Vistas de página en total

jueves, 27 de agosto de 2026

SOLANUM LAXUM: EL “JAZMÍN” QUE RESULTÓ SER PARIENTE DE LA PATATA

 

Nuestra pequeña colección veraniega de falsos jazmines empieza a parecer una conspiración. Ya hemos visto un jazmín azul que era un Plumbago y una dama de noche que resultó pertenecer a las solanáceas. Ahora llega otra planta que se vende, se cultiva y todavía aparece en muchos libros como Solanum jasminoides. Sus flores blancas o azuladas y su porte trepador explican perfectamente el nombre. El problema es doble: ni es un jazmín ni, para complicar las cosas, Solanum jasminoides es hoy su nombre científico aceptado.

Actualmente se denomina Solanum laxum. S. jasminoides, nombre publicado en 1841 y todavía muy utilizado en jardinería, se considera sinónimo. La razón es una de las reglas fundamentales —y a veces desesperantes— de la nomenclatura: Sprengel había publicado Solanum laxum en 1824 y el nombre más antiguo tiene prioridad.

Así que el «jazmín de Chile», «falso jazmín» o «jazmín solano» es en realidad un pariente de tomates, patatas, berenjenas, pimientos, tabaco y belladona. Pertenece a Solanaceae, una familia extraordinaria en la que conviven algunos de nuestros alimentos fundamentales con algunas de las plantas venenosas más célebres del mundo.

El nombre Solanum es antiquísimo. Los romanos utilizaban ya solanum para ciertas plantas de este grupo, y Plinio empleó el término para la hierba mora. Su etimología última no está completamente resuelta. El epíteto laxum procede del latín laxus, «laxo», «suelto» o «poco compacto», y alude apropiadamente al porte abierto y flexible de la planta. El antiguo jasminoides resulta mucho más divertido: combina Jasminum con el sufijo griego -oides, «semejante a». Es decir, «parecido a un jazmín». Paxton, el botánico que lo describió (un poco tarde, todo hay que decirlo) no afirmó que fuese uno; se limitó a reconocer que lo parecía.

Y hay que concederle que, visto desde cierta distancia, lo parece bastante. S. laxum es una liana sudamericana, originaria del centro y sur de Brasil, Paraguay, Uruguay y el nordeste de Argentina. Desde allí pasó a los jardines de regiones templadas y subtropicales de buena parte del mundo y en algunos lugares ha escapado del cultivo y se ha naturalizado.

Sus tallos son largos, finos y flexibles y pueden alcanzar varios metros. Pero aquí aparece una característica especialmente interesante: no posee zarcillos. Para trepar utiliza los pecíolos de sus propias hojas, que pueden curvarse alrededor de ramillas y soportes y actuar casi como órganos prensiles. El mecanismo llamó la atención nada menos que a Charles Darwin, que estudió S. jasminoides en sus trabajos sobre los movimientos de las plantas trepadoras y experimentó con el tiempo que necesitaban sus pecíolos para abrazar un soporte.

Las hojas son alternas y bastante variables. Muchas son enteras, ovadas o algo acorazonadas, pero otras —especialmente en determinados brotes— pueden presentar lóbulos basales o estar profundamente divididas. Esa variabilidad es característica de bastantes Solanum y puede desconcertar a quien espere que todas las hojas de una especie deban ajustarse obedientemente al mismo molde.

Pero, una vez más, cultivamos esta planta por sus flores, que aparecen agrupadas en inflorescencias terminales o laterales bastante amplias. La corola está formada por cinco pétalos soldados en la base y extendidos formando una estrella. Según el cultivar y el momento de la floración pueden ser blancas, blanco azuladas, lilas o de un azul violáceo muy pálido.

Y en medio de esa estrella aparece la firma de los Solanum: cinco anteras amarillas muy próximas entre sí. Los cinco estambres poseen filamentos muy cortos y anteras alargadas que se agrupan alrededor del estilo formando un cono. El contraste entre las anteras amarillas y la corola blanca o azulada es precisamente uno de los caracteres que permiten advertir que aquello que trepa por la pared no es ningún Jasminum. Las descripciones botánicas confirman cinco estambres iguales, con anteras de unos 3–4,5 mm, mientras que el estilo sobresale ligeramente y termina en un pequeño estigma mazudo.

La semejanza con los jazmines es, por tanto, bastante superficial. Los verdaderos Jasminum pertenecen a Oleaceae y presentan una arquitectura floral diferente. S. laxum posee la flor estrellada y las anteras agrupadas características de muchas solanáceas. Basta comparar una flor de este falso jazmín con la de una patata para descubrir un parecido familiar que hasta entonces probablemente había pasado inadvertido.

Tras la fecundación puede producir bayas globosas, de aproximadamente un centímetro, que al madurar adquieren tonalidades azuladas, violáceas o negruzcas y contienen numerosas semillas. La fructificación, sin embargo, puede ser escasa en los ejemplares cultivados. Y la palabra «baya» nos lleva a la cuestión inevitable cuando hablamos de un Solanum: ¿es tóxico?

Conviene considerarlo una planta ornamental no comestible. El género Solanum es conocido por producir glicoalcaloides esteroideos, sustancias defensivas cuya concentración y composición varían enormemente entre especies, órganos y estados de maduración. Solanina y chaconina son los ejemplos famosos de la patata, pero no debemos trasladar automáticamente a S. laxum la composición química de otras especies. La información toxicológica específica disponible para esta ornamental es bastante más limitada.

La precaución práctica es sencilla: no ingerir sus frutos ni otras partes de la planta, y evitar especialmente que los niños puedan confundir las bayas con frutos comestibles. Esto no convierte al falso jazmín en una especie terrorífica que haya que expulsar de los jardines. Simplemente significa que es una ornamental para mirar, no una planta para experimentar en la cocina.

A diferencia de otras especies que hemos tratado este mes de agosto que ya da sus últimas bocanadas, tampoco posee una tradición medicinal especialmente relevante que justifique correr riesgos. Su gran utilidad para nosotros ha sido y sigue siendo ornamental.

En eso resulta magnífica. En climas suaves puede conservar buena parte del follaje durante el invierno y florecer durante un período extraordinariamente largo. Necesita mucha luz, aunque tolera cierta semisombra, agradece los suelos bien drenados y debe disponer de un soporte sobre el que extenderse. La Royal Horticultural Society recomienda cultivarla a pleno sol, preferentemente en una situación protegida y contra una pared soleada; puede alcanzar varios metros y admite bien la poda después de la floración.

Tolera algo de frío, pero las heladas fuertes pueden destruir los brotes aéreos. En lugares protegidos, sin embargo, una planta establecida puede rebrotar vigorosamente desde la base. En los jardines mediterráneos encuentra condiciones especialmente favorables y puede utilizarse para cubrir muros, pérgolas y celosías.

Existe además una hermosa ironía histórica. La planta llegó a los jardines británicos desde Sudamérica durante el siglo XIX y allí se difundió bajo el nombre de S. jasminoides. El material cultivado parece haber procedido del sur de Brasil; un ejemplar recolectado en Rio Grande do Sul en 1832 está relacionado con aquellas primeras introducciones. El nombre equivocado —o, mejor dicho, posteriormente relegado a sinónimo— tuvo tanto éxito que casi dos siglos después seguimos encontrándolo en viveros.

No hay que enfadarse demasiado con quienes siguen llamándolo jazmín. La jardinería clasifica las plantas de una manera bastante distinta de la botánica. Una planta trepa por una pared, produce durante meses ramilletes de flores claras y delicadas y, desde lejos, recuerda a un jazmín. Para el jardinero que la contempla desde la terraza, el asunto está resuelto.

El botánico se acerca un poco más, ve las cinco anteras amarillas reunidas en el centro de una corola estrellada y descubre inmediatamente a una solanácea. El jardinero ve un jazmín. El botánico ve una prima trepadora de la patata. Y, como tantas otras veces, los dos tienen buenos motivos.

EL CAFÉ EXTRAFUERTE QUE QUIZÁ NO LO SEA TANTO

 

Un amigo, preocupado por su salud, me pregunta si el café «extrafuerte» contiene más cafeína. La pregunta parece sencilla, pero pertenece a esa clase de cuestiones domésticas que, en cuanto uno levanta una esquina, dejan al descubierto un pequeño sótano lleno de química, botánica, técnicas comerciales y palabras empleadas con una libertad que ya quisiera para sí la poesía. ¿Qué significa exactamente que un café sea fuerte? ¿Que sabe más? ¿Que huele más? ¿Que contiene más cafeína? ¿Que nos mantendrá despiertos durante una reunión particularmente soporífera? La respuesta breve es que «extrafuerte» suele referirse a la intensidad del sabor, no necesariamente a la cantidad de cafeína. La respuesta larga requiere servirse una taza.

Antes de entrar en ella, conviene tranquilizar a mi amigo. Para la mayoría de los adultos sanos, beber café con moderación no es perjudicial. Más aún: numerosos estudios observacionales encuentran que su consumo habitual se asocia con un riesgo menor de padecer algunas enfermedades y de morir prematuramente. Una amplia revisión publicada en 2017 en The BMJ, que reunió los resultados de más de doscientas investigaciones, concluyó que el café era más a menudo asociado con beneficios que con daños y que las mayores reducciones del riesgo se observaban alrededor de tres o cuatro tazas diarias. Los consumidores presentaban una incidencia menor de enfermedades cardiovasculares, diabetes de tipo 2, algunas dolencias hepáticas y determinados cánceres. Esto no demuestra que el café sea el causante de la protección —los estudios observacionales descubren asociaciones, no milagros—, pero sí permite desterrar la antigua imagen de la cafetera como una especie de ruleta rusa doméstica.

Otro estudio publicado en 2022 en Annals of Internal Medicine siguió durante unos siete años a más de 170 000 participantes del Reino Unido. Quienes bebían entre una taza y media y tres tazas y media al día de café sin azúcar, o ligeramente endulzado, mostraron un riesgo de mortalidad menor que quienes no lo consumían. De nuevo, conviene no confundir asociación con causalidad. Nadie debería empezar a beber café como quien comienza un tratamiento, pero tampoco parece razonable contemplar con remordimiento cada taza matutina.

La moderación, por supuesto, no significa lo mismo para todos. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria considera que una ingesta de hasta 400 miligramos diarios de cafeína no plantea problemas de seguridad para la mayoría de los adultos sanos; durante el embarazo aconseja no superar los 200 miligramos. Hay personas muy sensibles a la cafeína, pacientes con ciertas arritmias o trastornos de ansiedad, y otras a quienes una taza tomada después de comer les garantiza una larga noche de contemplación del techo. El café puede producir insomnio, nerviosismo, palpitaciones o molestias digestivas, y la prudencia individual vale más que cualquier promedio estadístico.

Tranquilizado el paciente, volvamos al paquete «extrafuerte». El primer problema es que la intensidad y la cafeína son dos cosas distintas. La intensidad es una impresión sensorial: reúne el aroma, el cuerpo, el amargor, la concentración y la persistencia del sabor. No existe una escala universal que permita afirmar que un café de intensidad diez sea exactamente dos veces más intenso que otro de intensidad cinco. Cada fabricante construye su propia clasificación. Esas cifras que aparecen en los envases y en las cápsulas son útiles para comparar productos de una misma marca, pero no constituyen una unidad científica como el metro, el gramo o el miligramo de cafeína.

La palabra «extrafuerte» suele anunciar un café de tueste oscuro, con abundante cuerpo, amargor pronunciado y aromas tostados. Durante el tueste, el grano verde experimenta una transformación formidable. Pierde agua, aumenta de volumen, cambia de color y produce centenares de sustancias aromáticas mediante reacciones como las de Maillard y la caramelización. En los tuestes claros sobreviven mejor la acidez, los aromas florales y afrutados y algunas peculiaridades del lugar de origen. Conforme el tueste se prolonga, aparecen sabores a chocolate negro, frutos secos, humo o madera quemada. Si se lleva demasiado lejos, todos los cafés terminan sabiendo aproximadamente a lo mismo: a café que ha tenido una discusión seria con el fuego.

Como el sabor se vuelve más amargo y tostado, tendemos a interpretar que el producto es también más estimulante. Sin embargo, la cafeína resiste bastante bien las temperaturas de tostado y las diferencias entre un tueste claro y otro oscuro suelen ser pequeñas. El asunto se complica porque el grano oscuro ha perdido más agua y materia, pesa menos y ocupa más volumen. Si medimos el café con una cuchara, un tueste claro puede contener algo más de cafeína porque sus granos son más densos; si lo pesamos, las diferencias pueden reducirse o cambiar. En cualquier caso, el grado de tueste influye mucho menos que la especie botánica y la cantidad de café utilizada.

Aquí aparecen los dos grandes protagonistas de la cafetera mundial: Coffea arabica, el arábica, y Coffea canephora, conocida comercialmente como robusta. El arábica suele cultivarse a mayor altitud, es más delicado y ofrece aromas más complejos, suaves, dulces o afrutados. El robusta tolera mejor el calor, ciertas enfermedades y condiciones menos amables; produce un café con más cuerpo, mayor amargor y notas terrosas, además de una crema abundante y persistente en el espresso. También contiene bastante más cafeína. Mientras los granos de arábica suelen rondar el 1–1,5% de cafeína en materia seca, los de robusta se sitúan aproximadamente entre el 2 y el 2,7%. En términos generales, robusta puede contener cerca del doble.

Esa diferencia no es casual. Para la planta, la cafeína no es un servicio destinado a estudiantes, conductores o escritores con una entrega atrasada, sino una defensa química contra herbívoros y otros organismos. El robusta, adaptado a ambientes cálidos y a altitudes menores, ha invertido generosamente en ese armamento. Su mayor contenido explica que una mezcla con abundante robusta pueda resultar al mismo tiempo más amarga y estimulante. En ese caso, el café parecerá fuerte y además contendrá más cafeína, pero ambas características tienen una causa común —la composición de la mezcla— y no una relación obligatoria entre sí.

Es verdad que en los supermercados ocupan un lugar muy visible los paquetes rotulados «100% arábica», porque la palabra se ha convertido en una señal de calidad. Sin embargo, no podemos concluir que la mayoría de todo el café vendido en España sea arábica. Muchos cafés molidos corrientes, solubles, preparados para hostelería y mezclas destinadas al espresso incorporan robusta sin destacarlo en el frontal. España, de hecho, importa una proporción considerable de robusta. Cuando un paquete proclama «mezcla seleccionada» o guarda un prudente silencio sobre la especie, puede contener ambas. Si es cien por cien arábica, el fabricante suele anunciarlo con el entusiasmo de quien no piensa desperdiciar una ventaja comercial.

Tampoco basta con conocer la especie para calcular lo que llegará a nuestra taza. Importan la dosis, la molienda, la temperatura, el tiempo de extracción y el volumen de la bebida. Un espresso contiene más cafeína por mililitro que un café filtrado, pero, como se sirve en una cantidad pequeña, puede aportar menos cafeína total que una gran taza de filtro. Un espresso de unos treinta mililitros puede rondar los 60–80 miligramos, aunque la variabilidad es enorme; una taza grande de café filtrado puede superar fácilmente los cien. «Una taza» es una unidad muy poco científica: puede ser una delicada tacita italiana o un recipiente norteamericano en el que cabría bañar a un animal pequeño.

Así pues, mi amigo puede seguir tomando su café sin temer que la palabra «extrafuerte» esconda necesariamente una sobredosis. El término promete sobre todo una experiencia sensorial más intensa, generalmente obtenida mediante un tueste oscuro, una mezcla con mayor cuerpo o ambas cosas. Para averiguar si contiene más cafeína hay que buscar información más útil: si es arábica o robusta, cuánto café se utiliza y cómo se prepara.

La paradoja final es estupenda. Un arábica de tueste oscuro puede saber poderoso y contener menos cafeína que un robusta de aspecto menos amenazador. Y una enorme taza de café suave puede mantenernos despiertos mucho más tiempo que un espresso negro y contundente. En materia de café, como en tantas otras facetas de la vida, quien levanta más la voz no siempre es quien tiene más fuerza.

 

Si quieres leer más sobre el café, consulta estos posts en este mismo blog:

https://www.sobreestoyaquello.com/2023/10/que-nos-pasa-cuando-tomamos-cafe.html

https://www.sobreestoyaquello.com/2024/11/el-cafe-instantaneo-y-los-peligros-de.html

https://www.sobreestoyaquello.com/2024/07/lecturas-de-verano-un-descafeinado-por.html

 

miércoles, 26 de agosto de 2026

DOS POLIZONES EN LAS HOJAS DE ROBINIA PSEUDOACACIA

 

Mi amigo de siempre, ese que creyéndomeno solo botánico sino también entomólogo, fitopatólogo y probablemente responsable de todo cuanto sucede en una hoja, me envía unas fotografías tomadas en algún lugar del Pirineo que no precisa más. En ellas aparecen los foliolos de una robinia (Robinia pseudoacacia) cubiertos de manchas blanquecinas. Algunas parecen manos de seis o siete dedos; otras son ovaladas, plateadas y discretamente abombadas. A primera vista podría pensarse en un hongo, una quemadura solar o la consecuencia de alguna fumigación desafortunada. Pero dentro de esas manchas ha vivido una oruga.

En realidad, no se trata de una sola especie, sino de dos pequeñas mariposas norteamericanas que han seguido hasta Europa al árbol del que dependen (Figura 1). Una es Parectopa robiniella; la otra, Macrosaccus robiniella, conocida hasta hace poco como Phyllonorycter robiniella (la etimología de estos nombres la dejo al final del post). Las dos pertenecen a la familia Gracillariidae, compuesta por polillas tan pequeñas que rara vez merecen la atención de quien no haya decidido previamente examinar una hoja con lupa. Sus larvas son minadoras: en lugar de devorar la hoja desde fuera, penetran entre sus dos epidermis y se comen el parénquima, es decir, el tejido verde situado entre la piel superior y la inferior. La hoja se convierte así en una vivienda con paredes comestibles, una solución arquitectónica que no encontraría financiación bancaria, pero que a las orugas les ha funcionado admirablemente.

Las minas blancas, planas y ramificadas que aparecen en la Figura 2 A corresponden a Parectopa robiniella. Su dibujo es tan característico que la especie recibe en inglés el nombre de locust digitate leafminer, el minador digitado de la falsa acacia. La hembra deposita el huevo en el envés, junto a una nervadura. La larva recién nacida atraviesa el tejido y termina excavando en el haz una mancha de la que parten prolongaciones estrechas, semejantes a dedos. Cuando varias minas confluyen, el foliolo parece haber sido decorado por alguien que disponía únicamente de pintura blanca y atravesaba una etapa cubista.

El aspecto de las huellas que deja Macrosaccus robiniella es diferente. Sus minas, visibles en las figuras 2 B y C, suelen desarrollarse en el envés y son ovaladas o alargadas, blanquecinas y situadas a un lado del nervio central. También pueden verse desde arriba porque la larva elimina buena parte del tejido verde y deja la mina convertida en una ventana traslúcida. En los últimos estadios produce seda, contrae la epidermis inferior y forma una pequeña cavidad abombada o tentiforme. Dentro de ella pupa y completa la transformación en una mariposa diminuta de apenas unos milímetros.

La Figura 3 permite comprender el efecto acumulativo del ataque. Una sola mina apenas compromete a un árbol; centenares de ellas blanquean buena parte de la copa, reducen la superficie fotosintética y pueden provocar amarilleamiento y caída prematura de los foliolos. El resultado parece alarmante, aunque las robinias adultas suelen soportarlo bastante bien. Son árboles vigorosos, capaces de rebrotar después de podas, incendios y otras experiencias que dejarían a una especie más sensible redactando testamento.

La historia tiene una simetría casi novelesca. Robinia pseudoacacia es originaria del este de Norteamérica. Fue introducida en Europa por un botánico llamado Robin a comienzos del siglo XVII y durante mucho tiempo se cultivó como ornamental, árbol forestal, estabilizador de taludes y productor de una madera dura y resistente. También es apreciada por los apicultores: la llamada miel de acacia europea procede, en realidad, de sus flores. La acacia verdadera pertenece a otro grupo de leguminosas, pero la botánica popular acostumbra a tratar los nombres como quien reparte cartas después de la cena.

En Europa la robinia encontró un continente casi falto de sus enemigos naturales y aprovechó la ocasión. Crece deprisa, fija nitrógeno atmosférico gracias a las bacterias asociadas a sus raíces y se reproduce vigorosamente mediante semillas, retoños radicales y brotes de cepa. En terrenos alterados, cunetas, taludes ferroviarios y riberas puede formar masas densas que desplazan a la vegetación autóctona. La fijación de nitrógeno, una virtud en suelos agrícolas pobres, se convierte en un inconveniente en hábitats naturales adaptados a la escasez de nutrientes, porque modifica el suelo y favorece a las plantas nitrófilas. Es especialmente problemática en varios países centroeuropeos, pero también invade bosques y cursos fluviales españoles, tanto en la región atlántica como en la mediterránea.

Sus dos minadores tardaron casi cuatro siglos en reunirse con ella. P. robiniella fue detectada en Europa, cerca de Milán, hacia 1970. M. robiniella apareció en los alrededores de Basilea en 1983 y desde allí se extendió con rapidez. Ambas alcanzaron la península ibérica alrededor de 2001. Por tanto, no estamos ante plagas recién llegadas, aunque para muchos observadores sean nuevas y su distribución continúe ampliándose. Su tamaño minúsculo y su vida oculta explican que puedan pasar años desapercibidas: vemos el árbol, vemos las hojas y rara vez se nos ocurre que entre las dos superficies de un foliolo está comiendo alguien.

Dependiendo del clima, pueden completar varias generaciones al año. En Europa central son frecuentes tres, mientras que en regiones más cálidas pueden producirse cuatro e incluso cinco. Las minas se acumulan a medida que avanza el verano, de modo que el ataque parece mucho más intenso al final de la estación. El invierno suele pasarlo Macrosaccus como adulto refugiado entre la corteza, la hojarasca u otros escondrijos; en primavera, las hembras vuelven a buscar las nuevas hojas de robinia y el ciclo comienza otra vez.

No sabemos con certeza cómo atravesaron el Atlántico. Es tentador atribuir cualquier invasión moderna al turismo y hablar del «síndrome Ryanair», imaginando mariposas ocultas en maletas, abrigos y bolsas de aseo. Sin embargo, para estos insectos resulta mucho más probable el transporte accidental de plantas vivas, ramas, contenedores o vehículos. Una larva encerrada dentro de una hoja viaja con alojamiento y manutención incluidos. Una vez establecida en Europa, la especie puede avanzar por sus propios medios, ser transportada por el viento o aprovechar el tráfico rodado y ferroviario. Los corredores de robinias plantados junto a carreteras y vías férreas constituyen, además, una sucesión casi ininterrumpida de estaciones de servicio.

La llegada de estos herbívoros podría parecer una buena noticia: si la robinia es invasora, tal vez sus enemigos americanos contribuyan a controlarla. Algo ayudan, pero sería excesivo presentarlos como un ejército libertador. Incluso los ataques intensos rara vez matan árboles adultos, y mucho menos eliminan sus extensos sistemas radicales. Pueden reducir su crecimiento, adelantar la caída de las hojas y debilitar ejemplares jóvenes, pero no constituyen por sí solos un método eficaz de control biológico. La robinia ha sobrevivido a dificultades bastante mayores que dos polillas microscópicas.

Tampoco las mariposas viven completamente libres de enemigos. Numerosas avispillas europeas han aprendido a localizar las larvas escondidas dentro de las minas. Con su ovipositor atraviesan la epidermis y depositan un huevo sobre ellas o en su interior. La larva de la avispa se alimenta entonces del minador y termina matándolo. Estos insectos son parasitoides, palabra que no significa «parásitos de parásitos». Un parasitoide se diferencia de un parásito ordinario en que inevitablemente acaba con su hospedador. Si parasitara a otro parasitoide sería un hiperparasitoide, porque hasta en el interior de una hoja la naturaleza encuentra la manera de complicar el organigrama.

Algunos de los pequeños orificios observados en el envés pueden corresponder a la salida de esas avispillas. Los adultos de Macrosaccus, por su parte, suelen emerger dejando el exuvio de la crisálida parcialmente asomado a través de la epidermis, como si el insecto hubiera abandonado la vivienda sin molestarse en cerrar la puerta. En distintos estudios europeos, los parasitoides autóctonos han llegado a eliminar una proporción considerable de larvas y pupas. No siempre es necesario importar desde América al enemigo natural original: a veces basta con esperar a que los depredadores locales descubran el nuevo plato del menú.

Las fotografías documentan, por tanto, algo más interesante que una simple plaga. En la Figura 1 aparece P. robiniella, reconocible por sus minas digitadas en el haz. En las figuras 2 y 3 vemos el ataque de M. robiniella, cuyas minas ovaladas se forman principalmente en el envés y pueden llegar a blanquear gran parte de la copa. Son dos insectos norteamericanos, viviendo sobre un árbol norteamericano, pero reunidos ahora en un bosque europeo. La robinia llegó primero, se instaló cómodamente y comenzó a comportarse como si el continente le perteneciera. Sus inquilinos tardaron varios siglos en encontrarla, pero finalmente han llamado a la puerta. O, para ser exactos, han entrado directamente por la hoja.

Etimología

Parectopa: del griego pará, «próximo o semejante» y éktopos, «diferente o fuera de lugar»; probablemente alude a su peculiar nerviación alar, caracterizada por la ausencia de vena costal.

Macrosaccus: del griego makrós, «largo» y sákkos, «saco». Alude al saccus extraordinariamente largo y estrecho del aparato genital masculino.

Phyllonorycter: del griego phýllon, «hoja» y oryktḗr, «excavador». Significa «excavador de hojas» y alude a las larvas que perforan el interior de las hojas y viven formando minas. Puede traducirse sencillamente como «minador de hojas».

Robiniella: obviamente está relacionado con el género Robinia.


PLUMBAGO AURICULATA: EL «JAZMÍN» QUE SE VOLVIÓ AZUL

 

Hay nombres populares que son pequeños atentados contra la sistemática botánica, pero resultan demasiado útiles y están demasiado arraigados para intentar eliminarlos. Al jazmín azul le ocurre exactamente eso. Tiene flores azules, de acuerdo, pero de jazmín no tiene prácticamente nada. No pertenece al género Jasminum, ni siquiera a las Oleaceae, la familia de los verdaderos jazmines, los olivos y los fresnos. Nuestro protagonista pertenece a las Plumbaginaceae y es pariente cercano del Ceratostigma plumbaginoides que acabamos de conocer.

Y antes de seguir conviene aclarar otro pequeño embrollo. Durante muchísimo tiempo se ha cultivado y citado como Plumbago capensis, nombre que todavía aparece en viveros, libros de jardinería y catálogos. El nombre actualmente aceptado es Plumbago auriculata. P. capensis queda como sinónimo. No hemos cambiado de planta: simplemente ha cambiado la etiqueta.

El nombre genérico Plumbago procede del latín plumbum, «plomo». Plinio utilizó ya plumbago para una planta a la que se atribuía la capacidad de curar una enfermedad ocular denominada plumbum, aunque existen otras interpretaciones que relacionan el nombre con el color plomizo de algunas especies o incluso con la supuesta capacidad de combatir el envenenamiento por plomo. Como ocurre tantas veces con nombres heredados de la Antigüedad, conocemos mejor la palabra que las razones exactas por las que empezó a utilizarse.

El antiguo epíteto capensis es mucho más transparente: significa «del Cabo» y alude a su procedencia sudafricana. El actualmente aceptado, auriculata, deriva del latín auricula, «orejita», y hace referencia a las pequeñas expansiones semejantes a aurículas que aparecen en la base de las hojas. Es uno de esos caracteres que pasan completamente inadvertidos hasta que alguien nos explica el nombre y entonces parece imposible dejar de verlos.

La planta es originaria del África austral, principalmente de Sudáfrica, donde crece formando arbustos en matorrales y bordes de bosque. En condiciones favorables puede alcanzar dos o incluso tres metros, y sus ramas largas y flexibles tienden a apoyarse sobre la vegetación vecina. No es una trepadora verdadera: carece de zarcillos, raíces adherentes o tallos volubles. Si aparece cubriendo una pared es porque alguien la ha sujetado o porque sus ramas han encontrado dónde apoyarse.

Sus hojas son simples, alternas, de un verde bastante claro y forma entre oblonga y espatulada. Pero nadie planta un plumbago para contemplar sus hojas. Lo hacemos por las flores. Son flores de una arquitectura muy característica. Poseen un cáliz tubular formado por cinco sépalos, cubierto exteriormente por numerosos pelos glandulares pegajosos, que secretan un mucílago pringoso capaz de atrapar y matar insectos; no está claro cuál es el propósito de esos pelos; si es el de protección frente a la polinización por avispas, hormigas y otros insectos que toman el néctar pero no polinizan, o que la planta sea posiblemente subcarnívora.

La corola forma un tubo largo y estrecho que termina bruscamente en cinco lóbulos extendidos, produciendo una flor casi plana cuando se observa de frente. Dentro del tubo se encuentran cinco estambres y, en el centro, el estilo rematado por un estigma dividido en cinco lóbulos.

El color merece que nos detengamos un momento. El azul verdadero es relativamente infrecuente entre las flores. No existe un «pigmento azul» universal: la tonalidad depende de antocianinas cuya apariencia cambia según su estructura química, el pH de las células, la presencia de iones metálicos y otros pigmentos asociados. En P. auriculata, el resultado es ese azul celeste o azul lavanda que ha convertido a la especie en una de las ornamentales más reconocibles de los jardines de clima cálido. Existen también cultivares de azul más intenso y otros de flores casi blancas.

La flor guarda además un pequeño mecanismo digno de inspección con una lupa. Los pelos glandulares del cáliz producen una secreción viscosa que hace que los cálices maduros se adhieran fácilmente a la ropa y al pelo de los animales. No son simples pelos decorativos. Una vez terminada la floración, pueden contribuir a que las estructuras que contienen el fruto sean transportadas accidentalmente. Quien haya podado un plumbago y haya terminado cubierto de pequeños restos vegetales pegajosos ya conoce el sistema sin necesidad de haber estudiado botánica.

Las flores aparecen reunidas en vistosas inflorescencias terminales y son visitadas por mariposas y numerosos insectos. En climas benignos la floración puede prolongarse durante muchos meses, desde primavera hasta bien entrado el otoño. En regiones prácticamente libres de heladas puede producir flores durante una parte todavía mayor del año.

Aquí aparece una interesante conexión con Ceratostigma plumbaginoides. Ambas plantas pertenecen a Plumbaginaceae y comparten varios rasgos florales, pero su aspecto y su estrategia de crecimiento son muy diferentes. Ninguno de los dos es un jazmín. La confusión popular se entiende mejor si pensamos como jardineros y no como botánicos. Los auténticos jazmines suelen ser arbustos de ramas flexibles, producen abundantes flores vistosas y se cultivan cubriendo paredes, vallas y pérgolas. 

Plumbago hace aproximadamente lo mismo. Para el lenguaje cotidiano, eso ha sido suficiente para incorporarlo al enorme cajón de los «jazmines». Pero basta observar una flor para terminar con la confusión. Los Jasminum poseen flores de arquitectura diferente y pertenecen a Oleaceae; Plumbago presenta su característico cáliz glanduloso y pertenece a Plumbaginaceae. El parentesco entre ambos es remoto.

El género tiene también una vertiente química menos amable. Varias especies de Plumbago producen naftoquinonas, entre las que destaca la plumbagina, un compuesto de intensa actividad biológica, que ha sido objeto de numerosos estudios por sus efectos antimicrobianos, antiinflamatorios y citotóxicos experimentales.

Eso explica que distintas especies de Plumbago hayan tenido una larga historia en las medicinas tradicionales de África y Asia. Raíces y hojas se han empleado para tratar afecciones cutáneas, inflamaciones y diversas enfermedades, y en algunas tradiciones las raíces se utilizaron como sustancias vesicantes: aplicadas sobre la piel provocan irritación y ampollas.

La palabra importante aquí es precisamente irritación. La plumbagina no es una sustancia inocua. Puede resultar irritante para piel y mucosas y presenta actividad citotóxica a determinadas concentraciones. P. auriculata no debe utilizarse como remedio doméstico ni ingerirse. Que un compuesto muestre propiedades interesantes en cultivos celulares o experimentos de laboratorio no significa que masticar la planta sea una versión económica de un medicamento. La farmacología, afortunadamente, exige algo más.

Como ornamental, en cambio, es una planta extraordinariamente agradecida. Necesita mucha luz para florecer abundantemente, tolera bastante bien el calor y, una vez establecida, soporta períodos moderados de sequía. Agradece riegos durante el verano y responde muy bien a la poda. De hecho, en jardines pequeños la poda deja de ser una posibilidad para convertirse en una negociación periódica sobre quién es exactamente el propietario del terreno.

Su principal limitación es el frío. Las heladas fuertes dañan las ramas y pueden matar la parte aérea, aunque ejemplares bien establecidos llegan a rebrotar desde la base después de episodios moderados. Por eso es particularmente frecuente en jardines mediterráneos, subtropicales y costeros. Puede cultivarse como arbusto libre, seto informal, planta apoyada contra un muro o incluso en grandes macetas.

En condiciones favorables escapa ocasionalmente de los jardines y llega a naturalizarse. Su vigor, su capacidad de rebrote y su reproducción explican que haya aparecido espontáneamente en diferentes regiones cálidas fuera de su área africana original. Es una razón más para controlar su expansión allí donde el clima le permite vivir sin nuestra ayuda.

Quizá lo más curioso de P. auriculata sea que la característica por la que todo el mundo la conoce es precisamente la que menos sirve para identificarla científicamente. Decimos «jazmín azul» y acertamos únicamente en la segunda palabra. Pero no importa demasiado. En pleno verano, cuando un muro entero desaparece bajo cientos de pequeñas flores azul celeste, resulta difícil ponerse purista.

Podemos llamarlo jazmín azul si queremos. Eso sí: cuando terminemos de admirarlo, conviene recordar que el jazmín está en el nombre y el plumbago en la planta.

¿CUÁNDO NACIÓ REALMENTE ESPAÑA? (2)

 

Cuando las Cortes eligieron a Amadeo de Saboya en 1870, la fórmula constitucional fue inequívoca: «Rey de España». Era la primera vez que se usaba ese título. Su abdicación y su regreso a Italia en 1873 condujeron a la declaración de la Primera República Española. El monarca escribió una misiva a las Cortes en las que, antes de abandonar el país, explicaba el por qué de su marcha. Esa es una reproducción apócrifa de dicha misiva.

Mi artículo anterior sobre estetema dejó abierta una cuestión: ¿cuándo puede hablarse de la creación del estado español? Trataré de dar respuesta ahora.

No existe una fecha única indiscutible, porque depende de qué llamemos Estado español. Pero si queremos contestar con cierto rigor histórico, yo distinguiría varios momentos.

1479 no crea todavía un Estado español. Con la llegada de Fernando II al trono de Aragón, Isabel y Fernando gobiernan conjuntamente Castilla y Aragón, pero aquello es una unión dinástica, no una fusión estatal. Cada Corona conserva leyes, Cortes, moneda, fiscalidad, fronteras aduaneras e instituciones. Tampoco 1492, pese a la conquista de Granada, transforma automáticamente esa monarquía compuesta en un Estado unitario. Navarra ni siquiera se incorpora a la Corona de Castilla hasta 1512-1515.

Con los Austrias, desde Carlos I, resulta perfectamente razonable hablar de Monarquía Hispánica o Monarquía de España. Existe un soberano común y una política exterior y dinástica común, pero continúa siendo una monarquía compuesta. Un valenciano, un castellano o un aragonés estaban sometidos al mismo rey, pero no necesariamente a las mismas leyes, impuestos o instituciones. Felipe II podía ser rey de Castilla, Aragón, Valencia, Navarra, etc.; jurídicamente no gobernaba un único «Reino de España» homogéneo.

El gran punto de inflexión llega después de la Guerra de Sucesión. Los Decretos de Nueva Planta, promulgados por Felipe V entre 1707 y 1716, suprimieron buena parte de las instituciones propias de los territorios de la Corona de Aragón y extendieron un modelo administrativo mucho más centralizado, inspirado fundamentalmente en Castilla. Navarra y las provincias vascas conservaron, sin embargo, sus fueros. Por eso 1715-1716 constituye probablemente la mejor fecha si queremos señalar el comienzo de un Estado español centralizado.

Pero tampoco es todavía el Estado-nación contemporáneo. Para eso debemos entrar en el siglo XIX. La Constitución de Cádiz de 1812 introduce algo radicalmente diferente. Su artículo 1 comienza:

«La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios».

Y el artículo 3 establece que:

«La soberanía reside esencialmente en la Nación».

Ahí cambia la naturaleza de la legitimidad política. El país ya no se concibe simplemente como un conjunto de territorios pertenecientes a un monarca. Aparece constitucionalmente la nación española como sujeto soberano.

El proceso continúa durante el siglo XIX, especialmente con la reorganización provincial de 1833, la construcción de una administración estatal uniforme, la Hacienda, el Ejército, los códigos legales y las sucesivas constituciones. Es entonces cuando va adquiriendo las características reconocibles del Estado español contemporáneo.

Así que yo lo resumiría de esta manera:

Antigüedad: Existe Hispania como nombre geográfico

Edad Media: Existe España/Espanna como concepto geográfico e histórico

1479: Unión dinástica de Castilla y Aragón

1492 : Granada se incorpora a Castilla; no nace un Estado español unitario

Siglos XVI-XVII: Monarquía Hispánica: una monarquía compuesta

1707-1716: Nueva Planta: gran salto hacia un Estado español centralizado

1812: Nación española soberana y Estado constitucional

Siglo XIX: Consolidación administrativa del Estado español moderno

Por eso, si en queremos atrevernos a contestar «¿cuándo nació España?», podemos concluir negándonos a proporcionar la fecha rotunda que el lector espera, porque España nació varias veces. Como nombre, tiene más de dos mil años; como idea geográfica e histórica, atravesó toda la Edad Media; como monarquía común, comenzó a perfilarse con los Reyes Católicos y los Austrias; como Estado centralizado, dio un salto decisivo con Felipe V; y como nación soberana constitucional, nació en Cádiz en 1812.

Y esto refuerza mucho el argumento del artículo anterior: que Alfonso X escribiera Estoria de Espanna hacia 1270 demuestra inequívocamente que existía España como nombre y concepto histórico; no demuestra que existiera el Estado español.

Hay además una cuestión interesante: ¿cuándo empezaron los propios monarcas a utilizar oficialmente el título «rey de España»? Ahí la historia vuelve a complicarse de una manera muy instructiva.

La respuesta es reveladora: mucho más tarde de lo que suele suponerse. Los Reyes Católicos no fueron oficialmente «reyes de España», ni tampoco lo fueron, en sentido jurídico estricto, Carlos I, Felipe II o Felipe IV.

Isabel y Fernando acumulaban títulos. En los documentos solemnes eran reina y rey de Castilla, León, Aragón, Sicilia, Granada, etc. Tras la conquista de Granada se añadió el nuevo reino a la lista, pero no apareció un Reino de España que absorbiera jurídicamente a los demás. La conocida expresión «Reyes Católicos» tampoco significa «reyes de España»: fue un título honorífico concedido por Alejandro VI en 1496.

Sin embargo, y aquí empieza lo interesante, desde finales del siglo XV y durante los siglos XVI y XVII encontramos con frecuencia expresiones como rex Hispaniarum, «rey de las Españas» o incluso «rey de España», especialmente fuera de la estricta titulación jurídica. Diplomáticos, cronistas, impresores y otras cortes europeas necesitaban una manera mucho menos aparatosa de referirse al monarca que recitar «rey de Castilla, de León, de Aragón, de las Dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada…».

Así, Felipe II podía ser llamado perfectamente «rey de España» por sus contemporáneos, aunque esa no fuera su titulación jurídica fundamental. Y el plural «las Españas» es especialmente significativo: reflejaba una monarquía formada por varios reinos y territorios sometidos al mismo soberano.

Con los Borbones se produce otro paso. Felipe V continúa utilizando una larga relación de títulos, pero los Decretos de Nueva Planta de 1707-1716 transforman profundamente la estructura de la Monarquía. Desaparecen muchas de las instituciones particulares de los territorios de la Corona de Aragón y aumenta considerablemente la centralización. «España» va dejando de ser solamente el término que engloba los diferentes reinos para convertirse cada vez más claramente en el nombre de una unidad política.

Pero ni siquiera entonces desaparece inmediatamente el plural. La Constitución de Cádiz de 1812 habla de la «Nación española», pero Fernando VII todavía utiliza una fórmula que hoy resulta extraña: «Don Fernando VII, por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de León, de Aragón...», seguida de la larguísima enumeración tradicional. En otros documentos aparece abreviadamente como «Rey de las Españas».

El cambio decisivo se produce con Isabel II. Hasta mediados del siglo XIX continuaba oficialmente la titulatura histórica. Pero en 1837 la propia Constitución comienza diciendo:

«Doña Isabel II, por la gracia de Dios y la Constitución de la Monarquía española, Reina de las Españas...»

Todavía las Españas, en plural.

Y llegamos finalmente a 1868, un año especialmente interesante para nuestra pregunta. Poco antes de la Revolución Gloriosa que destronaría a Isabel II, un real decreto de 13 de octubre de 1868 —ya bajo el Gobierno Provisional— dispuso la simplificación de determinadas denominaciones oficiales; pero el proceso de fijación del título moderno culmina en el nuevo régimen. Cuando las Cortes eligieron a Amadeo de Saboya en 1870, la fórmula constitucional fue inequívoca: «Rey de España». Amadeo I reinó desde 1871 con ese título.

Y después de la Restauración, Alfonso XII aparece igualmente como: «Rey constitucional de España». La Constitución de 1876 comienza: «Don Alfonso XII, por la gracia de Dios Rey constitucional de España...» Ahí ya estamos plenamente en nuestro lenguaje político moderno.

Por tanto, tenemos una paradoja histórica: Alfonso X escribió una Estoria de Espanna hacia 1270, pero tuvieron que pasar aproximadamente seis siglos para que un monarca utilizara «Rey de España» como título oficial constitucional en el sentido moderno. Eso no significa que durante esos seis siglos «España no existiera». Significa algo mucho más interesante: el nombre España es muchísimo más antiguo que el Estado que acabó llevando ese nombre.

Y añado este dato al artículo porque desmonta el argumento del hilo de X. No hace falta negar absolutamente nada de lo que dice Alfonso X. Al contrario: podemos aceptar que escribiera Espanna, aceptar la antigüedad de Hispania y aceptar que Felipe II fuese conocido internacionalmente como «rey de España». El error consiste en pensar que un topónimo, una identidad histórica, una monarquía compuesta y un Estado-nación son cuatro nombres para la misma cosa.

No lo son. Y los propios títulos de los reyes españoles permiten observar, casi palabra por palabra, cómo se produjo esa transformación.

¿CUÁNDO NACIÓ REALMENTE ESPAÑA? (1)

 

Las redes sociales tienen la extraordinaria virtud de resolver en unos cuantos caracteres problemas que han mantenido ocupados a los historiadores durante siglos. Uno de ellos es determinar cuándo nació España. En un hilo de X, evidentemente xenófobo y ultraderechista, me encuentro con el texto que transcribo en negritas (he dejado, además, las faltas de ortografía que, entre otras cosas, delatan la ausencia de sindéresis):

Queridos Moros, vamos a reírnos un rato, venga, a ver si sabéis responder...

-Adivina ¿Cómo se llamaba la zona de la península ibérica con los fenicios?

I-SPN-YA

-Adivina ¿Cómo se llamaba con los romanos?

HISPANIA

-Adivina ¿Cómo se llamaba con los visigodos?

SPANIA

-Adivina ¿Cómo la llamaron los omeyas?

AL-ANDALUS

-Adivina ¿Cómo se llamaba esta tierra en la edad media?

ESPANNA

-Adivina ¿Cómo se llamaba en la edad moderna?

ESPAÑA

Entonces, adivina ¿de dónde viene el nombre actual de España?

Fenicios → I-SPN-YA

Romanos → HISPANIA

Visigodos → SPANIA

Edad Media → ESPANNA

Actualidad → ESPAÑA

Así, queridos moros, es como uno demuestra la continuidad etimológica de un nombre que proviene desde muchísimos siglos antes de que Ala hiciera aparición en la historia.

Podéis cambiar vuestra historia por una inventada, podéis modificar fronteras, reinos, dinastías y gobiernos, pero lo realmente complicado es borrar más de 2.000 años de historia de un nombre evolucionado que Marruecos no tiene y España SI.

Por cierto, para aquellos que dicen que España no existía antes de 1492, estáis muy equivocados y solo tenéis que leer el documento «Estoria de España» de Alfonso X el Sabio, redactada hacia 1270 y que se encuentra en la Biblioteca del Monasterio de El Escorial, Madrid y del que os dejo su portada aqui abajo

En ese documento ya se dice y en varias ocasiones:

- «Aqui se comiença la Estoria de Espanna que fizo el muy noble rey don Alfonsso...»

-«...los fechos que contescieron en Espanna...»

-«...púsol nombre "Espanna"... assí como lo auemos Nós departido en la nuestra Estoria de Espanna...»

Que curioso...Espanna ¿Os suena? Quizás por que esta puesto por arriba, justo en este mismo texto...Bueno, por si alguien quiere consultarlo, este es el enlace

https://rbme.patrimonionacional.es/s/rbme/item/13129#?xywh=-153%2C-75%2C1204%2C1497 ...Eso si, son mas de 400 paginas de códice, del que os dejo la portada "moderna" porque la original se diluyo con el tiempo y una de sus hojas subrayada donde pone Espanna...hay mas, pero no me da la vida.

FIN

La respuesta es admirablemente sencilla: España existe desde hace más de dos mil años porque su nombre también existe desde entonces. Los fenicios habrían llamado a la Península I-SPN-YA; los romanos, Hispania; los visigodos, Spania; en la Edad Media se convirtió en Espanna y finalmente llegamos a España. Caso cerrado.

Voy ahora con un comentario general, con el que trato de dar respuesta razonada y fundamentada a una pregunta clave que permite entrar en la discusión sin adoptar el tono xenófobo del hilo y conduce exactamente al problema histórico interesante: España no nació una sola vez.

En general, en ese texto hay un pequeño inconveniente: los nombres de los territorios y los Estados que los ocupan no son la misma cosa.

Empecemos, sin embargo, concediendo al argumento lo que tiene de cierto, que no es poco. El nombre de España es antiquísimo. Hispania era el término empleado por los romanos para designar la península ibérica y de él proceden tanto España como Espagne, Spain y formas equivalentes en otras lenguas. Antes de los romanos encontramos probablemente un antecedente fenicio, pero aquí las cosas empiezan a ser bastante menos seguras de lo que sugiere el hilo.

La conocida explicación según la cual los fenicios llamaron a la Península algo parecido a I-spn-ya, «tierra de conejos», es una hipótesis etimológica tradicional, no una certeza documental. Se ha relacionado la raíz semítica š-p-n con el damán, un pequeño mamífero de Oriente Próximo que los fenicios pudieron confundir con los abundantísimos conejos ibéricos. Se han propuesto, sin embargo, otras etimologías. Convertir I-SPN-YA en una especie de nombre oficial de la España fenicia, escrito además como si dispusiéramos de su partida de nacimiento, es conceder a una hipótesis lingüística una seguridad que no posee.

Con Roma pisamos terreno mucho más firme. Hispania aparece abundantemente en las fuentes y designaba un territorio geográfico que los romanos dividieron sucesivamente en distintas provincias. Pero nadie concluiría de ello que existía un Estado llamado España. Hispania pertenecía al Imperio romano de la misma manera que la Galia, Britania o Siria. Que Francia ocupe buena parte de la antigua Galia no convierte ni a Vercingétorix ni a Asterix en ciudadanos franceses.

Con los visigodos la cuestión se vuelve más interesante. Después del hundimiento del Imperio romano de Occidente, la monarquía visigoda llegó a controlar la mayor parte de la Península y empleó Hispania y Spania para referirse a ella. Pero tampoco debemos dejarnos engañar por una palabra conocida. El reino visigodo no era el Reino de España moderno trasladado mágicamente al siglo VII. Además, Spania tuvo incluso un significado político mucho más concreto: los bizantinos utilizaron el término para denominar la provincia que conservaron durante algún tiempo en el sur y sureste peninsular. Una misma palabra podía designar cosas diferentes.

Y entonces llegaron los musulmanes. Aquí el argumento que circula por las redes tropieza con una paradoja bastante divertida. Su cadena pretende demostrar una continuidad perfecta:

Fenicios → I-SPN-YA → romanos → Hispania → visigodos → Spania → Edad Media → EspannaEspaña.

Pero entre los visigodos y la Espanna medieval han desaparecido, como por arte de magia, varios siglos de historia peninsular. Al-Andalus no era una errata histórica ni un paréntesis sin consecuencias. Fue el nombre aplicado por los musulmanes a los territorios peninsulares bajo su dominio, cuya extensión cambió enormemente entre el siglo VIII y el XV. Durante esos mismos siglos continuaron utilizándose Hispania y sus derivados en ámbitos cristianos y latinos. Los nombres pueden coexistir porque los nombres geográficos no necesitan disponer de aduanas.

Y llegamos a Alfonso X el Sabio, que proporciona la prueba estrella del hilo. Aquí los datos son auténticos. Hacia 1270 comenzó a redactarse la Estoria de España, y el manuscrito Y-I-2 conservado en la Real Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial pertenece al escritorio regio alfonsí. En él aparece, efectivamente, Espanna. Nada hay que objetar.

Salvo una cosa bastante importante: Alfonso X no era rey de España. Era rey de Castilla y León. Cuando se redactaba la Estoria de España, la península ibérica estaba repartida entre varias entidades políticas: la Corona de Castilla, la Corona de Aragón, los reinos de Navarra y Portugal y el emirato nazarí de Granada. Algunas guerreaban entre sí; otras establecían alianzas; todas tenían sus propias instituciones e intereses. Portugal, por cierto, estaba tan dentro de aquella España geográfica heredera de Hispania como Castilla.

Esto último resulta fundamental. Cuando un autor medieval escribía Hispania o Espanna, no necesariamente estaba hablando del territorio del actual Estado español. Con frecuencia estaba hablando de la Península. La propia descripción moderna que Patrimonio Nacional hace de la obra de Alfonso X resulta reveladora: el proyecto pretendía narrar la historia peninsular desde sus orígenes hasta el reinado del monarca.

Por tanto, la Estoria de España demuestra de manera magnífica que en 1270 existía el nombre España y también una concepción histórica y geográfica de España. Lo que no demuestra es que existiera un Estado español.

Confundir ambas cosas conduce a resultados curiosos. Los griegos utilizaban Aigyptos hace más de dos mil años y seguimos diciendo Egipto, pero nadie sostiene que el Estado gobernado por Ramsés II sea políticamente el mismo que la actual República Árabe de Egipto. El nombre Macedonia sobrevivió durante más de dos milenios sin que eso convierta automáticamente en compatriotas a Alejandro Magno y a los ciudadanos de la actual Macedonia del Norte. Italia es también un nombre antiquísimo: aparece muchos siglos antes de que el Reino de Italia naciera en 1861. Dante podía hablar de Italia en el siglo XIV sin poseer por ello pasaporte italiano. España no constituye ninguna excepción.

Tampoco sirve demasiado elegir 1492 como fecha exacta de su nacimiento. Es un año irresistible para los manuales escolares: conquista de Granada, viaje de Colón y expulsión de los judíos. Pero Isabel de Castilla y Fernando de Aragón no fundieron sus coronas en un único Estado. La unión de los Reyes Católicos fue esencialmente dinástica. Castilla y Aragón conservaron leyes, instituciones, Cortes, fiscalidad y administraciones diferentes. Navarra ni siquiera fue incorporada a la Corona de Castilla hasta comienzos del siglo XVI.

La construcción política de España fue un proceso. Avanzó con la monarquía de los Austrias, adquirió características nuevas con los Borbones y los decretos de Nueva Planta del siglo XVIII y continuó transformándose con el constitucionalismo del XIX. Buscar un minuto exacto en el que alguien pudiera haber anunciado «acaba de nacer España» resulta tan difícil como determinar el segundo exacto en que un niño se convierte en adulto.

Queda finalmente otro argumento del hilo que merece atención porque revela hasta qué punto la lingüística puede utilizarse para fabricar historia: España poseería una legitimidad especial porque conserva un nombre de más de dos mil años que «Marruecos no tiene».

La comparación carece de sentido. La antigüedad de un topónimo no concede derechos históricos sobre los territorios ni establece categorías entre países. Los nombres cambian. Los Estados cambian. Las fronteras cambian. Marruecos recibe en las lenguas europeas un nombre relacionado con Marrakech, una de las grandes capitales históricas de las dinastías marroquíes, mientras que en árabe el país es al-Maghrib, «el Occidente». Que su nombre internacional tenga una historia distinta de Hispania no hace a Marruecos un país más joven, más viejo, más auténtico ni menos auténtico. Sencillamente demuestra que las palabras también tienen historia.

Por eso podemos aceptar tranquilamente una parte de la afirmación de ese texto en X: España se llama España porque el nombre procede, a través del latín Hispania, de una tradición lingüística antiquísima que probablemente tiene antecedentes fenicios. Y también podemos aceptar que Alfonso X utilizaba Espanna más de dos siglos antes de 1492.

Lo que no podemos hacer es dar el salto siguiente: como el nombre es antiguo, el Estado también lo es. Eso sería confundir geografía, etimología, nación y Estado, cuatro conceptos que algunas veces coinciden y muchas otras no.

Alfonso X proporciona, además, una ironía espléndida para terminar. El rey que hizo escribir una Estoria de España gobernaba solamente una parte de aquella España. En sus páginas podían aparecer territorios cuyos habitantes obedecían a otros reyes cristianos o a un emir musulmán. Había España, pero no había un rey de España.

Así que a la pregunta «¿existía España antes de 1492?» la única respuesta históricamente sensata es otra pregunta: ¿qué entendemos por España? Si hablamos del nombre, desde luego que sí, y desde muchos siglos antes. Si hablamos de un espacio geográfico e incluso de una comunidad histórica imaginada por autores medievales, también. Si hablamos del Estado español moderno, no.

La historia tiene la costumbre de resistirse a los eslóganes. Quizá por eso resulta bastante más interesante que ellos.

Continúa aquí: https://www.sobreestoyaquello.com/2026/08/cuando-nacio-realmente-espana-2.html


martes, 25 de agosto de 2026

CERATOSTIGMA PLUMBAGINOIDES: FLORES AZULES ENTRE HOJAS DE OTOÑO

 

Hay plantas que eligen una estación y concentran en ella todos sus esfuerzos. Florecen en primavera, producen sus frutos, pasan discretamente el verano y esperan al año siguiente. Ceratostigma plumbaginoides parece considerar semejante comportamiento una falta de ambición. Comienza a florecer cuando muchas plantas del jardín empiezan a pensar en retirarse y, mientras mantiene sus pequeñas flores de un azul eléctrico, transforma progresivamente sus hojas verdes en una mezcla de rojos, púrpuras y bronces. Durante unas semanas parece incapaz de decidir si quiere celebrar el verano o el otoño.

Es una pequeña planta perenne de la familia Plumbaginaceae, la misma de los plumbagos, las estátices del género Limonium y las armerias. La familia posee una combinación floral bastante característica: flores generalmente pentámeras, cinco estambres y ovario súpero unilocular con un único óvulo de placentación basal. Nuestro Ceratostigma comparte además con los plumbagos ese aspecto de pequeñas flores agrupadas cuyo color azul parece demasiado intenso para ser completamente natural. Pero lo es.

El nombre del género merece que nos acerquemos a una flor con una lupa. Ceratostigma procede del griego keras, keratos, «cuerno», y stigma, «estigma»: aproximadamente, «estigma cornudo». Alude a la forma del extremo del estilo, dividido en cinco lóbulos o prolongaciones estigmáticas. El epíteto plumbaginoides significa «semejante a Plumbago»: Plumbago más el sufijo griego -oides, «parecido a». El nombre completo podría traducirse, con bastante poca elegancia, pero mucha precisión, como «la planta de estigma cornudo que se parece a un plumbago». Y realmente se parece como puede comprobar quien se tome la molestia de consultar el post de Plumbago auriculata en este mismo blog.

Sus flores poseen una corola tubular que termina en cinco lóbulos extendidos, de color azul intenso, frecuentemente con tonos violáceos. En el centro destacan las anteras, y todo el conjunto apenas mide un par de centímetros. Las flores aparecen agrupadas en pequeños racimos terminales y axilares y son visitadas por sírfidos, mariposas y otros insectos en general de largas trompas. Las hojas son simples, alternas, de contorno entre ovalado y obovado y con pequeños pelos en los bordes y superficies. Los tallos son finos y rojizos. Nada de ello resultaría particularmente espectacular si no fuera por lo que sucede cuando disminuyen las temperaturas y se acortan los días.

Entonces las hojas comienzan a fabricar el espectáculo que las flores habían iniciado. Al degradarse la clorofila desaparece progresivamente el verde y se hacen visibles o se acumulan otros pigmentos, especialmente antocianinas, responsables de buena parte de los tonos rojos y púrpuras. El resultado es particularmente hermoso porque la transformación coincide con las últimas flores azules. Azul y rojo son colores relativamente poco frecuentes juntos en una misma planta silvestre; Ceratostigma plumbaginoides consigue reunirlos precisamente cuando el jardín empieza a perder color.

La planta procede de China, concretamente de regiones del centro-norte y centro-este del país, donde vive en ambientes templados. No es un arbusto como algunos otros Ceratostigma, sino una perenne rizomatosa, una condición que explica buena parte de su comportamiento en el jardín.

Durante el invierno la parte aérea puede desaparecer casi por completo. Un jardinero que no conozca la planta puede llegar a pensar que la ha perdido. Pero bajo tierra permanecen sus rizomas. Cuando llega la primavera surgen nuevos tallos y, poco a poco, la planta comienza a extenderse lateralmente. No suele alcanzar más de unos 20–30 centímetros de altura, pero puede formar alfombras bastante amplias.

Ahí reside precisamente su principal utilidad ornamental. Ceratostigma plumbaginoides es una magnífica planta tapizante para borduras, taludes, rocallas y pies de muros. Tolera suelos relativamente pobres, soporta bien períodos de sequía una vez establecida y agradece el sol, aunque puede vivir en semisombra. En climas cálidos cierta protección frente al sol más abrasador de la tarde puede incluso favorecerla.

Su expansión mediante rizomas tiene, naturalmente, una contrapartida. Cuando encuentra un lugar que le gusta puede decidir que el jardín entero le gusta también. No estamos ante una invasora particularmente temible, pero conviene recordar que «excelente tapizante» es una expresión jardinera que a veces significa «planta que no ha leído el plano que usted había preparado para el parterre».

Su parentesco con Plumbago plantea otra cuestión interesante. El nombre de este último procede del latín plumbum, «plomo». La explicación tradicional relaciona el nombre con el color gris plomizo de algunas hojas; otras interpretaciones antiguas lo asociaron con supuestas propiedades para tratar intoxicaciones por plomo o ciertas afecciones oculares. Incluso las fuentes botánicas modernas conservan cierta cautela ante una etimología cuya historia se ha ido adornando durante siglos.

Más importante desde el punto de vista químico es que las Plumbaginaceae son conocidas por producir naftoquinonas, y entre ellas destaca la plumbagina. Este compuesto, célebre sobre todo en especies de Plumbago, posee una considerable actividad biológica y ha sido estudiado por sus propiedades antimicrobianas, antiinflamatorias y citotóxicas. Precisamente esa actividad obliga a desconfiar de la idea, demasiado frecuente, de que una sustancia vegetal es inocua simplemente porque sea «natural».

En Ceratostigma también se han investigado compuestos de este grupo, pero C. plumbaginoides no debe considerarse una planta medicinal de uso doméstico. La información fitoquímica y toxicológica disponible es mucho menor que la existente para algunas especies de Plumbago, y no hay ninguna razón para preparar infusiones o extractos caseros con una planta cuyo principal valor es ornamental. Conviene además evitar el contacto innecesario con la savia si se tiene piel sensible.

Tampoco posee una gran historia de usos tradicionales comparable a la de muchas plantas que hemos tratado en esta serie. Y eso, en realidad, resulta instructivo. No todas las especies necesitan haber curado el reumatismo, espantado demonios o servido para fabricar ungüentos medievales para merecer una historia natural. Algunas han tenido una relación mucho más sencilla con nosotros: las cultivamos porque son hermosas.

En Europa empezó a difundirse como ornamental después de la introducción de numerosas plantas chinas durante el siglo XIX. Su descriptor, Alexander von Bunge, merece también unas líneas. Fue un botánico germano-ruso nacido en Kiev en 1803, gran explorador de la flora asiática. Participó en expediciones por Siberia, China, Mongolia y Persia y describió numerosas plantas desconocidas entonces para la botánica europea. Ceratostigma plumbaginoides apareció publicado por él en 1833 en su catálogo de las plantas del norte de China.

Desde entonces la planta ha hecho un viaje considerable: desde las regiones templadas de China hasta rocallas y jardines de medio mundo. Y lo ha conseguido sin desarrollar flores enormes, perfumes embriagadores, troncos cubiertos de aguijones ni ninguna de las extravagancias de otras protagonistas de esta serie veraniega. Le bastan veinte centímetros de altura.

Primero extiende tranquilamente sus tallos entre las piedras. Después, cuando termina el verano, enciende pequeñas flores de un azul casi imposible. Y justo cuando uno cree que ya ha mostrado todo lo que sabe hacer, convierte las hojas en una alfombra roja.

Para ser una planta que apenas levanta un palmo del suelo, tiene un considerable sentido del espectáculo.