Un amigo, creyéndome algo más que
botánico —concretamente, fitopatólogo—, me envía dos fotografías de sus
higueras. En la primera se ve una hoja cubierta por decenas de minúsculas
protuberancias rosadas, como si alguien hubiera espolvoreado sobre ella una colección
de caramelos diminutos. En la segunda aparece un higo negro sobre el que se han
instalado varios discos blanquecinos de aspecto sospechoso. Mi amigo quiere
saber qué son y, sobre todo, cómo librarse de ellos.
Yo podría haber respondido con la
prudencia habitual de quien no desea meterse en asuntos que no son exactamente
de su competencia: «Parecen cochinillas; consulta con un especialista». Pero la
prudencia tiene el inconveniente de que rara vez conduce a historias
interesantes. Así que amplié las fotografías, consulté manuales de entomología
agrícola y acabé adentrándome en el extraño mundo de un insecto que pasa casi
toda su vida fingiendo ser una verruga.
La culpable es, con bastante
seguridad, Ceroplastes rusci, conocida como cochinilla cerosa, caparreta
o cochinilla de la higuera. Pertenece a los cóccidos, una familia de hemípteros
emparentados con los pulgones, las moscas blancas y las cigarras, aunque cuesta
encontrar en ella el menor parecido con una cigarra. Una cigarra es un insecto
reconocible: tiene patas, alas, cabeza y cierta apariencia de estar ocupado en
algo. Una cochinilla adulta, en cambio, se parece a una salpicadura de cera que
hubiera caído accidentalmente sobre una rama. Si no supiéramos que está viva,
nadie la acusaría de ello.
Las pequeñas protuberancias
rosadas de la hoja son los estados juveniles. Las cochinillas recién nacidas
—llamadas ninfas móviles o crawlers en la bibliografía inglesa—
constituyen la única etapa verdaderamente aventurera de su existencia. Salen de
los huevos, recorren la planta y buscan un lugar apropiado para instalarse,
normalmente sobre los nervios de las hojas, los pecíolos o las ramillas
jóvenes. Algunas pueden ser transportadas por el viento, por otros animales o
por plantas trasladadas de un lugar a otro. Es su particular versión de los
grandes viajes de exploración, aunque rara vez supera unos cuantos metros y
termina en cuanto encuentran una vena vegetal adecuada.
Una vez elegido el emplazamiento,
introducen en los tejidos su aparato bucal, semejante a una finísima pajita, y
comienzan a succionar savia. A partir de ese momento disminuye drásticamente su
interés por los viajes. Las hembras van perdiendo movilidad, engordan y
segregan una gruesa cubierta protectora. En las ninfas, esa armadura puede ser
rosada o rojiza; en los individuos maduros se vuelve blanquecina, grisácea o
rosada y queda dividida en placas de cera. En el centro suele distinguirse una
pequeña prominencia. Es exactamente lo que aparece sobre el higo de la segunda
fotografía: no son manchas del fruto ni colonias de hongos, sino hembras
adultas refugiadas bajo sus fortificaciones.
El nombre del género describe
bastante bien el procedimiento. Ceroplastes deriva del griego kerós,
«cera», y plastós, «modelado»: algo así como «modelado en cera». El
epíteto rusci recuerda que Linneo describió originalmente al insecto sobre una
planta del género Ruscus, al que pertenece nuestro rusco. La higuera es su
hospedante más conocido, pero la cochinilla no es especialmente escrupulosa.
Puede vivir sobre cítricos, laureles, mirtos, adelfas, pistacheros, mangos y
numerosas plantas ornamentales. Para un animal que apenas se mueve, posee una
sorprendente capacidad para extenderse por el mundo.
El escudo de cera es una
magnífica solución evolutiva. Protege a la hembra de la desecación, de algunos
depredadores y, para desesperación del jardinero, también de muchos
tratamientos insecticidas. Pulverizar a una cochinilla adulta es un poco como
intentar desalojar a un habitante de un búnker rociando la puerta con agua
perfumada. El líquido resbala por la cubierta y el insecto continúa
alimentándose debajo con la serenidad de quien ha cerrado las ventanas porque
fuera llueve.
La hembra deposita centenares de
huevos bajo su propio escudo. La cubierta que primero la defendió a ella se
convierte así en techo y refugio para su descendencia. Al eclosionar, las
ninfas abandonan el escondrijo y se dispersan por la higuera. En muchas poblaciones
los machos son escasos o desconocidos, de manera que las hembras pueden
reproducirse por partenogénesis, sin necesidad de aparearse. Vista desde
nuestra perspectiva, la existencia de Ceroplastes rusci parece de una
eficacia casi ofensiva: nace, encuentra una hoja, clava la trompa, levanta una
casa de cera y produce varios centenares de hijas sin perder tiempo buscando
pareja.
Como todos los animales que se
alimentan de savia elaborada, la cochinilla se enfrenta a un problema
nutricional. La savia contiene muchos azúcares, pero relativamente pocos
compuestos nitrogenados. Para obtener las proteínas necesarias debe ingerir una
cantidad considerable de líquido y expulsar el exceso de azúcar. El resultado
es la melaza, una sustancia transparente y pegajosa que cubre hojas, ramas y
frutos. Las hormigas acuden a beberla y, a cambio, pueden defender a las
cochinillas de sus enemigos. Es una especie de ganadería en miniatura: las
hormigas obtienen un alimento dulce y protegen a su ganado, aunque las vacas
sean rosadas, midan unos milímetros y vivan pegadas a una hoja.
Sobre la melaza se instala con
frecuencia la negrilla o fumagina, un conjunto de hongos oscuros que no
penetran directamente en los tejidos, pero forman una capa semejante al hollín.
La hoja pierde capacidad para captar luz, la fotosíntesis disminuye y el árbol
se debilita. En ataques intensos pueden aparecer amarilleamiento, caída
prematura de hojas, pérdida de vigor e incluso muerte de ramillas. Los frutos
quedan pegajosos, ennegrecidos y poco apetecibles, aunque la cochinilla
permanece en la superficie y no penetra en el interior del higo. Un fruto
intacto, sin fermentación ni deterioro, puede lavarse y pelarse; otra cosa es
que apetezca comérselo después de conocer con tanto detalle la vida familiar de
sus ocupantes.
La primera medida de control es
bastante poco sofisticada: retirar las cochinillas a mano, limpiar las ramas
con un cepillo suave y eliminar las partes muy infestadas. También conviene
dificultar el acceso de las hormigas, porque allí donde hay una procesión
constante por el tronco suele existir algún rebaño productor de melaza. Las
mariquitas, crisopas y pequeñas avispas parasitoides son enemigos naturales de
los cóccidos, de modo que los insecticidas de amplio espectro pueden agravar el
problema al matar precisamente a quienes estaban haciendo gratuitamente el
trabajo.
Cuando la infestación exige
tratamiento, los jabones potásicos y los aceites hortícolas autorizados pueden
resultar útiles, pero el momento es decisivo. Hay que aplicarlos cuando emergen
las ninfas y todavía no han completado su cubierta de cera. Contra las hembras
adultas su eficacia disminuye mucho. El producto debe estar expresamente
autorizado para higueras, y si hay frutos próximos a la recolección es
imprescindible respetar el plazo de seguridad indicado en la etiqueta. Con las
cochinillas, como con tantas otras cosas, es más sencillo resolver el problema
cuando todavía es pequeño y no cuando ha construido una fortaleza.
Mi amigo no andaba desencaminado
al pensar que sus higueras habían sido atacadas por cochinillas. Lo que
parecían agallas rosadas sobre las hojas eran ninfas; los discos blancos del
higo, hembras adultas. La higuera probablemente sobrevivirá, porque es un árbol
obstinado y resistente, pero conviene intervenir antes de que cada uno de
aquellos minúsculos búnkeres libere una nueva expedición colonizadora.
Lo que comenzó con dos
fotografías enviadas al supuesto fitopatólogo terminó revelando una pequeña
historia de ingeniería, reproducción sin machos, ganadería practicada por
hormigas y guerra química. Todo ello ocurría sobre una hoja de higuera, a plena
luz del día, sin que nadie le prestara atención. A veces basta ampliar una
fotografía para descubrir que una verruga rosada no es una verruga, sino un
insecto encerrado en una casa que él mismo ha fabricado. Y, como sucede con
tantas criaturas modestas, cuanto más se averigua sobre ella, menos modesta
resulta.