Las Olimpiadas de Invierno han
sido una excelente ocasión para relajarse y meditar. Si quieres hacerlo,
olvídate de saltos, trineos (o cómo se llamen) y esquí de fondo. Siéntate,
relájate y contempla una partida de curling. Mucho mejor que el yoga y
casi tan bueno como soportar un aburrido partido de criquet.
El curling es uno de esos
deportes que, vistos por primera vez, provocan una mezcla de desconcierto y
fascinación. Sobre una pista de hielo perfectamente pulida, varios jugadores
deslizan unas pesadas piedras de granito mientras otros dos compañeros barren
con frenesí delante de ellas. El objetivo no es la velocidad ni el choque
espectacular, sino la precisión milimétrica y la estrategia paciente. Es, en
esencia, una partida de ajedrez sobre hielo.
Se juega entre dos equipos de
cuatro jugadores cada uno. La superficie es una pista rectangular de hielo de
unos 45 metros de largo. En cada extremo hay una diana circular llamada “casa”,
formada por anillos concéntricos pintados sobre el hielo. El centro de esa
diana se denomina “botón” y es el punto más valioso.
Cada equipo dispone de ocho
piedras por “end” (equivalente a una entrada o manga), lo que significa
que en cada parcial se lanzan 16 piedras en total, alternando los turnos. Las
piedras, de unos veinte kilos, están hechas tradicionalmente de granito escocés
y llevan una empuñadura de color para distinguir a cada equipo.
El jugador que lanza la piedra se
impulsa desde una posición baja, deslizándose con un pie mientras mantiene el
otro extendido hacia atrás, y suelta la piedra con un ligero giro. Ese giro
hace que la piedra describa una trayectoria curva —de ahí el nombre curling,
“rizar”— debido a la interacción entre la base de la piedra y el hielo.
Aquí entra en juego el barrido.
Dos compañeros, armados con escobas especiales, frotan frenéticamente el hielo
delante de la piedra mientras avanza. Al barrer, calientan ligeramente la
superficie y reducen la fricción, lo que permite que la piedra recorra mayor
distancia y modifique sutilmente su trayectoria. No es un gesto decorativo:
puede decidir una partida.
El objetivo es dejar las propias
piedras lo más cerca posible del botón al final del end. Solo puntúa el
equipo que tiene la piedra más cercana al centro, y recibe un punto por cada
piedra mejor situada que la más próxima del rival. Una partida oficial suele
constar de diez ends, aunque en competiciones más cortas pueden ser
ocho.
El curling exige precisión
técnica, coordinación de equipo y una notable capacidad estratégica. No se
trata solo de colocar piedras en la casa; también se pueden bloquear
trayectorias rivales con “guards” (piedras de protección), eliminar
piedras contrarias mediante golpes (“take-outs”) o preparar jugadas de
varios movimientos por adelantado. El capitán del equipo, el “skip”,
dirige la estrategia y señala el punto exacto al que debe lanzarse cada piedra.
En cuanto a su historia, el curling
tiene raíces profundas en Escocia. Existen registros del siglo XVI que
mencionan juegos sobre lagos helados en invierno, y se han hallado piedras
antiguas con fechas grabadas de 1511. El deporte se organizó formalmente en el
siglo XIX, cuando se fundaron los primeros clubes y se establecieron reglas
comunes.
Desde Escocia se extendió a
Canadá, donde encontró un terreno ideal en los largos inviernos y se convirtió
en una auténtica pasión nacional. Hoy es uno de los deportes más practicados en
el país. El curling fue incluido en los Juegos Olímpicos de Invierno de manera
oficial en 1998, aunque ya había aparecido como deporte de exhibición décadas
antes.
Lo que empezó como un pasatiempo
invernal en estanques helados se ha transformado en un deporte olímpico de
precisión y estrategia. Y, pese a su apariencia tranquila, cada piedra que se
desliza sobre el hielo puede contener una batalla silenciosa de cálculo y
nervios.
Como puedes imaginar, hay mucha
física involucrada en el curling: velocidades de rotación, ángulos,
transferencia de momento, análisis de fricción, etcétera. Pero también hay
mucha química en juego.
Los uniformes están hechos de
licra; los bordes de las láminas de curling están hechos de espuma de
alta densidad para que se mantengan relativamente secos; y los zapatos
deslizantes suelen tener suela de teflón, por la misma razón que las sartenes.
Pero hay aún más química en juego en el hielo, y en las piedras, especialmente.
Este deporte se practica sobre
hielo mantenido a una temperatura ideal de -5 °C mediante redes de tuberías que
bombean salmuera o anticongelante justo debajo de la superficie. Para mantener
el hielo en condiciones óptimas, los técnicos controlan la temperatura, la humedad
e incluso la calidad del aire mediante sensores integrados.
El agua que se congela para
formar la lámina no es solo agua del grifo. Se filtra cuidadosamente para
eliminar impurezas y, si es necesario, se equilibra su pH. Cuanto mayor sea la
cantidad de sólidos disueltos totales en el agua, más blando será el hielo. En
el curling, los fabricantes de hielo profesionales buscan hielo de 0 a
10 partes por millón (ppm) para producir hielo muy duro con muy poca fricción.
El hockey y el patinaje de velocidad buscan hielo un poco más blando, y el
patinaje artístico, el más blando, con 120-150 ppm.
En cuanto a las piedras para
curling, quizás ya sepas que toda la roca utilizada en su elaboración proviene
de solo dos lugares: la cantera de granito Trefor, en el norte de Gales, y
Ailsa Craig, una isla al oeste de Escocia continental. De este duopolio
provienen solo cuatro tipos de piedra: Blue Hone y Common Green
de la isla escocesa, y Blue Trefor y Red Trefor de la cantera galesa.
El Blue Hone se considera
ideal para la banda de rodadura (la parte inferior de la piedra de curling
que se desliza sobre el hielo) porque se astilla menos. Sin embargo, no es un
buen material para la banda de impacto (la parte de la piedra que impacta con
otras piedras) porque es propenso a astillarse en forma de medialuna.
La investigación sobre por qué las
piedras funcionaban así identificó que todo se reduce principalmente al tamaño
del grano mineral en las rocas. El Blue Hone tiene granos más pequeños,
que son prácticamente del mismo tamaño, lo que hace que sea menos probable que
el hielo los arranque que los granos grandes, y el agujero resultante es más
pequeño si lo hace. Además, es una roca relativamente no porosa, lo que ayuda a
prevenir la formación de grietas por el hielo en muescas microscópicas.
Las bandas de impacto se fabrican
mejor con los otros tres tipos de piedra. Tienen una distribución más amplia
del tamaño del grano mineral, lo que ayuda a evitar las astillas en forma de
medialuna.
Aunque casi siempre se les llama
granito, las rocas que se convierten en piedras para curling no son, en
sentido estricto, granito, sino granitoides. La clasificación de las rocas
ígneas intrusivas como el granito y sus derivados se basa en la abundancia de
minerales específicos. En el caso de las rocas químicamente similares a los
granitos (granitoides), la clasificación se basa en la abundancia de cuarzo,
feldespato alcalino y feldespato plagioclasa. Con base a esa clasificación, las
rocas de Ailsa Craig se pueden clasificar como feldespato alcalino cuarzo
sienita, tréfor azul = cuarzo monzogabro y tréfor rojo = granito/granodiorita».
A más de 600 dólares cada una, es
lógico que se haya dedicado mucha investigación al perfeccionamiento de las
piedras de curling. Pero como Ailsa Craig es ahora un santuario de vida
silvestre, es posible que se necesiten fuentes alternativas de granitoides con
composiciones lo más similares posible. Los especialistas esperan que se
encuentren en Nueva Escocia.