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viernes, 9 de enero de 2026

EL CAMBIO CLIMÁTICO HA CONVERTIDO A GROENLANDIA EN UN OBJETIVO PARA TRUMP

El deshielo acelerado de la banquisa ártica —el hielo marino— está transformando el vasto e indomable espacio natural del Ártico en uno de los epicentros de la geopolítica moderna. Ahora que el océano es navegable durante casi tres meses de verano, se abren nuevas oportunidades económicas clave, tanto por la apertura de estas nuevas vías marítimas como por la accesibilidad a recursos naturales inexplotados. El deshielo impulsado por el calentamiento global abre nuevas vías marítimas que Moscú, Washington y Pekín quieren controlar.

El rompehielos de propulsión nuclear Sibir llega a su puerto base de Murmansk desde San Petersburgo. Foto ALAMY

Durante siglos, el Ártico fue el lugar donde acababan los mapas y empezaban los peligros. Un océano cubierto de hielo, hostil, caro de explorar y completamente inútil para el comercio. Hoy, por una ironía histórica difícil de superar, el calentamiento global está transformando ese espacio inhóspito en uno de los activos geoestratégicos más codiciados. No por lo que hay debajo del hielo —minerales, petróleo, gas, que los hay, pero por el momento sepultados bajo kilómetros de hielo, sino por lo que empieza a desaparecer: el propio hielo.

La navegación marítima es el núcleo de esta transformación. El deshielo no ha creado una ruta única, sino tres grandes corredores potenciales, cada uno con su lógica, sus actores y sus tensiones. Rusia ya explota el suyo. China quiere asegurarse un asiento. Estados Unidos, que llega tarde, mira a Groenlandia como la pieza que le falta.

1. La Ruta Marítima del Noreste: el peaje ruso del Ártico

La Ruta Marítima del Noreste es hoy la única ruta ártica que funciona de manera regular. Recorre la costa septentrional de Rusia, desde el mar de Barents hasta el estrecho de Bering, conectando Europa y Asia por el camino más corto posible. Su atractivo es evidente: entre Shanghái y Róterdam puede ahorrar hasta dos semanas de navegación frente a Suez. Menos combustible, menos costes, menos exposición a cuellos de botella políticos. Pero la clave no es solo la geografía, sino el control.


Rusia ha invertido durante décadas en convertir esa franja helada en una infraestructura estatal: La mayor flota de rompehielos del mundo, incluidos rompehielos nucleares. Puertos árticos modernizados. Sistemas de navegación, rescate y escolta obligatorias. Legislación que exige permisos y pagos de peaje a Moscú.

En la práctica, la Ruta Marítima del Noreste funciona como una autopista marítima de peaje bajo supervisión rusa. No es una ruta libre: es una ruta regulada, vigilada y monetizada. Cada barco que pasa refuerza la idea de que Rusia no solo es una potencia continental, sino también una potencia marítima ártica.

Desde el punto de vista geoestratégico, esta ruta ofrece algo más que comercio, ofrece soberanía funcional. Rusia no necesita bloquearla para ejercer poder. Le basta con administrarla.

2. China y la Ruta de la Seda Polar: llegar sin mandar

El 13 de octubre de 2025, un buque portacontenedores chino completó la travesía del Ártico entre China e Inglaterra en solo veinte días, marcando uno de los trayectos más rápidos jamás realizado por un barco comercial en esta ruta sin la asistencia de un rompehielos. La travesía, impulsada por los efectos del calentamiento global en la región, es un nuevo paso para la consolidación de esta conexión a través del Polo Norte, mucho más barata y el doble de rápida que las vías marítimas tradicionales, como el canal de Suez o el cabo de Buena Esperanza.

La Ruta de la Seda Polar (en rojo) y la alternativa merdional por Sueza (en azul)

China no tiene costa ártica, pero sí una obsesión estratégica clara: no depender de rutas controladas por otros. De ahí su interés creciente por el Ártico y su concepto de “Ruta de la Seda Polar”. Para China, el Ártico no es una ruta propia, sino una ruta de acceso. Utiliza —y utilizará— principalmente la vía rusa, pero con un objetivo a largo plazo: asegurarse que ninguna potencia pueda cerrarle el paso en una crisis global.

China ya ha enviado buques comerciales por la Ruta Marítima del Norte, ha botado rompehielos propios y se ha integrado en foros árticos como actor “cercano”. Su estrategia es pragmática: Menos discurso territorial; más inversión logística; presencia científica, comercial y financiera.

El Ártico encaja perfectamente en la visión china de red global de transporte. No necesita controlarlo; le basta con tener garantizado el acceso. Cada contenedor que cruza el Ártico reduce su dependencia del estrecho de Malaca, del canal de Suez o de zonas bajo influencia estadounidense.

Para la industria china, la ruta polar representa una alternativa estratégica que elude la tradicional ruta del mar de la China Meridional —un punto de alta tensión geopolítica en el Pacífico—, lo cual, sumado a la mejora en los tiempos y la reducción de los costes de los envíos hacia Europa, potencia significativamente sus relaciones comerciales con el Viejo Continente.

Este es el gran incentivo que tiene China para cultivar buenas relaciones con Rusia. La convergencia de intereses entre ambos países ha dado lugar a una alianza estratégica en el Ártico. Rusia necesita inversiones importantes para el mantenimiento y desarrollo de sus vastas infraestructuras árticas. A su vez, China requiere autorizaciones de navegación en la ruta marítima del Norte, una vía que transcurre a lo largo de la ZEE rusa y sobre la que Moscú ejerce un control casi total.

China entiende algo clave: en un mundo fragmentado, la resiliencia logística es poder. El Ártico añade una capa más a esa resiliencia.

3. Estados Unidos y la ruta Transártica: el papel central de Groenlandia

La creciente alianza entre Rusia y China ha dejado a Estados Unidos en una posición precaria en el Ártico. Pese a ser una nación ártica que controla el estrecho de Bering, Estados Unidos operó de facto como una “nación ártica sin una estrategia ártica” tras la Guerra Fría, creando un vacío estratégico que China ha aprovechado en el contexto de su creciente disputa geopolítica con Washington.

A diferencia de Rusia y China, Estados Unidos llega tarde al Ártico marítimo. Así, por ejemplo, en la década del 2000, mientras Rusia mantenía docenas de bases militares y la presencia china crecía, Estados Unidos mostró poco interés y solo contaba con una flota de rompehielos relativamente obsoleta en la región. Además, la persistente negativa de la potencia norteamericana a ratificar la convención del mar complica su capacidad para hacer valer legalmente sus reclamaciones marítimas en las aguas en disputa.

Solo recientemente, y como reacción directa a avance creciente de China y la alianza rusa, Estados Unidos ha comenzado a abordar este déficit histórico: en 2022, su Estrategia Nacional para la Región Ártica representó un reconocimiento explícito de la urgencia para recuperar el retraso acumulado. Este cambio se ha manifestado en movimientos prácticos, incluyendo el acuerdo con Finlandia para la adquisición de once nuevos rompehielos, cruciales para recuperar la competitividad polar y el interés de la Administración Trump en adquirir Groenlandia

La futura ruta Transártica, que cruzaría directamente el océano Ártico por el centro —no pegada a las costas— solo será viable cuando los veranos sin hielo sean habituales. Esa ruta, si llega a consolidarse, no estará bajo control ruso. Será la más corta… y la más disputada.

Groenlandia es la llave de esa vía: Se sitúa entre América del Norte, Europa y el Ártico central; ofrece puntos naturales para puertos, rescate y repostaje; permite vigilancia marítima y aérea de rutas emergentes y sirve como plataforma logística y militar avanzada. Desde el punto de vista naval, Groenlandia es lo que los estrategas llaman un “portaaviones fijo”. No controla la ruta, pero condiciona su uso. Quien tenga presencia allí puede supervisar el tráfico, garantizar seguridad, influir en normas y estándares, y proyectar poder sin necesidad de cerrar rutas.

Para Estados Unidos, que no controla Suez ni Panamá en términos soberanos, el Ártico representa una oportunidad histórica: participar desde el principio en la definición de una gran vía marítima global.

Mientras el hielo se derrite, las reglas se escriben. La navegación ártica no es aún masiva, ni barata, ni sencilla. Pero eso es irrelevante desde el punto de vista geoestratégico. Lo importante es que está naciendo. Y las rutas que nacen rara vez permanecen neutrales.

En resumen: Rusia ya cobra peaje. China asegura acceso y Estados Unidos busca posición. Groenlandia no es el premio final, sino el punto de apoyo. Y en geopolítica marítima, quien controla los apoyos acaba influyendo en el camino.