El deshielo acelerado de la banquisa ártica —el hielo marino— está transformando el vasto e indomable espacio natural del Ártico en uno de los epicentros de la geopolítica moderna. Ahora que el océano es navegable durante casi tres meses de verano, se abren nuevas oportunidades económicas clave, tanto por la apertura de estas nuevas vías marítimas como por la accesibilidad a recursos naturales inexplotados. El deshielo impulsado por el calentamiento global abre nuevas vías marítimas que Moscú, Washington y Pekín quieren controlar.
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| El rompehielos de propulsión nuclear Sibir llega a su puerto base de Murmansk desde San Petersburgo. Foto ALAMY |
Durante siglos, el Ártico fue el
lugar donde acababan los mapas y empezaban los peligros. Un océano cubierto de
hielo, hostil, caro de explorar y completamente inútil para el comercio. Hoy,
por una ironía histórica difícil de superar, el calentamiento global está
transformando ese espacio inhóspito en uno de los activos geoestratégicos más
codiciados. No por lo que hay debajo del hielo —minerales, petróleo, gas, que
los hay, pero por el momento sepultados bajo kilómetros de hielo, sino por lo
que empieza a desaparecer: el propio hielo.
La navegación marítima es el
núcleo de esta transformación. El deshielo no ha creado una ruta única, sino
tres grandes corredores potenciales, cada uno con su lógica, sus actores y sus
tensiones. Rusia ya explota el suyo. China quiere asegurarse un asiento.
Estados Unidos, que llega tarde, mira a Groenlandia como la pieza que le falta.
1. La Ruta Marítima del Noreste: el peaje ruso del Ártico
La Ruta Marítima del Noreste es
hoy la única ruta ártica que funciona de manera regular. Recorre la costa
septentrional de Rusia, desde
el mar de Barents hasta el estrecho de Bering, conectando Europa y Asia por
el camino más corto posible. Su atractivo es evidente: entre Shanghái y
Róterdam puede ahorrar hasta dos semanas de navegación frente a Suez. Menos
combustible, menos costes, menos exposición a cuellos de botella políticos.
Pero la clave no es solo la geografía, sino el control.
Rusia ha invertido durante
décadas en convertir esa franja helada en una infraestructura estatal: La mayor
flota de rompehielos del mundo, incluidos rompehielos nucleares. Puertos
árticos modernizados. Sistemas de navegación, rescate y escolta obligatorias. Legislación
que exige permisos y pagos de peaje a Moscú.
En la práctica, la Ruta Marítima
del Noreste funciona como una autopista marítima de peaje bajo supervisión
rusa. No es una ruta libre: es una ruta regulada, vigilada y monetizada. Cada
barco que pasa refuerza la idea de que Rusia no solo es una potencia
continental, sino también una potencia marítima ártica.
Desde el punto de vista
geoestratégico, esta ruta ofrece algo más que comercio, ofrece soberanía
funcional. Rusia no necesita bloquearla para ejercer poder. Le basta con
administrarla.
2. China y la Ruta de la Seda Polar: llegar sin mandar
El 13 de octubre de 2025, un
buque portacontenedores chino completó la travesía del Ártico entre China e
Inglaterra en solo veinte días, marcando uno de los trayectos más rápidos jamás
realizado por un barco comercial en esta ruta sin la asistencia de un
rompehielos. La travesía, impulsada por los efectos del calentamiento global en
la región, es un nuevo paso para la consolidación de esta conexión a través del
Polo Norte, mucho más barata y el doble de rápida que las vías marítimas
tradicionales, como el canal de Suez o el cabo de Buena Esperanza.
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| La Ruta de la Seda Polar (en rojo) y la alternativa merdional por Sueza (en azul) |
China no tiene costa ártica, pero
sí una obsesión estratégica clara: no depender de rutas controladas por otros.
De ahí su interés creciente por el Ártico y su concepto de “Ruta de la Seda
Polar”. Para China, el Ártico no es una ruta propia, sino una ruta de
acceso. Utiliza —y utilizará— principalmente la vía rusa, pero con un objetivo
a largo plazo: asegurarse que ninguna potencia pueda cerrarle el paso en una
crisis global.
China ya ha enviado buques
comerciales por la Ruta Marítima del Norte, ha botado rompehielos propios y se
ha integrado en foros árticos como actor “cercano”. Su estrategia es
pragmática: Menos discurso territorial; más inversión logística; presencia
científica, comercial y financiera.
El Ártico encaja perfectamente en
la visión china de red global de transporte. No necesita controlarlo; le basta
con tener garantizado el acceso. Cada contenedor que cruza el Ártico reduce su
dependencia del estrecho de Malaca, del canal de Suez o de zonas bajo
influencia estadounidense.
Para la industria china, la ruta
polar representa una alternativa estratégica que elude la tradicional ruta del
mar de la China Meridional —un punto de alta tensión geopolítica en el
Pacífico—, lo cual, sumado a la mejora en los tiempos y la reducción de los
costes de los envíos hacia Europa, potencia significativamente sus relaciones
comerciales con el Viejo Continente.
Este es el gran incentivo que
tiene China para cultivar buenas relaciones con Rusia. La convergencia de
intereses entre ambos países ha dado lugar a una alianza estratégica en el
Ártico. Rusia necesita inversiones importantes para el mantenimiento y desarrollo
de sus vastas infraestructuras árticas. A su vez, China requiere autorizaciones
de navegación en la ruta marítima del Norte, una vía que transcurre a lo largo
de la ZEE rusa y sobre la que Moscú ejerce un control casi total.
China entiende algo clave: en un mundo fragmentado, la
resiliencia logística es poder. El Ártico añade una capa más a esa resiliencia.
3. Estados Unidos y la ruta Transártica: el papel central
de Groenlandia
La creciente alianza
entre Rusia y China ha dejado a Estados Unidos en una posición precaria en el
Ártico. Pese a ser una nación ártica que controla el estrecho de Bering, Estados
Unidos operó de facto como una “nación ártica sin una estrategia ártica” tras la Guerra Fría, creando un vacío
estratégico que China ha aprovechado en el contexto de su creciente disputa
geopolítica con Washington.
A diferencia de Rusia y China,
Estados Unidos llega tarde al Ártico marítimo. Así, por ejemplo, en la década
del 2000, mientras Rusia mantenía docenas de bases militares y la presencia
china crecía, Estados Unidos mostró poco interés y solo contaba con una flota
de rompehielos relativamente obsoleta en la región. Además, la persistente
negativa de la potencia norteamericana a ratificar la convención del mar
complica su capacidad para hacer valer legalmente sus reclamaciones marítimas
en las aguas en disputa.
Solo recientemente, y como
reacción directa a avance creciente de China y la alianza rusa, Estados Unidos ha
comenzado a abordar este déficit histórico: en 2022, su Estrategia Nacional
para la Región Ártica representó un reconocimiento explícito de la urgencia
para recuperar el retraso acumulado. Este cambio se ha manifestado en
movimientos prácticos, incluyendo el acuerdo con Finlandia para la adquisición
de once nuevos rompehielos, cruciales para recuperar la competitividad polar y el
interés de la Administración Trump en adquirir Groenlandia
La futura ruta Transártica, que
cruzaría directamente el océano Ártico por el centro —no pegada a las costas—
solo será viable cuando los veranos sin hielo sean habituales. Esa ruta, si
llega a consolidarse, no estará bajo control ruso. Será la más corta… y la más
disputada.
Groenlandia es la llave de esa vía: Se sitúa entre América
del Norte, Europa y el Ártico central; ofrece puntos naturales para puertos,
rescate y repostaje; permite vigilancia marítima y aérea de rutas emergentes y
sirve como plataforma logística y militar avanzada. Desde el punto de vista
naval, Groenlandia es lo que los estrategas llaman un “portaaviones fijo”. No
controla la ruta, pero condiciona su uso. Quien tenga presencia allí puede supervisar
el tráfico, garantizar seguridad, influir en normas y estándares, y proyectar
poder sin necesidad de cerrar rutas.
Para Estados Unidos, que no
controla Suez ni Panamá en términos soberanos, el Ártico representa una
oportunidad histórica: participar desde el principio en la definición de una
gran vía marítima global.
Mientras el hielo se derrite, las
reglas se escriben. La navegación ártica no es aún masiva, ni barata, ni
sencilla. Pero eso es irrelevante desde el punto de vista geoestratégico. Lo
importante es que está naciendo. Y las rutas que nacen rara vez permanecen
neutrales.
En resumen: Rusia ya cobra peaje. China asegura acceso y Estados Unidos busca posición. Groenlandia no es el premio final, sino el punto de apoyo. Y en geopolítica marítima, quien controla los apoyos acaba influyendo en el camino.




