A las 8:37 de la mañana del miércoles,
los sismógrafos registraron una sacudida en la frontera entre Nepal y el Tíbet.
La primera explicación parecía lógica: un terremoto. El Servicio Geológico deEstados Unidos llegó a catalogar el fenómeno como un seísmo de magnitud 4,4. En
una región donde la India lleva millones de años empujando contra Asia y
levantando el Himalaya, que la tierra tiemble no constituye precisamente una
extravagancia geológica.
Pero esta vez no había temblado la
corteza terrestre. Había caído una montaña. Las imágenes obtenidas por satélite
mostraron después que una enorme sección de un glaciar, de unos 600 metros deanchura y aproximadamente 0,2 kilómetros cuadrados de superficie, se habíadesprendido a unos 5 200 metros de altitud. La masa de hielo y roca cayó casi 1
200 metros hasta el fondo del valle. Para hacerse una idea, equivale a dejar
caer una parte considerable de la montaña desde una altura casi cuatro veces
mayor que la torre Eiffel.
El impacto fue tan violento que
produjo una señal sísmica equivalente a la de un terremoto de magnitud 5,2. No
era la tierra la que había puesto en movimiento la montaña: era la montaña en
movimiento la que había hecho temblar la tierra. Los sensores registraron
primero el descenso repentino de una masa gigantesca y, poco después, la señal
correspondiente a una inundación. La secuencia permitió a los geólogos
reconstruir el comienzo de la catástrofe casi como si dispusieran de la
grabación sonora de un crimen.
Daniel Shugar, geomorfólogo de la
Universidad de Calgary y uno de los primeros científicos que examinó lasimágenes, describió el lugar del impacto como un paisaje sobre el que hubiera
estallado una bomba. La comparación no parece exagerada. Durante la caída, la
energía potencial acumulada por millones de toneladas de hielo y roca se
transformó en velocidad, calor, fracturación y presión. El hielo se pulverizó,
las rocas se hicieron añicos y toda aquella masa incorporó agua, barro y
sedimentos hasta convertirse en una corriente extraordinariamente móvil.
Todavía no se conoce con precisión
toda la cadena de acontecimientos. Los científicos saben que se produjo un
derrumbe glaciar de dimensiones excepcionales, pero la cantidad de agua que
apareció en el valle obliga a considerar otros procesos. Es posible que la
avalancha fundiera parte del hielo por fricción y por la enorme energía del
impacto; también pudo incorporar agua almacenada bajo el glaciar o represar
temporalmente el río Lhende Khola, un afluente del Bhote Koshi. Al romperse
aquel tapón improvisado, el agua acumulada habría sido liberada de golpe.
Probablemente no hubo una sola causa, sino una sucesión de ellas, cada una
empeorando la anterior.
Eso es lo que convierte estas
catástrofes en fenómenos especialmente difíciles de prever. Una avalancha puede
transformarse en deslizamiento; el deslizamiento, en presa; la presa, en
embalse, y el embalse, al romperse, en una ola de agua, lodo, bloques de hielo
y rocas. Cuando la corriente llega a las poblaciones situadas aguas abajo ya no
se parece a un río desbordado, sino a una pared en movimiento.
Además, no estaba lloviendo. Las
riadas ordinarias suelen venir precedidas por cielos negros, lluvias
torrenciales y un río que comienza a crecer. En este caso, las poblaciones del
valle no recibieron ninguna de esas advertencias naturales. El desastre descendió
desde las alturas bajo un cielo que no anunciaba nada extraordinario.
En apenas media hora, el nivel del
sistema fluvial del Trishuli aumentó hasta nueve metros. La corriente atravesó
Timure y Rasuwagadhi, arrasó viviendas, carreteras, instalaciones públicas,
centrales hidroeléctricas y al menos diecinueve puentes. Los primeros balances
hablaron de al menos 165 muertos y cientos de desaparecidos, unas cifras
todavía provisionales que probablemente cambiarán a medida que avancen las
labores de búsqueda. En los valles estrechos del Himalaya, donde las
poblaciones, los caminos y las infraestructuras se concentran inevitablemente
junto a los ríos, una crecida repentina apenas deja lugares hacia los que
escapar.
El desastre ha llamado también la
atención sobre otro peligro relacionado con los glaciares, aunque los
investigadores no atribuyen esta riada concreta a la rotura de un lago glaciar.
Cuando un glaciar retrocede, el agua de fusión puede acumularse en las depresiones
dejadas por el hielo. En muchos casos queda retenida por una morrena, es decir,
una mezcla de piedras, arena, barro y hielo transportada y abandonada por el
propio glaciar.
Una morrena puede parecer una presa,
pero no ha sido construida por ingenieros, no posee aliviaderos y nadie ha
calculado cuánta presión puede soportar. Es, en esencia, un enorme montón de
materiales sueltos que ha tenido la amabilidad de contener un lago hasta que
deja de hacerlo. Si aumenta demasiado el nivel del agua, se funde el hielo
oculto en su interior o cae sobre el lago una avalancha de rocas, nieve o
hielo, la ola resultante puede desbordarla y abrir una brecha.
La liberación repentina recibe el
nombre de glacial lake outburst flood, abreviado GLOF, algo así como
«inundación por desbordamiento de un lago glaciar». El nombre es bastante menos
aterrador que el fenómeno. Millones de metros cúbicos de agua pueden precipitarse
por un valle, incorporar sedimentos y bloques y recorrer decenas o incluso
cientos de kilómetros. La avalancha inicial dura quizá unos minutos, pero sus
consecuencias se propagan mucho más allá de la montaña en la que comenzó.
Un inventario elaborado por el Centro
Internacional para el Desarrollo Integrado de las Montañas —ICIMOD— y el
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo ha identificado 47 lagosglaciares potencialmente peligrosos en las cuencas de los ríos Koshi, Gandaki y
Karnali. Cuarenta y dos se concentran en la cuenca del Koshi, tres en la del
Gandaki y dos en la del Karnali. La clasificación tiene en cuenta el tamaño y
crecimiento del lago, la actividad del glaciar que lo alimenta, la estabilidad
de la morrena y la posibilidad de que caigan sobre él avalanchas procedentes de
las laderas.
El problema no es solo geológico.
También es político. De los 47 lagos, únicamente 21 se encuentran dentro deNepal. Otros 25 están en la Región Autónoma del Tíbet, bajo administraciónchina, y uno en India. En otras palabras, más de la mitad de las amenazas que
pueden descender hacia territorio nepalí nacen fuera de sus fronteras.
El agua, que tiene escaso respeto por
la soberanía nacional, puede atravesar la frontera antes de que una alerta haya
recorrido los correspondientes ministerios. Una rotura producida en una
cabecera tibetana puede enviar una crecida hacia aldeas, carreteras, pasos
fronterizos y centrales hidroeléctricas de Nepal, cuyo Gobierno no puede
instalar por sí solo sensores, reducir el nivel de los lagos ni inspeccionar
las morrenas situadas en territorio chino.
Las autoridades nepalíes y el PNUD hanseñalado cuatro lagos —Thulagi, Lower Barun, Lumding Tsho y Hongu 2— como
objetivos prioritarios. Las posibles intervenciones incluyen excavar canales de
desagüe, rebajar artificialmente el nivel del agua e instalar sistemas de
vigilancia y alerta temprana. Nepal ya ha realizado trabajos semejantes en Tsho
Rolpa e Imja Tsho. Pero para vigilar los lagos situados al otro lado de la
frontera necesita algo que ninguna excavadora puede proporcionar: cooperación
internacional, intercambio de datos y comunicaciones capaces de adelantarse a
la riada.
La relación entre este derrumbe
concreto y el cambio climático todavía no puede establecerse de manera
concluyente. Los colapsos glaciares gigantes son fenómenos poco frecuentes y
existen muy pocos casos bien documentados. Sin embargo, el contexto general resulta
difícil de ignorar. El Himalaya se calienta aproximadamente el doble de rápido
que el promedio mundial, sus glaciares retroceden y el permafrost de las
montañas se degrada. Ese suelo permanentemente helado actúa como un cemento que
mantiene unidas rocas, hielo y laderas muy empinadas. Cuando se descongela, la
montaña pierde parte de su pegamento.
La riada de Nepal deja así una lección inquietante. En el Himalaya no hace falta que llueva, que se rompa un lago ni que se produzca un terremoto. Basta con que una masa de hielo y roca, almacenada durante décadas a cinco kilómetros de altitud, deje de estar donde estaba. La gravedad se encarga de todo lo demás.