Mi amigo de siempre, ese que creyéndomeno solo botánico sino también entomólogo, fitopatólogo y probablemente
responsable de todo cuanto sucede en una hoja, me envía unas fotografías
tomadas en algún lugar del Pirineo que no precisa más. En ellas aparecen los
foliolos de una robinia (Robinia pseudoacacia) cubiertos de manchas blanquecinas. Algunas parecen
manos de seis o siete dedos; otras son ovaladas, plateadas y discretamente
abombadas. A primera vista podría pensarse en un hongo, una quemadura solar o
la consecuencia de alguna fumigación desafortunada. Pero dentro de esas manchas
ha vivido una oruga.
En realidad, no se trata de una
sola especie, sino de dos pequeñas mariposas norteamericanas que han seguido
hasta Europa al árbol del que dependen (Figura 1). Una es Parectopa
robiniella; la otra, Macrosaccus robiniella, conocida hasta hace
poco como Phyllonorycter robiniella (la etimología de estos nombres la dejo al final del post). Las dos pertenecen a la familia
Gracillariidae, compuesta por polillas tan pequeñas que rara vez merecen la
atención de quien no haya decidido previamente examinar una hoja con lupa. Sus
larvas son minadoras: en lugar de devorar la hoja desde fuera, penetran entre
sus dos epidermis y se comen el parénquima, es decir, el tejido verde situado
entre la piel superior y la inferior. La hoja se convierte así en una vivienda
con paredes comestibles, una solución arquitectónica que no encontraría financiación
bancaria, pero que a las orugas les ha funcionado admirablemente.
Las minas blancas, planas y
ramificadas que aparecen en la Figura 2 A corresponden a Parectopa
robiniella. Su dibujo es tan característico que la especie recibe en inglés
el nombre de locust digitate leafminer, el minador digitado de la falsa
acacia. La hembra deposita el huevo en el envés, junto a una nervadura. La
larva recién nacida atraviesa el tejido y termina excavando en el haz una
mancha de la que parten prolongaciones estrechas, semejantes a dedos. Cuando
varias minas confluyen, el foliolo parece haber sido decorado por alguien que
disponía únicamente de pintura blanca y atravesaba una etapa cubista.
El aspecto de las huellas que
deja Macrosaccus robiniella es diferente. Sus minas, visibles en las
figuras 2 B y C, suelen desarrollarse en el envés y son ovaladas o
alargadas, blanquecinas y situadas a un lado del nervio central. También pueden
verse desde arriba porque la larva elimina buena parte del tejido verde y deja
la mina convertida en una ventana traslúcida. En los últimos estadios produce
seda, contrae la epidermis inferior y forma una pequeña cavidad abombada o
tentiforme. Dentro de ella pupa y completa la transformación en una mariposa
diminuta de apenas unos milímetros.
La Figura 3 permite comprender el
efecto acumulativo del ataque. Una sola mina apenas compromete a un árbol;
centenares de ellas blanquean buena parte de la copa, reducen la superficie
fotosintética y pueden provocar amarilleamiento y caída prematura de los foliolos.
El resultado parece alarmante, aunque las robinias adultas suelen soportarlo
bastante bien. Son árboles vigorosos, capaces de rebrotar después de podas,
incendios y otras experiencias que dejarían a una especie más sensible
redactando testamento.
La historia tiene una simetría
casi novelesca. Robinia pseudoacacia es originaria del este de
Norteamérica. Fue introducida en Europa por un botánico llamado Robin a
comienzos del siglo XVII y durante mucho tiempo se cultivó como ornamental,
árbol forestal, estabilizador de taludes y productor de una madera dura y
resistente. También es apreciada por los apicultores: la llamada miel de acacia
europea procede, en realidad, de sus flores. La acacia verdadera pertenece a
otro grupo de leguminosas, pero la botánica popular acostumbra a tratar los
nombres como quien reparte cartas después de la cena.
En Europa la robinia encontró un
continente casi falto de sus enemigos naturales y aprovechó la ocasión. Crece
deprisa, fija nitrógeno atmosférico gracias a las bacterias asociadas a sus
raíces y se reproduce vigorosamente mediante semillas, retoños radicales y
brotes de cepa. En terrenos alterados, cunetas, taludes ferroviarios y riberas
puede formar masas densas que desplazan a la vegetación autóctona. La fijación
de nitrógeno, una virtud en suelos agrícolas pobres, se convierte en un
inconveniente en hábitats naturales adaptados a la escasez de nutrientes,
porque modifica el suelo y favorece a las plantas nitrófilas. Es especialmente
problemática en varios países centroeuropeos, pero también invade bosques y
cursos fluviales españoles, tanto en la región atlántica como en la
mediterránea.
Sus dos minadores tardaron casi
cuatro siglos en reunirse con ella. P. robiniella fue detectada en
Europa, cerca de Milán, hacia 1970. M. robiniella apareció en los
alrededores de Basilea en 1983 y desde allí se extendió con rapidez. Ambas
alcanzaron la península ibérica alrededor de 2001. Por tanto, no estamos ante
plagas recién llegadas, aunque para muchos observadores sean nuevas y su
distribución continúe ampliándose. Su tamaño minúsculo y su vida oculta
explican que puedan pasar años desapercibidas: vemos el árbol, vemos las hojas
y rara vez se nos ocurre que entre las dos superficies de un foliolo está
comiendo alguien.
Dependiendo del clima, pueden
completar varias generaciones al año. En Europa central son frecuentes tres,
mientras que en regiones más cálidas pueden producirse cuatro e incluso cinco.
Las minas se acumulan a medida que avanza el verano, de modo que el ataque
parece mucho más intenso al final de la estación. El invierno suele pasarlo Macrosaccus
como adulto refugiado entre la corteza, la hojarasca u otros escondrijos; en
primavera, las hembras vuelven a buscar las nuevas hojas de robinia y el ciclo
comienza otra vez.
No sabemos con certeza cómo
atravesaron el Atlántico. Es tentador atribuir cualquier invasión moderna al
turismo y hablar del «síndrome Ryanair», imaginando mariposas ocultas en
maletas, abrigos y bolsas de aseo. Sin embargo, para estos insectos resulta mucho
más probable el transporte accidental de plantas vivas, ramas, contenedores o
vehículos. Una larva encerrada dentro de una hoja viaja con alojamiento y
manutención incluidos. Una vez establecida en Europa, la especie puede avanzar
por sus propios medios, ser transportada por el viento o aprovechar el tráfico
rodado y ferroviario. Los corredores de robinias plantados junto a carreteras y
vías férreas constituyen, además, una sucesión casi ininterrumpida de
estaciones de servicio.
La llegada de estos herbívoros
podría parecer una buena noticia: si la robinia es invasora, tal vez sus
enemigos americanos contribuyan a controlarla. Algo ayudan, pero sería excesivo
presentarlos como un ejército libertador. Incluso los ataques intensos rara vez
matan árboles adultos, y mucho menos eliminan sus extensos sistemas radicales.
Pueden reducir su crecimiento, adelantar la caída de las hojas y debilitar
ejemplares jóvenes, pero no constituyen por sí solos un método eficaz de
control biológico. La robinia ha sobrevivido a dificultades bastante mayores
que dos polillas microscópicas.
Tampoco las mariposas viven
completamente libres de enemigos. Numerosas avispillas europeas han aprendido a
localizar las larvas escondidas dentro de las minas. Con su ovipositor
atraviesan la epidermis y depositan un huevo sobre ellas o en su interior. La
larva de la avispa se alimenta entonces del minador y termina matándolo. Estos
insectos son parasitoides, palabra que no significa «parásitos de parásitos».
Un parasitoide se diferencia de un parásito ordinario en que inevitablemente
acaba con su hospedador. Si parasitara a otro parasitoide sería un
hiperparasitoide, porque hasta en el interior de una hoja la naturaleza
encuentra la manera de complicar el organigrama.
Algunos de los pequeños orificios
observados en el envés pueden corresponder a la salida de esas avispillas. Los
adultos de Macrosaccus, por su parte, suelen emerger dejando el exuvio
de la crisálida parcialmente asomado a través de la epidermis, como si el
insecto hubiera abandonado la vivienda sin molestarse en cerrar la puerta. En
distintos estudios europeos, los parasitoides autóctonos han llegado a eliminar
una proporción considerable de larvas y pupas. No siempre es necesario importar
desde América al enemigo natural original: a veces basta con esperar a que los
depredadores locales descubran el nuevo plato del menú.
Las fotografías documentan, por tanto, algo más interesante que una simple plaga. En la Figura 1 aparece P. robiniella, reconocible por sus minas digitadas en el haz. En las figuras 2 y 3 vemos el ataque de M. robiniella, cuyas minas ovaladas se forman principalmente en el envés y pueden llegar a blanquear gran parte de la copa. Son dos insectos norteamericanos, viviendo sobre un árbol norteamericano, pero reunidos ahora en un bosque europeo. La robinia llegó primero, se instaló cómodamente y comenzó a comportarse como si el continente le perteneciera. Sus inquilinos tardaron varios siglos en encontrarla, pero finalmente han llamado a la puerta. O, para ser exactos, han entrado directamente por la hoja.
Etimología
Parectopa: del griego pará,
«próximo o semejante» y éktopos, «diferente o fuera de lugar»;
probablemente alude a su peculiar nerviación alar, caracterizada por la
ausencia de vena costal.
Macrosaccus: del griego makrós,
«largo» y sákkos, «saco». Alude al saccus extraordinariamente
largo y estrecho del aparato genital masculino.
Phyllonorycter: del griego
phýllon, «hoja» y oryktḗr, «excavador». Significa «excavador de
hojas» y alude a las larvas que perforan el interior de las hojas y viven
formando minas. Puede traducirse sencillamente como «minador de hojas».
Robiniella: obviamente está relacionado con el género Robinia.

