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miércoles, 10 de agosto de 2016

Jim Morrison y el Cerro del Borrego

Hace 46 años, el 3 de julio de 1971, con 27 años, murió en París Jim Morrison, el líder de The Doors, «el símbolo sexual más poderoso desde James Dean y Elvis Presley» según The New York Times, el hombre que se cansó de ser cantante de rock y prefirió ser poeta. Mientras vagabundeo por París navegador en mano a la búsqueda del Père Lachaise, el camposanto de París intramuros donde reposan sus restos en muy buena compañía, paso por la pequeña rue du Borrègo, la calle del Borrego. 

El callejero de París me pone al día. El nombre celebra la batalla de Cerro Borrego, que los franceses tienen por épica mientras que en la historiografía oficial mexicana, como tantas otras siempre presta a la hagiografía y propensa al ditirambo patriótico, apenas merece una parrafada en la que se viene a decir «bueno, se perdió el cerro; pero si no ganamos, tampoco valía gran cosa».  Así, más o menos, justificó Santa Anna la pérdida de Texas. Más crítico se muestra el corresponsal de Víctor Hugo, Justo Sierra, en su libro Juárez, su obra y su tiempo cuando dice que la de Cerro Borrego fue una más de las batallas, junto a las de San Lorenzo, Padierna y San Jacinto) en las que el descuido de imaginarias, “quienvives” y “santoseñas”, fue la causa de otras tantas derrotas del irregularmente regular ejército mexicano.

Maximiliano de Austria
Europa se abalanzó sobre México en 1861. Dos monarquías atacaron su democracia: una con un archiduque, Maximiliano; la otra con un ejército, el francés, el más aguerrido de los ejércitos de Europa, que tenía por punto de apoyo una flota tan poderosa en el mar como en la tierra; que tenía para respaldarlo todas las finanzas de Europa, y que recibía tropas de refresco sin cesar; bien dirigido por mariscales de Francia y por oficiales cien veces victoriosos en África, en Crimea, en Italia, en la Conchinchina; valientemente fanático de su bandera y que poseía en profusión mercenarios, caballos, artillería, provisiones y municiones formidables. La invasión con el casco en la cabeza y la espada imperial en la mano, saludada desde dentro por los conservadores, apoyada por generales felones y bendecida por obispos, avanzó durante cinco años por todas las regiones de la antigua Nueva España.

Por una parte dos imperios, por la otra un puñado de hombres que, comandados por generales jóvenes y agotados que habían peleado desde que el cura Hidalgo y Costilla lanzara el grito de Dolores, cabalgaban de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, de rancho en rancho, de bosque en bosque, perseguidos y errantes entre la polvorientas brechas del Altiplano, escondidos entre los riscos basálticos y los pórfidos de las serranías. Ni dinero, ni tortillas, ni pólvora, ni cañones. Los matorrales por ciudadelas y las brechas por trincheras. Pero así y todo, el intento monárquico terminó en un aborto. Un día, después de cinco años de cenizas, polvo y ceguera, la nube se disipó y pudieron verse los dos imperios caídos por tierra. No más monarquía, no más ejércitos de opereta, únicamente la enormidad de la usurpación en ruinas y sobre sus escombros, una República en pie. A su lado, la libertad. La usurpación comenzó en Veracruz, continuó por Puebla, culminó en el efímero boato de Ciudad de México y Cuernavaca, y terminó triplemente fusilada una madrugada en el Cerro de las Campanas

Napoleón III
En 1861 los franceses, sujetos por voluntad propia a la dictadura del Segundo Imperio de Napoleón III Bonaparte, habían desembarcado en el puerto de Veracruz con el insensato propósito de constituir otro Segundo Imperio, pero esta vez mexicano y en forma de monarquía títere que debía encabezar el archiduque Maximiliano de Austria, un incauto bienintencionado. Para entronizar al monarca era preciso llegar a la Ciudad de México, de modo que el ejército invasor, 6.000 hombres de armas al mando de Charles Ferdinand Latrille, conde de Lorencez, un general de división que se había distinguido en la toma de Malakoff, tenía que pasar, le gustara o no, por la maltrecha calzada que pasaba por dos ciudades importantes: Orizaba y Puebla de los Ángeles. 

Desde Veracruz a Orizaba, Lorencez se enfrentó a un nuevo enemigo: el clima terrible, el sol de justicia, los lagos infranqueables, los torrentes atestados de caimanes, los pantanos infestados por las fiebres, la vegetación lujuriosa, el vómito negro de las tierras calientes, las soledades salitrosas y las vastas superficies arenosas sin agua, sin yerba, en las que morían los caballos de hambre y sed, y los hombres caían víctimas de la malaria, de las fiebres tifoideas y de las picaduras de serpientes que acechaban los caminos ocultas entre cardones, mezquites, palofierros y nopales. 

Los conservadores de Orizaba, que se habían levantado en contra del legítimo Gobierno de Benito Juárez, entregaron la ciudad a las tropas francesas. Puebla era otra cosa. Era la ciudad mejor fortificada de México y sus 80.000 habitantes contaban con la guarnición del Ejército de Oriente al mando de Ignacio Zaragoza, un general liberal de 33 años, que se había ganado fama y  galones peleando con las tropas constitucionalistas de Juárez durante la Guerra de Reforma. 

Zaragoza, que el 28 de abril había intentado frenar sin éxito a las tropas francesas en la Batalla de las Cumbres cerca de Acultzingo, decidió hacerse fuerte con el telón de fondo de los dos níveos centinelas del altiplano mexicano, los dos gigantescos volcanes de más de cinco mil metros de altura que dejan un cinturón de nubes a media ladera: Iztaccíuatl, la mujer blanca, que yace dormida junto al humeante Popocatépetl, su compañero guerrero. La leyenda de los cráteres guardianes del Altiplano es un bello mito tlaxcalteca que en la primavera de 1862 venía a la mente de los poblanos cuando en la lejanía se oían retumbar los tambores de la Legión Extranjera. Con los fuertes de Guadalupe, San Javier, Loreto y la Penitenciaría a su alrededor, entre las cúpulas y los campanarios de Puebla de los Ángeles, la Talavera de las Américas, el Ejército de Oriente se dispuso a cerrar las puertas de la Ciudad de México.  

En los primeros días de mayo Lorencez se presentó al frente de su ejército ante la ciudad con la intención de tomarla a la fuerza. Aquello le parecía pan comido. Hasta ese momento, su avance por el interior de México al frente de unas tropas profesionales invictas desde Waterloo hacía ya 50 años, había sido una sucesión de pequeñas refriegas en las que había derrotado apenas con bajas a los descamisados mexicanos. El arrogante Lorencez, despreciando a su enemigo, escribió a Napoleón III: «Sire, somos tan superiores a los mexicanos, en organización, en disciplina, raza, moral y refinamiento, que desde este momento, al mando de vuestros 6.000 valientes soldados, soy el amo de México».

Al amanecer del 5 de mayo, Zaragoza arenga a sus soldados: «Nuestros enemigos son los primeros soldados del mundo, pero vosotros sois los primeros hijos de México y os quieren arrebatar vuestra patria». A las once de la mañana los franceses iniciaron el ataque de Guadalupe con dos compañías de zuavos y diez piezas de artillería de montaña. Ganando las alturas del vetusto fortín español esperaban arrasar a la caballería mexicana desplegada en la llanura poblana. Tras varias horas de lucha, la batalla no se decide y comienza un cuerpo a cuerpo en el que los indígenas zacapoaxtlas, machete y cuchillo en mano, huaraches en los pies, se enfrentan a argelinos, alemanes, belgas y zuavos, pelean a pecho descubierto contra las bayonetas vencedoras en cien combates desde la Conchinchina a Solferino, desde Balaclava al Mekong. Tres asaltos resisten y finalmente, al anochecer, Huitzilopochtli deja la batalla en manos de su hermano Tláloc. El dios de la lluvia lloró desconsoladamente aquella noche sobre Puebla. 


Desfiles de zuavos franceses
Un tremendo y furioso aguacero tropical cae sobre la ciudad y la transforma en un lodazal en el que el invicto ejército francés, la crema de Europa, rueda por las resbaladizas laderas del glacis de Guadalupe y es derrotado estrepitosamente. Un millar de mercenarios franceses besaron el fango del altiplano de Puebla antes de que la corneta de órdenes del estupefacto Lorencez toque a retirada. Esa misma noche, Zaragoza telegrafía a la Secretaría de Guerra y Marina: «Las armas nacionales se han cubierto de gloria. Las tropas francesas se portaron con valor y su jefe con torpeza». 

Lentamente, Lorencez retrocedió hacia Orizaba seguido de cerca por fuerzas mexicanas en cuya vanguardia avanzaba la división Zacatecas del general Jesús González Ortega. El 10 de junio, el general Zaragoza envió un mensaje a la Secretaría de Guerra y Marina: «Mañana comenzaremos a movernos sobre Orizaba y probablemente del 13 al 15 estará batiéndose aquella plaza, si el enemigo se resiste en ella». Esa  era, precisamente la intención de Lorencez, que para el 13 de junio ya había organizado la defensa de la ciudad. 

General Jesús González Ortega
Las fuerzas mexicanas, debidamente reforzadas, sumaban ahora 14.000 efectivos que hubieran podido aniquilar a los 5.000 franceses supervivientes del asalto a Puebla. Todo hacía pensar que la fuerza expedicionaria francesa iba a encontrar su némesis en Orizaba. Pero no fue así, porque los movimientos planeados por Zaragoza y su Estado Mayor, que hubieran sido el corolario obligado del gran triunfo que habían alcanzado días atrás, tuvo un destino adverso y doloroso.

La víspera del 13 de junio, las tropas de la República se desplegaron en tres divisiones dirigidas por los generales González Ortega, Negrete y el vasco Berriozábal, que ocuparon los cerros desde cuyos altozanos se domina la capital de Veracruz. Los hombres de la división Zacatecas se apostaron en Cerro Borrego, justo sobre el campamento francés. Allí, el coronel L’Herriller, del 99º regimiento, ordenó al capitán Leclerc, de la 3ª compañía, que diera una batida por el cerro para espiar los preparativos de los federales. 

General de Ingenieros Felipe Benicio Berriozábal 
La patrulla Leclerc inició el ascenso a las 23.30 del día 13 y en una hora y media alcanzó la cima. De repente, se topó con la vanguardia del ejército mexicano cuyos miembros dormían a pierna suelta. La noche era tan oscura que los franceses creyeron encontrar un piquete mexicano aislado del resto del ejército republicano, así que decidieron atacar sin más trámites. El error se repitió entre los mexicanos, pero a la inversa, porque los adormecidos hombres de González Ortega no creían haber sido atacados por una pequeña patrulla, sino por el grueso del ejército francés. La sorpresa y el desconcierto provocaron estragos entre las filas mexicanas. Los soldados, acribillados por delante por el fuego francés y en retaguardia por el fuego amigo de sus aterrorizados compañeros, huyeron en desbandada.

Los partes del ejército francés informaron que el enemigo tuvo 250 muertos, muchos de los cuales se despeñaron al huir o cayeron con balas en espalda, piernas y glúteos, lo que quiere decir que los propios mexicanos dispararon a sus compañeros en la oscuridad de la noche; entre los heridos encontraron un general, tres coroneles y dos tenientes coroneles. Además, los gabachos hicieron 200 prisioneros. Del lado francés hubo seis  muertos y 28 heridos. 

Elias Fredric Forey, mariscal de Francia
A las seis de la mañana los franceses habían conquistado la cima y con los obuses y cañones arrebatados al enemigo repelieron los ataques que quisieron retomar el cerro durante el día siguiente. Ante el desastre, Zaragoza decidió retirarse y regresar a Puebla, perdiendo así una oportunidad de oro para derrotar definitivamente a los franceses. Meses después, Napoleón III concedió la cruz de la Legión Extranjera a Leclerc y a varios soldados considerados como héroes. Un año después, Haussmann, el prefecto del Sena, terminó la remodelación de las manzanas que rodean el viejo cementerio. Napoleón III ordenó que la antigua rue de Fontaine se llamara rue du Borrègo. Y allí sigue.

Aprendida la lección, el ejército invasor se reforzó con 30.000 hombres al mando del general Frederic Forey el “Matamonjas”. En marzo de 1863, después de haber tomado plazas menores en su imparable marcha sobre Ciudad de México, Forey sitió Puebla durante 62 días. González Ortega, cuyos hombres habían protagonizado el desastre de Cerro Borrego, entregó la plaza. 

Ignacio Zaragoza, el Héroe de Puebla, no estaba allí para verlo.