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lunes, 28 de septiembre de 2026

AFGANISTÁN: DE LA YIHAD CONTRA LOS SOVIÉTICOS AL REGRESO DE LOS TALIBANES

 

El 15 de febrero de 1989, el general Borís Grómov cruzó a pie el puente de la Amistad sobre el Amu Daria, que separaba Afganistán de la entonces república soviética de Uzbekistán. Era el comandante del 40.º Ejército y, según la escenografía preparada para la ocasión, el último soldado soviético que abandonaba Afganistán. Al otro lado lo esperaba su hijo Maxim con un ramo de flores.

La escena era magnífica, aunque tenía algo de teatro: Grómov había pasado la noche anterior en Termez, ya en territorio soviético, y regresó de madrugada a Afganistán para representar ante las cámaras su salida definitiva. Hasta las derrotas necesitan una buena fotografía.

«No queda ni un solo soldado soviético detrás de mí», declaró Grómov. Después de nueve años de guerra, unos 15 000 militares soviéticos muertos y una catástrofe incomparablemente mayor para los afganos, Moscú regresaba a casa.

Treinta y dos años después, el 30 de agosto de 2021, el mayor general estadounidense Chris Donahue subió a un avión C-17 en el aeropuerto de Kabul. Una fotografía tomada con visión nocturna lo convirtió en el último militar estadounidense que abandonaba Afganistán. Esta vez no hubo puente, flores ni hijo esperando. Detrás quedaban veinte años de guerra y, de nuevo, los islamistas.

Entre las dos imágenes cabe buena parte de la historia moderna de Afganistán y una de las mayores paradojas de la Guerra Fría: Estados Unidos contribuyó decisivamente a financiar y armar la yihad que derrotó a los soviéticos. Décadas después tuvo que enviar a sus propios soldados a combatir en el mismo país contra un movimiento islamista nacido del mundo que aquella guerra había ayudado a crear.

Conviene hacer desde el principio una precisión. Estados Unidos no armó a «los talibanes» para combatir a los soviéticos. Los talibanes no existían entonces. Surgieron como organización hacia 1994, cinco años después de la retirada soviética. Lo que Washington financió fueron los muyahidines, un conjunto heterogéneo de guerrillas afganas, muchas de ellas islamistas, que luchaban contra el gobierno comunista de Kabul y contra el Ejército Rojo. La diferencia importa, aunque no elimina la relación entre una cosa y otra.

La historia había comenzado en abril de 1978, cuando el Partido Democrático Popular de Afganistán, comunista y estrechamente relacionado con Moscú, tomó el poder mediante la llamada Revolución de Saur. Afganistán era entonces uno de los países más pobres y tradicionales del planeta. El nuevo régimen decidió transformarlo a velocidad revolucionaria: reforma agraria, alfabetización, secularización, educación femenina, modificación de las leyes matrimoniales y ataque a algunas estructuras tribales y religiosas.

Varias de aquellas reformas podían parecer razonables desde Kabul o Moscú. El problema fue intentar imponerlas mediante decretos, purgas, detenciones y ejecuciones a una sociedad rural que apenas reconocía la autoridad del Estado. La rebelión se extendió rápidamente.

Para la Unión Soviética aquello constituía un problema formidable. Afganistán compartía una larga frontera con varias repúblicas soviéticas de población mayoritariamente musulmana. Moscú veía cómo un régimen aliado se desmoronaba mientras sus dirigentes comunistas se asesinaban entre ellos. En septiembre de 1979, Hafizullah Amin desplazó y mandó matar al presidente Nur Muhammad Taraki. Los soviéticos desconfiaban profundamente de Amin y temían perder el control de un país situado en su frontera meridional.

Por eso invadieron Afganistán en diciembre de 1979. No existen buenas pruebas de la explicación, tan popular entonces, según la cual Moscú pretendía atravesar Afganistán para alcanzar el océano Índico o apoderarse del petróleo del golfo Pérsico. Su objetivo inmediato era bastante menos grandioso: evitar el hundimiento de un gobierno comunista vecino y mantener Afganistán dentro de la órbita soviética.

La operación comenzó con contundencia. Fuerzas especiales soviéticas asaltaron el palacio presidencial, mataron a Amin e instalaron a Babrak Karmal. Moscú creyó que podría estabilizar rápidamente la situación. Era uno de esos cálculos que parecen razonables durante las primeras cuarenta y ocho horas de una guerra. Los soviéticos descubrieron pronto el inconveniente fundamental de Afganistán: ocupar Kabul no significa controlar Afganistán.

Los muyahidines dominaban amplias zonas rurales, conocían las montañas, podían confundirse con la población y disponían de una retaguardia casi imposible de eliminar al otro lado de la frontera pakistaní. Además, la llegada del Ejército Rojo proporcionó a una rebelión dispersa un argumento formidable. Ya no se luchaba solamente contra unos comunistas afganos que querían cambiar las costumbres del país. Se combatía contra extranjeros ateos que habían invadido una tierra musulmana.

Entonces apareció Estados Unidos. Washington ya había autorizado antes de la invasión soviética una modesta ayuda clandestina a los insurgentes. Después de diciembre de 1979, aquella ayuda se transformó gradualmente en una de las mayores operaciones encubiertas de la Guerra Fría: la Operación Cyclone de la CIA.

El mecanismo tenía una peculiaridad que tendría enormes consecuencias. Los estadounidenses proporcionaban dinero y armas, pero buena parte de su distribución quedaba en manos de Pakistán y especialmente de su servicio de inteligencia, el ISI. Arabia Saudí aportó también grandes cantidades de dinero. Pakistán favoreció particularmente a determinadas organizaciones islamistas y la guerra comenzó a adquirir cada vez más el carácter de una yihad internacional contra el comunismo.

Llegaron miles de voluntarios extranjeros. Entre ellos estaba un joven saudí extraordinariamente rico llamado Osama Bin Laden. No hay pruebas sólidas de que la CIA financiara directamente a Bin Laden, como tantas veces se ha repetido. No hacía falta. Afganistán se había convertido en un gigantesco ecosistema internacional de combatientes, predicadores, armas, dinero, madrasas y organizaciones islamistas que tenían un enemigo común.

La estrategia estadounidense era impecable desde el punto de vista de la Guerra Fría. Después de Vietnam, Washington tenía la oportunidad de devolver el favor. Cada helicóptero soviético derribado, cada convoy atacado y cada año adicional de guerra aumentaban el precio que Moscú debía pagar por sostener a su aliado.

La entrega a los muyahidines de misiles antiaéreos Stinger a partir de 1986 se convirtió en el símbolo de aquella intervención. Los guerrilleros podían ahora amenazar seriamente a helicópteros y aviones que hasta entonces habían disfrutado de una gran superioridad. Pero los Stinger no ganaron por sí solos la guerra. El problema soviético era más profundo.

El Ejército Rojo podía ganar batallas, ocupar ciudades, destruir aldeas y controlar las principales carreteras. Lo que no podía hacer era convertir esas victorias militares en un Afganistán estable. Cada operación terminaba y los guerrilleros regresaban. Pakistán seguía proporcionando refugio. Las bajas aumentaban. La guerra costaba cada vez más y nadie podía explicar satisfactoriamente cómo terminarla.

Cuando Mijaíl Gorbachov llegó al poder en 1985 heredó lo que él mismo acabaría describiendo como una «herida sangrante». Decidió salir. La retirada comenzó en 1988 y terminó con el general Grómov cruzando el Amu Daria en febrero de 1989.

Estados Unidos había ganado aquella partida. Afganistán, no. El gobierno comunista de Mohammad Najibullah consiguió resistir todavía tres años, pero se derrumbó en 1992, después de desaparecer la Unión Soviética y con ella la ayuda que lo mantenía. Los muyahidines entraron en Kabul y comenzaron inmediatamente a combatirse entre ellos. Las distintas facciones bombardearon la capital, saquearon territorios y dividieron el país entre señores de la guerra. La población que había soportado la invasión soviética tuvo que soportar ahora a sus libertadores.

De aquel desastre surgieron los talibanes. Aparecieron alrededor de Kandahar en 1994. Su nombre procede de talib, estudiante, porque muchos de sus miembros habían pasado por madrasas islámicas, especialmente en Pakistán. Prometían acabar con los señores de la guerra, desarmar a los bandidos, hacer seguras las carreteras y restaurar el orden. Después de tantos años de violencia, aquello bastó para conseguirles inicialmente cierto apoyo.

Pakistán desempeñó un papel decisivo en su ascenso. En apenas dos años los talibanes conquistaron gran parte del país y en septiembre de 1996 entraron en Kabul. Entonces Afganistán descubrió el precio de aquel orden.

Los talibanes establecieron el Emirato Islámico y aplicaron una interpretación extremadamente rigorista de la sharía. Las mujeres fueron expulsadas en gran medida del trabajo y de la enseñanza, se impusieron estrictas normas de vestimenta y conducta, se prohibieron numerosas formas de música y entretenimiento y los castigos corporales y las ejecuciones públicas pasaron a formar parte del paisaje político. Afganistán se convirtió además en refugio de Al Qaeda y de Osama Bin Laden.

Después llegaron el 11 de septiembre de 2001, la invasión estadounidense, la caída del primer Emirato talibán y veinte años de otra guerra que tampoco consiguió construir un Estado afgano capaz de sostenerse por sí mismo. En agosto de 2021 los talibanes regresaron a Kabul.

El general Chris Donahue, comandante de la 82.ª División Aerotransportada, se dirige al último C-17 estadounidense que abandonó Kabul el 30 de agosto de 2021. Fue el último militar estadounidense en salir de Afganistán. Fotografía: Master Sgt. Alex Burnett, U.S. Army. Dominio público.

La historia no describe un círculo perfecto. Estados Unidos no creó a los talibanes ni les entregó directamente los Stinger con los que se combatió a los soviéticos. Pero tampoco puede borrarse la genealogía. Para derrotar a su adversario durante la Guerra Fría, Washington, junto con Pakistán y Arabia Saudí, financió y armó masivamente una insurgencia en la que el islamismo radical desempeñaba un papel fundamental. Cuando los soviéticos se marcharon, el interés occidental por Afganistán se evaporó mucho más rápidamente que las armas, los combatientes y las redes creadas durante la guerra.

El 15 de febrero de 1989, Grómov cruzó el puente convencido de que dejaba atrás una guerra perdida. El 30 de agosto de 2021, Donahue subió al último avión estadounidense dejando Afganistán en manos de los talibanes. Entre ambos transcurrieron treinta y dos años. Cambiaron las superpotencias, los uniformes y las razones declaradas para combatir. Afganistán permaneció allí, esperando al siguiente imperio convencido de que esta vez sería diferente.