martes, 23 de agosto de 2016

Una ojeada al mundo: Egon Erwin Kisch y el origen del periodismo gonzo

«Cuando arribó a Veracruz el primer barco cargado de refugiados españoles y llegaron a bordo los periódicos mexicanos, los pasajeros se quedaron estupefactos al leer en grandes titulares: ‘Huelga de tortilleras’. ¿Qué extraño país es ese, se dijeron los recién llegados, donde tales mujeres se declaran en huelga? ¿Y cuáles serían sus reivindicaciones: reducción de la jornada de trabajo, aumento de salarios, contrato colectivo?».
Egon Erwin Kisch, Descubrimientos en México, 1988: 22.

Hunter S. Thompson
El periodismo gonzo es un estilo de reportaje, subgénero del nuevo periodismo, que plantea la noticia  como un ejercicio literario capaz de influir en ella al tiempo que convierte al periodista en parte importante de la historia, como un actor más; también suele imprimir más importancia al contexto que al texto, es decir, concede más protagonismo al ambiente que al hecho mismo. El término se usó especialmente para describir el característico estilo narrativo del periodista y escritor estadounidense Hunter S. Thompson (1937-2005), alma mater de la revista Rolling Stone durante treinta años, quien según la crítica inauguró el subgénero con su artículo El Derby de Kentucky es decadente y depravado (1970), que Tom Wolfe rescató en el libro El nuevo periodismo (1973).

«¿Qué estás bebiendo? Yo había ordenado una margarita con hielo, pero él no quería oír hablar de eso: ‘No, no, ¿qué tipo de trago es ese para el Derby de Kentucky? ¿Qué te sucede muchacho?’ Él sonrió y le hizo un guiño al encargado del bar. ‘Maldita sea, vamos a educar a este muchacho. Tráele un poco de buen whiskey”», escribió Thompson en ese artículo redactado por encargo para una pequeña revista deportiva, Scanlan's Monthly. Thompson, que ya había publicado su archiconocida novela Los ángeles del infierno, no retrató lo que sucedió en la carrera (a la que también han dedicado piezas literarias Charles Bukowski o Fernando Savater), que era lo que el editor le había pedido, sino todo el mundo alrededor del derby. 

Convertido en un personaje más de la crónica, Thompson describió sus propias vivencias, el racismo de la América del “cinturón de la Biblia” y la decadencia de la multitud, cuyo comportamiento incluyó en  lo que él consideraba el “rostro sureño” de Estados Unidos. En una práctica que caracterizaría su carrera, con la fecha límite de entrega encima y sin ninguna historia coherente que presentar, Thompson se limitó a arrancar páginas de su cuaderno de notas, las enumeró y la envió a la revista dando por seguro de que nunca iba a cobrar. El resultado de aquellos garabatos y borrones fue un ejercicio periodístico único. El artículo pasó a la historia por su llamativa narración de primera persona, escrita con una maníaca subjetividad.

En el corazón de Hunter S. Thompson, como en el de otros tantos excelentes periodistas, siempre late la literatura. Ocurre, sin embargo, que la ineludible crueldad de la limitación de espacio en los periódicos convierte los artículos periodísticos en telegráficas amputaciones de textos nacidos con vocación de ser ensayos literarios. Leyendo algunas columnas de opinión, uno se da cuenta de que los periódicos se han convertido en una colección de muñones, en una fallida galería de prometedora literatura. 

El buen periodista necesita dar rienda suelta a su apetito por narrar, por satisfacer su larvado enfrentamiento hacia los periódicos, cuya obligada cortedad expresiva los convierte en cirujanos mutiladores de la creación literaria. El buen periodista es alguien a quien le gusta narrar historias y sabe que no hay una sola verdad y que si dos testigos relatan lo que están viendo en un momento, posiblemente lo narrarían de forma muy diferente. Por eso, por instinto profesional, por pura necesidad de narrar, por el vicio de leer poemas y novelas, y por estar disconformes con el modo que se tiene de contar la realidad, los buenos periodistas acaban por desembocar antes o después en el intrincado laberinto de la ficción literaria.

Esa ha sido la trayectoria que han seguido Hunter Thompson, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Luis Monje Ciruelo, Lester Bangs, P.J. O'Rourke, Truman Capote, Eduardo Haro Tecglen, Tom Wolfe, Gay Talese, Norman Mailer, Manuel Vázquez-Montalbán, Terenci Moix, Raúl del Pozo o Francisco Umbral. Pues bien, no busquen más: la firma de origen es la de Egon Erwin Kisch.

Egon E. Kisch
En el frontispicio de ese templo del periodismo gonzo que es El reportero veloz (1924), la colección de reportajes más conocida del injustamente desconocido Kisch, ondea su lema vital: «No hay nada más sensacional en el mundo que el tiempo en que a uno le toca vivir». Si en esa frase hay un plan de escritura periodística, ese es el guión al que Kisch ajustó rigurosamente toda su carrera. Por lo demás, es probable que la vida misma de Kisch, como la de Stephen Zweig y tanto otros judíos condenados a la diáspora, haya sido una de las más sensacionales de su tiempo. 

Egon Erwin Kisch nació en Praga el 29 de abril de 1885 y murió en la misma ciudad el 31 de marzo de 1948. En el ínterin le echó una ojeada al mundo. Llamado a filas, durante la Primera Guerra Mundial sirvió en el ejército austríaco con el que combatió en los frentes de Serbia y los Cárpatos; después de algunos arrestos por escribir contra el comportamiento de los militares, desertó en 1918; su experiencia le sirvió para redactar su libro Soldat im Prager Korpsn (1922), más conocido con el título Schreib das auf, Kisch! (¡Anótalo, Kisch!).

Kisch era un comunista declarado comprometido con los asuntos internos del Komintern.. En 1919 fue el cofundador del Partido Comunista de Austria. Vivió de primera mano los delirantes años veinte berlineses. Conocido como “Der Rasende Reporter” (El Reportero Veloz), Kisch, amigo íntimo de Franz Kafka, había sido reportero del periódico alemán Bohemia de Praga, y dirigido Die Rote Garde (La Guardia Roja) y el semanario Der Freie Arbeiter (El Trabajador Libre). Cuando en 1931, después de ocupar Manchuria, los japoneses invadieron China, viajó siete días en el Transiberiano desde Moscú hasta China. Sus reportajes como corresponsal de guerra se convirtieron en el origen de su libro China geheim (China secreta). 

En 1933, fue víctima de la gran redada de disidentes que ordenó Hitler al día siguiente del incendio del Reichstag y sus obras sufrieron el destino pirómano que las de muchos otros enemigos de la ideología hitleriana. Kisch, que había sido arrestado repetidas veces, recordaba que la noche de su detención en febrero de 1933 levantó las manos, se dejó cachear, respondió a un interrogatorio y descubrió con placer el interés detectivesco que los agentes le dedicaron a un volumen de sus reportajes en holandés. Luego estuvo preso en la temible cárcel de Berlín-Spandau. Su ciudadanía checoeslovaca le salvó la vida pero no evitó la deportación. Comenzó entonces un peregrinaje que empezó en Inglaterra, continuó por Australia, siguió por España y terminó finalmente en México su penúltimo destino antes de que, agotado, muriera en Praga en 1946. Esa obligada égira sirvió como título de su libro de reportajes Abenteuer in fünf Kontinenten (Aventuras en cinco continentes).

Egon Erwin Kisch en Melbourne, durante su viaje a Australia en 1934
En 1933, cuando fue deportado, Reino Unido lo expulsó por ser un reconocido agitador subversivo. Se instaló entonces en Francia, pero los tentáculos de la Gestapo no le perdían la pista, así que decidió poner agua por medio. En noviembre de 1934 llegó a Australia como pasajero del barco británico Strathaird que había abordado en Marsella. Las autoridades australianas impidieron su desembarco y lo repatriaron en el mismo buque en el que había llegado. No contaban con la tenacidad y la audacia de Kisch. Cuando el Strathaird empezaba a zarpar del puerto de Melbourne, decidió saltar desde la cubierta, a una altura de cinco metros y medio, rompiéndose una pierna, episodio al que alude jocosamente el título de su libro Landung in Australien (Aterrizar en Australia). Las autoridades australianas trataron de impedir por todos los medios legales su entrada en el país, lo que incluyó un insólito e inflexible examen de idiomas ad hoc que Kisch, poliglota consumado, superó en varias lenguas europeas menos en… gaélico escocés; resignado, el Gobierno australiano no tuvo más remedio que permitir su entrada. 

Kisch aprendió español en España, donde participó en la Guerra Civil al mando del Batallón Masaryk de la la 129ª Brigada Internacional. La derrota de 1939 y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial significaron para él una dramática agudización de la criminal amenaza nazi que se cernía sobre su cabeza. Sabía muy bien que si caía otra vez en manos de la Gestapo estaba perdido. Por eso salió de Europa con destino a Estados Unidos, que le denegó el permiso de residencia por rojo; optó entonces por el asilo que le concedió el acogedor México de Lázaro Cárdenas. 

En México, su conocimiento del idioma no sólo le facilitó la vida práctica, sino que lo condujo a descubrir un país excitante, que pretendía ensayar una peculiar forma de revolución, cuyo paisaje deparaba prodigios como el súbito nacimiento de un volcán, el Paricutín, y en el que la historia se entreveraba con lo cotidiano no sólo en los vestigios prehispánicos, sino en el mercado donde convergían culturas fascinantes y donde podían descubrirse historias secretas de la emperatriz Carlota.

De su estancia en México nace Marktplatz der sensationen (Plaza de las sensaciones), libro fundacional de El Libro Libre, la editorial que crearon, entre otros, Anna Seghers, Ernst Römer, Leo Katz, Ludwig Renn, Lion Feuchtwanger, Bodo Uhse, y el propio Kisch, que es un reportaje sobre el reportaje. Hasta ese momento Kisch había practicado la reproducción precisa de los “hechos reales”, pero en el México fantástico de Juan Rulfo cayó en la cuenta de que la «descripción directa de la realidad es mucho más difícil de lo que se piensa» y de que «nada es desmentido de manera más pronta, radical y enérgica como la verdad», por lo que concluyó que la creación de un reportaje debe basarse en la fantasía.

Entdeckungen in Mexiko (Descubrimientos en México), que editó en español la editorial Nuevo Mundo en 1944, es la demostración de esa idea. En sus 34 ensayos breves, en los que resulta evidente que Kisch contempla con los ojos de un extraño los temas centrales que marcan la imagen de México, su imaginación propicia audacias literarias tales como una entrevista a las pirámides que le permite indagar en la historia y en la fascinación que ha producido un país que no puede reducirse al exotismo. En esos ensayos está su estilo: reportajes rápidos y sarcásticos con toque literario y por lo general en primera persona, es decir, a fin de cuentas, sin mayores pretensiones de objetividad. 

Que haya sido o no el inventor del reportaje literario, importa un bledo. Es uno de sus mejores exponentes y, fuera de toda duda, el más cosmopolita de todos los que han practicado el estilo gonzo.