Nuestra pequeña colección veraniega de
falsos jazmines empieza a parecer una conspiración. Ya hemos visto un jazmín
azul que era un Plumbago y una dama de noche que resultó pertenecer a
las solanáceas. Ahora llega otra planta que se vende, se cultiva y todavía
aparece en muchos libros como Solanum jasminoides. Sus flores blancas o
azuladas y su porte trepador explican perfectamente el nombre. El problema es
doble: ni es un jazmín ni, para complicar las cosas, Solanum jasminoides
es hoy su nombre científico aceptado.
Actualmente se denomina Solanum
laxum. S. jasminoides, nombre publicado en 1841 y todavía muy
utilizado en jardinería, se considera sinónimo. La razón es una de las reglas
fundamentales —y a veces desesperantes— de la nomenclatura: Sprengel había
publicado Solanum laxum en 1824 y el nombre más antiguo tiene prioridad.
Así que el «jazmín de Chile»,
«falso jazmín» o «jazmín solano» es en realidad un pariente de tomates,
patatas, berenjenas, pimientos, tabaco y belladona. Pertenece a Solanaceae, una
familia extraordinaria en la que conviven algunos de nuestros alimentos fundamentales
con algunas de las plantas venenosas más célebres del mundo.
El nombre Solanum es
antiquísimo. Los romanos utilizaban ya solanum para ciertas plantas de
este grupo, y Plinio empleó el término para la hierba mora. Su etimología
última no está completamente resuelta. El epíteto laxum procede del
latín laxus, «laxo», «suelto» o «poco compacto», y alude apropiadamente
al porte abierto y flexible de la planta. El antiguo jasminoides resulta
mucho más divertido: combina Jasminum con el sufijo griego -oides,
«semejante a». Es decir, «parecido a un jazmín». Paxton, el botánico que lo describió
(un poco tarde, todo hay que decirlo) no afirmó que fuese uno; se limitó a
reconocer que lo parecía.
Y hay que concederle que, visto
desde cierta distancia, lo parece bastante. S. laxum es una liana
sudamericana, originaria del centro y sur de Brasil, Paraguay, Uruguay y el
nordeste de Argentina. Desde allí pasó a los jardines de regiones templadas y
subtropicales de buena parte del mundo y en algunos lugares ha escapado del
cultivo y se ha naturalizado.
Sus tallos son largos, finos y
flexibles y pueden alcanzar varios metros. Pero aquí aparece una característica
especialmente interesante: no posee zarcillos. Para trepar utiliza los pecíolos
de sus propias hojas, que pueden curvarse alrededor de ramillas y soportes y
actuar casi como órganos prensiles. El mecanismo llamó la atención nada menos
que a Charles Darwin, que estudió S. jasminoides en sus trabajos sobre
los movimientos de las plantas trepadoras y experimentó con el tiempo que
necesitaban sus pecíolos para abrazar un soporte.
Las hojas son alternas y bastante
variables. Muchas son enteras, ovadas o algo acorazonadas, pero otras
—especialmente en determinados brotes— pueden presentar lóbulos basales o estar
profundamente divididas. Esa variabilidad es característica de bastantes Solanum
y puede desconcertar a quien espere que todas las hojas de una especie deban
ajustarse obedientemente al mismo molde.
Pero, una vez más, cultivamos
esta planta por sus flores, que aparecen agrupadas en inflorescencias
terminales o laterales bastante amplias. La corola está formada por cinco
pétalos soldados en la base y extendidos formando una estrella. Según el
cultivar y el momento de la floración pueden ser blancas, blanco azuladas,
lilas o de un azul violáceo muy pálido.
Y en medio de esa estrella
aparece la firma de los Solanum: cinco anteras amarillas muy próximas
entre sí. Los cinco estambres poseen filamentos muy cortos y anteras alargadas
que se agrupan alrededor del estilo formando un cono. El contraste entre las
anteras amarillas y la corola blanca o azulada es precisamente uno de los
caracteres que permiten advertir que aquello que trepa por la pared no es
ningún Jasminum. Las descripciones botánicas confirman cinco estambres
iguales, con anteras de unos 3–4,5 mm, mientras que el estilo sobresale ligeramente
y termina en un pequeño estigma mazudo.
La semejanza con los jazmines es,
por tanto, bastante superficial. Los verdaderos Jasminum pertenecen a
Oleaceae y presentan una arquitectura floral diferente. S. laxum posee
la flor estrellada y las anteras agrupadas características de muchas
solanáceas. Basta comparar una flor de este falso jazmín con la de una patata
para descubrir un parecido familiar que hasta entonces probablemente había
pasado inadvertido.
Tras la fecundación puede
producir bayas globosas, de aproximadamente un centímetro, que al madurar
adquieren tonalidades azuladas, violáceas o negruzcas y contienen numerosas
semillas. La fructificación, sin embargo, puede ser escasa en los ejemplares cultivados.
Y la palabra «baya» nos lleva a la cuestión inevitable cuando hablamos de un Solanum:
¿es tóxico?
Conviene considerarlo una planta
ornamental no comestible. El género Solanum es conocido por producir
glicoalcaloides esteroideos, sustancias defensivas cuya concentración y
composición varían enormemente entre especies, órganos y estados de maduración.
Solanina y chaconina son los ejemplos famosos de la patata, pero no debemos trasladar
automáticamente a S. laxum la composición química de otras especies. La
información toxicológica específica disponible para esta ornamental es bastante
más limitada.
La precaución práctica es
sencilla: no ingerir sus frutos ni otras partes de la planta, y evitar
especialmente que los niños puedan confundir las bayas con frutos comestibles.
Esto no convierte al falso jazmín en una especie terrorífica que haya que expulsar
de los jardines. Simplemente significa que es una ornamental para mirar, no una
planta para experimentar en la cocina.
A diferencia de otras especies
que hemos tratado este mes de agosto que ya da sus últimas bocanadas, tampoco
posee una tradición medicinal especialmente relevante que justifique correr
riesgos. Su gran utilidad para nosotros ha sido y sigue siendo ornamental.
En eso resulta magnífica. En
climas suaves puede conservar buena parte del follaje durante el invierno y
florecer durante un período extraordinariamente largo. Necesita mucha luz,
aunque tolera cierta semisombra, agradece los suelos bien drenados y debe disponer
de un soporte sobre el que extenderse. La Royal Horticultural Society
recomienda cultivarla a pleno sol, preferentemente en una situación protegida y
contra una pared soleada; puede alcanzar varios metros y admite bien la poda
después de la floración.
Tolera algo de frío, pero las
heladas fuertes pueden destruir los brotes aéreos. En lugares protegidos, sin
embargo, una planta establecida puede rebrotar vigorosamente desde la base. En
los jardines mediterráneos encuentra condiciones especialmente favorables y
puede utilizarse para cubrir muros, pérgolas y celosías.
Existe además una hermosa ironía
histórica. La planta llegó a los jardines británicos desde Sudamérica durante
el siglo XIX y allí se difundió bajo el nombre de S. jasminoides. El
material cultivado parece haber procedido del sur de Brasil; un ejemplar
recolectado en Rio Grande do Sul en 1832 está relacionado con aquellas primeras
introducciones. El nombre equivocado —o, mejor dicho, posteriormente relegado a
sinónimo— tuvo tanto éxito que casi dos siglos después seguimos encontrándolo
en viveros.
No hay que enfadarse demasiado
con quienes siguen llamándolo jazmín. La jardinería clasifica las plantas de
una manera bastante distinta de la botánica. Una planta trepa por una pared,
produce durante meses ramilletes de flores claras y delicadas y, desde lejos,
recuerda a un jazmín. Para el jardinero que la contempla desde la terraza, el
asunto está resuelto.
El botánico se acerca un poco
más, ve las cinco anteras amarillas reunidas en el centro de una corola
estrellada y descubre inmediatamente a una solanácea. El jardinero ve un
jazmín. El botánico ve una prima trepadora de la patata. Y, como tantas otras
veces, los dos tienen buenos motivos.