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miércoles, 18 de febrero de 2026

LAS SERPIENTES ANTES DEL FUEGO: EL PRÓLOGO OLVIDADO DE LA TRAGEDIA DE SAINT-PIERRE

 

Bienvenidos a Saint-Pierre, Martinica. Año 1902. El ron corre por las destilerías, los cafés imitan a París y el Monte Pelée vigila desde el norte con esa elegancia distraída de los volcanes dormidos. La ciudad presume de ser el “París del Caribe”. Tiene teatro, comercio, periódicos, política. Tiene, sobre todo, confianza. Y entonces empiezan a bajar las serpientes.

Antes del fuego, bajaron las serpientes. Es una frase que suena a profecía bíblica, pero ocurrió en 1902, en Saint-Pierre, la capital cultural y económica de Martinica. La ciudad se hacía llamar el París del Caribe. Tenía teatro, comercio, cafés y una vida urbana orgullosa de sí misma. Sobre ella se alzaba el Monte Pelée, una presencia casi decorativa en el horizonte. Una montaña elegante, cubierta de vegetación, con un pasado volcánico demasiado lejano para inquietar a nadie. Y sin embargo, cuando el volcán empezó a despertar, quienes primero lo comprendieron no fueron los científicos ni los políticos, sino los animales.

A comienzos de mayo la montaña emitía ceniza y gases. El suelo vibraba con pequeños temblores. Hubo un flujo de lodo que destruyó una fábrica azucarera y mató a varias decenas de personas. La señal estaba ahí, pero no encajaba en el imaginario colectivo del desastre. No había ríos de lava descendiendo con solemnidad clásica, como en las ilustraciones del Vesubio. No había un espectáculo claro que justificara el pánico. Había humo, rumores y cierta incomodidad en el aire. Y luego estaban las serpientes.

La especie en cuestión, la fer-de-lance de Martinica, vivía en las laderas boscosas del Pelée. Sensibles a los cambios térmicos y químicos, comenzaron a descender cuando el suelo se calentó y los gases volcánicos alteraron su hábitat. No fue un acto de clarividencia, sino de fisiología. El entorno se volvió inhabitable y la única dirección posible era cuesta abajo. En pocos días, los barrios periféricos de Saint-Pierre registraron una invasión insólita. Se hablaría después de miles de serpientes; las cifras reales son difíciles de precisar, pero hubo decenas de mordeduras y alrededor de cincuenta muertes. Para los habitantes de la ciudad, aquello debió de ser profundamente inquietante: abrir la puerta y encontrar reptiles venenosos en la calle, como si la montaña estuviera expulsando algo que ya no podía contener.

Bothrops lanceolatus,  la víbora fer-de-lance de Martinica,

La imagen es poderosa porque parece un aviso simbólico: primero la plaga, luego el fuego. Pero lo que ocurrió no pertenece al registro de lo sobrenatural. Fue un fenómeno físico y biológico. El volcán liberaba dióxido de azufre y dióxido de carbono; el suelo se calentaba; la microfauna se desplazaba. Las serpientes reaccionaban a cambios que el cuerpo humano no percibe sin instrumentos. Mientras en los despachos se discutía la conveniencia de evacuar o no la ciudad —con elecciones próximas y una economía que no quería detenerse—, la montaña ya estaba reconfigurando su entorno de forma tangible.

A las 7:52 de la mañana, del 8 de mayo de 1902, tres días antes de que se celebraban las elecciones, el Monte Pelée liberó una nube piroclástica. No fue una colada de lava lenta y visible, sino una avalancha de gas sobrecalentado, ceniza y fragmentos de roca que descendió a cientos de kilómetros por hora y a temperaturas cercanas a los mil grados. En menos de dos minutos, Saint-Pierre dejó de existir. Murieron cerca de treinta mil personas. La ciudad que había discutido si debía preocuparse fue borrada antes de terminar el desayuno.

Lo que siguió transformó la ciencia. Hasta entonces, la vulcanología europea estaba moldeada por el modelo del Vesubio: explosiones, ceniza, lava. Pelée obligó a reconocer otra forma de violencia geológica. El geólogo Alfred Lacroix acuñó el término nuée ardente para describir aquella corriente ardiente que no era humo ligero ni roca líquida, sino una masa densa y devastadora que se comportaba como un fluido turbulento pegado al suelo. La noción de flujo piroclástico —hoy central en la evaluación del riesgo volcánico— nació de esa catástrofe. La ciencia avanzó porque fracasó antes.

En retrospectiva, resulta difícil no ver en las serpientes una metáfora incómoda. No eran oráculos, pero sí indicadores. Respondían a variaciones físicas que anticipaban un cambio mayor. Su huida no fue una predicción consciente del desastre final; fue la consecuencia directa de un sistema que ya estaba desestabilizado. La tragedia de Saint-Pierre ilustra algo que a menudo olvidamos: los desastres no comienzan con el estruendo final, sino con alteraciones sutiles en el equilibrio de un entorno.

Desde entonces, la relación entre comportamiento animal y fenómenos geológicos ha fascinado a investigadores y cronistas. Hay informes de ganado inquieto antes de terremotos, de aves que alteran sus rutas migratorias, de peces que abandonan ciertas zonas costeras. La evidencia científica es prudente: los animales no “predicen” el futuro en un sentido místico. Pero viven más cerca de los parámetros físicos del mundo. Detectan vibraciones de baja frecuencia, cambios en la composición del aire, variaciones térmicas mínimas. Lo que para nosotros es invisible hasta que se vuelve catastrófico, para ellos puede ser una molestia inmediata.

En 1902 no existían redes de sensores ni sistemas sofisticados de monitoreo volcánico. Existían, en cambio, serpientes que abandonaban la montaña. La ciudad pudo interpretarlo como un episodio molesto, una anomalía desagradable que requería control sanitario. Era más fácil pensar en una plaga que en un sistema volcánico reorganizándose bajo tierra. Más fácil discutir sobre orden público que replantear la seguridad de toda una urbe.

Cuando la nube ardiente descendió, las serpientes ya no estaban allí. Habían huido días antes, guiadas por una lógica elemental: sobrevivir. La ciudad, en cambio, permaneció. La ironía no es que los animales supieran más que los humanos, sino que estaban más atentos a su entorno inmediato. La biología reaccionó con rapidez; la política y la cultura, no.

La historia de Saint-Pierre suele contarse como una tragedia volcánica o como un ejemplo de negligencia administrativa. Ambas lecturas son válidas. Pero también es la historia de una desconexión entre sociedad y entorno. En un mundo que empezaba a confiar cada vez más en su capacidad técnica y en su estabilidad institucional, la naturaleza recordó que sus señales no siempre adoptan la forma que esperamos. A veces no es una columna de lava visible, sino un cambio en el comportamiento de criaturas que viven a ras del suelo.

Antes del fuego, bajaron las serpientes. No como advertencia divina, sino como consecuencia física de un sistema que estaba cambiando. La ciudad no las escuchó porque no sabía cómo traducir ese lenguaje. Y tal vez esa sea la lección más duradera: el desastre no siempre llega sin aviso. A veces se anuncia en formas que preferimos interpretar como anécdotas, molestias o exageraciones. Solo después, cuando la ceniza se enfría, comprendemos que eran los primeros síntomas de algo mucho mayor.