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jueves, 5 de febrero de 2026

CUANDO LA MONTAÑA ERUCTA: LLUVIAS, CALIZA Y EXPLOSIONES SUBTERRÁNEAS EN GRAZALEMA

 

Hay lugares donde la lluvia cae. Y luego está Grazalema, donde la lluvia parece organizarse como los monzones tropicales. Este pequeño enclave de la sierra gaditana lleva décadas compitiendo en el arte de acumular precipitaciones, y cuando el cielo decide ponerse serio, el pueblo deja de ser simplemente un lugar pintoresco para convertirse en un laboratorio geológico en tiempo real.

La noche del 4 se escucharon dos fuertes explosiones y hoy otras tantas alrededor de las 13 horas. Lo que ha ocurrido con esas explosiones subterráneas y la evacuación no es, aunque lo parezca, una extravagancia de la naturaleza. Es el comportamiento perfectamente lógico —aunque espectacular— de un paisaje construido con roca caliza, agua infiltrándose y física básica haciendo su trabajo con entusiasmo.

Para entender lo que está pasando hay que imaginar el suelo no como una superficie sólida, sino como una especie de queso gruyère gigantesco. La roca caliza, que domina en muchas sierras mediterráneas, es un material extraordinariamente hospitalario con el agua. Está formada por carbonato cálcico, un compuesto que, con paciencia y unas gotas de acidez natural presentes en el agua de lluvia, se disuelve con una facilidad sorprendente. Durante miles o millones de años, el agua que se infiltra por grietas diminutas va ampliando esos conductos, creando túneles, cavidades, galerías y auténticos sistemas de cuevas subterráneas. Este tipo de paisaje recibe un nombre técnico muy elegante: relieve kárstico, aunque en la práctica significa que el subsuelo está lleno de autopistas acuáticas invisibles.

Cuando llueve con normalidad, el agua se filtra lentamente, desciende por las fisuras de la roca y acaba almacenándose en acuíferos, que no son otra cosa que depósitos naturales subterráneos. Estos acuíferos funcionan como esponjas geológicas: absorben el agua, la almacenan y la liberan poco a poco alimentando manantiales, ríos o pozos. Todo muy civilizado y perfectamente compatible con la vida humana.

El problema comienza cuando la lluvia deja de comportarse como lluvia y pasa a actuar como una descarga masiva de líquido sobre una estructura que, aunque fascinante, tiene límites físicos muy concretos. En episodios de precipitaciones extremas, el suelo se satura con rapidez. La roca caliza, con todas sus grietas y cavidades, empieza a llenarse de agua a una velocidad que supera su capacidad de drenaje. Es entonces cuando entra en escena un fenómeno particularmente interesante: el acuífero confinado o acuífero a presión.

Un acuífero confinado es, simplificando mucho, un depósito de agua atrapado entre capas de roca relativamente impermeables. A diferencia de los acuíferos abiertos, donde el agua está en contacto directo con la atmósfera, aquí el líquido queda encerrado y sometido a presiones superiores a la presión atmosférica. Es como si el agua estuviera almacenada dentro de una botella geológica gigantesca, comprimida y esperando una salida.

Durante lluvias extremas, el agua continúa infiltrándose y aumentando esa presión interna. Si encuentra una fisura, un conducto antiguo o incluso el punto débil de una construcción humana (las instalaciones eléctricas, por ejemplo), el agua puede ascender violentamente hacia la superficie. De ahí que en algunos episodios aparezca brotando por paredes, suelos o sótanos con una determinación que suele pillar por sorpresa a los propietarios de las viviendas afectadas.

Pero el fenómeno más desconcertante para quienes lo escuchan son los ruidos. Esas explosiones o retumbos que se han descrito en Grazalema tienen una explicación tranquilizadora desde el punto de vista científico. En los sistemas kársticos, no solo circula agua. También existe aire atrapado en cavidades subterráneas. Cuando el agua invade rápidamente esos espacios, comprime el aire como si fuera un pistón natural. Si la presión alcanza un punto crítico, el aire puede liberarse de golpe, generando ondas sonoras y vibraciones que se perciben en superficie como explosiones. La montaña, literalmente, eructa.

Este proceso no implica necesariamente que se esté produciendo un colapso estructural inmediato del terreno, aunque sí indica que el sistema subterráneo está funcionando al límite de su capacidad hidráulica. Y eso explica por qué las autoridades suelen optar por evacuaciones preventivas como han hecho hoy. El agua bajo presión puede reactivar conductos antiguos, abrir nuevas vías de circulación o debilitar cavidades existentes, incrementando el riesgo de hundimientos localizados o filtraciones imprevisibles.

El comportamiento de la roca caliza añade otro ingrediente a esta mezcla geológica. A diferencia de materiales más compactos como el granito, la caliza no solo se fractura: evoluciona químicamente con el agua. Cada episodio de lluvia intensa no solo transporta agua, sino que también modifica lentamente la arquitectura interna del subsuelo. Es un proceso lento a escala humana, pero perfectamente activo en cada tormenta.

Curiosamente, el mismo fenómeno que provoca estos episodios espectaculares es el responsable de algunos de los paisajes más hermosos del planeta. Las cuevas con estalactitas, los cañones estrechos y los manantiales cristalinos son productos directos de esa relación íntima entre agua y caliza. La naturaleza, como suele ocurrir, combina la belleza con una cierta inclinación por el dramatismo.

La paradoja es que los acuíferos kársticos son extraordinariamente valiosos para el abastecimiento de agua potable. Son reservas naturales de enorme capacidad, pero también son sistemas extremadamente dinámicos y, por tanto, difíciles de predecir. Funcionan más como redes de tuberías naturales que como depósitos homogéneos. El agua puede desplazarse rápidamente por conductos estrechos y aparecer a kilómetros de distancia en cuestión de horas.

Durante episodios de lluvias excepcionales, este comportamiento se intensifica. El agua no solo se infiltra: circula, presiona, redistribuye fuerzas internas y, ocasionalmente, encuentra salidas inesperadas. Las paredes que supuran agua, los suelos que rezuman humedad y los retumbos subterráneos forman parte del mismo mecanismo hidráulico.

Desde el punto de vista científico, lo que ocurre en lugares como Grazalema es un recordatorio espectacular de que el paisaje no es estático. Bajo nuestros pies existe un sistema activo, en constante transformación, que responde con sorprendente rapidez a cambios meteorológicos extremos. Vivimos sobre un entramado geológico que, en circunstancias normales, pasa completamente desapercibido. Pero cuando la lluvia se vuelve insistente, ese mundo subterráneo decide participar en la conversación.

En cierto modo, los episodios como el actual son una lección de humildad hidrológica. Nos recuerdan que las montañas no son bloques inertes, sino organismos geológicos con circulación interna, presiones, conductos y, ocasionalmente, una tendencia bastante teatral a manifestarse mediante ruidos que harían palidecer a cualquier vecino que no esté familiarizado con la fontanería subterránea del planeta.

La buena noticia es que estos fenómenos están bastante bien estudiados y forman parte del comportamiento natural de los sistemas kársticos. La mala noticia es que siguen siendo imprevisibles en detalle, lo que obliga a tratar cada episodio con prudencia. Cuando la montaña empieza a respirar agua y a expulsar aire comprimido, lo sensato suele ser apartarse y dejar que la física haga su trabajo.

Al final, lo que ocurre en Grazalema no es un misterio, sino un espectáculo geológico que recuerda algo bastante sencillo: el agua, cuando decide moverse, siempre encuentra el camino. Y si no lo encuentra, suele fabricarlo.

PLURIBUS Y EL NACIMIENTO DEL PLACERPUNK: EL FUTURO DONDE NADIE QUIERE REBELARSE

 


A finales de año, cuando el calendario ya empieza a oler a recuento y a promesas que nadie cumplirá, hubo gente que organizó su semana alrededor de algo tan antiguo como esperar un capítulo de televisión. No era exactamente nostalgia, aunque tenía algo de eso. Era más bien la sensación de asistir a un fenómeno raro: una serie que parecía hablarnos del futuro mientras nos describía, con una precisión inquietante, el presente. Pluribus, la distopía firmada por Vince Gilligan para Apple TV+, consiguió ese efecto extraño que solo logran algunas ficciones: convertir el entretenimiento en un espejo ligeramente deformado donde uno reconoce su propia cara, aunque preferiría no hacerlo.

La premisa es sencilla, casi elegante en su perversidad. Un virus de origen desconocido conecta a la humanidad en una mente colmena, el concepto que define a una inteligencia colectiva donde múltiples individuos actúan como una única entidad interconectada, compartiendo pensamientos y acciones sin apenas individualidad. No hay destrucción, no hay hordas violentas ni ciudades en ruinas. Todo lo contrario.

La infección vírica llegada desde quién sabe dónde, convierte a las personas en seres pacíficos, eficientes y, sobre todo, felices. La humanidad alcanza un grado de armonía que Tomás Moro habría firmado sin pestañear. La singularidad individual desaparece, pero nadie parece echarla de menos. Los infectados son vecinos modélicos, atentos, sonrientes, impecablemente civilizados. Cortan el césped, te preguntan si has dormido bien, llenan tu despensa, se anticipan a tus necesidades con una amabilidad mirífica.

La única grieta en ese paraíso es Carol, interpretada por Rhea Seehorn, que se aferra a su individualidad con la obstinación de quien protege el último fósil de una especie extinguida. Seehorn compone un personaje lleno de fragilidad y determinación, una mujer que no lucha contra un régimen brutal sino contra un sistema que la observa con ternura y una paciencia que resulta infinitamente más inquietante que cualquier amenaza explícita.

Hay algo hipnótico en su interpretación, quizá porque encarna una forma de resistencia que ya no consiste en enfrentarse al poder, sino en negarse a diluirse en él. Y lo hace, además, con la serenidad luminosa de sus espléndidos cincuenta años, que en su caso parecen funcionar como un instrumento dramático más que como una cifra biográfica.

La serie encaja con precisión en ese concepto que Fredric Jameson atribuía a la ciencia ficción cuando hablaba del extrañamiento: la capacidad de alejar lo suficiente la realidad para que podamos verla con nitidez. Pluribus no pretende anticipar el futuro. Lo que hace es exagerar apenas unas cuantas tendencias del presente hasta convertirlas en una imagen perfectamente reconocible. Como los espejos del callejón del Gato, la serie deforma para revelar.

Para entender por qué ese mundo de armonía obligatoria resulta tan perturbador conviene repasar cómo han evolucionado nuestras pesadillas colectivas. Durante buena parte del siglo XX, el miedo al futuro estuvo ligado al dolor físico y a la opresión visible. En la Metrópolis de Fritz Lang, los trabajadores eran literalmente devorados por la maquinaria industrial. Era el terror de una época que acababa de descubrir hasta dónde podía llegar la explotación del cuerpo humano en nombre del progreso. Décadas después, Orwell imaginó en 1984 un sistema donde el control se ejercía mediante la vigilancia y el castigo, un mundo donde el poder no necesitaba disimular su brutalidad porque el miedo era su principal herramienta política.

Los años ochenta trasladaron esa angustia hacia la tecnología autónoma. Las distopías industriales dieron paso a universos donde las máquinas y las corporaciones sustituían al Estado como fuerza dominante. Aquellas ficciones estaban impregnadas del pánico nuclear de la Guerra Fría y del temor a que nuestras propias creaciones adquirieran conciencia. Luego llegó el cyberpunk, con ciudades saturadas de neón, lluvia interminable y corporaciones omnipotentes que no necesitaban ejercer violencia porque controlaban el sistema que permitía la vida cotidiana.

A finales del milenio, el terror se desplazó del cuerpo a la mente. La angustia ya no era ser explotado físicamente, sino vivir en una realidad fabricada, en una simulación tan convincente que hacía imposible distinguir entre libertad y engaño. La opresión se volvió psicológica.

Pluribus introduce un giro más radical todavía. Si las distopías clásicas mostraban sistemas que dominaban mediante el dolor o el engaño, la serie propone un modelo donde el control se ejerce a través del bienestar. Para describir esa mutación, quizá convenga adoptar un neologismo: placerpunk. Si el dieselpunk reflejaba el miedo industrial y el cyberpunk la ansiedad tecnológica, el placerpunk define un universo donde la dominación adopta la forma del confort absoluto.

En ese escenario, el enemigo no viste uniforme ni empuña armas. Se presenta con bordes redondeados, colores suaves y un lenguaje cuidadosamente diseñado para no incomodar. La coerción desaparece bajo una capa de cordialidad institucional. Los ciudadanos se convierten en miembros de comunidad, los trabajadores en colaboradores, los problemas en oportunidades de mejora. La violencia no desaparece, simplemente se vuelve pasivo-agresiva.

Ahí reside la trampa política que la serie describe con precisión quirúrgica. En las distopías tradicionales, el enemigo era visible. Podía señalarse al policía, al burócrata o al robot asesino. En el placerpunk, la colmena no castiga a los disidentes: los cuida. La presión social surge de la mayoría sonriente que insiste, con infinita paciencia, en que la resistencia es innecesaria. Es el terror de ser la única persona sobria en una fiesta donde todos te animan, con entusiasmo genuino, a que disfrutes más y más.

El sufrimiento colectivo puede convertirse en semilla de rebelión. El sufrimiento individual, en cambio, suele interpretarse como un problema personal. El sistema queda exonerado. Si alguien no es feliz en un mundo diseñado para garantizar la felicidad, la conclusión parece evidente: el error está en el individuo.

Aunque Pluribus cristaliza esta estética, la imagen profética del placerpunk quizá apareciera antes en WALL·E. Batallón de limpieza. En la nave Axiom, los humanos viven rodeados de comodidades, desplazándose en sillones flotantes mientras sistemas automatizados satisfacen cada necesidad. No hay cadenas ni látigos. Hay smoothies personalizados y pantallas envolventes. Aquellos pasajeros no son esclavos: son bebés tecnológicos convencidos de ejercer control sobre su existencia.

El gran acierto de Pluribus consiste en señalar que la mayor amenaza del siglo XXI tal vez no sea la tecnología hostil, sino la tecnología excesivamente complaciente. Un sistema capaz de anticipar nuestros deseos hasta el punto de volver incómoda la libertad. En el cyberpunk, el ser humano luchaba desesperadamente por conservar su humanidad frente a la máquina. En el placerpunk, la entrega voluntariamente a cambio de no tener que esforzarse demasiado. Y cuando algo falla, no se rebela: se queja como un cliente insatisfecho.

La serie sugiere que el fin del mundo podría no llegar con explosiones ni colapsos espectaculares. Podría adoptar una forma mucho más seductora. Será amable, eficiente, estéticamente agradable. Tendrá música suave y un servicio de atención al usuario impecable. Lo verdaderamente aterrador no será que nos obliguen a aceptarlo, sino que nos hará sentir culpables si decidimos resistirnos. Y quizá ese sea el verdadero triunfo del placerpunk: lograr que la libertad parezca una molestia y la sumisión un servicio premium.

lunes, 2 de febrero de 2026

LA MADERA QUE SE BEBÍA LA LUZ

Durante casi medio milenio, los botánicos buscaron la “verdadera” identidad del Lignum nephriticum, una misteriosa maravilla que confundió a los científicos pioneros de la ciencia moderna.

Hubo un tiempo —un tiempo largo, testarudo, de casi quinientos años— en que la ciencia europea se vio superada por un vaso de agua. No por el agua en sí, que era corriente y transparente, sino por lo que ocurría cuando alguien introducía en ella un trozo de madera americana de aspecto inofensivo. Entonces el líquido empezaba a brillar en azul, como si alguien hubiese disuelto un pedazo de crepúsculo. No hervía, no olía raro, no hacía espuma. Simplemente emitía luz. Y nadie sabía por qué.

A esa madera se la conocía como Lignum nephriticum: la madera del riñón. El nombre prometía salud urinaria y serenidad interior, pero lo que ofrecía, sobre todo, era perplejidad.

Transportada en las bodegas de los barcos españoles que regresaban de la Nueva España cargados de cacao, grana cochinilla, plumas, rumores y exageraciones, la misteriosa madera llegó a Europa en el siglo XVI. Los chamanes indígenas ya lo utilizaban como remedio para las dolencias renales, y los boticarios europeos —siempre dispuestos a creer que cualquier cosa exótica era mejor— lo aceptaron con entusiasmo. Se vendía en astillas, se maceraba en agua y se bebía con fe.

Pero pronto alguien se dio cuenta de algo inquietante: el agua cambiaba de color. Y no de una manera educada, predecible, alquímica. No se volvía roja como el vino ni amarilla como el azafrán. Se volvía azul, a veces verde, a veces casi invisible, dependiendo de la luz, del fondo, del recipiente y —parecía— del humor del universo.

La historia del Lignum nephriticum comienza en 1569, cuando el médico sevillano Nicolás Monardes, encargado de supervisar las muestras botánicas llegadas de la América colonial, publicó sus observaciones sobre una madera extraordinaria de Nueva España (México), conocida por tratar afecciones renales y urinarias, a la que llamó «palo para los males de los riñones y de orina». Monardes, aunque nunca visitó México, describió la preparación y los efectos de la madera con gran detalle:

Toman la madera y la cortan en muchas astillas finas, tantas como sea posible y no muy grandes, las ponen en agua clara de una fuente... Después de media hora empieza a verse un color azul celeste muy claro, y se vuelve cada vez más azul, aunque la madera es blanca.

La conexión con México se vio reforzada por relatos directos basados en encuentros con el uso indígena de la madera en México. El misionero franciscano español Bernardino de Sahagún, el primero en describir Lignum nephriticum,  lo identificó por su nombre en náhuatl, coatl, y escribió: «Una medicina que colorea el agua de azul; su jugo es medicinal para la orina».

Ilustración del coatl por Bernardino de Sahagún. Wikimedia Commons

Francisco Hernández de Toledo, médico de la corte que dirigió la primera expedición científica a las Américas en 1570, también describió una madera de México que se creía que poseía poderes místicos:

 Su agua, con la que se han infusionado trozos del tronco de la planta, adquiere un color azul celeste y, si se bebe, sus propiedades curativas son numerosas: “refresca y alivia los riñones y la vejiga, alivia la acidez de la orina, apaga la fiebre…”

Estos relatos cimentaron la asociación entre el Lignum nephriticum y la flora mexicana, y el término coatl sirvió como puente lingüístico entre los sistemas de conocimiento indígenas y europeos.

Pero entonces sobrevino la confusión. En su ambiciosa Historia plantarum universalis, publicada unas décadas más tarde de la de Monardes, el botánico suizo Johann Bauhin ofreció un relato paralelo, aunque intrigantemente diferente. Bauhin describió una copa, «de casi un palmo de diámetro y de una belleza inusual», hecha de madera rojiza. Al sumergir en agua virutas de la misma madera que la copa, el espectáculo resultante fue aún más llamativo:

Las virutas remojadas en agua lo colorearon en poco tiempo de un maravilloso azul y amarillo; en la luz anversa (reflejada) exhibía de una manera hermosa los colores cambiantes del ópalo, de modo que variaba como esa gema desde un naranja brillante, amarillo y rojo hasta un púrpura resplandeciente y verde mar.

Tanto Monardes como Bauhin creían haber encontrado una especie de madera única, capaz de transformar el agua en un espectro de colores. Sin embargo, sus descripciones divergían: la madera de Monardes era blanca y producía un tono azul, mientras que la de Bauhin era rojiza y producía un caleidoscopio de colores.

Durante siglos, el misterio se mantuvo gracias a un error botánico de proporciones respetables, que perduró hasta principios del siglo XX cuando finalmente el botánico estadounidense William Safford resolvió el misterio. Safford estableció sin lugar a discusión que los bosques descritos por Monardes y Bauhin no eran una, sino dos especies distintas: Eysenhardtia polystacha, endémica de México, y Pterocarpus indicus, un árbol nativo del archipiélago filipino. Solo esta última brillaba con luz propia.

Flores de Eysenhardtia polystachya. Wikimedia Commons

Pero mucho antes del hallazgo de Safford, en una época en que la mayoría de los líquidos hacían exactamente lo que se esperaba de ellos, aquello era intolerable. El enigma de aquel extraño leño acabó inevitablemente en manos de los sabios. Aquellos caballeros del siglo XVII que llevaban pelucas imponentes, escribían en latín y se dedicaban a descubrir las leyes fundamentales del cosmos sin despeinarse (en parte gracias a los pelucones).

Uno de ellos fue Robert Boyle, químico, aristócrata y fundador involuntario de la ciencia moderna. Boyle era un hombre meticuloso, obsesionado con los experimentos repetibles y profundamente escéptico ante lo maravilloso. Precisamente por eso, después de dejarlo patidifuso, el Lignum nephriticum lo obsesionó.

Boyle observó que el agua teñida por la madera cambiaba de color según el ángulo de observación. Que el azul era más intenso si el recipiente se colocaba sobre un fondo oscuro. Que parecía apagarse y encenderse según la luz ambiental. Aquello no encajaba con nada conocido. No era pigmentación. No era reflexión. No era un truco del ojo. Era… algo. Lo peor era que funcionaba siempre.

El fenómeno también llegó a oídos de Isaac Newton, un hombre que no tenía tiempo para tonterías, pero sí una obsesión patológica por la luz. Newton había demostrado que la luz blanca podía descomponerse en colores mediante un prisma. Había puesto orden en el arcoíris. Había domado al espectro. Y entonces apareció este vaso de agua azul que no obedecía a sus leyes, que juzgaba tan perfectas que debían justificarlo todo.

El Lignum nephriticum no se dejaba explicar por refracción ni por dispersión. No producía color al dividir la luz, sino al transformarla. Newton, prudentemente, pasó de puntillas e hizo mutis por el foro. A otro perro con ese hueso, debió pensar. A veces el silencio de los genios es la mejor prueba de su desconcierto.

La confusión permitió que el fenómeno fuera tan intermitente como desconcertante. Algunos experimentadores no veían nada. Otros veían demasiado. La ciencia, que ya entonces era bastante susceptible, empezó a desconfiar del asunto. El Lignum nephriticum fue relegado poco a poco a la categoría de curiosidad. Algo digno de un gabinete barroco, pero no de una teoría seria. Y así, sin hacer ruido, desapareció.

Flores del árbol Pterocarpus indicus. Foto

Hubo que esperar hasta el siglo XIX para que alguien pusiera nombre a lo que llevaba siglos ocurriendo en silencio: fluorescencia, un fenómeno físico por el cual una sustancia absorbe luz de alta energía —normalmente ultravioleta o azul— y la reemite casi de inmediato como luz de menor energía, visible para el ojo humano.

A escala molecular, la fluorescencia ocurre cuando un electrón es excitado a un estado energético superior y, al regresar a su estado fundamental, libera el exceso de energía en forma de fotón. El proceso es extremadamente rápido —del orden de nanosegundos— y cesa casi instantáneamente cuando se retira la fuente de excitación, lo que distingue la fluorescencia de otros fenómenos luminosos como la fosforescencia.

El Lignum nephriticum había estado haciendo exactamente eso desde el primer día. La madera contiene un flavonoide —la matlalina— que se disuelve en el agua y se comporta como un traductor óptico: recibe energía que no vemos y nos la devuelve en un azul delicado, casi tímido. No era magia. No era alquimia. Era física moderna antes de la física moderna.

Hoy, el Lignum nephriticum se menciona en los libros como una nota al pie culta, una rareza histórica. Pero su historia encierra una lección inquietante: la naturaleza no espera a que tengamos las palabras adecuadas para comportarse como le da la gana. Durante siglos, la fluorescencia existió sin nombre, sin teoría y sin permiso. Simplemente sucedía. Y los humanos, tan orgullosos de sus sistemas y clasificaciones, no sabían qué hacer con ella.

Quizá por eso aquella desconcertante madera terminó olvidada. No porque fuera falsa, sino porque era demasiado verdadera. Y todo empezó —como tantas cosas importantes— con alguien mirando dentro de un vaso y pensando: “Esto no debería estar pasando”.

MAGIA FLORAL: POR QUÉ LAS FLORES ROJAS ATRAEN A LAS AVES Y ALEJAN A LAS ABEJAS

 

Un pájaro mielero de Nueva Holanda (Phylidonyris novaehollandiae) polinizando un arbusto australiano, el waratah (Telopea speciossisima). Australian Garden, Melbourne.

Para muchas plantas con flores la reproducción es una cuestión de aves y abejas. Atraer al polinizador adecuado puede ser una cuestión de supervivencia. Unas recientes investigaciones muestran que los mecanismos usados por las flores para lograrlo pueden ser más intrigante de lo que se pensaba.

En un artículo publicado en Current Biology los investigadores exponen cómo una única característica "mágica" de algunas plantas hace que sus flores sean invisibles para las abejas y, en cambio, logra que destaquen para las aves.

Veamos en primer lugar cómo vemos los animales. En los ojos humanos normales hay tres tipos de receptores de luz que permiten una buena percepción de los colores. Esas células fotorreceptoras son sensibles a la luz azul, verde o roja. Una vez que la luz se incorpora a estas células, el cerebro genera muchos colores, incluido el amarillo, mediante lo que se llama procesamiento de colores opuestos.

El procesamiento de colores opuestos es una de las formas mediante las cuales el sistema visual organiza y compara la información sobre los colores desde que la luz entra en el ojo hasta que se interpreta en el cerebro. La idea clave es que el cerebro no codifica los colores de manera aislada, sino en pares opuestos.

Cuando la luz entra en el ojo, los tres tipos de conos (las células fotorreceptoras) de la retina responden a distintas longitudes de onda: Los conos L son más sensibles a longitudes de onda largas (rojos); los conos M son más sensibles a longitudes de onda medias (verdes) y, finalmente, lo conos S son más sensibles a longitudes de onda cortas (azules).

Pero el cerebro no lee estos conos directamente como “rojo”, “verde” o “azul”. Primero los compara como “opuestos”, un proceso que consiste en que los canales neuronales funcionan como balanzas: Rojo ↔ Verde; Azul ↔ Amarillo, y Blanco ↔ Negro (luminancia). En cada canal si un lado se activa, el otro se inhibe, de modo que nunca se perciben ambos extremos a la vez.

Por ejemplo, una neurona puede excitarse con el rojo e inhibirse con el verde, mientras que otra puede excitarse con el azul e inhibirse con el amarillo. Por eso no existe un “verde rojizo”, ni un “azul amarillento”. Gracias a este proceso, vemos algunas señales como rojas y otras como verdes, pero nunca como un color intermedio.

El proceso empieza muy pronto en la retina (células ganglionares), continúa en el núcleo geniculado lateral del tálamo y se refina en la corteza visual. Es decir, la oposición de colores es una propiedad fundamental del circuito cerebral, no un adorno perceptivo.

Este sistema aumenta el contraste cromático, hace que la visión sea más eficiente y estable, permite detectar bordes y cambios de color con mucha precisión y reduce anomalías (iluminación variable, sombras). Una prueba sencilla de que existe es la de las postimágenes. Si miras fijamente algo rojo, después lo verás verde. Si haces lo mismo con el azul, luego lo verás amarillo. Eso ocurre porque uno de los polos del sistema oponente se “fatiga” y el contrario domina.

Muchos otros animales también ven el color y muestran evidencias de que también utilizan el procesamiento por oponentes. Las abejas ven su mundo usando células fotorreceptoras que detectan la luz ultravioleta (UV), azul y verde, mientras que las aves tienen un cuarto tipo de fotorreceptor sensible también a la luz roja.

Diagrama que muestra diferentes longitudes de onda a lo largo del espectro lumínico. Nuestra percepción del color, ilustrada el ojo dibujado a la derecha de la barra espectral, es diferente a la de abejas sensibles a los rayos UV, azul y verde, y la de las aves con cuatro fotorreceptores de color, incluyendo la sensibilidad al rojo. Imagen de Adrian Dyer y Klaus Lunau, CC BY

El problema al que se enfrentan las plantas con flores con las diferencias en la visión del color tiene que ver con la genética y con una especie de “magia”. Para que su polen acabe en la parte correcta del cuerpo del animal y así pueda ser transportado eficazmente a otra flor para permitir la polinización, las flores necesitan atraer polinizadores del tamaño adecuado.

Por ello, las aves tienden a visitar las flores más grandes. Estas flores, a su vez, necesitan proporcionar grandes volúmenes de néctar para recompensar a sus visitantes hambrientos. Pero cuando hay grandes cantidades de néctar dulce, existe el riesgo de que las abejas vengan a aprovecharse de él y que, en el proceso, recolecten el valioso polen. Y eso es un problema porque las abejas no tienen el tamaño adecuado para transferir el polen de forma eficiente entre las flores más grandes.

Todas las flores polinizadas por animales "señalan" a los polinizadores con colores y patrones brillantes, pero en el caso de las polinizadas por aves necesitan también una señal que atraiga a las aves sin llamar la atención de las abejas.

Sabemos que la polinización de los insectos (incluidas las abejas) y la señalización floral evolucionaron antes de que apareciera la polinización por aves. Luego, ¿cómo pudieron las plantas lograr el cambio a ser polinizadas por aves, un mecanismo que permite la transferencia de polen a distancias más largas de las que logran las abejas?

El dilema hamletiano es: ¿evitar a las abejas o atraer a las aves? Un paseo por el campo, al menos en los trópicos, permite ver con nuestros propios ojos que la mayoría de las flores rojas son visitadas por pájaros, no por abejas. Así que las flores polinizadas por aves han logrado hacer la transición con éxito, considerando como éxito que ellas, las aves, y no las abejas sean las que detecten el color de las flores. Se han desarrollado dos hipótesis diferentes que pueden explicar lo que ha sucedido. Recuerda algo: lo que hay son dos hipótesis, no dos teorías. Se habla de teoría cuando una determinada hipótesis (es decir, algo que se supone) se confirma con pruebas.

Una de las dos hipótesis que se han formulado con respecto a las flores rojas y su relación con la polinización es la que dice que las flores polinizadas por aves simplemente usan un color difícil de ver para las abejas. Una segunda hipótesis supone que las aves podrían preferir el rojo. Pero ninguna de estas hipótesis parece completa, ya que oa preferencia por el rojo no es innata en las aves porque las jóvenes no demuestran preferencia por el rojo. Sin embargo, las flores polinizadas por aves tienen un tono rojo muy distintivo, lo que sugiere que evitar a las abejas no explica únicamente por qué evolucionaron los colores rojos muy acentuados.

Un pájaro mielero de Nueva Holanda (Phylidonyris novaehollandiae) polinizando un arbusto australiano, el waratah (Telopea speciossisima). Australian Garden, Melbourne. 

Hay surge una tercera vía: una solución mágica. En la ciencia evolutiva, el término rasgo mágico se refiere a una solución evolucionada en la que una sola modificación genética puede aportar beneficios de múltiples maneras. Un equipo que trabajaba en cómo esto podría aplicarse a plantas con flores, demostró que un gen que modula los pigmentos absorbentes de la luz UV en los pétalos puede, efectivamente, tener múltiples beneficios. A este gen obedece cómo las abejas y las aves ven las señales de color de forma diferente.

Las flores polinizadas por las abejas se presentan en una amplia variedad de colores. Las abejas incluso polinizan algunas plantas con flores rojas. Pero estas flores también tienden a reflejar mucho el UV, lo que ayuda a las abejas a encontrarlas. El gen mágico tiene el efecto de reducir la cantidad de luz ultravioleta reflejada por el pétalo, haciendo que las flores sean más difíciles de ver para las abejas. Pero (y aquí es donde entra la magia) reducir la reflexión ultravioleta de un pétalo de una flor roja hace que parezca más roja para animales —como las aves— de los que se piensa que tienen un sistema de colores opuestos.

Diagrama que muestra la intensidad relativa de las señales rojas para aves, abejas y humanos. Las flores rojas son apreciadas para los humanos, pero a medida que evolucionaron para la visión de las aves, un cambio genético redujo la reflexión ultravioleta, haciendo que las flores sean más coloridas para las aves y menos visibles para las abejas. Adrian Dyer y Klaus Lunau, CC BY

Las aves que visitan las flores rojas brillantes obtienen recompensas y, con la experiencia, aprenden a visitarlas repetidamente. Al conseguir evitar a las abejas y, a la vez, mostrar colores intensos para atraer múltiples visitas de aves, un pequeño cambio genético para la percepción del ultravioleta produjo múltiples resultados beneficiosos para las plantas.

Gracias a este ingenioso truco de la naturaleza para producir colores florales rojos, nosotros, los humanos, poseedores de un perfeccionado sistema de colores opuestos, tenemos la suerte de poder disfrutar de los hermosos colores rojos que embellecen el paisaje. Así que cuando disfrutes esta primavera de algún paseo campestre, tómate un minuto para contemplar una de las grandes respuestas de la naturaleza para encontrar una solución ingeniosa a un problema complejo.

domingo, 1 de febrero de 2026

NITRITOS: VILLANOS MODERNOS CON UN PASADO HEROICO

El problema no es el nitrito: es morirse. Por qué un ingrediente sospechoso del envase está ahí por tu bien.

Durante años, el nitrito de sodio ha sido uno de esos ingredientes que habitan en la parte oscura del envase, junto a los códigos E y las palabras que nadie pronuncia en voz alta. Está ahí, pequeño, discreto, sospechoso. El tipo de sustancia que hace que alguien en el supermercado frunza el ceño, deje el paquete de salchichas en su sitio y murmure algo sobre “química” antes de irse a por hummus. Y, sin embargo, si el nitrito pudiera hablar, probablemente se defendería con una frase muy poco dramática: estoy aquí para que no te mueras.

Porque esa fue su misión original. No mejorar el color, ni uniformar sabores ni arruinar la cocina tradicional, sino impedir una de las intoxicaciones alimentarias más temidas que se conocen: el botulismo. Una enfermedad tan seria que no admite bromas, aunque lleguemos a ella a través de una humilde salchicha.

Los nitritos inhiben el crecimiento de Clostridium botulinum, la bacteria que produce la toxina botulínica, una sustancia tan potente que una milmillonésima de gramo puede ser letal. No hablamos de una simple indisposición digestiva, sino de parálisis muscular progresiva, dificultad respiratoria y, en ausencia de tratamiento, un riesgo real de muerte.

Lo inquietante es que Clostridium botulinum se siente como en casa en muchos alimentos que, hasta hace relativamente poco, comíamos con absoluta normalidad: carnes cocidas, húmedas, poco ácidas y conservadas sin aire. Es decir, justo el tipo de productos que hoy llenan las vitrinas refrigeradas: jamón de york, lacón cocido, salchichas, mortadela o carnes mechadas envasadas al vacío. No es casualidad que “botulismo” venga del latín botulus, salchicha. El nombre ya era una advertencia, y bastante clara.

El uso de los nitritos no nació, sin embargo, de una brillante comprensión microbiológica. El camino fue largo, empírico y bastante accidental, y comienza con uno de los métodos de conservación más antiguos conocidos por la humanidad: la salazón. La sal común no envenena a las bacterias; las deshidrata. Sin agua, las células microbianas colapsan. Pero los antiguos observaron algo curioso: cuando la sal procedía de regiones áridas, la carne no solo duraba más, sino que adquiría un atractivo tono rosado.

Aquella “sal” no era exactamente cloruro de sodio. Los griegos la llamaron nitrón; en la Edad Media se conoció como salitre. Aparecía como costras blancas en rocas, sótanos o establos, y parecía brotar de la piedra misma. En realidad, era el resultado de un proceso biológico poco glamuroso: bacterias que transformaban los desechos orgánicos, como orina y estiércol, en nitratos cristalinos.

El salitre se volvió un bien estratégico cuando, en el siglo IX, alquimistas chinos descubrieron accidentalmente la pólvora mientras buscaban una pócima de la inmortalidad. Europa tardó poco en comprender que aquella mezcla de azufre, carbón y nitrato servía mejor para matarse que para vivir para siempre. Durante siglos, el nitrato fue sinónimo de guerra, cañones y ejércitos, pero también acabó salvando vidas por una vía mucho más doméstica: la carnicería.

A comienzos del siglo XIX, el médico alemán Justinus Kerner describió centenares de casos de parálisis, visión borrosa y muerte asociados al consumo de salchichas. Sospechó de una toxina, aunque no pudo identificarla. Fue en 1895 cuando el bacteriólogo belga Émile van Ermengem aisló por fin a la culpable y bautizó la enfermedad como botulismo, de nuevo en honor a la salchicha.

No todas las salchichas provocaban la enfermedad. Las elaboradas con salitre raramente causaban botulismo, lo que intrigó a carniceros y médicos por igual. El misterio se resolvió en la década de 1920, cuando Karl Friedrich Meyer demostró que no era el nitrato del salitre el responsable, sino el nitrito en el que este se transformaba dentro de la carne. La solución fue directa y muy poco romántica: añadir nitrito de forma controlada. Desde entonces, el riesgo de botulismo en carnes procesadas cayó en picado.

De paso, el nitrito explicó otro pequeño milagro: el color rosado. Parte del nitrito se convierte en óxido nítrico, que se une a la mioglobina de la carne formando un compuesto estable y visualmente apetecible. Sin él, muchas salchichas serían de un gris hospitalario poco compatible con el placer gastronómico cotidiano.

¿Significa todo esto que todas las carnes procesadas llevan nitrito? No. Aparece sobre todo en productos cocidos, húmedos y envasados sin oxígeno: salchichas tipo Frankfurt, mortadela, bacon, jamón cocido, pavo loncheado o carnes listas para consumir. En ellos, el riesgo teórico de botulismo existe y el nitrito actúa como una barrera de seguridad clave dentro de un sistema más amplio.

Otros productos tradicionales no lo necesitan. El jamón serrano, la cecina o muchos embutidos artesanos se conservan gracias a la sal, el tiempo y la deshidratación. Reducen tanto el agua disponible que Clostridium botulinum no puede prosperar. Aquí la seguridad no depende de un solo truco químico, sino de un equilibrio lento y acumulativo de factores.

En los últimos años han proliferado los productos “sin nitritos añadidos”. Conviene leer con atención la letra pequeña: muchos utilizan extractos vegetales ricos en nitratos que, durante el procesado, se transforman en nitritos. El compuesto no desaparece; simplemente llega con una narrativa más verde y tranquilizadora.

En la década de 1950, se identificaron en el laboratorio unos compuestos llamados nitrosaminas como carcinógenos. Esto impulsó la búsqueda de su presencia en los alimentos, gracias a los avances en química analítica que permitieron la detección de sustancias presentes en cantidades muy pequeñas. Efectivamente, se encontraron nitrosaminas en carnes curadas con nitratos o nitritos. La carne contiene aminas naturales que pueden reaccionar con los nitritos durante el procesamiento para formar nitrosaminas. Esta reacción no solo puede ocurrir durante el procesamiento, sino también en las condiciones ácidas del estómago.

Los investigadores se pusieron manos a la obra para ver cómo se puede reducir la exposición a las nitrosaminas. Se disminuyeron las temperaturas de cocción, se redujeron los niveles de nitritos al mínimo necesario y se exigió el uso de ascorbato de sodio o eritorbato de sodio como aditivos al comprobarse que reducían la formación de nitrosaminas. Estas intervenciones han reducido drásticamente el riesgo de formación de nitrosaminas, pero no lo han eliminado.

¿Son peligrosos los nitritos? En las cantidades reguladas, no especialmente. El consenso científico señala más bien al consumo frecuente de carnes procesadas en general. No pasa nada por comer embutidos de vez en cuando; el problema es convertirlos en la base de la dieta durante años.

Resulta casi irónico que un compuesto introducido para evitar muertes sea hoy objeto de sospecha. El botulismo no ha desaparecido: sigue apareciendo, sobre todo, en conservas caseras mal elaboradas, donde no hay nitritos ni controles. Así que no, el problema nunca fue el nitrito. El problema era morirse. Y el resto, como tantas veces en alimentación, es cuestión de contexto, de memoria histórica y de cuántas salchichas decidimos comer.

viernes, 30 de enero de 2026

LOS CABALLEROS DEL CÍRCULO DORADO Y LA OBSESIÓN IMPERIALISTA DE ESTADOS UNIDOS POR CUBA

 Cuando la obsesión imperialista de Estados Unidos por Cuba tomó forma de hermandad secreta.


El pasado 29 de enero, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, declaró una “emergencia nacional” respecto a Cuba y firmó una orden ejecutiva que permitirá imponer aranceles a bienes de países que suministren petróleo a la isla. Trump argumenta que las políticas del gobierno cubano representan una amenaza para la seguridad nacional estadounidense y promete castigar a terceros países que ayuden a La Habana con crudo.

Cuando se piensa en las grandes historias de ambición imperial del siglo XIX, no suele aparecer en los libros de texto un grupo misterioso, exuberante y profundamente polémico: los Caballeros del Círculo Dorado. Sin embargo, su historia —entre la conspiración, la aventura y la política racial— es una de las claves olvidadas para entender cómo parte de la élite estadounidense concebía a Cuba no como un vecino, sino como una pieza predestinada del destino expansionista.

Hacia mediados de la década de 1850, en una América inquieta por la expansión territorial y atormentada por el creciente conflicto entre estados esclavistas y libres, surgió un grupo que combinaba la retórica secreta de una sociedad fraternal con la ambición política de un movimiento expansionista: los Caballeros del Círculo Dorado. Esta hermandad —reflejo de una órbita intelectual y política que reivindicaba el supremacismo sureño— imaginó un “círculo dorado” que se extendía desde el Golfo de México hasta el corazón del Caribe, incluyendo México, Centroamérica y, de manera especial, una Cuba libre de España, pero alineada con la Unión estadounidense esclavista.

Para sus miembros, Cuba no era simplemente un territorio para conquistar; era la pieza que podría inclinar la balanza del poder en Washington, garantizando una hegemonía sureña y esclavista que resistiera las presiones abolicionistas del Norte.

El imaginario de los Caballeros del Círculo Dorado estaba lejos de ser una simple fantasía. Su estructura se inspiraba en sociedades secretas como los masones, con grados de iniciación y rituales, pero con una agenda explícitamente política: crear un imperio regional sometido a los intereses de los estados esclavistas del Sur.

Cuba, con sus fértiles tierras azucareras, su posición estratégica en el Caribe y su cercanía a las costas de Florida se convirtió en el gran objeto de deseo. Sus planes no eran discretos: contemplaban la invasión, “liberación” de España y posterior incorporación a los Estados Unidos como uno o varios estados esclavistas. Lo que para algunos historiadores parecía un fantasioso sueño conspirativo, para muchos sureños fue —en aquel momento— una idea plausible, incluso una ambición deseable. Y aunque no contaban con apoyo oficial del gobierno, sí influenciaron el discurso expansionista y la idea de que Cuba estaba destinada a caer bajo la sombra estadounidense.

Color verde oscuro: nuevos territorios que los miembros del Círculo Dorado planeaban incorporar a Estados Unidos.

Aunque pintorescos en su organización interna, es importante distinguir entre actos simbólicos y maniobras con consecuencias reales. Los Caballeros del Círculo Dorado no lanzaron invasiones de gran escala por su cuenta. Pero sí fueron un caldo de cultivo para filibusteros y aventureros que organizaron expediciones armadas hacia Cuba, como las de Narciso López. Estas acciones, aunque no tuvieron éxito, ocuparon espacios políticos y mediáticos en Estados Unidos y alimentaron la percepción de que Cuba era “objetivo legítimo” de una expansión.

Más aún, la existencia de grupos como este contribuyó a un clima político en el que anexionar territorios ultramarinos se debatía abiertamente, y donde la retórica racista y imperialista se fusionaba con la política pública. Los Caballeros del Círculo Dorado alcanzaron su punto máximo justo antes del estallido de la Guerra Civil estadounidense. La lucha entre Norte y Sur redirigió la atención política y militar hacia cuestiones internas, haciendo que las ambiciones caribeñas quedaran en un segundo plano. Tras la derrota confederada, el grupo se desintegró y sus planes quedaron como una anécdota oscura en la historia expansionista del país.

Hoy, con la política estadounidense de nuevo bajo los focos por sus recientes medidas contra Cuba —incluyendo aranceles a países que suministran petróleo a la isla y la declaración de emergencia nacional por parte de Donald Trump—, recordar a los Caballeros del Círculo Dorado es más que una curiosidad histórica. Es entender que la relación entre Estados Unidos y Cuba ha estado marcada por la ambición, la injerencia y la creencia persistente de que la isla debía integrarse en la órbita estadounidense, ya fuera por la fuerza, la diplomacia o el poder económico.

La historia de este grupo revela que las raíces del anexionismo no fueron solo oficiales, sino también culturales y colectivas, arraigadas en imaginarios políticos que perduran más allá de su tiempo.

EL FASCISMO COMO PROCESO Y LA POLÍTICA ESTADOUNIDENSE ACTUAL

 

El auge del autoritarismo no es patrimonio de los márgenes del sistema democrático ni de países supuestamente “atrasados”. A la luz del análisis del historiador Robert O. Paxton, Estados Unidos muestra síntomas reconocibles de degradación democrática. No como ruptura súbita, sino como proceso. Y eso debería preocuparnos a todos.

En su ensayo Anatomía del fascismo (Capitán Swing), Paxton, historiador estadounidense especializado en el fascismo europeo del siglo XX, decidió desmontar ese ruido con un análisis que se ha vuelto canónico. Su propuesta era dejar de preguntar quién es fascista y empezar a observar qué comportamientos lo son. Ni ideologías cerradas, ni símbolos, ni estéticas reconocibles. Lo que importa son las prácticas. Aplicar ese marco a los Estados Unidos actuales no conduce a una etiqueta definitiva, pero sí a un diagnóstico inquietante.

Paxton parte de una intuición simple: el fascismo no cae de repente desde el cielo. Avanza por etapas y se adapta al terreno. No irrumpe con tanques; entra con discursos de decadencia. En Estados Unidos, ese discurso lleva tiempo instalado. «Nos han robado el país», «ya no somos respetados», «antes éramos grandes». El lema trumpista Make America Great Again no es un programa económico: es una emocionalidad política. Sugiere una pérdida, una humillación y una promesa de restitución. Para Paxton, ese es el primer ingrediente.

La obsesión con el declive no necesita datos; necesita sensaciones. Estados Unidos sigue siendo la mayor potencia del planeta, pero una parte considerable de sus ciudadanos se siente derrotada. No por el PIB, sino por la cultura. Por la demografía. Por el lenguaje. Cuando la política se convierte en terapia del agravio, el terreno queda abonado.

El siguiente paso, según Paxton, es la identificación del enemigo interno. El fascismo no prospera sin culpables cercanos. En Estados Unidos, el repertorio es amplio y móvil: inmigrantes, periodistas, jueces, burócratas, universidades, minorías, feministas. El enemigo cambia, pero la estructura permanece. La política deja de ser una discusión sobre intereses para convertirse en una batalla moral. El adversario ya no se equivoca: traiciona. No gobierna mal: conspira.

Ese desplazamiento tiene efectos prácticos. Deshumaniza. Simplifica. Permite justificar lo injustificable. Paxton subraya que el fascismo necesita un “nosotros” imaginado, puro y homogéneo, frente a un “ellos” contaminante. No importa que ese “nosotros” sea una ficción: importa que se sienta real.

Llega entonces el momento clave: la relación con la democracia. El fascismo, escribe Paxton, no desprecia la democracia en abstracto. La usa mientras sirve y la desacredita cuando estorba. En Estados Unidos, la erosión de la confianza electoral no es un accidente retórico; es una estrategia. Si solo una victoria propia es legítima, la derrota se convierte en fraude por definición. La ley pasa a ser un obstáculo, no un marco compartido.

Leído con las herramientas de Paxton —no con el dramatismo de la consigna—, el asalto del Capitolio el 6 de enero de 2021 deja de ser una anomalía grotesca y pasa a encajar como un síntoma. No hubo golpe militar ni plan elaborado; hubo una movilización emocional contra una legalidad percibida como ilegítima. El fascismo, advierte Paxton, suele avanzar por vías legales hasta que decide que la ley sobra. Ese umbral no se cruza de golpe; se desgasta.

Otro elemento central es la normalización de la violencia. El fascismo no necesita violencia constante; le basta con justificarla. Minimizarla. Presentarla como reacción comprensible. Cuando la violencia “de los nuestros” se relativiza y la del adversario se exagera, el listón moral se desplaza. En Estados Unidos, la retórica armada, la indulgencia con las milicias que asaltaron el Capitolio y la normalización de prácticas estatales de violencia extrajudicial presentadas como defensa del orden encajan con lo que Paxton llamaba violencia redentora: no criminal, sino purificadora. Al comportamiento de los paramilitares trumpistas del ICE me remito.

Pero el punto más inquietante del análisis de Paxton no está en las masas, sino en las élites. El fascismo no llega solo. Necesita la colaboración, la resignación o el cálculo de quienes creen poder domesticarlo. Empresarios que priorizan beneficios. Políticos que miran a otro lado. Medios que amplifican por interés o miedo. Paxton fue tajante: el fascismo avanza cuando las élites creen que pueden usarlo como herramienta. Nunca lo consiguen.

En Estados Unidos, esa connivencia no es total ni homogénea, pero existe. Sectores del Partido Republicano toleran comportamientos que antes habrían sido inaceptables. Se justifica lo injustificable por disciplina, cálculo o temor al votante. Es una alianza incómoda, exactamente como la describía Paxton. Para la izquierda, esta lección es especialmente incómoda: el autoritarismo no siempre llega desde fuera del sistema, sino a menudo con la complicidad de quienes creen poder administrarlo.

¿Significa todo esto que Estados Unidos es un régimen fascista? Según sus etapas, el país muestra rasgos claros de las primeras fases: creación de un movimiento de masas, relato de declive, deslegitimación del adversario, desgaste de las reglas y coqueteo con la violencia. El acceso pleno al poder y la radicalización final no son inevitables, pero tampoco imposibles.

Aquí conviene introducir un matiz decisivo. Estados Unidos no es la Italia de Mussolini ni la Alemania de Weimar. Tiene instituciones robustas, federalismo, tribunales, prensa plural y una sociedad civil resistente. Pero Paxton insistía en que el fascismo se adapta al terreno. No copia modelos; los reescribe. En Estados Unidos no necesita abolir la Constitución; puede vaciarla. No necesita cerrar periódicos; puede desacreditarlos. No necesita un partido único; le basta con colonizar uno.

La gran aportación de Paxton es obligarnos a abandonar la comodidad del «eso aquí no puede pasar». El fascismo, escribió, no llega prometiendo dictaduras, sino restauraciones. No se presenta como ruptura, sino como salvación. Cuando una democracia empieza a aceptar que el poder debe imponerse a la ley para “salvar” a la nación, el problema ya no es semántico.

Paxton insistía en algo aún más inquietante: las democracias no suelen morir por exceso de enemigos, sino por exceso de excusas. Excusas para ignorar normas, para relativizar abusos, para aceptar que “esta vez” el fin justifica los medios. El fascismo no entra cuando la democracia es derrotada, sino cuando empieza a explicarse por qué ya no puede permitirse ser democrática del todo.

Estados Unidos sigue siendo una democracia. Pero, a la luz de Paxton, es una democracia bajo estrés. El espejo no devuelve una imagen definitiva, sino una pregunta. Y las preguntas, en política, suelen ser más peligrosas que las respuestas.

Por lo demás, conviene recordar que el fascismo no llega hasta nosotros como una brisa suave, sino más bien como un vendaval, porque como señala Hervé Le Tellier en su nueva novela ensayística, El nombre en el muro (Seix Barral), apenas nueve semanas separaron el ascenso a la Cancillería de Hitler de las primeras medidas antisemitas. Los fascismos avanzan más rápido que cualquier democracia.