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sábado, 27 de agosto de 2016

Las mujeres de Goebbels

Los hombres interesantes son los que tienen un futuro; 
las mujeres interesantes son las que tienen un pasado.
Óscar Wilde

Joseph Goebbels, el Ministro de Propaganda del Partido Nazi y artífice de la política de comunicación que llevó a Hitler al poder, dijo en una ocasión que una «mentira repetida mil veces se convierte en una verdad». Esta era una de las once consignas que ideó para manipular a la sociedad y en las que se basó para esconder las barbaridades nazis a la sociedad alemana. Este verano hemos comprobado que al parecer su forma de tergiversar la realidad funcionaba a la perfección, ya que logró que nadie se enterara del origen de su esposa o de que su propia secretaria creyese que los judíos que acudían a miles a las cámaras de gas se iban de colonias.

En 1934, Goebbels supo que su esposa había descubierto algo "horrible" relacionado con su biografía, un comentario sorprendente en un líder del nacionalsocialismo. Así lo escribió en su diario el que fuera fanático ministro de Propaganda de Adolf Hitler. Sin embargo, de aquello no se supo más. Hasta el pasado 22 de agosto, el día que apareció en la prensa un nuevo dato que habría provocado un auténtico escándalo en el Gobierno nazi y que podría ser ese algo "horrible" relacionado con su esposa al que se refería el "cinturón negro" del nacionalsocialismo: la esposa del ministro, Magda, considerada por el mismísimo Adolf Hitler como el prototipo de madre aria, era judía. O, para ser exactos, medio judía.

En un artículo publicado el 22 en el diario alemán Bild, el historiador Oliver Hilmes ha revelado que en los archivos de Berlín ha encontrado datos que prueban que Magda Goebbels era judía. Esa podría haber sido la razón por la que ella no ayudó a su propio padre, judío, cuando fue arrestado en Bruselas y enviado al campo de concentración de Buchenwald, donde finalmente murió en 1938. Hace 15 años, la revista alemana Der Spiegel publicó un artículo donde hablaba sobre los supuestos orígenes de la mujer de Goebbels. Pero hasta el descubrimiento casual de Hilmes no se habían podido confirmar su ascendencia judía.

El padre biológico de Magda, Richard Friedlander, era comerciante. Se casó en 1908 con su madre, Auguste Behrend. La madre aportó al matrimonio una hija, nacida el 11 de noviembre de 1901, Johanna Maria Magdalena, que fue registrada con el apellido de soltera de su madre. Los caminos de Richard y Auguste ya se habían cruzado siete años antes de la boda en Berlín; de ese encuentro nació Magda. Friedländer era el padre. Richard y Auguste sólo estuvieron casados cuatro años, hasta 1905, cuando se divorciaron.  Auguste no anduvo soltera mucho tiempo: ese mismo año con el industrial alemán Oskar Ritschel, pero la pequeña siguió conservando el apellido materno porque su padastro se negó a adoptarla, algo poco habitual para las costumbres de la época.

Magda se casó dos veces. Primero con Herbert Quandt, un importante empresario alemán que hizo fortuna durante el mandato de Hitler. De esa relación nació un hijo, Harald. Después se unió a Goebbels, con quien tuvo seis hijos. Ese matrimonio duró desde 1932 hasta el final de los días de la "familia aria ideal" -como se les conocía- al completo, el 30 de abril de 1945, un día después de que se suicidara Hitler, cuando Magda envenenó a los seis hijos antes de suicidarse junto a su esposo en su búnker de Berlín.

Vamos con la otra mujer. En el Festival de Cine de Múnich celebrado el pasado mes de junio se proyectó el documental Ein deutsches lehe (Una vida alemana), cuya protagonista, la que fuera secretaria de Goebbels, BrunhildePomsel (que vive tan campante a los 105 años) confiesa que no se siente culpable por haber trabajado para él durante la Segunda Guerra Mundial y explica que una buena parte de los alemanes no sabía para qué demonios servían los campos de concentración y exterminio.

Desde que se estrenó el documental, la agenda de Pomsel debe de echar humo. Así lo demuestra el que haya concedido entrevistas a varios diarios internacionales, entre otros a The Guardian y The New York Times. Y lo que le espera, porque esta venerable ancianita es el único testigo vivo que puede contar el trabajo que se desempeñaba en el Ministerio para la Ilustración Pública y la Propaganda que dirigía Goebbels.

El ministerio goebbeliano era una factoría en la que todo eufemismo hallaba cómodo asiento antes de salir catapultado a la prensa domesticada. De allí surgieron términos como «campos de trabajo» (léase campos de concentración) o «avance elástico por la retaguardia» (léase retirada). Entre aquellas paredes Goebbels y su gente gastaban los calzones maquinando humillaciones y mensajes contra los judíos. La señora Pomsel ejercía varias labores en esta gigantesca maquinaria de propaganda en la que participó durante tres años. Sus tareas eran alterar algunas cifras, como modificar el número real de soldados alemanes caídos en el frente para evitar la desmoralización de las tropas, o multiplicar a su antojo la cantidad de violaciones de mujeres germanas por las tropas rusas. «Un trabajo de oficina más», dice tan campante.

Esta moderna versión de la abuelita Paz, insiste en que no tiene porqué sentirse culpable por haber realizado este trabajo: «Lo que hice no fue más que trabajar en una oficina con Goebbels […] No me considero culpable, a no ser que se culpe a todos los alemanes por hacer posible que aquel Gobierno llegara al poder».  No le falta razón: Hitler consiguió obtener un creciente apoyo popular mediante la exaltación del pangermanismo, el antisemitismo y el anticomunismo, sirviéndose de su talento oratorio apoyado por la eficiente propaganda de Goebbels y las concentraciones de masas cargadas de simbolismo. Con todo, la señora Pomsel, que es de comunión diaria, también afirma que se arrepiente un poquitín: «Cuando vives una época como aquella […] y solo piensas en ti misma, te queda mala conciencia».

Los rusos no opinaban lo mismo. Su benevolente forma de juzgar su trabajo no le sirvió de mucho para evitar ser arrestada por los soviéticos tras la contienda y permanecer recluida en una prisión durante cinco años en la que, como explica, la trataron muy mal a pesar de que «no había hecho nada». Nada, salvo ser nazi y trabajar al lado de Goebbels. Y es que la Pomsel, que aprendió su oficio trabajando con un judío (¡Ay Goebbels, cómo te las colaban!), y que, como no podía ser menos, se define como «apolítica», se afilió al Partido Nazi porque «todo el mundo lo hacía» y no le quedaba otro remedio si quería trabajar en la secretaría personal del ministro en la que ingresó en 1942.

Mientras que su jefe y sus compinches acababan con lo disidentes por millares, gracias a su edificante trabajo la señora Pomsel (entonces señorita) tuvo la oportunidad de tratar al Ministro de Propaganda, al que no duda en definir como un «caballero elegante y noble» que contaba con una familia sumamente educada. «Siempre nos saludaban», dice. También cuenta que Goebbels tenía sus prontos y que cuando se quitaba «su máscara de hombre culto y educado» se volvía absolutamente loco. Menos mal que era un «caballero elegante y noble».

Las declaraciones que han traído más polémica son cuando afirma que tenía constancia de que existían campos de concentración, pero que -como la mayoría de alemanes- desconocía las barbaridades que se hacían en su interior. «Por entonces no se quería que la gente fuera a la cárcel de forma inmediata, por lo que creíamos que se les llevaba allí para ser reeducados. Nadie se podía imaginar algo así», explica, refiriéndose al exterminio masivo de millones de personas.

¿Qué pensaba la señora Pomsel que les pasaba a todos los judíos que desaparecían a diario? Pues nada, hombre, que estaban de veraneo. Según señala, estaba convencida de que eran enviados a deportados a los Sudetes, la región que Adolf Hitler se anexionó antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial y que -según ella- servía de tierra prometida a los miles de hombres, mujeres y niños arrestados a diario.

«Lo que sucedía realmente era un secreto, así que nos lo tragamos […] Todo el país parecía estar bajo el influjo de un hechizo». «Sé que nadie nos cree, se piensa que lo sabíamos, pero no. Todo era un secreto», concluye. 

Y ahora sí, cierro con Óscar Wilde: 

Si usted quiere saber lo que una mujer dice realmente, mírela, no la escuche.