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lunes, 22 de agosto de 2016

Komarov y Gagarin: Auge y caída de dos cosmonautas

And all this science I don't understand
It's just my job five days a week
A rocket man, a rocket man
Elton John, Rocket man

Un vuelo directo de más de 12 horas desde Los Ángeles da para mucho. Antes de embarcar me doy una vuelta por la más lucida librería del aeropuerto, Hudson Bookseller. Rebusco entre los libros de saldo y por un puñado de dólares me llevo un superventas publicado por Bloomsbury en 2011: Starman: The Truth Behind the Legend of Yuri Gagarin, (Starman: la verdad detrás de la leyenda de Yuri Gagarin) de Piers Bizony y Jamie Doran. Al fin y al cabo, si uno va a pasar unas cuantas horas volando, qué mejor que un libro sobre cosmonautas.

Entre la luna y las estrellas, bajo el cielo pletórico de belleza y misterio, envuelto en la noche inmensa que se desplegaba por el retazo del exuberante firmamento de verano que columbraba a través de la escotilla, leía mientras pensaba en mi atracción infantil por el espacio y en mis viejas ¡ay, viejas! ensoñaciones repletas de sputniks, soyuzs, géminis, mercurys, cohetes, satélites, cosmonautas y astronautas, y en las dos grandes figuras de su conquista que me cautivaron desde niño: la perrita Laika, única tripulante del  Sputnik 2, pionera en 1957 de una desgraciada pero inevitable serie de perros y simios astronautas que culminó con mi otro héroe infantil, Yuri Gagarin, el primer simio racional en salir al espacio exterior la primavera de 1961, cuando yo aún no tenía ocho años.

El cosmonauta soviético Yuri Alexéievich Gagarin se convirtió en el primer hombre en dejar la atmósfera terrestre para aventurarse en el espacio; fue el primero en ver el planeta como una hermosa esfera azul reflejándose en sus luminosos ojos del mismo color. Su viaje a bordo de un cohete ruso Vostok duró sólo 108 minutos en los que alcanzó la belleza suma y la felicidad. Valió la pena. Al final de aquella expedición iniciática, el valiente coronel Gagarin se había convertido en el hombre más famoso en el mundo. De vuelta a la Tierra, su cara sonriente enmarcada en el casco con las grandes letras CCCP en rojo capturó los corazones de millones de personas de todo el mundo. De Europa a Japón, de la India a los Estados Unidos, personalidades de todo el mundo compitieron para estrechar la mano de aquel héroe que había descendido de los cielos.

A pesar de esta inmensa fama, poco se sabe acerca de Gagarin o de las personas excepcionales que estuvieron detrás de su espectacular vuelo espacial. Ese es el principal bagaje de Starman, un libro que narra la odisea personal de Gagarin, su trayecto vital de campesino a icono internacional y su posterior declive personal cuando el personaje empezó a sepultarse bajo las presiones de la fama y su desilusión final con el régimen soviético. El empeño del presidente Kennedy para poner un estadounidense en la Luna fue una reacción directa al triunfo de Gagarin, un hombre que, envejecido cuando apenas contaba treinta y cuatro años, ya había fallecido en un accidente aéreo cuando Neil Armstrong posó su bota izquierda en la superficie lunar el 21 de julio de 1969. 

Nada hacía prever el destino de Gagarin. Nacido en 1934 en un pueblo campesino de la región de Smolensk, su padre quería que fuera carpintero como él. Durante la II Guerra Mundial se enamoró de los aviones tras ver un caza Yak averiado, y logró, a base de coraje y ganas, convertirse en piloto. Era robusto y atlético pero bajito, así que aquel piloto militar de sonrisa radiante volaba en los Mig 15 encaramado en un cojín de lona. Era hábil y valiente, así que sus destino estaba cantado: lo reclutaron para el secreto programa espacial y consiguió que lo eligieran para el primer vuelo. Tras pasarlas canutas en los entrenamientos, a sus 27 años, el teniente Gagarin subió al cohete sin pizca de miedo y despegó del vetusto cosmódromo Baikonur. Era el 12 de abril de 1961 y el espacio ya no volvería a ser el mismo. Ni Gagarin.

A Yura, como se le conocía familiarmente, le ocurrió lo que a otro gran piloto, Charles Lindbergh: se vio sobrepasado por la fama. Él, que casi había tocado con los dedos la bóveda celeste, no se acostumbraba a tocar el suelo. Caído del cielo, se hundió en el infierno del vodka y buscó refugio en las mujeres. De vacaciones en una dacha en Foros saltó desde la terraza de la habitación de una amante cuando su esposa, Valya, irrumpió en la alcoba pillándole en plena faena. Cayó de mala manera y se causó serios daños en el rostro y en su fama. La sustitución de Nikita Serguéievich Jruschov, que era su gran valedor, como Secretario General del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética por Leonid Ilich Brézhnev, le supuso pasar a segunda fila. Pero él quería seguir volando y regresar al espacio. Se empeñó en ello y comenzó a pilotar reactores de última generación, los Mig-15 UTI.

La urna funeraria con los restos de Gagarin transportada 
por miembros del Politburó. Los dos primeros son Brézhnev (dcha) 
y Gromyko (izda).
Cuando se supo que el MiG-15UTI que pilotaba en un vuelo rutinario se había estrellado cerca de Moscú el 27 de marzo de 1968, la jerarquía soviética decretó luto oficial; en privado, sus suspiros de alivio casi podían oírse a través de los muros del Kremlin. Para entonces, aquel «Héroe de la Unión Soviética», aquel «Héroe del Trabajo Socialista», comenzaba a poner en duda los ideales con los que había sido educado y amenazaba con convertirse en un peligroso disidente. Anna Timofeyena Gagarina sorprendió a todos exigiendo que le abrieran el ataúd de su hijo en el funeral de Estado. Dentro había una bolsa de plástico con los restos irreconocibles del gran cosmonauta. 

Entrelazada con la historia de Gagarin, Starman desvela el asombroso mundo que subyace detrás de las épicas escenas de la Gran Carrera Espacial, los entresijos del impresionante y altamente secreto programa espacial soviético, su audacia tecnológica, sus triunfos y sus desastres. Y entre ellos, me topo con la historia de otro cosmonauta, Vladímir Mijáilovich Komarov, el primer hombre que murió orbitando la Tierra.

El inicio de la carrera como cosmonauta de Komarov empezó en la década de 1960, coincidiendo con un momento de gran desarrollo espacial: el lanzamiento de las misiones del Programa Vostok. Aquellas eran las primeras expediciones espaciales del mundo (de hecho, la misión Vostok 1 fue el viaje de Gagarin). Komarov tuvo su primer contacto con las Vostok al trabajar como suplente de Pavel Popovich en la Vostok 4. En aquel programa, el trabajo de Komarov se limitó a a ejercer de oficial de control de campo.

Tuvo que esperar hasta el año 1964  para ver cumplido su sueño de orbitar la Tierra. En su primera misión espacial fue el comandante piloto de la nave Vosjod 1, en la que viajó acompañado de otros dos cosmonautas: el ingeniero Konstantin Feoktistov y el médico Boris Yegorov. Fue la primera misión en la que hubo más de un cosmonauta viajando en la misma nave. Además de los objetivos científicos y tecnológicos de aquella misión, políticamente la URSS quería asestar un golpe a los estadounidenses, que estaban empeñados en sacar adelante el programa Gemini. 

La misión fue un éxito en todos los sentidos. La Vosjod 1 volvió a Tierra tras veinticuatro horas en el espacio y fue internacionalmente calificada como un hito muy importante en la carrera espacial. Todo indicaba que la carrera de Komarov iba viento en popa. Pero el viento a favor se convirtió en tempestad y Komarov ganó su puesto en la historia por una razón desgraciada.