Vistas de página en total

martes, 25 de agosto de 2026

LA COCHINILLA QUE SE CONSTRUYÓ UN BÚNKER DE CERA

 

Un amigo, creyéndome algo más que botánico —concretamente, fitopatólogo—, me envía dos fotografías de sus higueras. En la primera se ve una hoja cubierta por decenas de minúsculas protuberancias rosadas, como si alguien hubiera espolvoreado sobre ella una colección de caramelos diminutos. En la segunda aparece un higo negro sobre el que se han instalado varios discos blanquecinos de aspecto sospechoso. Mi amigo quiere saber qué son y, sobre todo, cómo librarse de ellos.

Yo podría haber respondido con la prudencia habitual de quien no desea meterse en asuntos que no son exactamente de su competencia: «Parecen cochinillas; consulta con un especialista». Pero la prudencia tiene el inconveniente de que rara vez conduce a historias interesantes. Así que amplié las fotografías, consulté manuales de entomología agrícola y acabé adentrándome en el extraño mundo de un insecto que pasa casi toda su vida fingiendo ser una verruga.

La culpable es, con bastante seguridad, Ceroplastes rusci, conocida como cochinilla cerosa, caparreta o cochinilla de la higuera. Pertenece a los cóccidos, una familia de hemípteros emparentados con los pulgones, las moscas blancas y las cigarras, aunque cuesta encontrar en ella el menor parecido con una cigarra. Una cigarra es un insecto reconocible: tiene patas, alas, cabeza y cierta apariencia de estar ocupado en algo. Una cochinilla adulta, en cambio, se parece a una salpicadura de cera que hubiera caído accidentalmente sobre una rama. Si no supiéramos que está viva, nadie la acusaría de ello.

Las pequeñas protuberancias rosadas de la hoja son los estados juveniles. Las cochinillas recién nacidas —llamadas ninfas móviles o crawlers en la bibliografía inglesa— constituyen la única etapa verdaderamente aventurera de su existencia. Salen de los huevos, recorren la planta y buscan un lugar apropiado para instalarse, normalmente sobre los nervios de las hojas, los pecíolos o las ramillas jóvenes. Algunas pueden ser transportadas por el viento, por otros animales o por plantas trasladadas de un lugar a otro. Es su particular versión de los grandes viajes de exploración, aunque rara vez supera unos cuantos metros y termina en cuanto encuentran una vena vegetal adecuada.

Una vez elegido el emplazamiento, introducen en los tejidos su aparato bucal, semejante a una finísima pajita, y comienzan a succionar savia. A partir de ese momento disminuye drásticamente su interés por los viajes. Las hembras van perdiendo movilidad, engordan y segregan una gruesa cubierta protectora. En las ninfas, esa armadura puede ser rosada o rojiza; en los individuos maduros se vuelve blanquecina, grisácea o rosada y queda dividida en placas de cera. En el centro suele distinguirse una pequeña prominencia. Es exactamente lo que aparece sobre el higo de la segunda fotografía: no son manchas del fruto ni colonias de hongos, sino hembras adultas refugiadas bajo sus fortificaciones.

El nombre del género describe bastante bien el procedimiento. Ceroplastes deriva del griego kerós, «cera», y plastós, «modelado»: algo así como «modelado en cera». El epíteto rusci recuerda que Linneo describió originalmente al insecto sobre una planta del género Ruscus, al que pertenece nuestro rusco. La higuera es su hospedante más conocido, pero la cochinilla no es especialmente escrupulosa. Puede vivir sobre cítricos, laureles, mirtos, adelfas, pistacheros, mangos y numerosas plantas ornamentales. Para un animal que apenas se mueve, posee una sorprendente capacidad para extenderse por el mundo.

El escudo de cera es una magnífica solución evolutiva. Protege a la hembra de la desecación, de algunos depredadores y, para desesperación del jardinero, también de muchos tratamientos insecticidas. Pulverizar a una cochinilla adulta es un poco como intentar desalojar a un habitante de un búnker rociando la puerta con agua perfumada. El líquido resbala por la cubierta y el insecto continúa alimentándose debajo con la serenidad de quien ha cerrado las ventanas porque fuera llueve.

La hembra deposita centenares de huevos bajo su propio escudo. La cubierta que primero la defendió a ella se convierte así en techo y refugio para su descendencia. Al eclosionar, las ninfas abandonan el escondrijo y se dispersan por la higuera. En muchas poblaciones los machos son escasos o desconocidos, de manera que las hembras pueden reproducirse por partenogénesis, sin necesidad de aparearse. Vista desde nuestra perspectiva, la existencia de Ceroplastes rusci parece de una eficacia casi ofensiva: nace, encuentra una hoja, clava la trompa, levanta una casa de cera y produce varios centenares de hijas sin perder tiempo buscando pareja.

Como todos los animales que se alimentan de savia elaborada, la cochinilla se enfrenta a un problema nutricional. La savia contiene muchos azúcares, pero relativamente pocos compuestos nitrogenados. Para obtener las proteínas necesarias debe ingerir una cantidad considerable de líquido y expulsar el exceso de azúcar. El resultado es la melaza, una sustancia transparente y pegajosa que cubre hojas, ramas y frutos. Las hormigas acuden a beberla y, a cambio, pueden defender a las cochinillas de sus enemigos. Es una especie de ganadería en miniatura: las hormigas obtienen un alimento dulce y protegen a su ganado, aunque las vacas sean rosadas, midan unos milímetros y vivan pegadas a una hoja.

Sobre la melaza se instala con frecuencia la negrilla o fumagina, un conjunto de hongos oscuros que no penetran directamente en los tejidos, pero forman una capa semejante al hollín. La hoja pierde capacidad para captar luz, la fotosíntesis disminuye y el árbol se debilita. En ataques intensos pueden aparecer amarilleamiento, caída prematura de hojas, pérdida de vigor e incluso muerte de ramillas. Los frutos quedan pegajosos, ennegrecidos y poco apetecibles, aunque la cochinilla permanece en la superficie y no penetra en el interior del higo. Un fruto intacto, sin fermentación ni deterioro, puede lavarse y pelarse; otra cosa es que apetezca comérselo después de conocer con tanto detalle la vida familiar de sus ocupantes.

La primera medida de control es bastante poco sofisticada: retirar las cochinillas a mano, limpiar las ramas con un cepillo suave y eliminar las partes muy infestadas. También conviene dificultar el acceso de las hormigas, porque allí donde hay una procesión constante por el tronco suele existir algún rebaño productor de melaza. Las mariquitas, crisopas y pequeñas avispas parasitoides son enemigos naturales de los cóccidos, de modo que los insecticidas de amplio espectro pueden agravar el problema al matar precisamente a quienes estaban haciendo gratuitamente el trabajo.

Cuando la infestación exige tratamiento, los jabones potásicos y los aceites hortícolas autorizados pueden resultar útiles, pero el momento es decisivo. Hay que aplicarlos cuando emergen las ninfas y todavía no han completado su cubierta de cera. Contra las hembras adultas su eficacia disminuye mucho. El producto debe estar expresamente autorizado para higueras, y si hay frutos próximos a la recolección es imprescindible respetar el plazo de seguridad indicado en la etiqueta. Con las cochinillas, como con tantas otras cosas, es más sencillo resolver el problema cuando todavía es pequeño y no cuando ha construido una fortaleza.

Mi amigo no andaba desencaminado al pensar que sus higueras habían sido atacadas por cochinillas. Lo que parecían agallas rosadas sobre las hojas eran ninfas; los discos blancos del higo, hembras adultas. La higuera probablemente sobrevivirá, porque es un árbol obstinado y resistente, pero conviene intervenir antes de que cada uno de aquellos minúsculos búnkeres libere una nueva expedición colonizadora.

Lo que comenzó con dos fotografías enviadas al supuesto fitopatólogo terminó revelando una pequeña historia de ingeniería, reproducción sin machos, ganadería practicada por hormigas y guerra química. Todo ello ocurría sobre una hoja de higuera, a plena luz del día, sin que nadie le prestara atención. A veces basta ampliar una fotografía para descubrir que una verruga rosada no es una verruga, sino un insecto encerrado en una casa que él mismo ha fabricado. Y, como sucede con tantas criaturas modestas, cuanto más se averigua sobre ella, menos modesta resulta.