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miércoles, 26 de agosto de 2026

PLUMBAGO AURICULATA: EL «JAZMÍN» QUE SE VOLVIÓ AZUL

 

Hay nombres populares que son pequeños atentados contra la sistemática botánica, pero resultan demasiado útiles y están demasiado arraigados para intentar eliminarlos. Al jazmín azul le ocurre exactamente eso. Tiene flores azules, de acuerdo, pero de jazmín no tiene prácticamente nada. No pertenece al género Jasminum, ni siquiera a las Oleaceae, la familia de los verdaderos jazmines, los olivos y los fresnos. Nuestro protagonista pertenece a las Plumbaginaceae y es pariente cercano del Ceratostigma plumbaginoides que acabamos de conocer.

Y antes de seguir conviene aclarar otro pequeño embrollo. Durante muchísimo tiempo se ha cultivado y citado como Plumbago capensis, nombre que todavía aparece en viveros, libros de jardinería y catálogos. El nombre actualmente aceptado es Plumbago auriculata. P. capensis queda como sinónimo. No hemos cambiado de planta: simplemente ha cambiado la etiqueta.

El nombre genérico Plumbago procede del latín plumbum, «plomo». Plinio utilizó ya plumbago para una planta a la que se atribuía la capacidad de curar una enfermedad ocular denominada plumbum, aunque existen otras interpretaciones que relacionan el nombre con el color plomizo de algunas especies o incluso con la supuesta capacidad de combatir el envenenamiento por plomo. Como ocurre tantas veces con nombres heredados de la Antigüedad, conocemos mejor la palabra que las razones exactas por las que empezó a utilizarse.

El antiguo epíteto capensis es mucho más transparente: significa «del Cabo» y alude a su procedencia sudafricana. El actualmente aceptado, auriculata, deriva del latín auricula, «orejita», y hace referencia a las pequeñas expansiones semejantes a aurículas que aparecen en la base de las hojas. Es uno de esos caracteres que pasan completamente inadvertidos hasta que alguien nos explica el nombre y entonces parece imposible dejar de verlos.

La planta es originaria del África austral, principalmente de Sudáfrica, donde crece formando arbustos en matorrales y bordes de bosque. En condiciones favorables puede alcanzar dos o incluso tres metros, y sus ramas largas y flexibles tienden a apoyarse sobre la vegetación vecina. No es una trepadora verdadera: carece de zarcillos, raíces adherentes o tallos volubles. Si aparece cubriendo una pared es porque alguien la ha sujetado o porque sus ramas han encontrado dónde apoyarse.

Sus hojas son simples, alternas, de un verde bastante claro y forma entre oblonga y espatulada. Pero nadie planta un plumbago para contemplar sus hojas. Lo hacemos por las flores. Son flores de una arquitectura muy característica. Poseen un cáliz tubular formado por cinco sépalos, cubierto exteriormente por numerosos pelos glandulares pegajosos, que secretan un mucílago pringoso capaz de atrapar y matar insectos; no está claro cuál es el propósito de esos pelos; si es el de protección frente a la polinización por avispas, hormigas y otros insectos que toman el néctar pero no polinizan, o que la planta sea posiblemente subcarnívora.

La corola forma un tubo largo y estrecho que termina bruscamente en cinco lóbulos extendidos, produciendo una flor casi plana cuando se observa de frente. Dentro del tubo se encuentran cinco estambres y, en el centro, el estilo rematado por un estigma dividido en cinco lóbulos.

El color merece que nos detengamos un momento. El azul verdadero es relativamente infrecuente entre las flores. No existe un «pigmento azul» universal: la tonalidad depende de antocianinas cuya apariencia cambia según su estructura química, el pH de las células, la presencia de iones metálicos y otros pigmentos asociados. En P. auriculata, el resultado es ese azul celeste o azul lavanda que ha convertido a la especie en una de las ornamentales más reconocibles de los jardines de clima cálido. Existen también cultivares de azul más intenso y otros de flores casi blancas.

La flor guarda además un pequeño mecanismo digno de inspección con una lupa. Los pelos glandulares del cáliz producen una secreción viscosa que hace que los cálices maduros se adhieran fácilmente a la ropa y al pelo de los animales. No son simples pelos decorativos. Una vez terminada la floración, pueden contribuir a que las estructuras que contienen el fruto sean transportadas accidentalmente. Quien haya podado un plumbago y haya terminado cubierto de pequeños restos vegetales pegajosos ya conoce el sistema sin necesidad de haber estudiado botánica.

Las flores aparecen reunidas en vistosas inflorescencias terminales y son visitadas por mariposas y numerosos insectos. En climas benignos la floración puede prolongarse durante muchos meses, desde primavera hasta bien entrado el otoño. En regiones prácticamente libres de heladas puede producir flores durante una parte todavía mayor del año.

Aquí aparece una interesante conexión con Ceratostigma plumbaginoides. Ambas plantas pertenecen a Plumbaginaceae y comparten varios rasgos florales, pero su aspecto y su estrategia de crecimiento son muy diferentes. Ninguno de los dos es un jazmín. La confusión popular se entiende mejor si pensamos como jardineros y no como botánicos. Los auténticos jazmines suelen ser arbustos de ramas flexibles, producen abundantes flores vistosas y se cultivan cubriendo paredes, vallas y pérgolas. 

Plumbago hace aproximadamente lo mismo. Para el lenguaje cotidiano, eso ha sido suficiente para incorporarlo al enorme cajón de los «jazmines». Pero basta observar una flor para terminar con la confusión. Los Jasminum poseen flores de arquitectura diferente y pertenecen a Oleaceae; Plumbago presenta su característico cáliz glanduloso y pertenece a Plumbaginaceae. El parentesco entre ambos es remoto.

El género tiene también una vertiente química menos amable. Varias especies de Plumbago producen naftoquinonas, entre las que destaca la plumbagina, un compuesto de intensa actividad biológica, que ha sido objeto de numerosos estudios por sus efectos antimicrobianos, antiinflamatorios y citotóxicos experimentales.

Eso explica que distintas especies de Plumbago hayan tenido una larga historia en las medicinas tradicionales de África y Asia. Raíces y hojas se han empleado para tratar afecciones cutáneas, inflamaciones y diversas enfermedades, y en algunas tradiciones las raíces se utilizaron como sustancias vesicantes: aplicadas sobre la piel provocan irritación y ampollas.

La palabra importante aquí es precisamente irritación. La plumbagina no es una sustancia inocua. Puede resultar irritante para piel y mucosas y presenta actividad citotóxica a determinadas concentraciones. P. auriculata no debe utilizarse como remedio doméstico ni ingerirse. Que un compuesto muestre propiedades interesantes en cultivos celulares o experimentos de laboratorio no significa que masticar la planta sea una versión económica de un medicamento. La farmacología, afortunadamente, exige algo más.

Como ornamental, en cambio, es una planta extraordinariamente agradecida. Necesita mucha luz para florecer abundantemente, tolera bastante bien el calor y, una vez establecida, soporta períodos moderados de sequía. Agradece riegos durante el verano y responde muy bien a la poda. De hecho, en jardines pequeños la poda deja de ser una posibilidad para convertirse en una negociación periódica sobre quién es exactamente el propietario del terreno.

Su principal limitación es el frío. Las heladas fuertes dañan las ramas y pueden matar la parte aérea, aunque ejemplares bien establecidos llegan a rebrotar desde la base después de episodios moderados. Por eso es particularmente frecuente en jardines mediterráneos, subtropicales y costeros. Puede cultivarse como arbusto libre, seto informal, planta apoyada contra un muro o incluso en grandes macetas.

En condiciones favorables escapa ocasionalmente de los jardines y llega a naturalizarse. Su vigor, su capacidad de rebrote y su reproducción explican que haya aparecido espontáneamente en diferentes regiones cálidas fuera de su área africana original. Es una razón más para controlar su expansión allí donde el clima le permite vivir sin nuestra ayuda.

Quizá lo más curioso de P. auriculata sea que la característica por la que todo el mundo la conoce es precisamente la que menos sirve para identificarla científicamente. Decimos «jazmín azul» y acertamos únicamente en la segunda palabra. Pero no importa demasiado. En pleno verano, cuando un muro entero desaparece bajo cientos de pequeñas flores azul celeste, resulta difícil ponerse purista.

Podemos llamarlo jazmín azul si queremos. Eso sí: cuando terminemos de admirarlo, conviene recordar que el jazmín está en el nombre y el plumbago en la planta.