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martes, 6 de enero de 2026

POR QUÉ CHINA NO QUIERE GOBERNAR EL MUNDO (AUNQUE PUEDA PARECERLO)

 

Mapa político de China. El país tiene más de 9,5 millones de km² y se subdivide en treinta y tres regiones administrativas, muchas de ellas de carácter histórico. El mapa político es el resultado de un largo proceso histórico, con regiones antiguas que han ido mutando y transformándose con los siglos. De hecho, la organización administrativa actual todavía refleja la división entre la «China central», habitada mayoritariamente por población de origen han, y la periferia históricamente dominada por otras etnias.

Cada cierto tiempo reaparece la misma pregunta, formulada siempre con un punto de inquietud: ¿está China a punto de dominar el mundo? La cuestión suele ir acompañada de gráficos ascendentes, cifras mareantes y alguna metáfora histórica inevitable: Roma, el Imperio británico, Estados Unidos tras 1945.

El problema no es que la pregunta sea absurda, sino que está mal planteada. China es hoy una potencia enorme, probablemente la mayor que ha existido en términos demográficos y productivos. Pero eso no significa que quiera —ni que pueda— ejercer una hegemonía global al estilo clásico. De hecho, observada con algo de calma, China aparece menos como un aspirante a gobernar el mundo que como un país gigantesco obsesionado con no desestabilizarse a sí mismo.

La primera de sus debilidades es geográfica y bastante poco romántica. China es una potencia continental con una salida marítima incómoda. Toda su costa relevante da al Pacífico occidental, una de las zonas más vigiladas, militarizadas y congestionadas del planeta. No tiene océanos abiertos ni rutas limpias. Tiene estrechos, archipiélagos, mares disputados y vecinos nerviosos. En ese sentido, se parece más de lo que suele admitirse a Rusia: gran profundidad territorial, enorme masa continental y, al mismo tiempo, salidas al mar limitadas y vulnerables.

La diferencia es que Rusia puede permitirse, hasta cierto punto, vivir de espaldas al comercio global. China no. Su economía depende de que barcos cargados de energía, alimentos y materias primas entren y salgan sin demasiadas interrupciones. Por eso su política exterior tiene algo de obsesión logística. No busca dominar los océanos como hizo Estados Unidos; busca algo más modesto y urgente: que no se los cierren.

Esta vulnerabilidad explica muchas cosas que desde fuera parecen agresivas. El empeño en el mar de China Meridional. La obsesión con Taiwán. La acumulación de puertos “amigos” a lo largo de rutas comerciales. No es expansionismo clásico; es ansiedad estratégica. China no sueña con portaaviones patrullando el Atlántico. Sueña con que sus rutas sigan funcionando mañana por la mañana.

La segunda debilidad es cultural y suele pasarse por alto. China no sabe colonizar. O, más exactamente, no quiere hacerlo. No tiene tradición de enviar grandes masas de población al exterior para reproducir su sociedad, su política y su cultura en otros territorios. Su diáspora existe, sí, pero es económica, no imperial. No crea sociedades políticas chinas fuera de China. No exporta ciudadanos; exporta capital, infraestructuras y técnicos temporales que, en cuanto terminan el trabajo, vuelven a casa.

Esto la diferencia radicalmente de los imperios europeos y también de Estados Unidos. Donde otros enviaban colonos, China firma contratos. Donde otros construían sociedades nuevas, China construye carreteras, puertos y redes eléctricas. Es un modelo menos intrusivo y, por eso mismo, más aceptable para muchos países. Pero también es un modelo limitado. Permite influencia, no control. Permite presencia, no gobierno.

China puede financiar un puerto en África, pero no gobernar un país africano. Puede condicionar decisiones económicas, pero no reordenar sociedades enteras. Su poder es funcional, no cultural. Y eso, en un sistema internacional, es una ventaja y una desventaja al mismo tiempo.

La tercera debilidad —la decisiva— es demográfica. China tiene que alimentar, emplear y mantener razonablemente satisfechos a 1.400 millones de personas. Y ya no basta con alimentarlas. Tiene que ofrecerles una vida cada vez más parecida a la occidental: consumo, estabilidad, movilidad social, expectativas. Esa es la verdadera línea roja del sistema chino. Todo lo demás es secundario.

China es la mayor potencia demográfica del mundo. Con más de 1.400 millones de habitantes alberga a más del 18% de la población mundial en el tercer país más extenso del planeta, además de una amplia diáspora. Sin embargo su distribución está lejos de estar equilibrada, con una alta densidad de población en las costas y las cuencas inferiores, así como en las llanuras fluviales de los grandes y fértiles ríos como el Amarillo, Yangtsé o Mekong, y una densidad muy baja en el interior.

Un país con ese volumen humano no puede permitirse aventuras prolongadas. Cada conflicto serio rompe flujos comerciales, encarece la energía, dispara el desempleo y amenaza la legitimidad política. Un ejército enorme no resuelve ese problema; lo agrava. La logística de mantener una guerra exterior es trivial comparada con la logística de mantener la paz interior de una sociedad de ese tamaño.

Por eso China detesta la guerra abierta. No por pacifismo, sino por aritmética. El riesgo no es perder un conflicto; es perder el control interno. La historia china está llena de colapsos provocados no por invasiones extranjeras, sino por crisis internas: hambrunas, rebeliones, fragmentación. Esa memoria pesa mucho más que cualquier ambición imperial.

Lo interesante es que ellos lo saben. El liderazgo chino no se cree su propia propaganda. Entiende perfectamente sus límites. Sabe que no puede sostener una hegemonía militar global. Sabe que no puede bloquear océanos. Sabe que no puede exportar población. Y sabe, sobre todo, que su mayor enemigo no está fuera, sino dentro.

Por eso su estrategia es lenta, paciente y profundamente poco épica. No busca golpes decisivos, sino desgaste. No pretende sustituir un orden mundial por otro de la noche a la mañana, sino modificar las reglas lo justo para poder seguir funcionando. China no quiere ser el policía del mundo. Quiere que no haya demasiados incendios cerca de su casa.

Esto explica también su retórica sobre el “nuevo orden mundial”. No es un proyecto de dominación, sino una petición interesada de estabilidad. Un mundo multipolar, en la visión china, no es un mundo más justo; es un mundo menos peligroso para un país que necesita previsibilidad para sobrevivir.

Desde fuera, esta actitud se confunde a menudo con astucia imperial. Desde dentro, se parece más a una política de contención preventiva. China avanza porque no puede permitirse retroceder, pero tampoco puede correr. Su poder es enorme, sí, pero está constreñido por geografía, cultura y demografía.

Quizá por eso genera tanta incomodidad. No encaja en los modelos clásicos. No invade, pero presiona. No coloniza, pero condiciona. No gobierna, pero influye. Es un poder sin épica, sin banderas clavadas en mapas lejanos, sin discursos de misión civilizadora. Un poder aburrido, casi administrativo. Y, sin embargo, profundamente eficaz.

La paradoja es que China parece más peligrosa cuanto menos intenta parecerlo. No porque quiera dominar el mundo, sino porque no necesita hacerlo para alterar su funcionamiento. Le basta con seguir existiendo, comerciando y creciendo lo suficiente como para que el sistema tenga que adaptarse a ella.

En ese sentido, el verdadero “nuevo orden mundial” no consiste en un imperio chino, sino en algo mucho más prosaico: un mundo que gira cada vez más en torno a un país que no quiere gobernarlo, pero que no puede dejar de estar en el centro.

Y quizá esa sea la forma más estable —y más inquietante— de poder que existe.

DESTINO MANIFIESTO: ORIGEN Y USO DE UNA FICCIÓN HISTÓRICA

El Destino Manifiesto suele presentarse como una convicción profunda, casi inconsciente, que habría guiado la expansión de Estados Unidos desde sus orígenes. Sin embargo, leído con atención, el concepto aparece tarde, mal definido y más útil para explicar el pasado que para haberlo dirigido. Este artículo examina de dónde surge la expresión, cómo se utilizó y por qué acabó funcionando como una ficción histórica capaz de dar coherencia moral a procesos mucho más prosaicos.

El progreso Americano, obra alegórica de John Gast (1872, Biblioteca del Congreso de EE UU), que refleja la idea del Destino manifiesto y el avance por esas supuestas tierras salvajes del Oeste.

Durante mucho tiempo, el "Destino Manifiesto· ha sido presentado como una especie de fe nacional, una convicción profunda y compartida que habría empujado a Estados Unidos a expandirse hacia el oeste con la naturalidad de quien cumple un mandato histórico. Se lo cita como si hubiera sido una idea clara, formulada desde el poder y aceptada sin demasiadas dudas, una doctrina invisible pero eficaz que guiaba a presidentes, generales y colonos por igual. El problema, una vez más, es que cuando uno intenta localizar esa doctrina, descubre que no está donde se supone que debería estar.

El Destino Manifiesto no fue una política de Estado, ni un principio presidencial, ni una idea formulada conscientemente desde el gobierno. No aparece en mensajes inaugurales, ni en discursos oficiales, ni en documentos programáticos. Ningún presidente proclamó jamás que Estados Unidos se expandía porque así lo dictaba el destino. La expresión existió, sí, pero su recorrido fue mucho más modesto y, al mismo tiempo, más revelador.

El término Manifest Destiny fue acuñado en 1845 por John L. O'Sullivan, un periodista entusiasta, más proclive a la grandilocuencia que a la precisión. O’Sullivan no hablaba desde el poder, ni diseñaba estrategias de Estado. Escribía artículos, defendía causas y ponía palabras solemnes a procesos bastante más prosaicos. Su gran aportación fue encontrar una fórmula afortunada: un destino que no necesitaba demostración porque era “manifiesto”, evidente, casi natural.

La elección del adjetivo es significativa. Manifiesto no significa planificado ni debatido. Significa obvio. Algo que ocurre porque no puede no ocurrir. El Destino Manifiesto no era un programa político, sino una coartada narrativa. No decía qué debía hacerse, sino por qué lo que ya se estaba haciendo era inevitable.

Y lo que se estaba haciendo era expandirse. Colonizar territorios, desplazar poblaciones indígenas, anexionar tierras, provocar conflictos fronterizos y, llegado el caso, declarar guerras. Nada de eso necesitaba una doctrina previa para ponerse en marcha. Bastaban la presión demográfica, la especulación, los intereses económicos y una considerable dosis de violencia. El Destino Manifiesto llegó después, como llegan las explicaciones tranquilizadoras.

Presidentes como James K. Polk, responsable de una de las mayores expansiones territoriales de la historia estadounidense, no hablaban de destino ni de providencia. Hablaban de seguridad, de fronteras naturales, de derechos heredados y de oportunidades estratégicas. Polk actuó con determinación, pero sin misticismo. El Destino Manifiesto no guió sus decisiones: sirvió para contarlas después.

Aquí conviene detenerse un momento en una confusión habitual. A menudo se asocia el Destino Manifiesto con figuras como Horace Greeley, quizá porque su famoso “Go West” encaja bien en la iconografía del mito. Pero la asociación es engañosa. Greeley no acuñó el término ni lo convirtió en doctrina. Además, mantuvo posiciones mucho más ambivalentes respecto a la expansión, sobre todo cuando implicaba guerra o extensión de la esclavitud. Su exhortación al oeste tenía más de movilidad social que de teología nacional.

El éxito posterior del Destino Manifiesto tiene menos que ver con su influencia real y más con su utilidad historiográfica. Es una idea cómoda. Compacta. Explica muchas cosas de golpe y las envuelve en un lenguaje moral que suaviza los bordes más incómodos. Hablar de destino resulta más llevadero que hablar de expulsiones forzosas, guerras de conquista o decisiones oportunistas.

Así, un eslogan periodístico relativamente marginal acabó convertido en una especie de motor histórico universal. Se aplicó retroactivamente a décadas de expansión, como si hubiera estado operando desde el principio, silencioso pero firme. El problema es que esta lectura invierte el orden real de las cosas. No fue el Destino Manifiesto el que produjo la expansión; fue la expansión la que produjo el Destino Manifiesto.

El paralelismo con la llamada doctrina Monroe es evidente. En ambos casos, un texto o una expresión concreta, limitada y circunstancial, acaba transformándose en doctrina retrospectiva. En ambos casos, la historia fabrica coherencia donde hubo decisiones fragmentarias. Y en ambos casos, el resultado es una narrativa mucho más ordenada que la realidad que pretende explicar.

El Destino Manifiesto nunca fue una creencia uniforme ni compartida sin fisuras. Fue discutido, contestado y rechazado por amplios sectores de la sociedad estadounidense. Hubo oposición política, resistencia moral y conflictos internos profundos. Presentarlo como una fe nacional inconsciente es una forma elegante de borrar esas tensiones.

Lo que sí fue el Destino Manifiesto es un lenguaje eficaz. Permitió a muchos estadounidenses verse a sí mismos no como agentes de un proceso violento, sino como instrumentos de algo más grande. Redujo la responsabilidad individual y colectiva al mínimo necesario. No se conquistaba; se cumplía un destino. No se expulsaba; se avanzaba. No se decidía; se obedecía a la historia.

Por eso el concepto sobrevivió a su contexto original. Porque no explicaba tanto lo que ocurrió como cómo se quiso recordar lo ocurrido. Funcionó como un atajo moral, una forma de narrar el pasado sin detenerse demasiado en los detalles incómodos.

A diferencia de las doctrinas oficiales, el Destino Manifiesto no necesitó ser derogado. Simplemente fue perdiendo utilidad a medida que cambiaban las circunstancias. Pero su sombra siguió ahí, reapareciendo cada vez que Estados Unidos necesitó explicar su relación con el territorio, el poder o la expansión, ya fuera continental o de otro tipo.

Al final, el Destino Manifiesto no fue una doctrina que guiara la historia, sino una historia que se contó para hacer la historia más soportable. No empujó a nadie hacia el oeste. Llegó después, para explicar por qué ya se había llegado.

Como ocurre con tantas ideas convertidas en dogma retrospectivo, su éxito no reside en su verdad, sino en su comodidad. Y pocas cosas resultan tan cómodas como pensar que lo que ocurrió no podía haber ocurrido de otra manera.

WOODROW WILSON Y LA RUPTURA SILENCIOSA DE LA DOCTRINA MONROE

 

Cuando Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial, en la primavera de 1917, lo hizo con la solemnidad de quien promete que no volverá a ocurrir. El país que llevaba casi un siglo repitiendo —a veces con convicción, a veces por pura inercia— que los asuntos europeos no eran asunto suyo cruzaba ahora el Atlántico armado hasta los dientes. Llegaba tarde, además, cuando el conflicto ya había demostrado su capacidad para triturar imperios, economías y certezas. Pero insistía en que aquello no significaba nada definitivo. No era un cambio de rumbo. Era una excepción. Grave, costosa, traumática, pero excepcional al fin y al cabo.

La escenografía importaba. Estados Unidos no entraba en la guerra como una potencia arrastrada por los acontecimientos, sino como alguien que acude porque no le queda más remedio moral. La intervención debía parecer inevitable, pero también incómoda, casi indeseada. En ese equilibrio delicado se jugaba algo más que una campaña militar: se jugaba la posibilidad de romper con una tradición diplomática de casi un siglo sin admitirlo abiertamente.

El encargado de explicar ese ejercicio de funambulismo fue Woodrow Wilson, un profesor universitario llegado a la presidencia con fama de intelectual serio y vocación pedagógica. Wilson creía que la política, como la enseñanza, consistía en explicar bien las cosas. Si se encontraba la formulación correcta, la realidad acabaría adaptándose. Sabía que estaba rompiendo algo importante, pero también sabía que no podía decirlo así. Reconocer explícitamente que Estados Unidos abandonaba su promesa histórica de no intervenir en Europa habría sido políticamente suicida. Su solución fue tan elegante como peligrosa: cambiar el significado de la guerra.

En su discurso ante el Congreso del 2 de abril de 1917 evitó cuidadosamente presentar el conflicto como lo que era —una guerra europea entre imperios industriales— y lo redefinió como una crisis moral global. Estados Unidos no entraba en guerra contra Alemania como nación, sino contra prácticas intolerables: la guerra submarina irrestricta, la violación del derecho internacional, el desprecio por los derechos de las naciones neutrales. No se trataba de banderas ni de fronteras, sino de normas básicas de convivencia.

La operación retórica era impecable. Si la guerra no era europea, la doctrina Monroe no se violaba. O, más exactamente, se violaba sin necesidad de admitirlo. Estados Unidos no intervenía en Europa; intervenía en defensa de principios universales. El desplazamiento conceptual permitía saltar por encima de la geografía y, de paso, sobrevolar una contradicción histórica incómoda.

La frase que resume toda la maniobra es conocida y ha sobrevivido mejor que la mayoría de los tratados de paz: “The world must be made safe for democracy”. El mundo, no Europa. La democracia, no el equilibrio de poder. Con una sola frase, Wilson ampliaba el escenario y elevaba el motivo. Estados Unidos dejaba de actuar como un país con intereses —que los tenía— y pasaba a presentarse como agente moral de la historia. No entraba en la guerra por conveniencia estratégica, sino por responsabilidad ética. Y, en ese marco, no intervenir dejaba de ser prudente para convertirse en irresponsable.

La jugada tenía varias ventajas. Neutralizaba buena parte del aislacionismo interno, siempre receloso cuando se trata de enviar soldados al extranjero. Desactivaba la acusación de imperialismo, palabra incómoda para una república que se pensaba a sí misma como antítesis de los viejos imperios europeos. Y, sobre todo, permitía romper con la tradición sin reconocer explícitamente la ruptura. Estados Unidos no traicionaba sus principios: los reinterpretaba a una escala superior.

Wilson nunca declaró muerta la doctrina Monroe. No hizo falta. Simplemente dejó de hablar de ella. La promesa de no intervención en Europa se evaporó sin ruido, sustituida por una retórica más ambiciosa, más abstracta y mucho más flexible. Era una solución perfecta para un problema inmediato, pero tenía un defecto grave: no incluía fecha de caducidad. Si Estados Unidos podía intervenir cuando estaban en juego principios universales, ¿cuándo dejarían de estarlo? ¿Qué conflicto futuro no podría presentarse como una amenaza para la democracia, la paz o el orden internacional?

Tras el final de la guerra, Estados Unidos pareció replegarse. El Senado rechazó la entrada en la Sociedad de Naciones, el país se refugió en la palabra “normalidad” y el aislacionismo volvió a sonar respetable. Durante un tiempo, pudo parecer que la intervención de 1917 había sido, efectivamente, un paréntesis. Pero era una ilusión tranquilizadora. El país ya había aprendido algo decisivo: que podía intervenir lejos, movilizar recursos colosales, influir en el desenlace de una guerra continental y regresar a casa sin que el sistema político colapsara.

La experiencia había cambiado la forma de pensar, aunque no se reconociera abiertamente. Estados Unidos había descubierto que su seguridad ya no era exclusivamente hemisférica, que su poder económico tenía consecuencias globales y que la neutralidad absoluta era cada vez más difícil de sostener en un mundo interconectado. Aunque se retirara formalmente, ya no podía volver mentalmente a 1823.

Wilson fracasó políticamente en casa. Perdió la batalla del Senado, vio cómo su gran proyecto internacional se desmoronaba y se retiró con la sensación amarga de haber explicado demasiado bien una idea que nadie estaba dispuesto a asumir del todo. Pero la derrota fue solo aparente. Porque, aunque Wilson perdió el control del relato inmediato, dejó algo mucho más persistente: un precedente operativo.

Había demostrado que Estados Unidos podía intervenir en una guerra europea, presentarlo como un acto moral y salir de la experiencia sin que la república se desintegrara. Había probado que el lenguaje de los principios universales funcionaba mejor que el de los intereses desnudos, y que servía para reconciliar a un país reacio con decisiones que, en otro contexto, habrían sido inaceptables. La excepción había sido explicada con tanto cuidado que quedó disponible para usos futuros.

Durante los años veinte y buena parte de los treinta, Estados Unidos fingió que aquella experiencia no lo había cambiado. Habló de normalidad, de asuntos internos y de distancias oceánicas, como si el Atlántico siguiera siendo una frontera protectora y no una autopista estratégica. Pero la ficción duró lo justo. Cuando el mundo volvió a descomponerse, la pregunta ya no fue si Estados Unidos debía implicarse, sino cuánto tiempo podía permitirse no hacerlo.

Ahí es donde la herencia de Wilson encuentra a su heredero involuntario. Cuando Franklin D. Roosevelt llegue a la presidencia, no tendrá que inventar una justificación desde cero. La encontrará ya preparada. Bastará con desplazar el énfasis, abandonar la retórica de la excepción y aceptar que lo que en 1917 se presentó como anomalía podía convertirse en estructura. Wilson había abierto la puerta con cautela; Roosevelt se limitará a cruzarla.

La doctrina Monroe, para entonces, seguirá citándose de vez en cuando, como se citan las viejas constituciones cuando ya no bastan para explicar el presente. No habrá sido abolida ni refutada. Simplemente habrá dejado de servir. Y cuando llegue la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos no tendrá que explicar por qué interviene en Europa. Solo tendrá que explicar por qué ha tardado tanto.III. De Wilson a Roosevelt: cómo la excepción se convirtió en norma

Durante los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos fingió que no había pasado nada definitivo. Habló de normalidad, de repliegue y de asuntos internos, como si la experiencia de 1917 hubiera sido un mal sueño. Pero el país ya no pensaba como antes. Había intervenido en Europa, había decidido el desenlace de una guerra mundial y había descubierto que su poder tenía consecuencias globales.

La gran aportación de Woodrow Wilson no fue ganar la guerra, sino cambiar las reglas del juego. Introdujo una idea nueva y peligrosa: la intervención como deber moral. No era una política permanente, insistió, sino una excepción histórica. El problema es que las excepciones que funcionan tienden a repetirse.

Durante el periodo de entreguerras, esa idea quedó en suspensión. No se convirtió todavía en sistema, pero tampoco desapareció. Funcionó como una posibilidad latente, lista para activarse cuando las circunstancias lo exigieran. Y las circunstancias no tardaron en llegar.

Cuando el mundo volvió a descomponerse en los años treinta, la discusión ya no era la misma que en 1914. La pregunta no era si Estados Unidos debía implicarse en los asuntos globales, sino cuándo. Ahí entra en escena Franklin D. Roosevelt.

A diferencia de Wilson, Roosevelt no necesitó presentar la intervención como anomalía. La concibió como responsabilidad estructural. Antes incluso de la entrada formal en la Segunda Guerra Mundial, su política exterior ya reflejaba una convicción clara: la seguridad estadounidense dependía del equilibrio global. El Atlántico dejó de ser una frontera cómoda y pasó a ser un espacio estratégico.

Con Roosevelt desaparece definitivamente la ficción de las esferas separadas. Tras 1945, Estados Unidos no solo interviene: organiza. Diseña instituciones, establece alianzas permanentes y redefine la seguridad nacional en términos globales. La doctrina Monroe sobrevive como referencia histórica, no como guía real.

Visto en conjunto, el arco es claro. En 1823 se propone un mundo de esferas separadas. En 1917 se rompe ese equilibrio sin admitirlo abiertamente. En la Segunda Guerra Mundial, la excepción se convierte en norma. Nadie derogó nada. Simplemente dejó de servir.

La doctrina Monroe no murió. Algo más definitivo le ocurrió: se volvió irrelevante. Lo trataré en el próximo artículo

DE WILSON A ROOSEVELT: CÓMO LA EXCEPCIÓN SE CONVIRTIÓ EN NORMA

 

Durante los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos se comportó como alguien que ha hecho algo grave en una noche confusa y al día siguiente decide no hablar del asunto. Oficialmente, el país volvió a casa. Rechazó la Sociedad de Naciones, se refugió en la palabra “normalidad” y recuperó una retórica de distancias oceánicas y asuntos internos. El mensaje era tranquilizador: la intervención de 1917 había sido un episodio aislado, una anomalía explicable por circunstancias extremas. Nada más.

Pero la experiencia había dejado huella. No tanto en los discursos como en la forma de pensar. Estados Unidos había intervenido en una guerra europea, había inclinado su desenlace y había descubierto algo difícil de olvidar: que el mundo exterior podía afectar directamente a su seguridad, a su economía y a su estabilidad política. El repliegue de los años veinte fue más gestual que mental. El país volvió a mirar hacia dentro, sí, pero ya no pensaba como antes.

La gran aportación de Woodrow Wilson no fue ganar la guerra ni diseñar un nuevo orden internacional —eso lo hicieron otros, y a su manera—, sino introducir una idea que resultaría decisiva: la intervención como deber moral. Wilson presentó la entrada en la guerra como una excepción histórica, justificada por la necesidad de defender principios universales. No era una nueva política permanente, insistió, sino una respuesta obligada a una crisis extraordinaria. El problema, como suele ocurrir, es que las excepciones que funcionan tienden a repetirse.

Durante el periodo de entreguerras, esa idea quedó en suspensión. No se convirtió todavía en doctrina ni en sistema, pero tampoco desapareció. Funcionó como un precedente latente, disponible para ser activado cuando las circunstancias lo exigieran. Y las circunstancias, como se sabe, no tardaron en llegar.

La crisis económica de 1929, el ascenso de los regímenes totalitarios y el deterioro del equilibrio europeo fueron erosionando poco a poco la ficción del aislamiento. El debate ya no era el mismo que en 1914. La pregunta no era si Estados Unidos debía implicarse en el mundo, sino cuánto tiempo podía permitirse no hacerlo sin que el coste fuera mayor que el de la intervención.

Ahí es donde entra en escena Franklin D. Roosevelt. A diferencia de Wilson, Roosevelt no necesitó justificar un giro brusco. Heredó un país que todavía hablaba el lenguaje del aislacionismo, pero que ya había aprendido a pensar en términos globales. La experiencia de 1917 había demostrado que la intervención no era incompatible con la estabilidad interna, y esa lección resultó fundamental.

Roosevelt entendió algo que Wilson solo había intuido: que el problema no era intervenir, sino cómo normalizar la intervención sin convertirla en trauma político recurrente. Antes incluso de la entrada formal en la Segunda Guerra Mundial, su política exterior ya apuntaba en esa dirección. La ayuda a los Aliados, el rearme, la diplomacia activa y el progresivo abandono de la neutralidad estricta no fueron improvisaciones, sino pasos cuidadosamente graduados.

Con Roosevelt desaparece definitivamente la ficción de las esferas separadas. El Atlántico deja de ser una frontera protectora y pasa a ser un espacio estratégico. Europa deja de ser un escenario ocasional y se convierte en una preocupación permanente. La seguridad nacional ya no se define en términos territoriales, sino sistémicos. No importa dónde estalle el conflicto; importa cómo afecta al equilibrio general.

A diferencia de Wilson, Roosevelt no presenta la intervención como anomalía moral. No habla de excepción, sino de responsabilidad. El lenguaje de los valores sigue ahí, pero ya no sirve para justificar una ruptura con el pasado, sino para administrar una continuidad. La intervención deja de ser un dilema filosófico y pasa a convertirse en una cuestión de gestión.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el proceso se consolida de forma irreversible. Estados Unidos no solo interviene: organiza. Diseña instituciones internacionales, establece alianzas permanentes, mantiene presencia militar estable en Europa y Asia y redefine su papel como garante del orden global. La intervención deja de ser noticia; lo que empieza a exigir explicación es la ausencia de intervención.

En este nuevo contexto, la doctrina Monroe sobrevive como referencia histórica, como gesto ritual. Se la cita, se la recuerda, incluso se la invoca de vez en cuando. Pero ya no funciona como marco operativo. Nadie siente la necesidad de derogar formalmente la promesa de no intervención en Europa. Simplemente ha dejado de ser relevante. El mundo que emerge tras 1945 no admite compartimentos estancos ni equilibrios regionales aislados.

Visto en conjunto, el arco histórico resulta menos heroico y más prosaico de lo que suele contarse. No hay una doctrina clara que guíe la acción desde el principio, ni un plan maestro cuidadosamente ejecutado. Hay decisiones sucesivas que funcionan lo bastante bien como para no revertirse. Hay soluciones provisionales que se institucionalizan. Hay excepciones que, a fuerza de repetirse, dejan de serlo.

La doctrina Monroe no fue abolida. El aislacionismo no fue derrotado en una gran batalla ideológica. El cambio se produjo de una forma mucho más discreta y eficaz: por acumulación de precedentes. Wilson abrió la puerta con cautela; Roosevelt la cruzó sin complejos. Y una vez cruzada, nadie volvió a mirar atrás.

Al final, lo que gobierna el mundo no son las doctrinas solemnes, sino las costumbres consolidadas. Las doctrinas se citan, se reinterpretan y se reciclan. Las costumbres, en cambio, se imponen sin necesidad de explicación. Y cuando la intervención se convierte en costumbre, ya no hace falta justificarla: basta con gestionarla.

LA LLAMADA “DOCTRINA MONROE” NI EXISTE, NI EXISTIÓ

La llamada doctrina Monroe suele presentarse como el acta fundacional de la política exterior estadounidense: una proclamación clara, coherente y duradera. Sin embargo, leída en su contexto, fue algo muy distinto. No una doctrina formal, ni un principio sistemático, ni siquiera una idea completamente nueva, sino un pasaje concreto de un discurso de 1823 que el tiempo transformó en dogma. Este artículo recorre qué decía realmente aquel texto, qué no decía y cómo fue reinterpretado hasta convertirse en una de las piezas más citadas —y más malentendidas— de la historia diplomática de Estados Unidos. En este artículo y en los dos siguientes me ocuparé de este tema.


La llamada “doctrina Monroe”: lo que dijo, lo que no dijo y lo que luego se dijo que decía

Durante casi dos siglos, la llamada doctrina Monroe ha sido tratada con el respeto que se reserva a las frases fundacionales, esas que parecen haber estado siempre ahí, como las montañas o el mal café institucional. Se la cita como si hubiera sido una proclamación solemne, clara y definitiva, una especie de acta notarial que habría fijado desde el principio el papel de Estados Unidos en el mundo. El problema es que, cuando uno se molesta en buscarla, la doctrina no aparece por ninguna parte. O, al menos, no aparece como doctrina.

No fue formulada como tal, no fue concebida como un principio sistemático y, desde luego, no pretendía regir indefinidamente la conducta internacional del país. Fue algo bastante más modesto: un pasaje concreto, en un discurso concreto, pronunciado en un contexto muy preciso. Todo lo demás vino después. Como ocurre a menudo, la historia hizo con aquel texto lo que suele hacer con los textos manejables: los agrandó, los endureció y los convirtió en algo mucho más útil de lo que habían sido originalmente.

El punto de partida es el mensaje anual al Congreso de diciembre de 1823, leído por James Monroe. El documento (una de cuyas páginas está reproducida en la imagen que abre este artículo), conviene decirlo, no es una lectura apasionante. Es largo, técnico y está lleno de aburridos asuntos administrativos que hoy solo despiertan entusiasmo en historiadores muy especializados. En medio de ese texto, casi como quien no quiere la cosa, aparece un párrafo —en realidad, unos pocos— dedicado a las relaciones entre Europa y el continente americano. Ahí está todo. No hay más. El resto es literatura posterior.

Monroe no presentó ese fragmento como una doctrina. Nadie lo llamó así en su época. Nadie pensó que tuviera alguna importancia o que estuviera estableciendo una ley general de la política exterior estadounidense. El término “doctrina Monroe” es una invención retrospectiva, una de esas etiquetas que la historiografía coloca después para ordenar el pasado y, de paso, hacerlo más presentable. El texto original es prudente, defensivo y profundamente circunstancial. La doctrina, tal como la conocemos, es otra cosa.

James Monroe (izquierda) y John Quincy Adams. Retratos procedentes de la Casa Blanca

Además —detalle importante— Monroe fue más portavoz que autor. El verdadero cerebro detrás de aquel pasaje fue su secretario de Estado, John Quincy Adams, probablemente el diplomático más inteligente y desconfiado de su generación quien, además, sería el próximo presidente. Adams no quería ni recolonización europea ni tutela británica. Prefería una tercera opción, más incómoda pero más digna: hablar por cuenta propia.

De ahí salen las dos ideas centrales del mensaje de 1823, que conviene leer juntas porque separarlas es una forma elegante de tergiversarlas. Europa no debía intervenir en América, pero Estados Unidos tampoco debía intervenir en Europa. Era un sistema de esferas separadas, no una declaración de hegemonía. Adams lo resumió con una frase que ha envejecido mejor que muchas doctrinas completas: Estados Unidos no debía salir al extranjero “en busca de monstruos que destruir”.

Hay, además, un detalle incómodo que ayuda a poner las cosas en su sitio. En 1823, Estados Unidos no tenía capacidad militar real para imponer aquella advertencia. La doctrina funcionó durante décadas no porque Washington pudiera hacerla cumplir, sino porque coincidía con los intereses de la flota británica. Es un dato poco épico, pero bastante explicativo.

Con el tiempo, el texto fue creciendo como crecen las cosas que se citan mucho y se leen poco. Sirvió para justificar el expansionismo continental, para presionar diplomáticamente a América Latina y, finalmente, para excluir a Europa del hemisferio. En ese proceso, algo se perdió por el camino: la promesa de no intervenir en Europa. Nadie la abolió. Simplemente dejó de mencionarse.

A comienzos del siglo XX, la doctrina Monroe seguía citándose con solemnidad, pero ya no funcionaba como marco coherente. Era un repertorio de frases útiles. Bastaba un empujón para que se viniera abajo.

Ese empujón llegó con la Primera Guerra Mundial. Pero eso merece otro artículo que titularé «WoodrowWilson y la ruptura silenciosa de la doctrina Monroe».

lunes, 5 de enero de 2026

LA TURBULENCIAS NO SON CAÍDAS, SOLO BACHES

A más de diez mil metros de altura, cualquier sacudida se interpreta como una advertencia. El avión tiembla, el carrito de bebidas se detiene en seco y uno empieza a preguntarse si no habría sido mejor elegir el tren, aunque fuera atravesando el océano. Sin embargo, lo que sentimos como una caída inminente suele ser algo mucho más prosaico: aire en movimiento. La turbulencia no es una pérdida de control ni un fallo mecánico, sino el equivalente atmosférico a los baches de una carretera. Incómodos, inevitables y, casi siempre, inofensivos.

La turbulencia es aterradora, sí, pero no porque el piloto haya perdido el control ni porque el avión esté a punto de precipitarse en picado hacia una granja remota de Terranova. La turbulencia es, básicamente, aire maleducado. Aire que no se comporta como debería. Y los aviones, por fortuna, están diseñados para soportar cosas mucho peores que unos cuantos empujones atmosféricos.

Viajar en avión me encanta. Volar, en abstracto, me parece una de las grandes conquistas de la humanidad. Ahora bien, volar mientras el avión se sacude como una lavadora con un ladrillo dentro es otra historia. Hace poco crucé el Atlántico y atravesé un tramo de turbulencias que me hizo aferrarme al reposabrazos con la intensidad de un recién nacido poniendo a prueba su reflejo de prensión palmar. Fue entonces cuando pensé que la elección entre pasta o pollo no debería hacerse a 10 600 metros de altura si existe la posibilidad de que sea tu última cena.

Este es, en definitiva, el artículo que me habría gustado leer allí arriba, mientras el avión parecía empeñado en demostrar que la gravedad sigue muy interesada en nosotros.

Empecemos por lo básico: la turbulencia no significa que el avión haya perdido el control. Desde un punto de vista científico —y aquí la ciencia viene a tranquilizarnos como una mano firme sobre el hombro—, la turbulencia es simplemente un movimiento caótico e irregular en un fluido. En este caso, el aire. Porque el aire, aunque no lo parezca, no es la nada. No es un vacío amable. Es más bien un océano invisible, siempre en movimiento.

Cuando el avión atraviesa zonas donde el aire asciende, desciende o se desplaza a distintas velocidades, tú lo notas en forma de sacudidas. Eso es todo. El avión no se cae: navega. Exactamente igual que un barco que se balancea sobre las olas. Nadie piensa que un ferry esté a punto de desintegrarse porque el mar esté un poco animado. Con el aire ocurre lo mismo, solo que no lo vemos y eso lo vuelve mucho más sospechoso.

Las turbulencias aparecen, sobre todo, por tres motivos principales.

La turbulencia mecánica se produce cuando el aire choca con obstáculos: montañas, edificios, terrenos irregulares. Al hacerlo, forma remolinos que son, en esencia, baches atmosféricos. Las cordilleras son especialmente eficaces en esto. El aire se acumula, asciende y crea lo que se conoce como ondas de montaña. Los aviones que las atraviesan pueden experimentar un movimiento rítmico de subida y bajada, incluso en días despejados, lo cual resulta profundamente injusto.

La turbulencia térmica, o convectiva, es típica de las tardes calurosas. El sol calienta la Tierra de manera desigual: el asfalto se calienta antes que la hierba, y la hierba antes que el agua. El aire caliente asciende, el frío desciende, y el resultado es un intercambio vertical bastante caótico. Por eso los pilotos prefieren volar temprano por la mañana o al final del día cuando hace calor: menos sol, menos aire subiendo a lo loco, menos sorpresas desagradables.

La turbulencia frontal ocurre cuando masas de aire cálido y frío colisionan, sobre todo en torno a frentes fríos. El aire cálido asciende sobre el frío, se genera fricción y la atmósfera entra en un estado de ánimo claramente irritable. Este tipo de turbulencia suele venir acompañada de nubes y meteorología dramática, y es cuando el piloto enciende el cartel del cinturón con una solemnidad que no presagia nada bueno.

Y luego está la más inquietante de todas: la turbulencia en aire despejado. No avisa. No se ve. No tiene nubes amenazantes ni relámpagos teatrales. Suele aparecer a gran altitud, cerca de las corrientes en chorro, cuando aire rápido se encuentra con aire lento y se produce un cambio brusco de velocidad. El resultado es un movimiento errático e invisible que parece diseñado específicamente para asustar a los pasajeros nerviosos. A veces también la provocan tormentas lejanas, que envían ondas atmosféricas capaces de viajar cientos de kilómetros solo para molestarte a ti.

Los pilotos hacen todo lo posible por anticiparse a estas situaciones: usan datos meteorológicos, informes de otros aviones y mucha experiencia acumulada. Pero la atmósfera no es un mapa perfectamente señalizado. Algunas irregularidades son inevitables. Esperar un vuelo sin turbulencias es como esperar una carretera sin baches: optimista, pero poco realista.

Si prefieres vivir en la ignorancia, puedes hacerlo y enfrentarte a las sacudidas cuando lleguen. Pero también puedes adelantarte y consultar Turbli, un mapa interactivo con nombre de mascota que muestra previsiones de turbulencia en tiempo real y a futuro. Usa datos de la Administración Atmosférica y Oceánica Nacional y del Servicio Meteorológico Nacional, ambas estadounidenses, y de la británica Met Office. Es global, se actualiza cada seis horas y puede ayudarte a saber si te esperan baches… o una autopista razonablemente lisa.

Y ahora viene la parte realmente visible desde la serenidad: los aviones están construidos para soportar condiciones muchísimo peores que cualquier cosa que experimentarás como pasajero. Un accidente causado únicamente por turbulencias es extraordinariamente raro. El verdadero peligro no es el avión, sino las personas sin cinturón y los objetos sueltos en la cabina.

Las turbulencias son incómodas, sí, pero son parte normal de volar en una atmósfera viva y en movimiento. Deja que el avión vuele. No dejes volar tu imaginación ni tu miedo. Abróchate siempre el cinturón cuando estés sentado. Porque, en una pelea entre el compartimento superior y tu cabeza, el compartimento superior tiene ventaja.

VENEZUELA: NO ERA CHINA, COMO TAMPOCO ERAN LAS DROGAS

Durante años se explicó la presión sobre Venezuela con dos argumentos difíciles de discutir: el narcotráfico y la amenaza china. Ambos sonaban convincentes, ambos apelaban al miedo y ambos desviaban la mirada de lo esencial. Como en otras ocasiones de la historia, las razones invocadas no explicaban la intervención: la hacían aceptable.

Durante mucho tiempo se insistió en que Venezuela estaba en peligro de caer en manos de China. No como socio comercial, no como acreedor exigente, sino como algo más inquietante: una colonia encubierta, una avanzada del dragón en el hemisferio occidental, una cabeza de puente a dos pasos de Florida. La idea funcionó. Como funcionan siempre las ideas simples cuando se aplican a mapas complejos.

China apareció así como la amenaza definitiva: “comunista”, lejana, opaca y enorme. Un enemigo perfecto. El problema es que, una vez más, los datos, la geografía y la logística cuentan otra historia. Mucho menos cinematográfica y bastante más aburrida. Y por eso mismo, más verosímil.

China es, sin duda, una potencia colosal. Pero no todas las potencias saben —ni quieren— colonizar. Y China es un ejemplo casi de manual de poder grande con limitaciones estructurales.

La primera es geográfica. China mira al mundo desde el Pacífico, un océano que no controla. Toda su salida marítima está constreñida por un rosario de estrechos, archipiélagos y aliados de Estados Unidos. Japón, Corea del Sur, Filipinas, Taiwán. Cada ruta comercial importante pasa por puntos fácilmente vigilables y, llegado el caso, bloqueables. No es casualidad que Pekín hable tanto de seguridad marítima: su prosperidad depende de que otros no cierren la puerta.

En eso, China se parece más a Rusia de lo que suele admitirse. Un país enorme, con ambiciones globales, pero con accesos al mundo exterior frágiles. Rusia solo sale a los océanos por estrechos controlados por otros o por mares que se congelan medio año. China sale por mares llenos de banderas ajenas. Ninguna de las dos es una potencia oceánica cómoda. Y sin océanos seguros, colonizar lejos es una fantasía cara.

La segunda limitación es cultural, y suele ignorarse. China no tiene tradición colonial de poblamiento. No envía millones de ciudadanos a asentarse en tierras lejanas, no exporta su lengua como instrumento de dominio, no crea administraciones coloniales. El chino medio no sueña con vivir en Caracas, Luanda o Lima. Sueña con prosperar en Shenzhen, Shanghái o Chengdu.

Donde China llega, no gobierna: contrata. Construye infraestructuras, presta dinero, firma acuerdos, compra materias primas. Su presencia es económica, no demográfica. Técnica, no sentimental. Puede ser dura como acreedor, oportunista como socio y cínica como potencia, pero no actúa como imperio clásico. No ocupa territorios ni administra sociedades. Externaliza riesgos y minimiza compromisos.

La tercera limitación —la decisiva— es demográfica. China tiene que alimentar y sostener a 1 400 millones de personas. No solo darles de comer, sino ofrecerles una vida razonablemente estable, con expectativas, consumo y futuro. Eso convierte cualquier aventura exterior en un riesgo interno. Cada crisis comercial es una amenaza social. Cada guerra lejana, un lujo peligroso.

China lo sabe. Por eso su ejército, pese a su tamaño, es fundamentalmente defensivo y disuasorio, no expedicionario. No está diseñado para ocupar países a diez mil kilómetros, sino para evitar que otros se acerquen demasiado a casa. Muy distinto del modelo estadounidense, construido durante décadas para proyectar fuerza lejos, mantener bases, sostener alianzas militares y asumir costes externos.

Con ese panorama, la idea de una China “colonizando” Venezuela resulta, como mínimo, exagerada. Venezuela está en el hemisferio occidental, a pocas horas de vuelo de Estados Unidos, integrada histórica, económica y culturalmente en su órbita. Pensar que Pekín podría sustituir a Washington como poder estructurante allí implica ignorar algo elemental: la logística manda más que la ideología.

¿Qué ha sido entonces China en Venezuela? Un acreedor paciente, un comprador de petróleo, un socio alternativo cuando el acceso a Occidente se cerró. También una carta que el chavismo agitó para demostrar que no estaba solo. Pero nunca un tutor político real, nunca un garante de seguridad, nunca un sustituto imperial.

La narrativa de la “amenaza china” ha cumplido otra función: completar el cuadro de coartadas. Primero fueron las drogas. Luego la democracia. Después los derechos humanos. Finalmente, China. Cada argumento, tomado por separado, tiene algo de verdad. Juntos forman una explicación demasiado conveniente.

Es el mismo mecanismo que funcionó otras veces. En Cuba fue el hundimiento del Maine. En Irak, las armas de destrucción masiva. En Venezuela, las drogas y el dragón. La excusa cambia; la arquitectura permanece. Se identifica una amenaza externa clara, se simplifica el conflicto y se presenta la intervención —o la presión— como una necesidad moral.

Pero cuando uno baja al terreno de los números y los flujos reales, el relato se resquebraja. Las drogas que más matan en Estados Unidos no vienen de Venezuela. La potencia extranjera que más influye en su entorno inmediato no es China. Y los problemas que desgarran su tejido social no se explican desde Caracas ni desde Pekín.

China tampoco sirve bien como villano absoluto cuando se la mira con calma. Es demasiado prudente, demasiado dependiente del comercio global, demasiado concentrada en sí misma. No es una potencia misionera. No exporta revoluciones ni modelos políticos. Exporta contratos.

Nada de esto convierte a China en benévola ni a Venezuela en víctima inocente. No va de absolver, sino de entender. De separar los intereses reales de los relatos útiles. De asumir que, en geopolítica, las explicaciones más repetidas suelen ser las menos importantes.

Venezuela no era un campo de batalla entre imperios. Era —y es— un país en crisis, con un recurso estratégico fundamental y una posición simbólica potente. Estados Unidos no necesitaba invadirlo ni derrocar a su gobierno para proteger sus intereses. Le bastaba con presionar, sancionar, administrar y, cuando convenía, abrir excepciones. Un control sin ocupación. Un tutelaje sin bandera.

China, mientras tanto, observó, negoció y cobró cuando pudo. Sin soldados, sin bases, sin colonos. Como lo que es: una potencia enorme, sí, pero profundamente consciente de sus límites.

No eran las drogas. No era China. Nunca suele ser lo que se dice. Y quizá esa sea la única constante de la geopolítica que realmente merece la pena recordar.