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viernes, 9 de enero de 2026

EL CAMBIO CLIMÁTICO HA CONVERTIDO A GROENLANDIA EN UN OBJETIVO PARA TRUMP

El deshielo acelerado de la banquisa ártica —el hielo marino— está transformando el vasto e indomable espacio natural del Ártico en uno de los epicentros de la geopolítica moderna. Ahora que el océano es navegable durante casi tres meses de verano, se abren nuevas oportunidades económicas clave, tanto por la apertura de estas nuevas vías marítimas como por la accesibilidad a recursos naturales inexplotados. El deshielo impulsado por el calentamiento global abre nuevas vías marítimas que Moscú, Washington y Pekín quieren controlar.

El rompehielos de propulsión nuclear Sibir llega a su puerto base de Murmansk desde San Petersburgo. Foto ALAMY

Durante siglos, el Ártico fue el lugar donde acababan los mapas y empezaban los peligros. Un océano cubierto de hielo, hostil, caro de explorar y completamente inútil para el comercio. Hoy, por una ironía histórica difícil de superar, el calentamiento global está transformando ese espacio inhóspito en uno de los activos geoestratégicos más codiciados. No por lo que hay debajo del hielo —minerales, petróleo, gas, que los hay, pero por el momento sepultados bajo kilómetros de hielo, sino por lo que empieza a desaparecer: el propio hielo.

La navegación marítima es el núcleo de esta transformación. El deshielo no ha creado una ruta única, sino tres grandes corredores potenciales, cada uno con su lógica, sus actores y sus tensiones. Rusia ya explota el suyo. China quiere asegurarse un asiento. Estados Unidos, que llega tarde, mira a Groenlandia como la pieza que le falta.

1. La Ruta Marítima del Noreste: el peaje ruso del Ártico

La Ruta Marítima del Noreste es hoy la única ruta ártica que funciona de manera regular. Recorre la costa septentrional de Rusia, desde el mar de Barents hasta el estrecho de Bering, conectando Europa y Asia por el camino más corto posible. Su atractivo es evidente: entre Shanghái y Róterdam puede ahorrar hasta dos semanas de navegación frente a Suez. Menos combustible, menos costes, menos exposición a cuellos de botella políticos. Pero la clave no es solo la geografía, sino el control.


Rusia ha invertido durante décadas en convertir esa franja helada en una infraestructura estatal: La mayor flota de rompehielos del mundo, incluidos rompehielos nucleares. Puertos árticos modernizados. Sistemas de navegación, rescate y escolta obligatorias. Legislación que exige permisos y pagos de peaje a Moscú.

En la práctica, la Ruta Marítima del Noreste funciona como una autopista marítima de peaje bajo supervisión rusa. No es una ruta libre: es una ruta regulada, vigilada y monetizada. Cada barco que pasa refuerza la idea de que Rusia no solo es una potencia continental, sino también una potencia marítima ártica.

Desde el punto de vista geoestratégico, esta ruta ofrece algo más que comercio, ofrece soberanía funcional. Rusia no necesita bloquearla para ejercer poder. Le basta con administrarla.

2. China y la Ruta de la Seda Polar: llegar sin mandar

El 13 de octubre de 2025, un buque portacontenedores chino completó la travesía del Ártico entre China e Inglaterra en solo veinte días, marcando uno de los trayectos más rápidos jamás realizado por un barco comercial en esta ruta sin la asistencia de un rompehielos. La travesía, impulsada por los efectos del calentamiento global en la región, es un nuevo paso para la consolidación de esta conexión a través del Polo Norte, mucho más barata y el doble de rápida que las vías marítimas tradicionales, como el canal de Suez o el cabo de Buena Esperanza.

La Ruta de la Seda Polar (en rojo) y la alternativa merdional por Sueza (en azul)

China no tiene costa ártica, pero sí una obsesión estratégica clara: no depender de rutas controladas por otros. De ahí su interés creciente por el Ártico y su concepto de “Ruta de la Seda Polar”. Para China, el Ártico no es una ruta propia, sino una ruta de acceso. Utiliza —y utilizará— principalmente la vía rusa, pero con un objetivo a largo plazo: asegurarse que ninguna potencia pueda cerrarle el paso en una crisis global.

China ya ha enviado buques comerciales por la Ruta Marítima del Norte, ha botado rompehielos propios y se ha integrado en foros árticos como actor “cercano”. Su estrategia es pragmática: Menos discurso territorial; más inversión logística; presencia científica, comercial y financiera.

El Ártico encaja perfectamente en la visión china de red global de transporte. No necesita controlarlo; le basta con tener garantizado el acceso. Cada contenedor que cruza el Ártico reduce su dependencia del estrecho de Malaca, del canal de Suez o de zonas bajo influencia estadounidense.

Para la industria china, la ruta polar representa una alternativa estratégica que elude la tradicional ruta del mar de la China Meridional —un punto de alta tensión geopolítica en el Pacífico—, lo cual, sumado a la mejora en los tiempos y la reducción de los costes de los envíos hacia Europa, potencia significativamente sus relaciones comerciales con el Viejo Continente.

Este es el gran incentivo que tiene China para cultivar buenas relaciones con Rusia. La convergencia de intereses entre ambos países ha dado lugar a una alianza estratégica en el Ártico. Rusia necesita inversiones importantes para el mantenimiento y desarrollo de sus vastas infraestructuras árticas. A su vez, China requiere autorizaciones de navegación en la ruta marítima del Norte, una vía que transcurre a lo largo de la ZEE rusa y sobre la que Moscú ejerce un control casi total.

China entiende algo clave: en un mundo fragmentado, la resiliencia logística es poder. El Ártico añade una capa más a esa resiliencia.

3. Estados Unidos y la ruta Transártica: el papel central de Groenlandia

La creciente alianza entre Rusia y China ha dejado a Estados Unidos en una posición precaria en el Ártico. Pese a ser una nación ártica que controla el estrecho de Bering, Estados Unidos operó de facto como una “nación ártica sin una estrategia ártica” tras la Guerra Fría, creando un vacío estratégico que China ha aprovechado en el contexto de su creciente disputa geopolítica con Washington.

A diferencia de Rusia y China, Estados Unidos llega tarde al Ártico marítimo. Así, por ejemplo, en la década del 2000, mientras Rusia mantenía docenas de bases militares y la presencia china crecía, Estados Unidos mostró poco interés y solo contaba con una flota de rompehielos relativamente obsoleta en la región. Además, la persistente negativa de la potencia norteamericana a ratificar la convención del mar complica su capacidad para hacer valer legalmente sus reclamaciones marítimas en las aguas en disputa.

Solo recientemente, y como reacción directa a avance creciente de China y la alianza rusa, Estados Unidos ha comenzado a abordar este déficit histórico: en 2022, su Estrategia Nacional para la Región Ártica representó un reconocimiento explícito de la urgencia para recuperar el retraso acumulado. Este cambio se ha manifestado en movimientos prácticos, incluyendo el acuerdo con Finlandia para la adquisición de once nuevos rompehielos, cruciales para recuperar la competitividad polar y el interés de la Administración Trump en adquirir Groenlandia

La futura ruta Transártica, que cruzaría directamente el océano Ártico por el centro —no pegada a las costas— solo será viable cuando los veranos sin hielo sean habituales. Esa ruta, si llega a consolidarse, no estará bajo control ruso. Será la más corta… y la más disputada.

Groenlandia es la llave de esa vía: Se sitúa entre América del Norte, Europa y el Ártico central; ofrece puntos naturales para puertos, rescate y repostaje; permite vigilancia marítima y aérea de rutas emergentes y sirve como plataforma logística y militar avanzada. Desde el punto de vista naval, Groenlandia es lo que los estrategas llaman un “portaaviones fijo”. No controla la ruta, pero condiciona su uso. Quien tenga presencia allí puede supervisar el tráfico, garantizar seguridad, influir en normas y estándares, y proyectar poder sin necesidad de cerrar rutas.

Para Estados Unidos, que no controla Suez ni Panamá en términos soberanos, el Ártico representa una oportunidad histórica: participar desde el principio en la definición de una gran vía marítima global.

Mientras el hielo se derrite, las reglas se escriben. La navegación ártica no es aún masiva, ni barata, ni sencilla. Pero eso es irrelevante desde el punto de vista geoestratégico. Lo importante es que está naciendo. Y las rutas que nacen rara vez permanecen neutrales.

En resumen: Rusia ya cobra peaje. China asegura acceso y Estados Unidos busca posición. Groenlandia no es el premio final, sino el punto de apoyo. Y en geopolítica marítima, quien controla los apoyos acaba influyendo en el camino.

DE LA JUNGLA FRÍA AL TRÓPICO: UNA NUEVA MIRADA A LOS ORÍGENES DE LOS PRIMATES

 

Macacos de Hokaido, Japón. Foto de Jasper Doest.

Cuando pensamos en el origen de los primates —el grupo que incluye, entre otros a los lémures, los monos, los simios y, por supuesto, a los humanos—, la imagen casi universal es la de un pequeño antepasado balanceándose alegremente entre lianas bajo un sol tropical. La idea de que nuestros ancestros surgieron en selvas húmedas y cálidas ha sido un pilar de la paleoantropología durante décadas. Pero nuevos datos están reescribiendo este relato de forma radical.

Un estudio reciente publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) por Jorge Avaria-Llautureo —un biólogo chileno que actualmente trabaja en la universidad de Reading— y colegas sugiere que los primeros primates no surgieron en climas cálidos y estables, sino en entornos fríos, estacionales y cambiantes del hemisferio norte hace unos 66 millones de años. Esta investigación desafía lo que se ha llamado el “dogma tropical” de la evolución de los primates.

La hipótesis tradicional, la del dogma tropical, sostiene que los primates evolucionaron en bosques tropicales cálidos porque estos ambientes proporcionan recursos abundantes, especialmente frutas durante todo el año, lo que habría favorecido la aparición de características como manos prensiles, visión estereoscópica y cerebros relativamente grandes. Esta visión fue reforzada por la presencia de muchos fósiles de primates en regiones que hoy son ecuatoriales y por las similitudes del comportamiento de los primates modernos en lugares como África central y Madagascar.

Sin embargo, esa interpretación depende de suposiciones sobre los climas del pasado que resultan ser más inciertas de lo que se pensaba. El nuevo estudio combina datos fósiles con reconstrucciones climáticas detalladas para rastrear no solo dónde vivieron los ancestros de los primates, sino también cómo eran los ambientes en esos lugares en diferentes momentos del pasado profundo.

Los datos que cambian la historia y apuntan hacia el frío surgen del trabajo de Avaria-Llautureo y su equipo, quienes analizaron el registro fósil de primates tempranos junto con modelos climáticos que reconstruyen la temperatura y las precipitaciones en distintas regiones del planeta hace decenas de millones de años. Para su sorpresa, los resultados muestran que el ancestro común de todos los primates actuales vivió en latitudes altas del hemisferio norte, en lo que hoy serían zonas templadas o incluso boreales, con estaciones frías marcadas y cambios climáticos significativos a lo largo del año.

Estas condiciones no eran las de un paraíso tropical permanente. Más bien eran entornos con inviernos fríos, variaciones estacionales pronunciadas y recursos alimentarios poco predecibles. Este contexto obliga a replantear el escenario evolutivo: nuestros antepasados aprendieron primero a lidiar con la adversidad climática antes de conquistar los trópicos.

Un punto clave del estudio es cómo los primates antiguos respondieron a estas condiciones exigentes. Ante la escasez estacional de alimento —como frutas, que son más abundantes en climas tropicales—, estos primeros primates no pudieron depender de una dieta especializada. Se volvieron generalistas en su alimentación, capaces de consumir insectos, brotes, corteza e incluso otros recursos menos predecibles cuando las frutas escaseaban.

Más aún, los investigadores encontraron que primates que pudieron moverse grandes distancias en respuesta a cambios locales de clima o precipitación tenían más éxito evolutivo. La capacidad de dispersarse era una ventaja crucial: facilitaba no solo la supervivencia sino también la diversificación en nuevas especies durante millones de años.

Este patrón de movilidad y adaptación a condiciones variables ayuda a explicar por qué los primates se diversificaron eventualmente en una amplia gama de nichos ecológicos y geográficos. Lejos de ser frágiles habitantes de selvas siempre verdes, estos ancestros eran viajeros resilientes ante los grandes cambios ambientales.

Si los primates evolucionaron en climas fríos, ¿por qué hoy la mayor parte de las especies vive en regiones tropicales? La respuesta no es contradictoria, sino complementaria: los trópicos actuaron como un refugio y luego como un terreno fértil para la explosión de diversidad.

Hace decenas de millones de años, cuando el clima global empezó a cambiar, los primates que ya tenían una “caja de herramientas” adaptativa construida a partir de experiencias en condiciones duras encontraron en los trópicos un ambiente más benigno y rico en recursos, ideal para diversificarse y expandirse. En otras palabras, el trópico no fue donde nacieron los primates, sino donde florecieron.

Más allá de ofrecer una versión más rica de nuestro pasado, este nuevo paradigma tiene lecciones importantes para el presente. Comprender cómo los primates ancestrales respondieron a cambios climáticos drásticos —incluyendo variaciones en temperatura y disponibilidad de agua— es crucial para prever cómo las especies actuales enfrentarán el calentamiento global acelerado.

Hoy, muchas poblaciones de primates están restringidas a fragmentos de hábitats tropicales debido a la deforestación y la presión humana. A diferencia de sus antepasados, estas poblaciones no pueden moverse libremente para escapar de condiciones adversas o explorar nuevos nichos. Esto aumenta su vulnerabilidad frente a cambios rápidos del clima y pérdida de biodiversidad.

Además, la historia evolutiva de resiliencia climática que revela este estudio sugiere que la capacidad de adaptación metabólica —como la que permitió a los primeros primates tolerar inviernos duros— ha sido una fuerza motriz en nuestra propia trayectoria evolutiva. Quizás esta historia de resistencia nos dice algo sobre las posibilidades —y los límites— de la adaptación humana en un planeta que cambia a gran velocidad.

Conclusión: reiniciando la historia de los primates

El artículo de Avaria-Llautureo y colegas ofrece una visión renovada de cómo y dónde comenzaron los primates. Contrariamente a la noción tradicional de un origen tropical, los primates surgieron en climas fríos, enfrentaron la variabilidad ambiental con flexibilidad dietética y movilidad, y solo millones de años después ocuparon los climas cálidos que hoy asociamos con ellos.

Este nuevo relato no solo transforma nuestra comprensión de los primeros capítulos evolutivos del linaje que conduce a los humanos, sino que también nos invita a reflexionar sobre cómo el clima ha sido y sigue siendo un motor fundamental de la vida en la Tierra.

jueves, 8 de enero de 2026

NUEVA YORK, O CÓMO CINCO CIUDADES APRENDIERON A DISCUTIR JUNTAS

Nueva York no nació unida, sino negociada. Durante más de dos siglos, Manhattan fue la ciudad y el resto eran pueblos, rivales o simples molestias al otro lado del río. La consolidación de 1898 no creó una metrópolis armónica, sino un acuerdo forzado entre identidades que nunca dejaron de sentirse ciudades por separado. Quizá por eso Nueva York no se entiende: se discute.

Se llega a Manhattan con la impresión de que todo empezó aquí y de que, en el fondo, todo sigue pasando aquí. La isla tiene ese aire de capital que no necesita proclamarse capital. Los edificios miran por encima del hombro, las avenidas avanzan en línea recta como si el resto del planeta tuviera la obligación de adaptarse. Durante mucho tiempo Manhattan no fue un distrito de Nueva York: fue Nueva York. Toda Nueva York. A secas. 

Durante más de dos siglos, la ciudad cabía entera en esta isla estrecha. Primero se llamó Nueva Ámsterdam, luego Nueva York, y durante generaciones nadie vio la necesidad de compartir el nombre con nadie. Al otro lado de los ríos había campo, pueblos dispersos y caminos embarrados: aquello no era ciudad, y quizá nunca lo sería. Manhattan miraba hacia fuera como miran las capitales jóvenes, con una mezcla de ambición y desprecio.

El problema llegó cuando la ciudad empezó a desbordarse. A finales del siglo XIX, Manhattan era un embudo humano. Llegaban inmigrantes sin cesar, los edificios crecían hacia arriba porque no podían crecer hacia los lados, y la ciudad descubrió algo inquietante: el futuro estaba fuera de la isla. Para alcanzarlo había que cruzar puentes, ríos y, sobre todo, superar egos municipales.

Al otro lado del East River estaba Brooklyn, que no solo no quería ser absorbida, sino que tenía motivos de sobra para resistirse. Brooklyn era una ciudad independiente, grande, rica y orgullosa de su identidad. Tan grande que, cuando se planteó la unificación, era la cuarta ciudad más poblada de Estados Unidos. Tenía ayuntamiento, periódicos propios y, además de una autoestima perfectamente comprensible, una funcionalidad perfecta. Sus habitantes cruzaban a Manhattan por trabajo o curiosidad, pero no por admiración. Luego, finalizada la jornada de trabajo, abandonaban el bosque de rascacielos para buscar la tranquilidad de su hogar.

La idea de la consolidación cayó en Brooklyn como una mala noticia anunciada con sonrisa. Los periódicos locales hablaron de anexión, de traición y de colonialismo urbano. Los políticos prometieron resistir hasta el final. Se dijo que Brooklyn perdería su alma y que acabaría convertida en un barrio grande, algo así como una ciudad satélite y carente de identidad. Cuando llegó el referéndum de 1894, el resultado fue muy ajustado. Brooklyn perdió por poco y entró en la nueva ciudad sin entusiasmo, sin alegría y sin ganas de olvidar lo que había sido.

Al este se extendía Queens, que no tuvo ni siquiera la posibilidad de sentirse traicionada, porque no era exactamente nada. Queens era un rompecabezas de pueblos, zonas rurales, muelles industriales y barrios que no se hablaban entre sí. No había un centro claro ni una identidad compartida. Para muchos de sus habitantes, la consolidación no fue una tragedia sino una bendición: transporte, servicios, inversiones. Queens no se unió a Nueva York con orgullo, pero tampoco con drama. Simplemente aceptó y siguió siendo lo que es hoy: un territorio inmenso donde cada barrio cree vivir en una ciudad distinta.

Más al norte estaba el Bronx, que fue incorporado por partes, como si nadie tuviera muy claro qué hacer con él. Originalmente pertenecía al condado de Westchester y durante años fue una periferia administrativa, una zona que Nueva York fue engullendo poco a poco, como el que no quiere la cosa. Primero un distrito, luego otro. Durante décadas, el Bronx no tuvo identidad política propia hasta 1914, cuando se convirtió en condado independiente. Hasta entonces, fue un lugar que ya era ciudad sin que nadie le hubiera explicado del todo en qué consistía eso.

En medio de todo esto estaba Harlem, que nunca fue municipio independiente, pero que se comportaba como si lo hubiera sido. Harlem fue pueblo holandés, suburbio elegante, luego epicentro cultural afroamericano. Su peso simbólico fue tan fuerte que acabó generando la ilusión de una autonomía que nunca existió en los papeles. Es uno de esos lugares que no necesitan fronteras legales para tener identidad. Basta con caminar por sus calles para entender por qué muchos creen que Harlem fue algo separado: lo fue, aunque solo en el imaginario.

Y luego está Staten Island, que aceptó la unión con la prudencia de quien firma un contrato largo sin estar del todo convencido. Siempre estuvo lejos, física y emocionalmente. Su conexión con el resto de la ciudad fue débil durante décadas, y todavía hoy se comporta como un pariente que aparece en las reuniones familiares, pero se sienta cerca de la puerta. Es el borough donde periódicamente reaparece la idea de la secesión, como si la consolidación de 1898 hubiera sido una prueba abierta al divorcio.

Todo esto quedó sellado el «1 de enero de Consolidación de 1898», un hito clave en la historia de Nueva York, la fecha en la que se consolidó una operación administrativa gigantesca que no tuvo nada de romántica. Un solo alcalde, un solo ayuntamiento, una sola ciudad compuesta por entidades que no se querían demasiado. Los defensores hablaban de eficiencia, de poder económico, de convertir Nueva York en una metrópolis a la altura de Londres o París. Los detractores advertían del caos, de la pérdida de autonomía e identidad y del dominio absoluto de Manhattan. Como suele ocurrir, todos tenían razón.

La nueva ciudad nació sin espíritu unitario. Funcionó desde el primer día como una federación informal, donde cada borough conservó su carácter, su resentimiento y su manera particular de entender el mundo. El metro y los túneles hicieron más por la unión que cualquier discurso político. Las infraestructurasconectaron territorios, pero no borraron las identidades.

Caminar hoy por Nueva York es recorrer una discusión que lleva más de un siglo abierta. Manhattan sigue creyéndose imprescindible. Brooklyn sigue actuando como si fuera una ciudad creativa que no necesita permiso. Queens presume de diversidad. El Bronx defiende su identidad con una mezcla de orgullo y desconfianza. Staten Island observa desde la distancia, como si todavía estuviera dudando.

Nueva York no es una ciudad nacida de una fusión armónica. Es el resultado de una negociación permanente, de una suma de voluntades desiguales y de muchas reticencias mal resueltas. Quizá por eso funciona. Porque nunca intentó ser una cosa sola. Es una ciudad hecha de ciudades que aprendieron a convivir sin dejar de discutir. Y en esa tensión constante, en esa incapacidad para ponerse de acuerdo del todo, está buena parte de su energía.

Si alguna vez Nueva York parece exagerada, contradictoria o excesiva, conviene recordar su origen. No nació para ser coherente. Nació para sobrevivir junta. Y lo sigue haciendo.

Y sigue debatiendo, porque como dice la canción que hizo mundialmente famosa Sinatra, Nueva York «is a city that never sleeps». Nunca duerme, siempre está despierta y muy viva, aunque esté en debate permanente.

miércoles, 7 de enero de 2026

1903: EL AÑO EN QUE ESTADOS UNIDOS SE INVENTÓ UN PAÍS A MEDIDA

Panamá no nació de una revolución ni de una epopeya nacional, sino de una necesidad logística. Y desde entonces, el mundo pasa por allí sin hacer demasiadas preguntas. Que se preparen en Groenlandia.

Hay países que nacen tras una guerra, otros después de una larga humillación colonial y algunos, los más curiosos, aparecen porque alguien necesitaba entenderse mejor con la geografía. Panamá pertenece a esta última categoría: no fue exactamente una nación soñada, sino una solución técnica. Una zanja con bandera.

Hoy, el Canal de Panamá es uno de esos lugares por los que pasa el mundo sin detenerse. Cada año lo cruzan en torno a catorce mil barcos. Portacontenedores gigantescos, petroleros, gaseros, graneleros que llevan soja, trigo o minerales y algún crucero con turistas que fotografían esclusas como quien inmortaliza una catedral hidráulica. Por allí transita alrededor del seis por ciento del comercio marítimo mundial, que no es poco para una franja de agua que cabe en un mapa escolar.

El canal ingresa varios miles de millones de dólares al año y sostiene buena parte de la economía panameña. Es rentable, estratégico y absolutamente imprescindible para el tráfico entre Asia y la costa este de América. Cuando se atasca Suez, Panamá sonríe. Cuando suben los fletes, Panamá cobra. El canal es una máquina de hacer dinero con forma de geografía. Pero antes de ser una autopista acuática, el istmo era otra cosa: un lugar incómodo y una provincia que nadie veía

A finales del siglo XIX, Panamá era una provincia lejana de Colombia, un país que entonces miraba más hacia los Andes que hacia la selva húmeda del Caribe. El istmo estaba mal comunicado, poco poblado y mentalmente desligado de Bogotá. No era tanto una periferia como una distracción.

En todo el territorio vivían unas 250.000 personas, concentradas en su mayoría entre Panamá y Colón, a lo largo del ferrocarril transístmico. El interior era rural y disperso. Y el Darién, ese tapón verde que todavía hoy interrumpe la Carretera Panamericana, era directamente otra dimensión: ríos, selva, comunidades indígenas, nubes de mosquitos, serpientes venenosas, malaria y una ausencia casi total de Estado. El Darién no separaba países; separaba realidades.

Colombia no controlaba Panamá porque no podía llegar a él con facilidad. Gobernar desde Bogotá aquel istmo era como administrar una isla sin barcos. El sentimiento nacional colombiano allí era débil; el local, práctico; el internacional, inevitable. Panamá comerciaba con el mundo mientras Colombia discutía consigo misma. Y entonces reavivó una vieja idea: la de un canal que todos querían.

La idea de unir el Atlántico y el Pacífico no era nueva. Desde que en 1513 Núñez de Balboa fuera el primer europeo en avistar el Pacífico cruzando el istmo y demostrando que aquel trozo de selva era, desde el principio, un lugar pensado para ser atravesado, no para quedarse a vivir., los españoles la habían soñado, los franceses la intentaron y fracasaron con estrépito y miles de cadáveres, y los estadounidenses tomaron nota. La lección que aprendieron era clara: el problema no era solo técnico ni sanitario. Era político.

A comienzos del siglo XX, Estados Unidos estaba dejando de ser una potencia regional para convertirse en algo más ambicioso. Necesitaba un canal para mover su flota, su comercio y su influencia de costa a costa. Negoció con Colombia un tratado para construirlo. Colombia dudó, regateó y finalmente dijo que no. Fue un error pedagógico. Que Dinamarca tome nota.

Washington entendió entonces que negociar con Bogotá era complicado. Negociar con el istmo, en cambio, podía ser rápido, barato y eficaz. Si el canal no cabía en Colombia, tal vez Colombia sobraba. Que Dinamarca siga tomando nota.

En Panamá no existía un movimiento independentista sólido, épico ni multitudinario. No hacía falta. Bastaba con activar un sentimiento latente: la idea de que el istmo funcionaría mejor sin Bogotá. Estados Unidos incentivó discretamente a las élites locales, prometió prosperidad inmediata y dejó claro que la independencia sería reconocida sin demora.

La prensa local ayudó. Se habló de abandono, de centralismo, de futuro propio. Todo era cierto, pero nunca había sido urgente hasta que alguien lo volvió rentable. Y cuando Colombia amagó con enviar tropas, aparecieron buques estadounidenses frente a la costa. Como en Venezuela: no dispararon. No hizo falta. La diplomacia naval es muy persuasiva cuando se limita a estar.

En noviembre de 1903, Panamá proclamó su independencia. Colombia protestó. Estados Unidos reconoció al nuevo país de inmediato. El tratado que concedía a Washington el control del canal se firmó con una rapidez admirable. Panamá había nacido y, además de esclusas, ya tenía cláusulas.

Detrás de todo estaba Theodore Roosevelt, un presidente con afición por las frases musculares y las obras colosales. Años después resumiría el episodio con una sinceridad poco habitual en política exterior: “I took the Canal”. No dijo “lo construimos”, ni “lo negociamos”. Dijo “lo tomé”. Panamá venía incluido en el lote.

Durante décadas, Panamá fue soberana en el papel y tutelada en la práctica. Como las marionetas. El canal era estadounidense, el territorio que lo rodeaba también, y la política panameña orbitaba alrededor de esa realidad. El país no se organizó en torno a una identidad previa, sino alrededor de una infraestructura. Primero fue la zanja; luego, la nación.

Con el tiempo y con Torrijos, Panamá recuperó el control del canal y lo ha gestionado con notable eficiencia. Hoy es un país plenamente funcional, con problemas propios y una economía que gira, inevitablemente, alrededor de aquella decisión tomada en 1903. La independencia, vista con perspectiva, fue menos un acto romántico que una externalización estratégica.

Y ahora, con la tentación de repetir la jugada es donde la historia se vuelve incómodamente contemporánea. Si Estados Unidos fue capaz de facilitar el nacimiento de un país para asegurar una obra clave de su comercio y su defensa, ¿por qué no podría volver a hacerlo si las condiciones fueran favorables? No con cañoneras ni proclamas, sino con incentivos, inversiones y una calculadora. Por ejemplo, en Groenlandia.

Groenlandia es grande, fría, riquísima en minerales estratégicos y escandalosamente poco poblada. Unas 56.000 personas. Tiene autogobierno, un debate abierto sobre la independencia y una economía sostenida en buena parte por transferencias de Dinamarca. Está en el Ártico, ese tablero donde se cruzan nuevas rutas marítimas, bases militares y ambiciones geopolíticas.

A diferencia del Panamá de 1903, Groenlandia no necesitaría inventarse desde cero. El sentimiento nacional ya existe. La pregunta no es si podría independizarse, sino con qué padrinos. No haría falta un golpe de Estado ni una revolución. Bastaría con ofrecer prosperidad, salarios atractivos, infraestructuras, inversiones bien publicitadas y una narrativa convincente sobre el futuro. En un territorio pequeño, la política es más manejable y los números salen antes. La soberanía, como concepto, es muy flexible cuando cabe en un presupuesto.

La lección del istmo no significa que Estados Unidos esté hoy fabricando países en serie ni que Groenlandia vaya a convertirse mañana en un Panamá con hielo. Significa algo más simple e inquietante: que la historia ha demostrado que crear un país puede ser más barato que negociar con uno.

Panamá no fue un accidente. Fue un precedente. Un manual temprano de geopolítica aplicada, en el que una potencia entendió que, a veces, la forma más eficaz de controlar una infraestructura no es conquistarla, sino rodearla de soberanía recién estrenada. En 1903, Estados Unidos no expandió sus fronteras. Hizo algo más elegante: ajustó el mapa a sus necesidades. El canal exigía un país dócil, funcional y nuevo. Y el país apareció.

La historia no se repite exactamente. Pero conviene recordar que, cuando los intereses estratégicos son lo bastante grandes, la identidad nacional puede acelerarse, la autodeterminación puede incentivarse y los países —en circunstancias muy concretas— pueden surgir con la misma lógica con la que se abre una ruta marítima.

A veces, para que el mundo circule mejor, alguien decide dibujar una línea nueva en el mapa. Y luego la llama nación. Por mi parte, doy Groenlandia por entregada.

MANUAL PRÁCTICO PARA NO HACER YOGUR CON HORMIGAS

Internet tiene una habilidad extraordinaria para convencerte de que ideas claramente disparatadas son, en realidad, actos de curiosidad científica. Así fue como una noche acabé en la cocina, en pijama, con un tarro de leche en una mano y la vaga intención de fermentar algo con bacterias procedentes, en teoría, del intestino de una hormiga. No buscaba una revolución gastronómica; solo quería comprobar hasta dónde puede llegar una mala idea cuando se la deja sola con conexión wifi.

En algunos países europeos la tradición sostiene que colocar una pajita en un hormiguero, dejar que las hormigas treparan por ella y luego chuparla era un remedio contra el envejecimiento. ¿Cuál es el fundamento? Las hormigas son vistas como trabajadoras incansables y llenas de energía, capaces de cargar muchas veces su propio peso sin necesidad de descansar jamás. Estas pequeñas criaturas eran contempladas (y admiradas) como la personificación misma de la vitalidad, y era esa vitalidad la que se transfería al chupador de la pajitaa. Eso contaba la leyenda.

Se trata de una forma de "magia empática", donde "simpatía" en este caso significa "compartir" y "magia" implica un efecto sobrenatural. La resistencia, la energía juvenil, la fuerza y la aparente salud de las hormigas debían transmitirse mágicamente a través de la paja. Se creía que la pajita absorbía la "fuerza vital" de la hormiga y la transfería al aire interno de aquella, desde donde se dirigía al cuerpo de la persona que buscaba mayor salud, vigor y dinamismo.

Otros ejemplos de magia simpática de la historia incluyen comer el corazón de un león para lograr coraje, consumir testículos de animales para mejorar la virilidad y beber caldo de huesos para reforzar el esqueleto. La suposición era que la "esencia" del corazón, los testículos o el hueso consumidos se compartiría y repararía las partes del cuerpo correspondientes.

La ancestral "Doctrina de las Firmas" que se remonta a los antiguos griegos, pero fue popularizada en el siglo XVI por Paracelso es otro ejemplo de magia simpática. Sostenía que Dios o la naturaleza proporciona pistas sobre lo que los humanos deben consumir para curar enfermedades. Las nueces eran buenas para los trastornos cerebrales debido a su similitud en apariencia con el cerebro, la hepática trataría la enfermedad hepática ya que las hojas de la planta tienen la forma de hígado, y el cuerno de rinoceronte, por razones obvias, era la cura para la impotencia.

Creo que podemos descartar la magia simpática como una creencia mítica, impulsada en algunos casos por el efecto placebo. Pero ¿es posible que el contacto con las hormigas o sus secreciones tenga algún tipo de influencia fisiológica?

Las hormigas de la madera, las hormigas de campo y las hormigas carpinteras rocían ácido fórmico para ahuyentar a los depredadores. Lo que es todavía más interesante, ces que uando las colonias de hormigas guerrean entre sí, las hormigas soldado liberan ácido fórmico para enmascarar el olor de las feromonas que las hormigas enemigas dejan para marcar los senderos que guían a sus compañeras hacia la comida.

Dado que el ácido fórmico se aisló por primera vez de las hormigas aplastadas, su nombre deriva de "formica", el latín para hormiga. Si una hormiga se altera después de ser molestada con una pajita, puede soltar un poco de ácido fórmico. Esto ciertamente no tendría ningún efecto beneficioso para la salud, pero podría causar una leve irritación de la piel. Por otro lado, la picadura de una hormiga de fuego sería memorable, ya que tiene armas más potentes en forma de alcaloides que realmente pueden hacer daño cuando se inyectan en la piel. Tampoco aquí hay beneficios para la salud. Pero las hormigas de fuego solo se encuentran en climas tropicales del hemisferio sur.

Hay una forma en que el método de "paja en hormiguero" podría ser beneficioso para la salud. En lugar de meterse la pajita en la boca, ¡métala en un recipiente con leche! ¡Un momento, y tendrás yogur! Los orígenes del "yogur de hormiga" se remontan a Turquía y Bulgaria, donde se añadían hormigas rojas de la madera a la leche. La conversión de la leche en yogur requiere bacterias que producen ácidos láctico y acético que precipitan las proteínas de la leche y proporcionan enzimas para convertir algunas de las proteínas, grasas y azúcares de la leche en compuestos sabrosos.

La mala idea empezó, como casi todas las malas ideas modernas, a las once y media de la noche, cuando uno debería estar durmiendo, pero en su lugar está leyendo internet con una taza de té y una autoestima peligrosamente alta. En algún punto impreciso entre un artículo sobre fermentaciones “ancestrales” con hormigas y un hilo entusiasta con demasiados signos de exclamación, apareció la frase fatal: bacterias de hormigas capaces de fermentar leche.

Cerré el portátil con la determinación de quien ha aprendido algo inútil pero irreversible. Media hora después estaba en la cocina, en pijama, sosteniendo un tarro de leche como si fuera un artefacto explosivo de baja potencia. La cocina, a esas horas, tiene un aire confesional: la nevera zumba como si supiera más de ti de lo que debería y la encimera parece juzgar tus decisiones pasadas.

La idea era sencilla en teoría y profundamente sospechosa en la práctica. Según internet —esa fuente inagotable de certezas infundadas—, ciertas bacterias del género Fructobacillus, asociadas a hormigas amantes del azúcar, podían fermentar líquidos dulces. Alguien, en algún lugar, había decidido llamar a eso “yogur de hormigas”. Internet, fiel a su costumbre, no vio ningún problema en esa combinación de palabras.

Yo sí.

Empecé por abrir la nevera. El tarro de leche me miraba con inocencia bovina. No había pedido participar en ningún experimento etnobiológico ni ser el puente entre la microbiología y el arrepentimiento. Aun así, lo saqué. Lo dejé sobre la mesa. Me crucé de brazos. Pensé en las hormigas. Pensé en sus bacterias. Pensé, por primera vez con claridad, que quizá debería haberme dedicado a leer novelas.

El problema fundamental era logístico. No tenía bacterias de hormigas. Tenía, eso sí, un frutero con un plátano sospechosamente maduro y una maceta que parecía albergar más vida microscópica de la que un seguro del hogar consideraría razonable. Internet sugería que Fructobacillus vive en ambientes ricos en fructosa. Nada decía de que aceptara una invitación improvisada a un tarro de leche semidesnatada en una cocina europea.

Mientras calentaba ligeramente la leche —porque toda fermentación que se precie requiere un gesto técnico que no entendemos del todo— empecé a sospechar que el verdadero experimento no era microbiológico, sino psicológico. ¿En qué momento exacto dejamos de pensar “esto suena mal” y pasamos a pensar “qué interesante”?

Vertí la leche en un tarro limpio. O relativamente limpio. La palabra “relativamente” aquí hace mucho trabajo. Lo tapé. Lo miré. Esperé. No pasó nada. Lo cual, dadas las circunstancias, fue una noticia excelente.

Imaginé cómo sería explicarle esto a alguien al día siguiente.

—¿Qué haces con ese tarro?

—Nada. Intentaba no crear una nueva forma de vida por accidente.

Internet prometía resultados en días. Días. Nadie que haya fermentado algo involuntariamente en el fondo de una nevera confía en procesos que “mejoran con el tiempo”. El tiempo es exactamente lo que convierte la curiosidad en peligro.

Mientras el tarro reposaba en silencio, pensé en lo que realmente hacen estas bacterias en la naturaleza. Viven en hormigas, comen azúcar, producen ácidos, mantienen a raya a patógenos. No blanquean dientes, no purifican el alma y, desde luego, no tienen ninguna vocación láctea. Llamar “yogur” a lo que pudieran producir es como llamar “sinfonía” al ruido que hace una lavadora descompensada.

A la mañana siguiente, abrí el tarro con cautela. Olía… a nada. Quizá a decepción. No había cuajado, no había burbujas, no había signos visibles de revolución microbiana. Era, esencialmente, leche que había pasado la noche reflexionando sobre sí misma.

Fue un alivio.

Volví a guardar el tarro en la nevera y decidí que aquel experimento había sido un éxito precisamente porque no había tenido éxito alguno. No había creado yogur, ni probióticos, ni titulares. Había creado, eso sí, una valiosa enseñanza: internet confunde con facilidad interesante con buena idea.

Las bacterias de hormigas seguirán haciendo lo que llevan millones de años haciendo: vivir discretamente en insectos diminutos, fermentando azúcares donde nadie las ve. Y yo seguiré desayunando yogur hecho con bacterias que no provienen de un hormiguero ni de una madrugada de insomnio.

Apagué la luz de la cocina. La nevera volvió a zumbar. El tarro de leche quedó allí, intacto, como un monumento silencioso a esa frontera difusa entre la divulgación científica y el sentido común. Una frontera que, conviene recordarlo, no debería cruzarse nunca sin café… ni sin una buena dosis de paciencia.

¿EL ACEITE DE COCO BLANQUEA LOS DIENTES Y MEJORA LA HIGIENE BUCAL?

 

Hay pocas actividades humanas que inviten tanto a la reflexión como estar de pie en el baño, a primera hora de la mañana, con una cucharada de aceite de coco en la boca, sin poder hablar, sin poder tragar y preguntándote en qué momento exacto de tu vida llegaste a pensar que esto era una buena idea. Durante esos minutos, el ser humano descubre verdades profundas: que la lengua se cansa, que el tiempo es relativo y que cualquier promesa de salud eterna tiene un límite práctico bastante claro.

A esto se le llama oil pulling, una expresión inglesa que suena como a maniobra industrial pero que, en realidad, consiste en algo tan sencillo como hacer buches con aceite durante quince o veinte minutos. Sus defensores aseguran que blanquea los dientes, mejora la higiene bucal y, ya puestos, arregla medio cuerpo humano. Sus detractores sospechan que es otra moda del bienestar destinada a enriquecer a alguien con un blog muy convincente.

El método ha ganado una popularidad notable en los últimos años, especialmente el oil pulling con aceite de coco, quizá porque el coco tiene la rara virtud de parecer saludable incluso cuando se presenta en forma de tarta. La explicación habitual es que el aceite de coco contiene ácido láurico —aproximadamente un 47% de su composición—, una sustancia con propiedades antibacterianas. Dicho así suena muy serio, casi farmacéutico, lo cual tranquiliza bastante cuando uno está escupiendo aceite blanquecino en el lavabo.

La sonrisa, nos recuerdan constantemente, es una de las primeras cosas que los demás notan de nosotros. También es, al parecer, una puerta de entrada a todo tipo de catástrofes sistémicas si no se cuida adecuadamente. Basta con leer los carteles en la sala de espera del dentista para convencerse de que una encía inflamada puede acabar afectando al corazón, al hígado y, probablemente, al cambio climático. De modo que no es extraño que cualquier técnica que prometa una boca más sana despierte interés inmediato.

Hemos recorrido un largo camino desde el año 3000 de nuestra Era, cuando el cepillo de dientes era básicamente una ramita con aspiraciones higiénicas. Hoy convivimos con pastas dentífricas que prometen blancuras imposibles, enjuagues bucales que saben a incendio forestal y cepillos eléctricos que parecen diseñados por ingenieros aeroespaciales. En ese contexto, el oil pulling apareció en 2023 como una de las tendencias dentales más comentadas: natural, ancestral y sospechosamente sencilla.

La práctica no es nueva. Se remonta a la medicina ayurvédica india, con más de tres mil años de historia, y su objetivo original era contribuir a una vida larga y equilibrada. Tal como suele ocurrir con estas cosas, el método volvió a ponerse de moda en los años noventa gracias a un médico llamado Tummala Koteswara Rao, quien afirmó haber curado su asma crónica mediante el enjuague bucal con aceite. Animó a su esposa a probarlo y, según él, también desaparecieron unas venas varicosas que la acompañaban desde hacía veinticinco años. A partir de ahí, el entusiasmo se propagó con la velocidad habitual de los testimonios milagrosos. Si no lo creen, pregunten en Lourdes.

Rao llegó a esta práctica tras leer un artículo que aseguraba que los chamanes siberianos utilizaban el oil pulling para protegerse de todo tipo de dolencias. Esto, aunque fascinante, no deja de pertenecer a esa categoría de argumentos que empiezan con “según los chamanes…” y terminan con una ceja levantada. Las anécdotas son reconfortantes, pero no constituyen pruebas. Aun así, el método encontró un hogar cómodo en la industria del bienestar.

Los defensores del oil pulling no se quedaron cortos en sus promesas. Según ciertas organizaciones entusiastas, este enjuague es un remedio seguro, barato, divino y casi omnipotente. Dicen que cura alergias, resfriados, caries, infecciones varias, dolores de cabeza, migrañas, problemas de espalda, labios agrietados e irritabilidad, lo cual es notable, porque la irritabilidad suele aumentar precisamente cuando uno lleva diez minutos con aceite en la boca.

El problema es que todas estas dolencias tienen algo en común: muchas mejoran solas con el paso del tiempo. Atribuir su desaparición al aceite resulta, como mínimo, aventurado. Además, algunas afirmaciones, como la supuesta eliminación de toxinas de la sangre, tropiezan con un obstáculo anatómico bastante serio: la mucosa oral no funciona como una autopista directa al torrente sanguíneo.

El procedimiento es sencillo. Se recomienda tomar una cucharada de aceite de coco o de sésamo y hacer buches durante quince o veinte minutos, hasta que el aceite se vuelva blanco y lechoso. Luego se escupe, se enjuaga la boca y —detalle crucial— se cepillan los dientes con pasta dental. El oil pulling no sustituye el cepillado, aunque hay quien parece haber pasado por alto este matiz y ha decidido confiar su higiene dental exclusivamente a una botella de aceite.

Parte del atractivo del método reside en el miedo al flúor, una sustancia injustamente tratada como villano químico pese a ser uno de los avances mejor documentados en salud dental. Que algo sea natural no lo hace automáticamente mejor. De hecho, la naturaleza ha producido algunas de las peores ideas de la historia.

En cuanto a cómo podría funcionar el oil pulling, las hipótesis son variadas. Una sugiere que la viscosidad del aceite dificulta que las bacterias se adhieran a los dientes, formando una especie de película protectora. Otra apunta a las propiedades antioxidantes del aceite. Y la tercera, quizá la más pintoresca, propone que en la boca ocurre un proceso de saponificación: básicamente, fabricar jabón con saliva y aceite. No aparecerá una pastilla de jabón entre los molares, pero la mezcla resultante podría ayudar a desprender la placa bacteriana.

Ninguna de estas teorías ha sido confirmada de manera definitiva, pero algunos estudios sugieren que el oil pulling puede mejorar la higiene bucal. Investigaciones han mostrado reducciones en bacterias orales, gingivitis, halitosis e incluso caries, con resultados comparables a ciertos enjuagues tradicionales, aunque con la desventaja evidente de requerir veinte minutos de silencio aceitosa.

El aceite de coco, además, tiene propiedades antifúngicas que podrían ayudar contra la candidiasis oral, un problema frecuente en personas mayores o en quienes toman ciertos medicamentos. No es una solución milagrosa, pero tampoco parece completamente inútil.

Así que decidí probarlo. Tomé una cucharada de aceite de coco, la introduje en la boca y comencé a hacer buches. A los dos minutos, mi lengua empezó a protestar. A los cinco, abandoné. No sé cómo alguien logra mantener esto durante quince minutos sin replantearse todas sus decisiones vitales. Tal vez la verdadera virtud del oil pulling sea enseñarnos paciencia.

¿Funciona? Quizá un poco. ¿Blanquea los dientes? De manera modesta, si acaso. ¿Es un milagro? No. Pero si se combina con cepillado, hilo dental y sentido común, puede ser una curiosidad interesante. Eso sí, conviene tener claro que la boca no es una refinería y que no todo lo que suena ancestral es automáticamente sabio.

Si te animas a probarlo, adelante. Solo asegúrate de no hablar, no tragar y no esperar que te cure el asma, las varices y el mal humor antes del desayuno.

martes, 6 de enero de 2026

EL TÉ: UNA INFUSIÓN CON HISTORIA, QUÍMICA Y UN POCO DE FANTASÍA

 

Después del agua, el té es la bebida más consumida del mundo. Eso quiere decir que, mientras lees esto, alguien en alguna parte —probablemente varios millones de personas— está levantando una taza humeante con la esperanza de despejar la cabeza, pasar el rato o simplemente no quedarse dormido. El té sirve para todo eso y para casi nada más. Lo cual, en tiempos de promesas milagrosas, es ya una virtud.

La leyenda dice que el té fue un accidente. El emperador chino Shen Nung hervía siempre el agua por razones higiénicas —un adelantado— y un día unas hojas cayeron en el recipiente. Bebió. Le gustó. Notó que le espabilaba. De ahí a convertirlo en bebida nacional había un paso corto, sobre todo si uno es emperador. La historia es bonita y probablemente falsa, pero cumple su función: recordar que el té nació sin marketing.

Cuando llegó a Europa, en el siglo XVII, no despertó el mismo entusiasmo. Era caro, extranjero y sospechoso. El clero lo miraba con desconfianza, como suele ocurrir con casi todo lo placentero. Un reverendo inglés, Stephen Hales, intentó demostrar su peligrosidad sumergiendo la cola de un cochinillo en una taza de té caliente: al sacarla, estaba sin pelo. El experimento probaba, en rigor, que el agua caliente quema, pero no detuvo la expansión del té. La gente siguió bebiéndolo, que es una forma muy educada de desoír a los alarmistas.

Todo el té procede de una única planta, Camellia sinensis. No hay misterio botánico: lo que cambia no es la especie, sino el trato que reciben las hojas. El té negro se oxida por completo; el verde apenas se deja hacerlo; el oolong se queda a medio camino. Esa diferencia técnica —que durante años se llamó “fermentación”, aunque no lo sea— es la responsable del sabor, del color y, como luego veremos, de buena parte del interés científico.

Porque el té, además de agua caliente con hojas, es química. Contiene cientos de compuestos, pero los protagonistas son los polifenoles, y dentro de ellos las catequinas. Son responsables del amargor leve, de la astringencia y del entusiasmo de los investigadores. La estrella del grupo se llama epigalocatequina-3-galato, o EGCG, nombre que invita a pedir otra cosa, pero que aparece con frecuencia en artículos científicos.

El entusiasmo moderno por el té no surgió en una casa de té japonesa, sino en Holanda. En 1993, un estudio epidemiológico observó que las personas que consumían más flavonoides tenían menos enfermedades coronarias. El té era una de las principales fuentes de esos compuestos y beber varias tazas al día parecía asociarse con cierta protección cardiovascular. Los resultados se publicaron en The Lancet, que no es precisamente una revista de autoayuda, y despertó un interés inmediato.

A partir de ahí, todo encajaba demasiado bien. En países donde se bebe mucho té, como China o Japón, las enfermedades cardiovasculares eran menos frecuentes que en Occidente. Además, existía una explicación plausible: el colesterol hace daño sobre todo cuando se oxida, y las catequinas son antioxidantes. Neutralizan radicales libres, esas moléculas reactivas a las que se culpa de casi todo desde hace décadas. La historia era elegante, y eso siempre es peligroso.

Los radicales libres también se han relacionado con el cáncer, así que la lógica llevó a preguntarse si el té podía proteger frente a ciertos tumores. En Japón, donde se fuma bastante y se bebe mucho té verde, las tasas de cáncer de pulmón eran relativamente bajas. En China, algunos estudios observaron menos cáncer de esófago entre grandes bebedores de té verde. En Estados Unidos, apareció alguna asociación con menor riesgo de cáncer de páncreas. Las piezas parecían encajar, pero la epidemiología es un arte delicado: cuando uno mira países enteros, siempre hay demasiadas variables bailando a la vez.

Los experimentos con animales reforzaron la impresión de que algo había ahí. Ratas alimentadas con dietas ricas en colesterol mejoraban sus niveles sanguíneos si recibían extractos de té verde. Ratones expuestos a carcinógenos desarrollaban menos tumores si bebían té. Incluso el cáncer de piel disminuía en animales irradiados con luz ultravioleta cuando el té entraba en escena. Todo muy prometedor, todo muy ratonil.

En el laboratorio, el té se comporta de forma ejemplar. Neutraliza radicales libres en tubos de ensayo con una eficacia comparable —y a veces superior— a la de frutas y verduras. Solo el ajo suele competir con él, lo que plantea un problema práctico evidente. La EGCG, además, inhibe el crecimiento de células cancerosas humanas cultivadas y modula enzimas implicadas en la invasión tumoral. El té, en placas de Petri, es un héroe discreto.

El problema es que los humanos no somos placas de Petri ni ratones con agua verde en el bebedero. Durante años, esa fue la objeción principal: ningún estudio observacional ni ningún experimento animal podía demostrar que el té previniera el cáncer o las enfermedades cardíacas en personas reales. Para eso hacen falta ensayos de intervención, largos, caros y poco glamurosos.

Hubo algunos. Uno de los más citados se realizó en China con personas que presentaban lesiones precancerosas en la boca. Normalmente, una parte significativa de estos pacientes acaba desarrollando cáncer. A la mitad se les administró una mezcla de extractos de té verde y negro; a la otra mitad, un placebo. Tras seis meses, las lesiones habían disminuido de forma notable en el grupo del té. No era la prueba definitiva de nada, pero sí una señal clara de que el té podía producir efectos medibles en humanos, más allá de la metáfora antioxidante.

Con todo, la conclusión sensata sigue siendo modesta. El té es una bebida segura, culturalmente importante y químicamente interesante. Sus catequinas tienen efectos biológicos bien documentados en condiciones experimentales. En humanos, los datos sugieren beneficios posibles, sobre todo cardiovasculares, pero lejos de cualquier milagro embotellado. Beber té no compensa fumar, comer mal o vivir estresado, pero tampoco estorba.

Quizá ese sea su mayor mérito. El té no promete la inmortalidad ni la pureza interior. Solo ofrece una pausa caliente, un ligero amargor y la sensación —no del todo falsa— de estar haciendo algo razonable por el cuerpo mientras se pierde el tiempo. En un mundo saturado de soluciones definitivas, una taza de té es una propuesta sorprendentemente honesta.

Hubo una época —no tan lejana— en la que los antioxidantes parecían una fuerza moral. Estaban en todas partes: en los anuncios, en los envases, en las conversaciones de sobremesa. Uno podía imaginarse a los radicales libres como una banda de maleantes microscópicos y a los antioxidantes como policías bioquímicos entrando a restablecer el orden. La metáfora era perfecta, y como todas las metáforas perfectas, excesiva.

La ciencia, que suele llegar tarde a las fiestas, fue poniendo algo de orden. Descubrió que los radicales libres no son solo villanos, sino también mensajeros necesarios, y que eliminar demasiados puede ser tan mala idea como no eliminar ninguno. Descubrió, además, que muchos antioxidantes funcionan de maravilla en tubos de ensayo y de forma bastante discreta dentro de un cuerpo humano, que es un sistema menos agradecido y mucho más complejo.

Mientras tanto, la industria nutricional ya había hecho su trabajo. Aparecieron los superalimentos, los extractos concentrados, las cápsulas milagrosas. El té también pasó por ahí, embotellado, pulverizado, destilado, convertido en promesa. Todo menos bebido con calma. No es culpa del té: es el destino habitual de cualquier cosa razonable cuando se la deja a solas con el marketing.

Hoy sabemos que la salud no se deja convencer fácilmente por palabras de moda. No depende de una molécula aislada ni de una bebida concreta, sino de un conjunto aburrido de hábitos: comer sin heroicidades, moverse un poco, dormir algo, no fumar demasiado. El té puede formar parte de ese paisaje sin problemas, pero no liderarlo.

Quizá convenga devolverlo a su lugar original. No como escudo contra el cáncer ni como antídoto universal, sino como lo que siempre fue: agua caliente con hojas, una excusa para detenerse y una tradición que ha sobrevivido siglos sin necesitar etiquetas nutricionales. A veces, eso también cuenta como salud.