Vistas de página en total

sábado, 10 de enero de 2026

POR QUÉ EL CAMELLO CANARIO NO ES AUTÓCTONO (PERO SÍ PROFUNDAMENTE CULTURAL)

La fundación suiza Franz Weber ha denunciado el uso de camellos en las cabalgatas de Reyes en Fuerteventura. Oasis Wildlife y la Asociación del Camello Canario siembre han defendido que se trata de una actividad clave para conservar una raza autóctona en peligro de extinción. El asunto biológico de fondo es que, por mucho empeño que se ponga, los camellos no son autóctonos de Canarias.

Cada cierto tiempo, cuando surge una polémica sobre el uso de camellos en actividades festivas o turísticas, reaparece una afirmación que suena rotunda y tranquilizadora: los camellos son autóctonos de Canarias. Es una frase eficaz para zanjar discusiones, pero científicamente incorrecta. Y, lo que es peor, innecesaria. La historia real de los camélidos —y del llamado “camello canario”— es mucho más interesante que cualquier etiqueta de origen.

Para entenderlo hay que separar dos planos que solemos mezclar sin darnos cuenta: biología evolutiva y adaptación cultural. En el primer plano, los camellos de una joroba, es decir, los dromedarios (Camelus dromediarius), no son autóctonos de Canarias. En el segundo, llevan tanto tiempo integrados en la vida insular que forman parte indiscutible de su paisaje histórico. Confundir ambos planos no hace justicia ni a la ciencia ni a la historia humana.

Los dromedarios llegaron a las Canarias tras la conquista castellana, entre los siglos XV y XVI. Procedían del norte de África y pertenecían a, una especie ya domesticada desde hacía milenios en regiones áridas. No hay restos arqueológicos que indiquen su presencia antes de la llegada europea, ni referencias en las crónicas prehispánicas. Fueron introducidos deliberadamente como animales de trabajo, sobre todo en islas como Fuerteventura y Lanzarote, donde la escasez de agua, los suelos volcánicos y las largas distancias hacían poco eficaces a bueyes o caballos.

Durante siglos, los dromedarios cargaron agua, grano, piedra volcánica y personas. Su presencia no fue ornamental ni folclórica: fue funcional. Y precisamente esa función continuada explica por qué hoy parecen “de toda la vida”. Pero eso no los convierte en autóctonos, del mismo modo que el trigo no se volvió canario por crecer bien en suelo insular.

Con el paso de las generaciones, el aislamiento relativo, la selección humana y las condiciones ambientales dieron lugar a lo que popularmente se conoce como “camello canario”. No es una especie distinta ni una subespecie reconocida formalmente, sino una población adaptada: animales algo más pequeños, bien aclimatados al terreno volcánico, resistentes y dóciles.

Este es un caso clásico de adaptación cultural y zootécnica, no de evolución autóctona. Algo muy parecido a lo ocurrido con muchas razas ganaderas europeas o americanas. El error está en pensar que “llevar mucho tiempo” equivale a “haber estado siempre”. Para comprender hasta qué punto esa confusión es absurda, conviene retroceder mucho más atrás. No quinientos años, sino cuarenta y cinco millones.

Contra lo que dicta la intuición, los camélidos no evolucionaron en África ni en Asia, ni siquiera en desiertos. Su historia comienza en Norteamérica, hace unos 45 millones de años, en un mundo forestal y húmedo. El primer camélido conocido es Protylopus, un animal pequeño, del tamaño de una liebre, sin joroba, sin adaptaciones a ambientes desérticos y sin ningún aire solemne. Vivía entre arbustos y árboles, alimentándose de vegetación blanda. No parecía destinado a convertirse en icono del desierto, pero ya poseía dos rasgos decisivos: eficiencia energética y versatilidad alimentaria.

Durante millones de años, los camélidos se diversificaron en Norteamérica en una sorprendente variedad de formas. Algunos eran esbeltos y rápidos; otros grandes y robustos. Fue un grupo triunfador, bien adaptado y abundante, cuyo verdadero éxito evolutivo fue impulsado por su resiliencia frente a la escasez. Desde muy pronto desarrollaron una fisiología capaz de aprovechar alimentos pobres, resistir largos ayunos y recorrer grandes distancias sin colapsar.

Cuando, hace unos veinte millones de años, el clima global empezó a enfriarse y secarse muchos herbívoros especializados desaparecieron. Los camélidos, en cambio, prosperaron. No porque fueran los más fuertes, sino porque eran los más austeros. Ese éxito les permitió expandirse fuera de su continente de origen en dos direcciones opuestas.

Hacia el noroeste, cruzaron a Asia a través de Beringia, el puente terrestre que unía Siberia y Alaska durante las glaciaciones. Allí evolucionaron los llamados camellos del Viejo Mundo: el dromedario y el de dos jorobas, Camelus bactrianus, este último adaptado a climas extremos con inviernos gélidos y veranos abrasadores.

En este contexto aparecieron las famosas jorobas, que no almacenan agua, sino grasa, una batería metabólica para tiempos difíciles. A ello se suman glóbulos rojos capaces de soportar grandes cambios de volumen, riñones extremadamente eficientes y una tolerancia térmica fuera de lo común.

Hacia el sur, otros camélidos cruzaron el istmo de Panamá hace unos tres millones de años y colonizaron Sudamérica. Allí no encontraron desiertos infinitos, sino montañas y falta de oxígeno. La respuesta fue distinta, pero igual de eficaz. Así surgieron la llama (Lama glama), la alpaca (Vicugna pacos), el guanaco (Lama guanicoe) y la vicuña (Vicugna vicugna), especialistas en la vida de altura.

La paradoja final, el giro evolutivo más irónico llegó al final del Pleistoceno. Hace entre 10 000 y 12 000 años, todos los camélidos norteamericanos se extinguieron. Cambios climáticos rápidos y presión humana acabaron con ellos. El continente donde habían evolucionado durante decenas de millones de años quedó vacío de camélidos. Sobrevivieron únicamente los que habían emigrado. Pocos ejemplos ilustran mejor que la evolución no recompensa el arraigo, sino la capacidad de moverse a tiempo.

Cuando los dromedarios llegaron a Canarias en época moderna, se incorporaron a una historia evolutiva larguísima que nada tenía que ver con el archipiélago. No eran autóctonos, pero sí perfectamente compatibles con el medio. Su éxito no fue un accidente, sino la consecuencia de millones de años de selección para resistir la escasez. Llamarlos “camellos canarios” no es un error si se entiende en sentido cultural e histórico. Lo es cuando se pretende convertir esa etiqueta en un argumento biológico. La ciencia no necesita ese atajo.

Comprender la evolución de los camélidos permite algo más útil que ganar una discusión: distinguir entre lo natural y lo heredado, entre lo biológico y lo cultural. Los dromedarios de Canarias no son originarios de las islas, pero forman parte de su historia humana. Negar una cosa para defender la otra no es necesario.

Los camélidos, en conjunto, son una lección ambulante —y a veces paciente— sobre cómo sobrevivir en mundos cambiantes. Nacieron en bosques, conquistaron desiertos y montañas, desaparecieron de su hogar original y se adaptaron a nuevos paisajes culturales. Quizá por eso resultan tan familiares: porque llevan millones de años haciendo lo mismo que nosotros intentamos hoy, aprender a vivir donde hemos llegado.