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jueves, 27 de agosto de 2026

TROPIC, LA ISLA SUMERGIDA DEL TESORO

 

A unos cuatrocientos kilómetros al suroeste de Canarias, donde ya no hay playas, hoteles ni turistas británicos buscando desesperadamente una cerveza fría, se levanta una montaña gigantesca. Desde su base, situada a unos cuatro mil metros de profundidad, asciende más de tres kilómetros hasta que, cuando parece que está a punto de emerger, se detiene a unos mil metros bajo la superficie. Se llama Tropic y es uno de los montes submarinos más fascinantes del Atlántico. También podría ser uno de los más ricos.

Tropic es un antiguo volcán formado durante el Cretácico, hace aproximadamente 120 millones de años, cuando los dinosaurios todavía tenían por delante una larga y, salvo por el desenlace, prometedora existencia. Pertenece a la provincia de montes submarinos de Canarias, una alineación de más de cien edificios volcánicos que se extiende por el fondo del Atlántico. Los geólogos españoles los conocen colectivamente como «las Abuelas», porque son mucho más antiguos que las islas Canarias que hoy vemos sobre el océano.

Durante algún tiempo, Tropic debió de ser una isla. Las olas erosionaron su cima hasta convertirla en una superficie relativamente plana. Después, a medida que la corteza oceánica se enfriaba y se hundía, el volcán desapareció lentamente bajo las aguas. En términos geológicos, es un guyot: una isla volcánica decapitada por la erosión y posteriormente sumergida. Su plataforma superior ocupa alrededor de 120 kilómetros cuadrados, algo así como una pequeña isla de El Hierro escondida a un kilómetro bajo el mar.

Hasta aquí, Tropic sería uno más de los miles de volcanes sumergidos que salpican los océanos. Lo que lo convierte en una montaña extraordinaria es la costra negra que recubre buena parte de sus rocas. Es una lámina de ferromanganeso, una mezcla de óxidos de hierro y manganeso que precipita directamente del agua marina. No procede de una chimenea hidrotermal ni de un depósito de lava enriquecida en metales. Es, por decirlo de una manera sencilla, un barniz fabricado por el océano.

El océano contiene casi todos los elementos químicos imaginables, aunque muchos de ellos se encuentran en concentraciones tan pequeñas que intentar extraerlos del agua sería como buscar un terrón de azúcar disuelto en el Mediterráneo. Pero los óxidos de hierro y manganeso actúan como una esponja química. A medida que se depositan sobre las rocas capturan cobalto, níquel, molibdeno, vanadio, platino, tierras raras y, sobre todo, telurio.

Lo hacen, además, con una parsimonia capaz de desesperar a una montaña. Algunas costras crecen apenas unos milímetros por cada millón de años. Las que recubren la cima del Tropic tienen por término medio tres o cuatro centímetros de espesor, aunque en esta provincia submarina se han encontrado otras de veinte o incluso veinticinco centímetros. Una costra del grosor de una tostada puede contener la historia química de diez o veinte millones de años de océano.

El protagonista de esta historia es el telurio, un elemento que rara vez aparece en las conversaciones, salvo quizá entre químicos, fabricantes de paneles solares y personas que coleccionan palabras para concursar en Saber y ganar. Fue descubierto en el siglo XVIII y su nombre procede del latín tellus, tierra, lo que resulta irónico teniendo en cuenta que una de sus mayores concentraciones conocidas está en una montaña situada bajo un kilómetro de agua.

El telurio no es una tierra rara, aunque a menudo se lo incluya en el impreciso cajón de los «metales raros». Es un metaloide emparentado con el selenio y extraordinariamente escaso en la corteza terrestre: más raro que el oro. Se utiliza en aleaciones, semiconductores, materiales termoeléctricos y detectores de radiación, pero su aplicación más conocida se encuentra en las células solares de película fina fabricadas con telururo de cadmio. Por eso aparece en las listas de materias primas consideradas esenciales para la transición energética.

En tierra firme casi nunca se explota en minas propias. La mayor parte se obtiene como subproducto del refinado del cobre, de manera que su producción depende de cuánto cobre se extraiga y de cómo se procese. Tropic llamó la atención porque sus costras contienen telurio en proporciones extraordinarias. Este tipo de depósitos puede concentrarlo hasta 50 000 veces respecto de su abundancia media en la corteza terrestre, más que ningún otro elemento estudiado en las costras de ferromanganeso. Eso no significa que las rocas sean lingotes de telurio: las concentraciones se miden normalmente en decenas o centenares de partes por millón. Pero cuando se trata de un elemento que apenas existe, unas pocas partes por millón pueden constituir una fortuna.

En 2016, una expedición internacional a bordo del buque oceanográfico británico RRS James Cook exploró Tropic mediante el vehículo autónomo Autosub6000 y el robot submarino Isis. La campaña JC142, en la que participaron investigadores británicos y españoles, cartografió la montaña, filmó sus laderas y recogió muestras de las costras. A partir de aquellos datos se difundió una cifra deslumbrante: Tropic podría contener unas 2 670 toneladas de telurio, aproximadamente una doceava parte de los recursos mundiales conocidos en aquel momento.

La noticia recorrió los periódicos y convirtió la montaña en una especie de cofre del tesoro atlántico. Bastaba multiplicar toneladas por precio para imaginar una fabulosa mina española bajo el océano. Por desgracia, la geología económica no funciona con la misma sencillez que una calculadora.

Las 2 670 toneladas son una estimación del metal que podría estar contenido en las costras, no una reserva minera demostrada. Para hablar de reservas habría que conocer con precisión qué superficie está recubierta, cuál es el espesor de la capa en cada lugar, cuánto telurio contiene, qué proporción puede recuperarse y cuánto costaría hacerlo. Un estudio basado en las muestras de la expedición confirmó el considerable potencial mineral del Tropic, pero también mostró que las costras son heterogéneas y aparecen mezcladas con sedimentos y materiales orgánicos. Entre saber que un metal está allí y poder extraerlo con beneficio media un abismo; en este caso, un abismo literal.

La explotación plantearía un problema técnico formidable. Los nódulos polimetálicos de las llanuras abisales son objetos sueltos que, al menos en teoría, pueden recogerse como patatas esparcidas por un campo. Las costras del Tropic están soldadas a las rocas. Habría que enviar máquinas capaces de desplazarse por una montaña escarpada, arrancar una capa de pocos centímetros y separar el mineral valioso del basalto sin recoger toneladas de roca inútil. Todo ello a mil o varios miles de metros de profundidad, en oscuridad absoluta y bajo una presión que convertiría cualquier error mecánico en una avería muy cara.

Queda, además, el pequeño detalle de que la montaña está habitada. Tropic alberga corales de aguas frías, gorgonias, estrellas de mar, crustáceos y extensos campos de esponjas. Muchas de esas criaturas se fijan precisamente sobre las costras que interesan a los mineros. Durante la expedición se cartografió una importante comunidad de la esponja de vidrio Poliopogon amadou, asociada a las superficies rocosas cubiertas de ferromanganeso. Los investigadores han propuesto que Tropic sea reconocido como área marina ecológica o biológicamente significativa, como explican en Frontiers in Marine Science.

Si se arranca la costra, desaparece también el sustrato sobre el que viven esas comunidades. Y no cabe esperar que vuelva a crecer pronto. Una capa mineral que necesita millones de años para alcanzar unos centímetros de espesor es, a efectos humanos, un recurso no renovable. La paradoja resulta difícil de ignorar: para obtener metales destinados a fabricar tecnologías verdes podríamos destruir ecosistemas submarinos que apenas empezamos a conocer.

Tampoco está claro quién tendría derecho a hacerlo. Tropic se encuentra más allá de las doscientas millas náuticas de Canarias. En 2014 España solicitó ante la Comisión de Límites de laPlataforma Continental de Naciones Unidas la ampliación de su plataforma aloeste del archipiélago, alegando que la provincia de montes submarinos constituye una prolongación geológica de las islas. Si la solicitud prosperase, España obtendría derechos sobre los recursos del lecho y del subsuelo, pero no soberanía sobre las aguas que hay encima. Además, existen posibles solapamientos con las pretensiones relacionadas con Portugal, Marruecos y el Sáhara Occidental. La geología puede demostrar que una montaña continúa bajo el mar; decidir a quién pertenece es una tarea bastante más espinosa.

Por ahora, Tropic no es una mina ni una reserva española dispuesta para su explotación. Es una isla desaparecida, un volcán del tiempo de los dinosaurios cubierto por un barniz que el océano ha elaborado átomo a átomo durante millones de años. Contiene telurio, cobalto y otros metales muy valiosos, pero también guarda archivos de la historia del mar y comunidades biológicas cuyo valor no puede expresarse en toneladas.

Quizá el verdadero tesoro de Tropic consista precisamente en eso: en obligarnos a decidir qué entendemos por riqueza antes de enviar las excavadoras al fondo del océano.