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martes, 16 de agosto de 2016

Erdogan y Comonfort: autogolpes a la carta

Hay razones suficientes para sospechar que el presidente de Turquía Recep Tayyip Erdogan pudo haber organizado un autogolpe de Estado. Aunque hay argumentos igualmente válidos para sustentar que hubo un complot militar que falló por falta de preparación, varios analistas han transitado por ese camino, aludiendo la oportunidad que el presidente turco tiene ahora de purgar a diestro y siniestro e incrementar su poder en el país. Al fin y al cabo, a Erdogan le faltó tiempo para declarar que el intento de golpe había sido «un regalo de Dios» que le daba «la razón para limpiar el ejército».  La limpieza ha salido de los cuarteles y el arremangado presidente turco ha aprovechado para hacer una estalinista purga de los burócratas y militares opositores, y para cerrar de paso universidades y medios de comunicación críticos con el su Gobierno.

Habida cuenta de lo sucedido, no ha faltado quien haya comparado las tácticas de Erdogan con las de Hitler, que en 1933 utilizó el incendio intencionado del parlamento alemán, el  Reichstag, como pretexto para suspender las libertades civiles, arrestar a la oposición y eliminar rivales. Sobre la autoría del incendio se sigue debatiendo 83 años después, de manera que para cuando se aclare lo de Turquía todos calvos. 

Aficionado como soy a la historia de México, un país que amo profundamente, aprovecho la ocasión para traer a colación el golpe que suscribió Ignacio Comonfort, el hombre que probablemente ostente el récord de brevedad en el empleo como Presidente Constitucional de cualquier nación, pues hete aquí que Comonfort ostentó la banda presidencial tricolor algo más de dos semanas.

Permítanme que haga una breve cronología que nos permita ponernos en situación. En 1810, un cura reaccionario y trabucaire, Miguel Hidalgo y Costilla, proclama en Dolores, Guanajuato, el levantamiento contra el dominio español. En 1821, Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero elaboran el Plan de Iguala, que declara a México como nación independiente. Ese mismo año, el último virrey español, Juan O’Donojú, suscribe el acta de independencia. En 1822, Agustín de Iturbide es coronado primer emperador de México. No duró un año en el trono. Al año siguiente, el general Santa Anna (que ostenta sin duda alguna el récord mundial de presidencias: once veces fue presidente de México, unas veces a cañonazos y otra con la fuerza de los votos) lo derroca en nombre del republicanismo.

Agustín de Iturbide, I Emperador de México
Termino mi cronología con un brevísimo corolario que extraigo como balance de la compleja evaluación que hiciera Rabasa en su libro La constitución y la dictadura, que los interesados pueden descargar completo en este enlace«En los 35 años que transcurren a partir  de 1822, la nación mexicana tuvo siete congresos constituyentes que produjeron como obra un Acta Constitutiva, tres constituciones y un Acta de Reformas y, como consecuencia, dos golpes de Estado, varios cuartelazos en nombre de la soberanía popular, muchos planes revolucionarios, multitud de asonadas e infinidad de protestas, peticiones, manifiestos, declaraciones y de cuanto el ingenio descontentadizo ha podido inventar para mover al desorden y encender los ánimos [...]».

En 1854, dos generales, Juan Nepomuceno Álvarez e Ignacio Comonfort, iniciaron una revolución contra el dictador Santa Anna que huyó del país al año siguiente. El general Álvarez asumió la Presidencia y nombró a Comonfort ministro de Guerra. Como Álvarez renunció a su recién estrenado cargo, el general Comonfort quedó como presidente interino. En ese contexto, los 35 años apuntados por Rabasa nos llevan hasta los constituyentes de 1856, cuyo trabajo político concluyó con la Constitución federal de 1857 que se enfrentó a la oposición conservadora y, a la vez, con la crisis política, social, económica y cultural que arrastraba el país.

General Juan Nepomuceno Álvarez
Únase a ello lo que significó la pérdida de los territorios mexicanos del norte y la incapacidad de la Iglesia para asumir que el movimiento liberal, como todos los de su tiempo, se correspondía con una necesidad histórica real: equilibrar las fuerzas sociales y crear nuevas e inevitables formas de convivencia colectivas en el cuadro de la laicidad, lo que suponía, además de abolir la esclavitud y la pena de muerte,  promulgar las garantías individuales a los ciudadanos mexicanos, la libertad de expresión, la libertad de reunión, la libertad de cultos, la independencia Iglesia-Estado y limitar el poder económico y los privilegios de que gozaba la Iglesia Católica. En consecuencia, la entrada en vigor de la Constitución de 1857, que debió pacificar y unificar al país, generó una crisis de dimensiones históricas.

En diciembre de 1856, el papa Pío IX, al que el nuncio le hizo llegar copia del borrador constitucional, se pronunció en contra de la nueva redacción porque al pontífice le parecían excesivas tantas libertades, así que censuró, entre otras muchas cosas que: «[…] Se admitiese el libre ejercicio de todos los cultos, y se concediera a todos la plena facultad de manifestar pública y abiertamente todo género de opiniones y pensamientos».

La Constitución se promulgó el 5 de febrero de 1857. En marzo, el arzobispo Lázaro de la Garza y Ballesteros declaró que los católicos no podían jurar la Constitución y amenazó con excomunión a todos aquellos individuos que la juraran, pero hacerlo era obligatorio para los militares y los miembros del Gobierno. Por eso, el Congreso presidido por Valentín Gómez Farías y el titular en funciones del Ejecutivo Comonfort juraron la Constitución el 5 de febrero de 1857, que fue promulgada el 11 de marzo.

Los problemas no se hicieron esperar. Se convocaron elecciones y el general Comonfort resultó electo Presidente Constitucional de la República el 1 de diciembre. En ese momento el presidente de la Suprema Corte de Justicia era Benito Juárez; su cargo suponía la sustitución del Presidente en caso de renuncia, muerte o incapacidad de este.

General Félix María Zuloaga
El presidente Comonfort se encontró, por un lado, con la necesidad de formar un nuevo gabinete y de establecer, con el nuevo marco jurídico‐político, una etapa próspera y pacífica. Ni de lejos fue así. Con su ánimo conciliador, quiso organizar un gabinete mixto de liberales y conservadores que se convirtió en una caja de Pandora. El 17 de diciembre el general Félix María Zuloaga, con el conocimiento y el apoyo tácito del su amigo Comonfort, que se había dado ya cuenta de la inanidad de su política, proclamó el Plan de Tacubaya, por el cual desconocía la Constitución. El arzobispo de México se apresuró a ordenar que se levantase la excomunión a los que se adhirieran públicamente al Plan de Tacubaya. Benito Juárez fue conducido preso al Salón de Embajadores del Palacio Presidencial. En suma, nada más nacer la Constitución de 1857 vivió un doble levantamiento: el de Zuloaga y el de Comonfort. La guerra civil se estableció, de nuevo, como el horizonte dramático de la nación.

El 19 de diciembre, el presidente Comonfort se adhirió formalmente al Plan de Tacubaya dejando una frase para la historia: «Acabo de cambiar mis títulos legales de presidente, por los de un miserable revolucionario».  Además, ese mismo día hizo público un manifiesto exculpatorio que puede leerse en este enlace. Al adherirse al Plan y desconocer así la Constitución que había jurado meses atrás, el primer Presidente Constitucional de México protagonizó un autogolpe de Estado. A diferencia del de Erdogan, no le salió nada bien. 

Presidente Benito Juárez
Zuloaga no tardó en traicionar su amigo Comonfort. El 2 de enero de 1858 se sublevó en Ciudad de México, convirtió en campo de batalla la capital y no cedió hasta que Comonfort salió el 11 de enero camino del exilio a Nueva York. La coalición de gobernadores liberales de Aguascalientes, Colima, Guanajuato, Jalisco, Michoacán, Querétaro y Zacatecas decretó que, al caer Comonfort, el legítimo presidente era Benito Juárez, que tomó posesión en Guanajuato. De este modo las vacilaciones de Comonfort, conducirían en la práctica a la cruenta Guerra de Reforma (1858-1860), ganada finalmente por los liberales de Juárez.