Filippo Tommaso Marinetti, el
futurismo y la extraña guerra contra los espaguetis
Hay hombres que nacen para
administrar una ferretería y hombres que nacen para prenderle fuego al mundo.
Filippo Tommaso Marinetti pertenecía claramente a la segunda categoría. Tenía
el talento indispensable de todos los agitadores: convertir una exageración en
una fe colectiva. También poseía una voz estentórea, una energía de vendedor
ambulante y la convicción de que el siglo XX iba a ser una carrera de
automóviles sin frenos hacia el porvenir. Mientras Europa aún bostezaba entre
columnas griegas, violines románticos y olor a biblioteca húmeda, Marinetti ya
escuchaba el rugido de los motores acercándose por el horizonte como una
estampida de búfalos mecánicos.
Nació en 1876 en Alexandria, en
una familia italiana acomodada instalada junto al Mediterráneo oriental, entre
comerciantes, diplomáticos y vapores que iban y venían hacia Marsella. Aquel
niño criado entre idiomas, puertos y periódicos franceses comprendió muy pronto
que la modernidad no olía a incienso ni a pergamino: olía a gasolina. Cuando
llegó a Europa traía ya en la cabeza una idea fija: Italia estaba enferma de
pasado. El país entero se había convertido en un museo. Había demasiados
mármoles, demasiados frescos, demasiados muertos ilustres vigilando cada plaza.
Uno no podía sentarse a tomar café sin que un genio renacentista le estuviera
mirando desde una estatua ecuestre.
Marinetti decidió declarar la
guerra a los difuntos. En 1909 publicó en el periódico Le Figaro el Manifiesto
Futurista, que es probablemente el único texto literario de la historia que
empieza como una crónica de sucesos y termina como un golpe de Estado estético.
Allí aparecía ya todo el catecismo futurista: amor a la velocidad, odio a los
museos, desprecio por la nostalgia, culto a la máquina, entusiasmo por el
peligro y una fascinación casi erótica por los automóviles. Marinetti proclamó
que un coche de carreras era más bello que la Victoria de Samotracia. La frase
produjo el mismo efecto que si alguien hubiera entrado en misa y hubiera
escupido dentro del cáliz. Los críticos se indignaron, los estudiantes
aplaudieron y los periodistas comprendieron enseguida que aquel italiano
exuberante iba a proporcionarles titulares durante años.
El futurismo fue el primer
movimiento artístico que entendió el siglo XX como un espectáculo publicitario.
Antes de que existieran las agencias de marketing, Marinetti ya sabía que el
escándalo era el combustible más barato de la fama. Organizaba veladas
teatrales donde los poetas insultaban al público y el público respondía
arrojando verduras. Aquellas noches terminaban a menudo en peleas, pero
Marinetti salía encantado porque al día siguiente todos los periódicos hablaban
del futurismo. Había descubierto que la modernidad no se imponía razonando sino
haciendo ruido.
Los pintores futuristas
intentaron representar el movimiento continuo de la vida moderna. Umberto Boccioni
pintaba hombres descompuestos en ráfagas de velocidad y Giacomo Balla convertía
un perro paseando en una centrifugadora de patas. Querían atrapar el vértigo de
las ciudades eléctricas, los tranvías, las fábricas y las locomotoras. El siglo
ya no avanzaba al paso solemne de las catedrales sino al ritmo de las hélices.
Había en todo aquello una mezcla
irresistible de genio y charlatanería. El futurismo anunciaba un mundo nuevo
donde desaparecerían la sintaxis, las costumbres burguesas y hasta la lógica
elemental. Marinetti defendía las “palabras en libertad”, una escritura sin
puntuación ni gramática, como si las frases fueran piezas metálicas disparadas
desde una ametralladora tipográfica. A veces sus poemas parecían instrucciones
para desmontar un motor averiado. Otras veces sonaban como un telegrama enviado
desde un manicomio industrial.
Pero el futurismo llevaba dentro
una semilla más peligrosa que todas sus extravagancias estéticas. Marinetti
adoraba la violencia. No la violencia concreta del puñetazo de taberna, sino la
violencia elevada a principio filosófico, como una tormenta purificadora
destinada a barrer el viejo orden europeo. Definió la guerra como «la
única higiene del mundo», frase que hoy produce un escalofrío retrospectivo.
Aquellos hombres que idolatraban la velocidad y el acero terminaron
enamorándose también de los cañones.
Cuando estalló la Primera Guerra
Mundial, muchos futuristas la recibieron como quien espera el estreno de una
ópera grandiosa. Querían dinamitar la vieja Europa y reconstruirla entre humo y
motores. Algunos marcharon al frente llenos de entusiasmo juvenil y volvieron
mutilados; otros no volvieron. Boccioni murió absurdamente al caer de un
caballo durante unas maniobras militares, ironía cruel para un pintor
obsesionado con la mecánica moderna.
Después de la guerra, Italia
quedó convertida en un país histérico, humillado y violento, terreno ideal para
el ascenso de Benito Mussolini. Marinetti vio en el fascismo la posibilidad de
realizar su sueño de una nación joven, agresiva y electrificada. Los primeros
fascistas y los futuristas compartían el gusto por la acción directa, la
teatralidad, los uniformes y la propaganda. Ambos comprendieron que la política
moderna debía representarse como una ceremonia de masas. Las plazas italianas
empezaron a llenarse de banderas, discursos y coreografías patrióticas mientras
los viejos liberales observaban el espectáculo como notarios agotados incapaces
de entender el nuevo lenguaje del siglo.
Sin embargo, la relación entre el
futurismo y el fascismo nunca fue completamente armónica. Mussolini admiraba la
energía de Marinetti, pero el régimen necesitaba también orden, tradición y
símbolos imperiales. Los fascistas querían resucitar la Roma antigua; Marinetti
quería sustituirla por aeropuertos. El Duce soñaba con césares; el poeta soñaba
con motores de aviación. Aun así, permanecieron aliados durante años, unidos
por una misma pasión por la modernidad musculosa y por la estética de la
fuerza.
Y entonces ocurrió uno de los
episodios más chuscos de toda la vanguardia europea: Marinetti propuso abolir
la pasta. En 1930 publicó el Manifesto della cucina futurista, un
documento delirante en el que declaraba que los espaguetis eran responsables de
la melancolía, el sentimentalismo y la pereza de los italianos. Según él, la
pasta volvía a los ciudadanos lentos, nostálgicos y poco aptos para las
exigencias dinámicas del futuro. Un pueblo que aspiraba a dominar los cielos no
podía seguir alimentándose con tallarines.
La propuesta produjo más
indignación que cualquiera de sus ataques contra Rafael o Miguel Ángel. Italia
podía tolerar el fascismo, las camisas negras y hasta las aventuras coloniales,
pero nadie estaba dispuesto a renunciar al plato de macarrones. Los fabricantes
de pasta protestaron, los periódicos se burlaron y las amas de casa
consideraron que el futurismo había cruzado definitivamente la frontera de la
locura.
Marinetti organizó banquetes
futuristas donde se servían combinaciones extravagantes: albóndigas perfumadas
con esencia de clavel, pollo acompañado de rodamientos metálicos para estimular
el tacto y platos concebidos más para desconcertar que para alimentar. Aquellas
cenas parecían diseñadas por un cocinero dadaísta encerrado en un taller de
ingeniería aeronáutica.
Naturalmente, la pasta
sobrevivió. El futurismo no.
Cuando la Segunda Guerra Mundial
terminó de arrasar Europa, el sueño futurista quedó cubierto de ruinas
auténticas, no metafóricas. La velocidad, el acero y la guerra industrial
habían conducido a ciudades bombardeadas y cementerios interminables. Marinetti
murió en 1944 mientras el régimen fascista se desplomaba alrededor suyo como un
decorado incendiado.
Y sin embargo, algo de él
sobrevivió en todas partes. Sobrevive en la publicidad agresiva, en el culto
contemporáneo a la juventud, en la fascinación por la velocidad, en la política
convertida en espectáculo, en las tipografías estridentes y en esa fe moderna
según la cual todo lo nuevo debe ser automáticamente mejor que lo antiguo.
Marinetti quiso matar el pasado y terminó convertido él mismo en una pieza de museo. Seguramente es la venganza más elegante que la historia podía reservarle.