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sábado, 23 de mayo de 2026

EL HOMBRE QUE QUISO PROHIBIR EL PASADO... Y LOS ESPAGUETIS

 

Filippo Tommaso Marinetti, el futurismo y la extraña guerra contra los espaguetis

Hay hombres que nacen para administrar una ferretería y hombres que nacen para prenderle fuego al mundo. Filippo Tommaso Marinetti pertenecía claramente a la segunda categoría. Tenía el talento indispensable de todos los agitadores: convertir una exageración en una fe colectiva. También poseía una voz estentórea, una energía de vendedor ambulante y la convicción de que el siglo XX iba a ser una carrera de automóviles sin frenos hacia el porvenir. Mientras Europa aún bostezaba entre columnas griegas, violines románticos y olor a biblioteca húmeda, Marinetti ya escuchaba el rugido de los motores acercándose por el horizonte como una estampida de búfalos mecánicos.

Nació en 1876 en Alexandria, en una familia italiana acomodada instalada junto al Mediterráneo oriental, entre comerciantes, diplomáticos y vapores que iban y venían hacia Marsella. Aquel niño criado entre idiomas, puertos y periódicos franceses comprendió muy pronto que la modernidad no olía a incienso ni a pergamino: olía a gasolina. Cuando llegó a Europa traía ya en la cabeza una idea fija: Italia estaba enferma de pasado. El país entero se había convertido en un museo. Había demasiados mármoles, demasiados frescos, demasiados muertos ilustres vigilando cada plaza. Uno no podía sentarse a tomar café sin que un genio renacentista le estuviera mirando desde una estatua ecuestre.

Marinetti decidió declarar la guerra a los difuntos. En 1909 publicó en el periódico Le Figaro el Manifiesto Futurista, que es probablemente el único texto literario de la historia que empieza como una crónica de sucesos y termina como un golpe de Estado estético. Allí aparecía ya todo el catecismo futurista: amor a la velocidad, odio a los museos, desprecio por la nostalgia, culto a la máquina, entusiasmo por el peligro y una fascinación casi erótica por los automóviles. Marinetti proclamó que un coche de carreras era más bello que la Victoria de Samotracia. La frase produjo el mismo efecto que si alguien hubiera entrado en misa y hubiera escupido dentro del cáliz. Los críticos se indignaron, los estudiantes aplaudieron y los periodistas comprendieron enseguida que aquel italiano exuberante iba a proporcionarles titulares durante años.

El futurismo fue el primer movimiento artístico que entendió el siglo XX como un espectáculo publicitario. Antes de que existieran las agencias de marketing, Marinetti ya sabía que el escándalo era el combustible más barato de la fama. Organizaba veladas teatrales donde los poetas insultaban al público y el público respondía arrojando verduras. Aquellas noches terminaban a menudo en peleas, pero Marinetti salía encantado porque al día siguiente todos los periódicos hablaban del futurismo. Había descubierto que la modernidad no se imponía razonando sino haciendo ruido.

Los pintores futuristas intentaron representar el movimiento continuo de la vida moderna. Umberto Boccioni pintaba hombres descompuestos en ráfagas de velocidad y Giacomo Balla convertía un perro paseando en una centrifugadora de patas. Querían atrapar el vértigo de las ciudades eléctricas, los tranvías, las fábricas y las locomotoras. El siglo ya no avanzaba al paso solemne de las catedrales sino al ritmo de las hélices.

Había en todo aquello una mezcla irresistible de genio y charlatanería. El futurismo anunciaba un mundo nuevo donde desaparecerían la sintaxis, las costumbres burguesas y hasta la lógica elemental. Marinetti defendía las “palabras en libertad”, una escritura sin puntuación ni gramática, como si las frases fueran piezas metálicas disparadas desde una ametralladora tipográfica. A veces sus poemas parecían instrucciones para desmontar un motor averiado. Otras veces sonaban como un telegrama enviado desde un manicomio industrial.

Pero el futurismo llevaba dentro una semilla más peligrosa que todas sus extravagancias estéticas. Marinetti adoraba la violencia. No la violencia concreta del puñetazo de taberna, sino la violencia elevada a principio filosófico, como una tormenta purificadora destinada a barrer el viejo orden europeo. Definió la guerra como «la única higiene del mundo», frase que hoy produce un escalofrío retrospectivo. Aquellos hombres que idolatraban la velocidad y el acero terminaron enamorándose también de los cañones.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, muchos futuristas la recibieron como quien espera el estreno de una ópera grandiosa. Querían dinamitar la vieja Europa y reconstruirla entre humo y motores. Algunos marcharon al frente llenos de entusiasmo juvenil y volvieron mutilados; otros no volvieron. Boccioni murió absurdamente al caer de un caballo durante unas maniobras militares, ironía cruel para un pintor obsesionado con la mecánica moderna.

Después de la guerra, Italia quedó convertida en un país histérico, humillado y violento, terreno ideal para el ascenso de Benito Mussolini. Marinetti vio en el fascismo la posibilidad de realizar su sueño de una nación joven, agresiva y electrificada. Los primeros fascistas y los futuristas compartían el gusto por la acción directa, la teatralidad, los uniformes y la propaganda. Ambos comprendieron que la política moderna debía representarse como una ceremonia de masas. Las plazas italianas empezaron a llenarse de banderas, discursos y coreografías patrióticas mientras los viejos liberales observaban el espectáculo como notarios agotados incapaces de entender el nuevo lenguaje del siglo.

Sin embargo, la relación entre el futurismo y el fascismo nunca fue completamente armónica. Mussolini admiraba la energía de Marinetti, pero el régimen necesitaba también orden, tradición y símbolos imperiales. Los fascistas querían resucitar la Roma antigua; Marinetti quería sustituirla por aeropuertos. El Duce soñaba con césares; el poeta soñaba con motores de aviación. Aun así, permanecieron aliados durante años, unidos por una misma pasión por la modernidad musculosa y por la estética de la fuerza.

Y entonces ocurrió uno de los episodios más chuscos de toda la vanguardia europea: Marinetti propuso abolir la pasta. En 1930 publicó el Manifesto della cucina futurista, un documento delirante en el que declaraba que los espaguetis eran responsables de la melancolía, el sentimentalismo y la pereza de los italianos. Según él, la pasta volvía a los ciudadanos lentos, nostálgicos y poco aptos para las exigencias dinámicas del futuro. Un pueblo que aspiraba a dominar los cielos no podía seguir alimentándose con tallarines.

La propuesta produjo más indignación que cualquiera de sus ataques contra Rafael o Miguel Ángel. Italia podía tolerar el fascismo, las camisas negras y hasta las aventuras coloniales, pero nadie estaba dispuesto a renunciar al plato de macarrones. Los fabricantes de pasta protestaron, los periódicos se burlaron y las amas de casa consideraron que el futurismo había cruzado definitivamente la frontera de la locura.

Marinetti organizó banquetes futuristas donde se servían combinaciones extravagantes: albóndigas perfumadas con esencia de clavel, pollo acompañado de rodamientos metálicos para estimular el tacto y platos concebidos más para desconcertar que para alimentar. Aquellas cenas parecían diseñadas por un cocinero dadaísta encerrado en un taller de ingeniería aeronáutica.

Naturalmente, la pasta sobrevivió. El futurismo no.

Cuando la Segunda Guerra Mundial terminó de arrasar Europa, el sueño futurista quedó cubierto de ruinas auténticas, no metafóricas. La velocidad, el acero y la guerra industrial habían conducido a ciudades bombardeadas y cementerios interminables. Marinetti murió en 1944 mientras el régimen fascista se desplomaba alrededor suyo como un decorado incendiado.

Y sin embargo, algo de él sobrevivió en todas partes. Sobrevive en la publicidad agresiva, en el culto contemporáneo a la juventud, en la fascinación por la velocidad, en la política convertida en espectáculo, en las tipografías estridentes y en esa fe moderna según la cual todo lo nuevo debe ser automáticamente mejor que lo antiguo.

Marinetti quiso matar el pasado y terminó convertido él mismo en una pieza de museo. Seguramente es la venganza más elegante que la historia podía reservarle.