Hay nombres populares que son
pequeños atentados contra la sistemática botánica, pero resultan demasiado
útiles y están demasiado arraigados para intentar eliminarlos. Al jazmín azul
le ocurre exactamente eso. Tiene flores azules, de acuerdo, pero de jazmín no
tiene prácticamente nada. No pertenece al género Jasminum, ni siquiera a
las Oleaceae, la familia de los verdaderos jazmines, los olivos y los fresnos.
Nuestro protagonista pertenece a las Plumbaginaceae y es pariente cercano del Ceratostigma
plumbaginoides que acabamos de conocer.
Y antes de seguir conviene
aclarar otro pequeño embrollo. Durante muchísimo tiempo se ha cultivado y
citado como Plumbago capensis, nombre que todavía aparece en viveros,
libros de jardinería y catálogos. El nombre actualmente aceptado es Plumbago
auriculata. P. capensis queda como sinónimo. No hemos cambiado de
planta: simplemente ha cambiado la etiqueta.
El nombre genérico Plumbago
procede del latín plumbum, «plomo». Plinio utilizó ya plumbago para una
planta a la que se atribuía la capacidad de curar una enfermedad ocular
denominada plumbum, aunque existen otras interpretaciones que relacionan
el nombre con el color plomizo de algunas especies o incluso con la supuesta
capacidad de combatir el envenenamiento por plomo. Como ocurre tantas veces con
nombres heredados de la Antigüedad, conocemos mejor la palabra que las razones
exactas por las que empezó a utilizarse.
El antiguo epíteto capensis
es mucho más transparente: significa «del Cabo» y alude a su procedencia
sudafricana. El actualmente aceptado, auriculata, deriva del latín auricula,
«orejita», y hace referencia a las pequeñas expansiones semejantes a aurículas
que aparecen en la base de las hojas. Es uno de esos caracteres que pasan
completamente inadvertidos hasta que alguien nos explica el nombre y entonces
parece imposible dejar de verlos.
La planta es originaria del
África austral, principalmente de Sudáfrica, donde crece formando arbustos en
matorrales y bordes de bosque. En condiciones favorables puede alcanzar dos o
incluso tres metros, y sus ramas largas y flexibles tienden a apoyarse sobre la
vegetación vecina. No es una trepadora verdadera: carece de zarcillos, raíces
adherentes o tallos volubles. Si aparece cubriendo una pared es porque alguien
la ha sujetado o porque sus ramas han encontrado dónde apoyarse.
Sus hojas son simples, alternas,
de un verde bastante claro y forma entre oblonga y espatulada. Pero nadie
planta un plumbago para contemplar sus hojas. Lo hacemos por las flores. Son
flores de una arquitectura muy característica. Poseen un cáliz tubular formado
por cinco sépalos, cubierto exteriormente por numerosos pelos glandulares
pegajosos, que secretan un mucílago pringoso capaz de atrapar y matar insectos;
no está claro cuál es el propósito de esos pelos; si es el de protección frente
a la polinización por avispas, hormigas y otros insectos que toman el néctar
pero no polinizan, o que la planta
sea posiblemente subcarnívora.
La corola forma un tubo largo y
estrecho que termina bruscamente en cinco lóbulos extendidos, produciendo una
flor casi plana cuando se observa de frente. Dentro del tubo se encuentran
cinco estambres y, en el centro, el estilo rematado por un estigma dividido en
cinco lóbulos.
El color merece que nos detengamos un
momento. El azul verdadero es relativamente infrecuente entre las flores. No
existe un «pigmento azul» universal: la tonalidad depende de antocianinas cuya
apariencia cambia según su estructura química, el pH de las células, la
presencia de iones metálicos y otros pigmentos asociados. En P. auriculata,
el resultado es ese azul celeste o azul lavanda que ha convertido a la especie
en una de las ornamentales más reconocibles de los jardines de clima cálido.
Existen también cultivares de azul más intenso y otros de flores casi blancas.
La flor guarda además un pequeño
mecanismo digno de inspección con una lupa. Los pelos glandulares del cáliz
producen una secreción viscosa que hace que los cálices maduros se adhieran
fácilmente a la ropa y al pelo de los animales. No son simples pelos decorativos.
Una vez terminada la floración, pueden contribuir a que las estructuras que
contienen el fruto sean transportadas accidentalmente. Quien haya podado un
plumbago y haya terminado cubierto de pequeños restos vegetales pegajosos ya
conoce el sistema sin necesidad de haber estudiado botánica.
Las flores aparecen reunidas en
vistosas inflorescencias terminales y son visitadas por mariposas y numerosos
insectos. En climas benignos la floración puede prolongarse durante muchos
meses, desde primavera hasta bien entrado el otoño. En regiones prácticamente
libres de heladas puede producir flores durante una parte todavía mayor del
año.
Aquí aparece una interesante conexión con Ceratostigma plumbaginoides. Ambas plantas pertenecen a Plumbaginaceae y comparten varios rasgos florales, pero su aspecto y su estrategia de crecimiento son muy diferentes. Ninguno de los dos es un jazmín. La confusión popular se entiende mejor si pensamos como jardineros y no como botánicos. Los auténticos jazmines suelen ser arbustos de ramas flexibles, producen abundantes flores vistosas y se cultivan cubriendo paredes, vallas y pérgolas.
Plumbago hace aproximadamente lo mismo. Para el lenguaje cotidiano, eso ha sido suficiente para incorporarlo al enorme cajón de los «jazmines». Pero basta observar una flor para terminar con la confusión. Los Jasminum poseen flores de arquitectura diferente y pertenecen a Oleaceae; Plumbago presenta su característico cáliz glanduloso y pertenece a Plumbaginaceae. El parentesco entre ambos es remoto.
El género tiene también una
vertiente química menos amable. Varias especies de Plumbago producen
naftoquinonas, entre las que destaca la plumbagina, un compuesto de intensa
actividad biológica, que ha
sido objeto de numerosos estudios por sus efectos antimicrobianos,
antiinflamatorios y citotóxicos experimentales.
Eso explica que distintas
especies de Plumbago hayan tenido una larga historia en las medicinas
tradicionales de África y Asia. Raíces y hojas se han empleado para tratar
afecciones cutáneas, inflamaciones y diversas enfermedades, y en algunas
tradiciones las raíces se utilizaron como sustancias vesicantes: aplicadas
sobre la piel provocan irritación y ampollas.
La palabra importante aquí es
precisamente irritación. La plumbagina no es una sustancia inocua. Puede
resultar irritante para piel y mucosas y presenta actividad citotóxica a
determinadas concentraciones. P. auriculata no debe utilizarse como
remedio doméstico ni ingerirse. Que un compuesto muestre propiedades
interesantes en cultivos celulares o experimentos de laboratorio no significa
que masticar la planta sea una versión económica de un medicamento. La
farmacología, afortunadamente, exige algo más.
Como ornamental, en cambio, es
una planta extraordinariamente agradecida. Necesita mucha luz para florecer
abundantemente, tolera bastante bien el calor y, una vez establecida, soporta
períodos moderados de sequía. Agradece riegos durante el verano y responde muy
bien a la poda. De hecho, en jardines pequeños la poda deja de ser una
posibilidad para convertirse en una negociación periódica sobre quién es
exactamente el propietario del terreno.
Su principal limitación es el
frío. Las heladas fuertes dañan las ramas y pueden matar la parte aérea, aunque
ejemplares bien establecidos llegan a rebrotar desde la base después de
episodios moderados. Por eso es particularmente frecuente en jardines mediterráneos,
subtropicales y costeros. Puede cultivarse como arbusto libre, seto informal,
planta apoyada contra un muro o incluso en grandes macetas.
En condiciones favorables escapa
ocasionalmente de los jardines y llega a naturalizarse. Su vigor, su capacidad
de rebrote y su reproducción explican que haya aparecido espontáneamente en
diferentes regiones cálidas fuera de su área africana original. Es una razón
más para controlar su expansión allí donde el clima le permite vivir sin
nuestra ayuda.
Quizá lo más curioso de P.
auriculata sea que la característica por la que todo el mundo la conoce es
precisamente la que menos sirve para identificarla científicamente. Decimos
«jazmín azul» y acertamos únicamente en la segunda palabra. Pero no importa
demasiado. En pleno verano, cuando un muro entero desaparece bajo cientos de
pequeñas flores azul celeste, resulta difícil ponerse purista.
Podemos llamarlo jazmín azul si
queremos. Eso sí: cuando terminemos de admirarlo, conviene recordar que el
jazmín está en el nombre y el plumbago en la planta.