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jueves, 27 de agosto de 2026

EL CAFÉ EXTRAFUERTE QUE QUIZÁ NO LO SEA TANTO

 

Un amigo, preocupado por su salud, me pregunta si el café «extrafuerte» contiene más cafeína. La pregunta parece sencilla, pero pertenece a esa clase de cuestiones domésticas que, en cuanto uno levanta una esquina, dejan al descubierto un pequeño sótano lleno de química, botánica, técnicas comerciales y palabras empleadas con una libertad que ya quisiera para sí la poesía. ¿Qué significa exactamente que un café sea fuerte? ¿Que sabe más? ¿Que huele más? ¿Que contiene más cafeína? ¿Que nos mantendrá despiertos durante una reunión particularmente soporífera? La respuesta breve es que «extrafuerte» suele referirse a la intensidad del sabor, no necesariamente a la cantidad de cafeína. La respuesta larga requiere servirse una taza.

Antes de entrar en ella, conviene tranquilizar a mi amigo. Para la mayoría de los adultos sanos, beber café con moderación no es perjudicial. Más aún: numerosos estudios observacionales encuentran que su consumo habitual se asocia con un riesgo menor de padecer algunas enfermedades y de morir prematuramente. Una amplia revisión publicada en 2017 en The BMJ, que reunió los resultados de más de doscientas investigaciones, concluyó que el café era más a menudo asociado con beneficios que con daños y que las mayores reducciones del riesgo se observaban alrededor de tres o cuatro tazas diarias. Los consumidores presentaban una incidencia menor de enfermedades cardiovasculares, diabetes de tipo 2, algunas dolencias hepáticas y determinados cánceres. Esto no demuestra que el café sea el causante de la protección —los estudios observacionales descubren asociaciones, no milagros—, pero sí permite desterrar la antigua imagen de la cafetera como una especie de ruleta rusa doméstica.

Otro estudio publicado en 2022 en Annals of Internal Medicine siguió durante unos siete años a más de 170 000 participantes del Reino Unido. Quienes bebían entre una taza y media y tres tazas y media al día de café sin azúcar, o ligeramente endulzado, mostraron un riesgo de mortalidad menor que quienes no lo consumían. De nuevo, conviene no confundir asociación con causalidad. Nadie debería empezar a beber café como quien comienza un tratamiento, pero tampoco parece razonable contemplar con remordimiento cada taza matutina.

La moderación, por supuesto, no significa lo mismo para todos. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria considera que una ingesta de hasta 400 miligramos diarios de cafeína no plantea problemas de seguridad para la mayoría de los adultos sanos; durante el embarazo aconseja no superar los 200 miligramos. Hay personas muy sensibles a la cafeína, pacientes con ciertas arritmias o trastornos de ansiedad, y otras a quienes una taza tomada después de comer les garantiza una larga noche de contemplación del techo. El café puede producir insomnio, nerviosismo, palpitaciones o molestias digestivas, y la prudencia individual vale más que cualquier promedio estadístico.

Tranquilizado el paciente, volvamos al paquete «extrafuerte». El primer problema es que la intensidad y la cafeína son dos cosas distintas. La intensidad es una impresión sensorial: reúne el aroma, el cuerpo, el amargor, la concentración y la persistencia del sabor. No existe una escala universal que permita afirmar que un café de intensidad diez sea exactamente dos veces más intenso que otro de intensidad cinco. Cada fabricante construye su propia clasificación. Esas cifras que aparecen en los envases y en las cápsulas son útiles para comparar productos de una misma marca, pero no constituyen una unidad científica como el metro, el gramo o el miligramo de cafeína.

La palabra «extrafuerte» suele anunciar un café de tueste oscuro, con abundante cuerpo, amargor pronunciado y aromas tostados. Durante el tueste, el grano verde experimenta una transformación formidable. Pierde agua, aumenta de volumen, cambia de color y produce centenares de sustancias aromáticas mediante reacciones como las de Maillard y la caramelización. En los tuestes claros sobreviven mejor la acidez, los aromas florales y afrutados y algunas peculiaridades del lugar de origen. Conforme el tueste se prolonga, aparecen sabores a chocolate negro, frutos secos, humo o madera quemada. Si se lleva demasiado lejos, todos los cafés terminan sabiendo aproximadamente a lo mismo: a café que ha tenido una discusión seria con el fuego.

Como el sabor se vuelve más amargo y tostado, tendemos a interpretar que el producto es también más estimulante. Sin embargo, la cafeína resiste bastante bien las temperaturas de tostado y las diferencias entre un tueste claro y otro oscuro suelen ser pequeñas. El asunto se complica porque el grano oscuro ha perdido más agua y materia, pesa menos y ocupa más volumen. Si medimos el café con una cuchara, un tueste claro puede contener algo más de cafeína porque sus granos son más densos; si lo pesamos, las diferencias pueden reducirse o cambiar. En cualquier caso, el grado de tueste influye mucho menos que la especie botánica y la cantidad de café utilizada.

Aquí aparecen los dos grandes protagonistas de la cafetera mundial: Coffea arabica, el arábica, y Coffea canephora, conocida comercialmente como robusta. El arábica suele cultivarse a mayor altitud, es más delicado y ofrece aromas más complejos, suaves, dulces o afrutados. El robusta tolera mejor el calor, ciertas enfermedades y condiciones menos amables; produce un café con más cuerpo, mayor amargor y notas terrosas, además de una crema abundante y persistente en el espresso. También contiene bastante más cafeína. Mientras los granos de arábica suelen rondar el 1–1,5 % de cafeína en materia seca, los de robusta se sitúan aproximadamente entre el 2 y el 2,7 %. En términos generales, robusta puede contener cerca del doble.

Esa diferencia no es casual. Para la planta, la cafeína no es un servicio destinado a estudiantes, conductores o escritores con una entrega atrasada, sino una defensa química contra herbívoros y otros organismos. El robusta, adaptado a ambientes cálidos y a altitudes menores, ha invertido generosamente en ese armamento. Su mayor contenido explica que una mezcla con abundante robusta pueda resultar al mismo tiempo más amarga y estimulante. En ese caso, el café parecerá fuerte y además contendrá más cafeína, pero ambas características tienen una causa común —la composición de la mezcla— y no una relación obligatoria entre sí.

Es verdad que en los supermercados ocupan un lugar muy visible los paquetes rotulados «100  arábica», porque la palabra se ha convertido en una señal de calidad. Sin embargo, no podemos concluir que la mayoría de todo el café vendido en España sea arábica. Muchos cafés molidos corrientes, solubles, preparados para hostelería y mezclas destinadas al espresso incorporan robusta sin destacarlo en el frontal. España, de hecho, importa una proporción considerable de robusta. Cuando un paquete proclama «mezcla seleccionada» o guarda un prudente silencio sobre la especie, puede contener ambas. Si es cien por cien arábica, el fabricante suele anunciarlo con el entusiasmo de quien no piensa desperdiciar una ventaja comercial.

Tampoco basta con conocer la especie para calcular lo que llegará a nuestra taza. Importan la dosis, la molienda, la temperatura, el tiempo de extracción y el volumen de la bebida. Un espresso contiene más cafeína por mililitro que un café filtrado, pero, como se sirve en una cantidad pequeña, puede aportar menos cafeína total que una gran taza de filtro. Un espresso de unos treinta mililitros puede rondar los 60–80 miligramos, aunque la variabilidad es enorme; una taza grande de café filtrado puede superar fácilmente los cien. «Una taza» es una unidad muy poco científica: puede ser una delicada tacita italiana o un recipiente norteamericano en el que cabría bañar a un animal pequeño.

Así pues, mi amigo puede seguir tomando su café sin temer que la palabra «extrafuerte» esconda necesariamente una sobredosis. El término promete sobre todo una experiencia sensorial más intensa, generalmente obtenida mediante un tueste oscuro, una mezcla con mayor cuerpo o ambas cosas. Para averiguar si contiene más cafeína hay que buscar información más útil: si es arábica o robusta, cuánto café se utiliza y cómo se prepara.

La paradoja final es estupenda. Un arábica de tueste oscuro puede saber poderoso y contener menos cafeína que un robusta de aspecto menos amenazador. Y una enorme taza de café suave puede mantenernos despiertos mucho más tiempo que un espresso negro y contundente. En materia de café, como en tantas otras facetas de la vida, quien levanta más la voz no siempre es quien tiene más fuerza.

 

Si quieres leer más sobre el café, consulta estos posts en este mismo blog:

https://www.sobreestoyaquello.com/2023/10/que-nos-pasa-cuando-tomamos-cafe.html

https://www.sobreestoyaquello.com/2024/11/el-cafe-instantaneo-y-los-peligros-de.html

https://www.sobreestoyaquello.com/2024/07/lecturas-de-verano-un-descafeinado-por.html