Vistas de página en total

sábado, 21 de febrero de 2026

EL ACEITE QUE NO NECESITA QUE LO “ARREGLEN”

 

Hay algo profundamente sospechoso en una aceituna. A simple vista parece una uva que ha tenido un mal día. No sonríe, no huele a promesa tropical ni cruje como una manzana virtuosa. Y, sin embargo, si uno la trata con la debida cortesía —ni demasiada violencia, ni demasiado calor, ni ningún laboratorio entrometido— se transforma en uno de los líquidos más venerados del planeta: el aceite de oliva virgen extra.

Cómo se extrae el aceite de oliva virgen extra

El proceso, comparado con casi cualquier industria aceitera moderna en la que siempre interviene la manipulación química, tiene algo de milagro doméstico. Lo resumo en cuatro fases:

1. Recolección. Las aceitunas se recogen del árbol —idealmente sin que toquen el suelo— y se llevan al molino de la almazara con bastante prisa. La fruta empieza a oxidarse en cuanto se desprende de la rama, y el tiempo, en este negocio, no es oro: es acidez.

2. Limpieza y molturación. Se lavan y se trituran enteras. Hueso incluido. El resultado es una pasta espesa, verde y fragante que huele a campo recién aplastado. Antes se hacía con muelas de piedra; hoy lo habitual es un molino metálico más higiénico y eficaz.

3. Batido (malaxación). Aquí sucede algo crucial. La pasta se bate lentamente durante unos 20–40 minutos para que las microgotas de aceite se unan entre sí. Todo esto ocurre a temperaturas moderadas. Para que el aceite pueda llamarse virgen extra, la extracción debe ser en frío —legalmente, por debajo de unos 27 °C—. Nada de hervores, nada de aditivos, nada de tratamientos retorcidos.

4. Separación. Mediante prensas tradicionales o, más comúnmente, centrifugadoras modernas (los famosos “decanters”), se separan tres cosas: el aceite, el agua vegetal y el orujo (la parte sólida).

Y ya está.

No hay hexano. No hay sosa cáustica. No hay neutralización, ni decoloración, ni desodorización.

Una prensa tradicional de almazara

Si el aceite sale defectuoso —porque la aceituna estaba dañada, fermentada o recogida tarde— no se “arregla”. Simplemente no puede venderse como virgen extra. El sistema es cruel pero honesto: la calidad depende del fruto y del cuidado, no de la química posterior.

El aceite de oliva virgen extra es, en esencia, zumo de fruta. Un zumo graso, ciertamente, pero zumo, al fin y al cabo. Los aceites de semillas son otra cosa. Lo explicaré con los procesos necesarios para preparar el aceite de girasol.

El girasol: una semilla que necesita “arreglos”

Las semillas de girasol no son una fruta carnosa que ofrezca su aceite con generosidad dadivosa. Son pequeñas cápsulas secas, diseñadas por la naturaleza para resistir inviernos, pájaros y pésimas decisiones humanas. Para obtener su aceite, el proceso suele ser más industrial:

1. Limpieza y descascarillado. Se eliminan impurezas y cáscaras. La semilla interior, la pipa, contiene la grasa.

2. Triturado y prensado. Las semillas se aplastan para liberar parte del aceite. Pero aquí viene el problema: el prensado mecánico no extrae todo. Siempre queda una fracción apreciable atrapada en la torta sólida.

3. Extracción con disolvente (hexano). Para recuperar ese aceite restante, se utiliza habitualmente hexano, un disolvente derivado del petróleo. El hexano disuelve la grasa con eficacia admirable. Después se evapora por calentamiento y se recupera para reutilizarlo. El aceite final debe cumplir límites estrictos de residuos; en condiciones normales, el consumidor no bebe hexano. Pero el aceite crudo resultante tiene un inconveniente: huele fuerte, contiene pigmentos, ceras, fosfolípidos y ácidos grasos libres. Es decir, es honesto… pero poco atractivo. Hay que refinarlo.

4. Refinado. Aquí empieza la parte que suena a clase de química aplicada:

Neutralización con sosa cáustica (NaOH): elimina ácidos grasos libres formando jabones que luego se separan.

Lavado y ajuste mineral: a veces con ácido fosfórico o cítrico.

Decoloración: mediante tierras de blanqueo o carbón activado.

Desodorización: vapor a alta temperatura (a menudo 180–240 °C) bajo vacío para eliminar olores.

Después de todo eso, el aceite es claro, neutro, estable y perfectamente utilizable para freír una croqueta sin que la cocina huela a pradera fermentada.

¿Por qué el aceite de oliva no necesita ese “arreglo”?

Porque juega con ventaja biológica. La aceituna está compuesta en un 15–25 % de aceite listo para salir. Es un tejido carnoso cuya función natural es atraer animales dispersores. El aceite está relativamente accesible.

La semilla de girasol, en cambio, almacena su grasa como reserva energética compacta para el embrión. Está protegida, encapsulada y químicamente acompañada de compuestos que, aunque no son venenosos, sí afectan al sabor y la estabilidad.

Además, el aceite de oliva virgen extra tiene una composición notablemente rica en polifenoles antioxidantes, tocoferoles (vitamina E) y compuestos aromáticos naturales. Estos compuestos le dan sabor, estabilidad y fama cardiosaludable. Pero son delicados: el refinado intenso los eliminaría. En el aceite de oliva virgen extra, la estrategia es preservar. En el de girasol refinado, la estrategia es purificar.

Temperaturas y dignidad térmica

Una de las diferencias más repetidas en debates culinarios es la del calor.

El aceite de oliva virgen extra se extrae en frío.

El aceite de girasol refinado puede someterse a temperaturas altas durante la desodorización.

Esto no convierte automáticamente a uno en santo y al otro en villano. Son procesos distintos para materias primas distintas. El calor en el refinado no busca “cocinar” el aceite para que sea comestible. Busca eliminar compuestos volátiles indeseabless. Y se hace bajo vacío para minimizar oxidaciones. El resultado es un aceite más neutro, más estable en frituras prolongadas y con menos personalidad aromática. Un actor secundario fiable.

Dos filosofías líquidas

Si uno quisiera exagerar —y la exageración es un deporte respetable— podría decir que el aceite de oliva virgen extra es como un vino joven embotellado directamente del viñedo, mientras que el aceite de girasol refinado es más bien un producto de ingeniería culinaria: eficiente, consistente, discreto.

Uno depende del agricultor. El otro depende del ingeniero. Ambos son legales. Ambos son seguros. Ambos cumplen normativas alimentarias estrictas.

La diferencia no está en que uno sea “natural” y el otro “químico”. Todo es química. La diferencia está en cuánta intervención posterior necesita la materia prima para volverse agradable y estable.

Epílogo en la cocina

Si vierte aceite de oliva virgen extra sobre una tostada, notará amargor, picor, aromas verdes. Eso son polifenoles saludando. Si usa aceite de girasol refinado para freír, notará algo más sutil: casi nada. Y esa es precisamente su virtud y su castigo.

Uno cuenta una historia. El otro hace el trabajo sin interrumpir la conversación.

Y tal vez esa sea la lección más útil: no todos los alimentos que pasan por procesos industriales son sospechosos, ni todos los que presumen de rusticidad son superiores en cualquier contexto.

La aceituna tuvo la amabilidad de ofrecernos su aceite sin exigir laboratorio. El girasol necesitó ayuda técnica para que lo apreciáramos. Y nosotros, criaturas agradecidas y algo melodramáticas, hemos decidido convertir esa diferencia en una batalla filosófica cuando, en realidad, es simplemente botánica aplicada con distintos grados de intervención humana.

Al final, la tostada no suele quejarse.