A unos cuatrocientos kilómetros
al suroeste de Canarias, donde ya no hay playas, hoteles ni turistas británicos
buscando desesperadamente una cerveza fría, se levanta una montaña gigantesca.
Desde su base, situada a unos cuatro mil metros de profundidad, asciende más de
tres kilómetros hasta que, cuando parece que está a punto de emerger, se
detiene a unos mil metros bajo la superficie. Se llama Tropic y es uno de los
montes submarinos más fascinantes del Atlántico. También podría ser uno de los
más ricos.
Tropic es un antiguo volcán
formado durante el Cretácico, hace aproximadamente 120 millones de años, cuando
los dinosaurios todavía tenían por delante una larga y, salvo por el desenlace,
prometedora existencia. Pertenece a la provincia de montes submarinos de
Canarias, una alineación de más de cien edificios volcánicos que se extiende
por el fondo del Atlántico. Los geólogos españoles los conocen colectivamente
como «las Abuelas», porque son mucho más antiguos que las islas Canarias que
hoy vemos sobre el océano.
Durante algún tiempo, Tropic
debió de ser una isla. Las olas erosionaron su cima hasta convertirla en una
superficie relativamente plana. Después, a medida que la corteza oceánica se
enfriaba y se hundía, el volcán desapareció lentamente bajo las aguas. En
términos geológicos, es un guyot: una isla volcánica decapitada por la erosión
y posteriormente sumergida. Su plataforma superior ocupa alrededor de 120
kilómetros cuadrados, algo así como una pequeña isla de El Hierro escondida a
un kilómetro bajo el mar.
Hasta aquí, Tropic sería uno más
de los miles de volcanes sumergidos que salpican los océanos. Lo que lo
convierte en una montaña extraordinaria es la costra negra que recubre buena
parte de sus rocas. Es una lámina de ferromanganeso, una mezcla de óxidos de
hierro y manganeso que precipita directamente del agua marina. No procede de
una chimenea hidrotermal ni de un depósito de lava enriquecida en metales. Es,
por decirlo de una manera sencilla, un barniz fabricado por el océano.
El océano contiene casi todos los
elementos químicos imaginables, aunque muchos de ellos se encuentran en
concentraciones tan pequeñas que intentar extraerlos del agua sería como buscar
un terrón de azúcar disuelto en el Mediterráneo. Pero los óxidos de hierro y
manganeso actúan como una esponja química. A medida que se depositan sobre las
rocas capturan cobalto, níquel, molibdeno, vanadio, platino, tierras raras y,
sobre todo, telurio.
Lo hacen, además, con una
parsimonia capaz de desesperar a una montaña. Algunas costras crecen apenas
unos milímetros por cada millón de años. Las que recubren la cima del Tropic
tienen por término medio tres o cuatro centímetros de espesor, aunque en esta
provincia submarina se han encontrado otras de veinte o incluso veinticinco
centímetros. Una costra del grosor de una tostada puede contener la historia
química de diez o veinte millones de años de océano.
El protagonista de esta historia
es el telurio, un elemento que rara vez aparece en las conversaciones, salvo
quizá entre químicos, fabricantes de paneles solares y personas que coleccionan
palabras para concursar en Saber y ganar. Fue descubierto en el siglo
XVIII y su nombre procede del latín tellus, tierra, lo que resulta
irónico teniendo en cuenta que una de sus mayores concentraciones conocidas
está en una montaña situada bajo un kilómetro de agua.
El telurio no es una tierra rara,
aunque a menudo se lo incluya en el impreciso cajón de los «metales raros». Es
un metaloide emparentado con el selenio y extraordinariamente escaso en la
corteza terrestre: más raro que el oro. Se utiliza en aleaciones, semiconductores,
materiales termoeléctricos y detectores de radiación, pero su aplicación más
conocida se encuentra en las células solares de película fina fabricadas con
telururo de cadmio. Por eso aparece en las listas de materias primas
consideradas esenciales para la transición energética.
En tierra firme casi nunca se
explota en minas propias. La mayor parte se obtiene como subproducto del
refinado del cobre, de manera que su producción depende de cuánto cobre se
extraiga y de cómo se procese. Tropic llamó la atención porque sus costras contienen
telurio en proporciones extraordinarias. Este tipo de depósitos puede
concentrarlo hasta 50 000 veces respecto de su abundancia media en la corteza
terrestre, más que ningún otro elemento estudiado en las costras de
ferromanganeso. Eso no significa que las rocas sean lingotes de telurio: las
concentraciones se miden normalmente en decenas o centenares de partes por
millón. Pero cuando se trata de un elemento que apenas existe, unas pocas
partes por millón pueden constituir una fortuna.
En 2016, una expedición
internacional a bordo del buque oceanográfico británico RRS James Cook
exploró Tropic mediante el vehículo autónomo Autosub6000 y el robot
submarino Isis. La campaña JC142, en la que participaron investigadores
británicos y españoles, cartografió la montaña, filmó sus laderas y recogió
muestras de las costras. A partir de aquellos datos se difundió una cifra
deslumbrante: Tropic podría contener unas 2 670 toneladas de telurio,
aproximadamente una doceava parte de los recursos mundiales conocidos en aquel
momento.
La noticia recorrió los
periódicos y convirtió la montaña en una especie de cofre del tesoro atlántico.
Bastaba multiplicar toneladas por precio para imaginar una fabulosa mina
española bajo el océano. Por desgracia, la geología económica no funciona con
la misma sencillez que una calculadora.
Las 2 670 toneladas son una
estimación del metal que podría estar contenido en las costras, no una reserva
minera demostrada. Para hablar de reservas habría que conocer con precisión qué
superficie está recubierta, cuál es el espesor de la capa en cada lugar, cuánto
telurio contiene, qué proporción puede recuperarse y cuánto costaría hacerlo. Un estudio
basado en las muestras de la expedición confirmó el considerable potencial
mineral del Tropic, pero también mostró que las costras son heterogéneas y
aparecen mezcladas con sedimentos y materiales orgánicos. Entre saber que un
metal está allí y poder extraerlo con beneficio media un abismo; en este caso,
un abismo literal.
La explotación plantearía un
problema técnico formidable. Los nódulos polimetálicos de las llanuras abisales
son objetos sueltos que, al menos en teoría, pueden recogerse como patatas
esparcidas por un campo. Las costras del Tropic están soldadas a las rocas.
Habría que enviar máquinas capaces de desplazarse por una montaña escarpada,
arrancar una capa de pocos centímetros y separar el mineral valioso del basalto
sin recoger toneladas de roca inútil. Todo ello a mil o varios miles de metros
de profundidad, en oscuridad absoluta y bajo una presión que convertiría
cualquier error mecánico en una avería muy cara.
Queda, además, el pequeño detalle
de que la montaña está habitada. Tropic alberga corales de aguas frías,
gorgonias, estrellas de mar, crustáceos y extensos campos de esponjas. Muchas
de esas criaturas se fijan precisamente sobre las costras que interesan a los
mineros. Durante la expedición se cartografió una importante comunidad de la
esponja de vidrio Poliopogon amadou, asociada a las superficies rocosas
cubiertas de ferromanganeso. Los investigadores han propuesto que Tropic sea
reconocido como área marina ecológica o biológicamente significativa, como
explican en Frontiers in Marine Science.
Si se arranca la costra,
desaparece también el sustrato sobre el que viven esas comunidades. Y no cabe
esperar que vuelva a crecer pronto. Una capa mineral que necesita millones de
años para alcanzar unos centímetros de espesor es, a efectos humanos, un recurso
no renovable. La paradoja resulta difícil de ignorar: para obtener metales
destinados a fabricar tecnologías verdes podríamos destruir ecosistemas
submarinos que apenas empezamos a conocer.
Tampoco está claro quién tendría
derecho a hacerlo. Tropic se encuentra más allá de las doscientas millas
náuticas de Canarias. En 2014 España solicitó ante la Comisión de Límites de laPlataforma Continental de Naciones Unidas la ampliación de su plataforma aloeste del archipiélago, alegando que la provincia de montes submarinos
constituye una prolongación geológica de las islas. Si la solicitud prosperase,
España obtendría derechos sobre los recursos del lecho y del subsuelo, pero no
soberanía sobre las aguas que hay encima. Además, existen posibles
solapamientos con las pretensiones relacionadas con Portugal, Marruecos y el
Sáhara Occidental. La geología puede demostrar que una montaña continúa bajo el
mar; decidir a quién pertenece es una tarea bastante más espinosa.
Por ahora, Tropic no es una mina
ni una reserva española dispuesta para su explotación. Es una isla
desaparecida, un volcán del tiempo de los dinosaurios cubierto por un barniz
que el océano ha elaborado átomo a átomo durante millones de años. Contiene telurio,
cobalto y otros metales muy valiosos, pero también guarda archivos de la
historia del mar y comunidades biológicas cuyo valor no puede expresarse en
toneladas.
Quizá el verdadero tesoro de
Tropic consista precisamente en eso: en obligarnos a decidir qué entendemos por
riqueza antes de enviar las excavadoras al fondo del océano.