cascada de descubrimientos de australopitecinos. Se ignoran las relaciones filogenéticas de estas criaturas, es decir, cuál es su parentesco ascendente y descendente, aunque todas las evidencias sugieren que se parecen más a los paleosimios como Ardipithecus, que a los más evolucionados y modernos neosimios a los que pertenece el género Homo.

Según el reloj molecular, hombres y chimpancés compartimos un antecesor común hace aproximadamente 6,7 MA. Probablemente aquella criatura era cuadrúpeda, aunque podría haberse movido preferentemente sobre sus cuartos traseros y apoyándose en los nudillos, como hacen los grandes simios y muchos monos actuales. A partir de ella surgieron dos linajes diferentes, el que ha conducido hasta los chimpancés y el que, gracias a los dos grandes puntos de inflexión en la evolución humana, la adquisición de la postura erguida y el mayor desarrollo cerebral, han conducido hasta el Homo sapiens.

Hay práctica unanimidad al considerar las características esenciales que hacen que un determinado fósil sea considerado como perteneciente al linaje humano: no es el cerebro, como nuestra vanidad de “hombres sabios” preferiría, ni siquiera el empleo hábil de las manos para manejar herramientas, lo que marca la diferencia entre humanos y monos. Es la bipedestación, el caminar erguido sobre las extremidades inferiores, el principal rasgo distintivo que los paleontólogos actuales buscan en los fósiles para incluir a un primate en la familia de los homínidos o para dejarlo fuera, en el grupo de los monos antropomorfos.

Los antropólogos rechazan la vieja idea del eslabón perdido al hablar de evolución humana, porque saben que no fue una sola especie la que concentró la transición entre un organismo arcaico (el mono) y uno moderno (el hombre), sino que a lo largo de MA fueron acumulándose y perdiéndose mutaciones en diferentes especies, cambios que desembocaron en los humanos actuales hace unos 0,2 MA. Por tanto, lo adecuado es hablar de antepasados comunes, y el último compartido por la línea del hombre y la del chimpancé viviría hace entre seis y siete MA. En ese antepasado común, en esa importante encrucijada de la historia evolutiva en la que un organismo se escindió, por un lado, hacia el Homo sapiens y, por otro, hacia homínidos diferentes ya extintos, las luces son todavía candilejas.

Aunque por la coincidencia de la datación de estos restos fósiles con las calculadas con datos moleculares parece fuera de toda duda razonable que la línea evolutiva del hombre y del mono se bifurcó hace por los menos unos siete MA, aún no está nada claro cuál fue el primer homínido auténtico. Es más, algunos paleontólogos dudan de que, por definición, pueda descubrirse algún día, ya que, de acuerdo con una opinión muy razonable, sería imposible distinguirlo del último antepasado común de homínidos y chimpancés, o del primer antepasado común de todos los chimpancés. Por el momento, los candidatos más cualificados para erigirse como los prehomínidos más antiguos son Orrorin tugenensis (6,2 MA) que, al ser desenterrado en diciembre de 2000, fue inmediatamente bautizado como "Millenium man", y Sahelanthropus tchadensis, apenas un cráneo deforme popularmente conocido como "Toumai", encontrado el verano de 2002 en El Chad por Michel Brunet, que, además de mostrar una mezcla de caracteres humanos y de primates, resultó tener una antigüedad que rozaba los siete MA.

El estudio publicado ahora en Science permite concluir que Ardipithecus ramidus era una “criatura mosaico” que no era ni chimpancé ni humana, a la que puede considerarse como el antecesor más inmediato de los verdaderos precursores del linaje humano, los australopitecinos, que se diversificaron durante los últimos cuatro MA en muchas especies distintas. Una de ellas continuó su camino en dirección al hombre. El crecimiento del cerebro humano comenzó probablemente hace dos MA, con el Homo habilis, considerado por ello el primer representante del nuevo género Homo. Desde entonces se fue desarrollando un cerebro cada vez más grande, lo que llevó a nuestros antecesores a ser capaces de utilizar herramientas y a desarrollar el lenguaje. Como hitos de ese camino dos mil veces milenario hay toda una pléyade de seres extintos, de ensayos fallidos de la evolución humana, que han recibido la categoría de especie dentro del género Homo: antecessor, erectus, ergaster, georgicus, heidelbergensis, neanderthalensis, rudolfensis y sapiens.

Hace unos cien mil años el H. sapiens comenzó a desarrollar cultura propia, primero en piedra y luego en metales, para llegar, después de pasar por el Siglo de la Luces, hace unos trescientos, a la ciencia moderna. Gracias a ello, el hombre pudo escudriñar el pasado para encontrar allí piedras y huesos que podían ser analizados y a partir de los cuales podían urdirse varias teorías que dieran respuesta a la gran pregunta: ¿Fue nuestro padre Adán?



Reconstrucción de Ardipithecus anamensis

La respuesta la tenía ya Darwin que sabía que existían más diferencias entre una cebra y un caballo, o entre una ballena y un delfín, que las que existen entre nosotros y las criaturas peludas que nos precedieron. En el último párrafo del Origen del hombre, escribe Darwin: «Debemos reconocer que el hombre, según me parece, con todas sus nobles cualidades [...], con su inteligencia semejante a la de Dios, [...], con todas esas exaltadas facultades- lleva en su hechura corpórea el sello indeleble de su ínfimo origen».