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| Macacos de Hokaido, Japón. Foto de Jasper Doest. |
Cuando pensamos en el origen de
los primates —el grupo que incluye, entre otros a los lémures, los monos, los
simios y, por supuesto, a los humanos—, la imagen casi universal es la de un
pequeño antepasado balanceándose alegremente entre lianas bajo un sol tropical.
La idea de que nuestros ancestros surgieron en selvas húmedas y cálidas ha sido
un pilar de la paleoantropología durante décadas. Pero nuevos datos están
reescribiendo este relato de forma radical.
Un estudio reciente
publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences
(PNAS) por Jorge Avaria-Llautureo —un biólogo chileno que actualmente trabaja
en la universidad de Reading— y colegas sugiere que los primeros primates no
surgieron en climas cálidos y estables, sino en entornos fríos, estacionales y
cambiantes del hemisferio norte hace unos 66 millones de años. Esta
investigación desafía lo que se ha llamado el “dogma tropical” de la evolución
de los primates.
La hipótesis tradicional, la del dogma tropical, sostiene
que los primates evolucionaron en bosques tropicales cálidos porque estos
ambientes proporcionan recursos abundantes, especialmente frutas durante todo
el año, lo que habría favorecido la aparición de características como manos
prensiles, visión estereoscópica y cerebros relativamente grandes. Esta visión
fue reforzada por la presencia de muchos fósiles de primates en regiones que
hoy son ecuatoriales y por las similitudes del comportamiento de los primates
modernos en lugares como África central y Madagascar.
Sin embargo, esa interpretación
depende de suposiciones sobre los climas del pasado que resultan ser más
inciertas de lo que se pensaba. El nuevo estudio combina datos fósiles con
reconstrucciones climáticas detalladas para rastrear no solo dónde vivieron los
ancestros de los primates, sino también cómo eran los ambientes en esos lugares
en diferentes momentos del pasado profundo.
Los datos que cambian la historia
y apuntan hacia el frío surgen del trabajo de Avaria-Llautureo y su equipo,
quienes analizaron el registro fósil de primates tempranos junto con modelos
climáticos que reconstruyen la temperatura y las precipitaciones en distintas
regiones del planeta hace decenas de millones de años. Para su sorpresa, los
resultados muestran que el ancestro común de todos los primates actuales vivió
en latitudes altas del hemisferio norte, en lo que hoy serían zonas templadas o
incluso boreales, con estaciones frías marcadas y cambios climáticos
significativos a lo largo del año.
Estas condiciones no eran las de
un paraíso tropical permanente. Más bien eran entornos con inviernos fríos,
variaciones estacionales pronunciadas y recursos alimentarios poco predecibles.
Este contexto obliga a replantear el escenario evolutivo: nuestros antepasados
aprendieron primero a lidiar con la adversidad climática antes de conquistar
los trópicos.
Un punto clave del estudio es
cómo los primates antiguos respondieron a estas condiciones exigentes. Ante la
escasez estacional de alimento —como frutas, que son más abundantes en climas
tropicales—, estos primeros primates no pudieron depender de una dieta
especializada. Se volvieron generalistas en su alimentación, capaces de
consumir insectos, brotes, corteza e incluso otros recursos menos predecibles
cuando las frutas escaseaban.
Más aún, los investigadores
encontraron que primates que pudieron moverse grandes distancias en respuesta a
cambios locales de clima o precipitación tenían más éxito evolutivo. La
capacidad de dispersarse era una ventaja crucial: facilitaba no solo la
supervivencia sino también la diversificación en nuevas especies durante
millones de años.
Este patrón de movilidad y
adaptación a condiciones variables ayuda a explicar por qué los primates se
diversificaron eventualmente en una amplia gama de nichos ecológicos y
geográficos. Lejos de ser frágiles habitantes de selvas siempre verdes, estos
ancestros eran viajeros resilientes ante los grandes cambios ambientales.
Si los primates evolucionaron en
climas fríos, ¿por qué hoy la mayor parte de las especies vive en regiones
tropicales? La respuesta no es contradictoria, sino complementaria: los
trópicos actuaron como un refugio y luego como un terreno fértil para la explosión
de diversidad.
Hace decenas de millones de años,
cuando el clima global empezó a cambiar, los primates que ya tenían una “caja
de herramientas” adaptativa construida a partir de experiencias en condiciones
duras encontraron en los trópicos un ambiente más benigno y rico en recursos,
ideal para diversificarse y expandirse. En otras palabras, el trópico no fue
donde nacieron los primates, sino donde florecieron.
Más allá de ofrecer una versión
más rica de nuestro pasado, este nuevo paradigma tiene lecciones importantes
para el presente. Comprender cómo los primates ancestrales respondieron a
cambios climáticos drásticos —incluyendo variaciones en temperatura y disponibilidad
de agua— es crucial para prever cómo las especies actuales enfrentarán el
calentamiento global acelerado.
Hoy, muchas poblaciones de
primates están restringidas a fragmentos de hábitats tropicales debido a la
deforestación y la presión humana. A diferencia de sus antepasados, estas
poblaciones no pueden moverse libremente para escapar de condiciones adversas o
explorar nuevos nichos. Esto
aumenta su vulnerabilidad frente a cambios rápidos del clima y pérdida de
biodiversidad.
Además, la historia evolutiva de
resiliencia climática que revela este estudio sugiere que la capacidad de
adaptación metabólica —como la que permitió a los primeros primates tolerar
inviernos duros— ha sido una fuerza motriz en nuestra propia trayectoria
evolutiva. Quizás esta historia de resistencia nos dice algo sobre las
posibilidades —y los límites— de la adaptación humana en un planeta que cambia
a gran velocidad.
Conclusión: reiniciando la
historia de los primates
El artículo de Avaria-Llautureo y
colegas ofrece una visión renovada de cómo y dónde comenzaron los primates.
Contrariamente a la noción tradicional de un origen tropical, los primates
surgieron en climas fríos, enfrentaron la variabilidad ambiental con
flexibilidad dietética y movilidad, y solo millones de años después ocuparon
los climas cálidos que hoy asociamos con ellos.
Este nuevo relato no solo transforma nuestra comprensión de los primeros capítulos evolutivos del linaje que conduce a los humanos, sino que también nos invita a reflexionar sobre cómo el clima ha sido y sigue siendo un motor fundamental de la vida en la Tierra.
