Cada cierto tiempo reaparece la
misma pregunta, formulada siempre con un punto de inquietud: ¿está China a
punto de dominar el mundo? La cuestión suele ir acompañada de gráficos
ascendentes, cifras mareantes y alguna metáfora histórica inevitable: Roma, el
Imperio británico, Estados Unidos tras 1945.
El problema no es que la pregunta
sea absurda, sino que está mal planteada. China es hoy una potencia enorme,
probablemente la mayor que ha existido en términos demográficos y productivos.
Pero eso no significa que quiera —ni que pueda— ejercer una hegemonía global al
estilo clásico. De hecho, observada con algo de calma, China aparece menos como
un aspirante a gobernar el mundo que como un país gigantesco obsesionado con no
desestabilizarse a sí mismo.
La primera de sus debilidades es
geográfica y bastante poco romántica. China es una potencia continental con una
salida marítima incómoda. Toda su costa relevante da al Pacífico occidental,
una de las zonas más vigiladas, militarizadas y congestionadas del planeta. No
tiene océanos abiertos ni rutas limpias. Tiene estrechos, archipiélagos, mares
disputados y vecinos nerviosos. En ese sentido, se parece más de lo que suele
admitirse a Rusia: gran profundidad territorial, enorme masa continental y, al
mismo tiempo, salidas al mar limitadas y vulnerables.
La diferencia es que Rusia
puede permitirse, hasta cierto punto, vivir de espaldas al comercio global.
China no. Su economía depende de que barcos cargados de energía, alimentos y
materias primas entren y salgan sin demasiadas interrupciones. Por eso su
política exterior tiene algo de obsesión logística. No busca dominar los
océanos como hizo Estados Unidos; busca algo más modesto y urgente: que no se
los cierren.
Esta vulnerabilidad explica
muchas cosas que desde fuera parecen agresivas. El empeño en el mar de China
Meridional. La obsesión con Taiwán. La acumulación de puertos “amigos” a lo
largo de rutas comerciales. No es expansionismo clásico; es ansiedad estratégica.
China no sueña con portaaviones patrullando el Atlántico. Sueña con que sus
rutas sigan funcionando mañana por la mañana.
La segunda debilidad es cultural
y suele pasarse por alto. China no sabe colonizar. O, más exactamente, no
quiere hacerlo. No tiene tradición de enviar grandes masas de población al
exterior para reproducir su sociedad, su política y su cultura en otros territorios.
Su diáspora existe, sí, pero es económica, no imperial. No crea sociedades
políticas chinas fuera de China. No exporta ciudadanos; exporta capital,
infraestructuras y técnicos temporales que, en cuanto terminan el trabajo,
vuelven a casa.
Esto la diferencia radicalmente
de los imperios europeos y también de Estados Unidos. Donde otros enviaban
colonos, China firma contratos. Donde otros construían sociedades nuevas, China
construye carreteras, puertos y redes eléctricas. Es un modelo menos intrusivo
y, por eso mismo, más aceptable para muchos países. Pero también es un modelo
limitado. Permite influencia, no control. Permite presencia, no gobierno.
China puede financiar un puerto
en África, pero no gobernar un país africano. Puede condicionar decisiones
económicas, pero no reordenar sociedades enteras. Su poder es funcional, no
cultural. Y eso, en un sistema internacional, es una ventaja y una desventaja
al mismo tiempo.
La tercera debilidad —la
decisiva— es demográfica. China tiene que alimentar, emplear y mantener
razonablemente satisfechos a 1.400 millones de personas. Y ya no basta con
alimentarlas. Tiene que ofrecerles una vida cada vez más parecida a la
occidental: consumo, estabilidad, movilidad social, expectativas. Esa es la
verdadera línea roja del sistema chino. Todo lo demás es secundario.
Un país con ese volumen humano no
puede permitirse aventuras prolongadas. Cada conflicto serio rompe flujos
comerciales, encarece la energía, dispara el desempleo y amenaza la legitimidad
política. Un ejército enorme no resuelve ese problema; lo agrava. La logística
de mantener una guerra exterior es trivial comparada con la logística de
mantener la paz interior de una sociedad de ese tamaño.
Por eso China detesta la guerra
abierta. No por pacifismo, sino por aritmética. El riesgo no es perder un
conflicto; es perder el control interno. La historia china está llena de
colapsos provocados no por invasiones extranjeras, sino por crisis internas:
hambrunas, rebeliones, fragmentación. Esa memoria pesa mucho más que cualquier
ambición imperial.
Lo interesante es que ellos lo
saben. El liderazgo chino no se cree su propia propaganda. Entiende
perfectamente sus límites. Sabe que no puede sostener una hegemonía militar
global. Sabe que no puede bloquear océanos. Sabe que no puede exportar población.
Y sabe, sobre todo, que su mayor enemigo no está fuera, sino dentro.
Por eso su estrategia es lenta,
paciente y profundamente poco épica. No busca golpes decisivos, sino desgaste.
No pretende sustituir un orden mundial por otro de la noche a la mañana, sino
modificar las reglas lo justo para poder seguir funcionando. China no quiere
ser el policía del mundo. Quiere que no haya demasiados incendios cerca de su
casa.
Esto explica también su retórica
sobre el “nuevo orden mundial”. No es un proyecto de dominación, sino una
petición interesada de estabilidad. Un mundo multipolar, en la visión china, no
es un mundo más justo; es un mundo menos peligroso para un país que necesita
previsibilidad para sobrevivir.
Desde fuera, esta actitud se
confunde a menudo con astucia imperial. Desde dentro, se parece más a una
política de contención preventiva. China avanza porque no puede permitirse
retroceder, pero tampoco puede correr. Su poder es enorme, sí, pero está constreñido
por geografía, cultura y demografía.
Quizá por eso genera tanta
incomodidad. No encaja en los modelos clásicos. No invade, pero presiona. No
coloniza, pero condiciona. No gobierna, pero influye. Es un poder sin épica,
sin banderas clavadas en mapas lejanos, sin discursos de misión civilizadora.
Un poder aburrido, casi administrativo. Y, sin embargo, profundamente eficaz.
La paradoja es que China parece
más peligrosa cuanto menos intenta parecerlo. No porque quiera dominar el
mundo, sino porque no necesita hacerlo para alterar su funcionamiento. Le basta
con seguir existiendo, comerciando y creciendo lo suficiente como para que el
sistema tenga que adaptarse a ella.
En ese sentido, el verdadero
“nuevo orden mundial” no consiste en un imperio chino, sino en algo mucho más
prosaico: un mundo que gira cada vez más en torno a un país que no quiere
gobernarlo, pero que no puede dejar de estar en el centro.
Y quizá esa sea la forma más estable —y más inquietante— de poder que existe.