Hay hongos que nacen con
sombrero, pie y cierta voluntad de parecerse al dibujo infantil de una seta. Y
hay otros, como Pisolithus arhizus, que parecen una patata olvidada, un
terrón de tierra con vocación mineral o, en su vejez, algo que uno apartaría
prudentemente con la punta del zapato. No tiene láminas ni poros, ni la menor
intención de resultar elegante. Aun así, bajo las hojas de Eucalyptus
globulus de la fotografía se esconde una de las asociaciones más eficaces y
antiguas de la naturaleza: un acuerdo comercial entre un árbol y un hongo.
El nombre ya anuncia rareza. Pisolithus
procede del griego pison, guisante, y lithos, piedra: «piedras de
guisante». Si se corta joven, su interior no ofrece una carne uniforme, sino
multitud de pequeñas cápsulas redondeadas —los peridíolos—, donde se forman las
esporas. Los peridíolos son pequeñas cápsulas internas donde se producen y
agrupan las esporas. Los peridíolos dan al corte un aspecto de muchos guisantes
diminutos compactados. Al madurar el hongo, esas cápsulas se rompen, se
deshacen y liberan las esporas como polvo pardo. No son semillas ni huevos,
sino pequeños compartimentos reproductores del hongo. En la lámina que encabeza
este artículo los representé algo grandes y redondos para hacer visible la
idea; en la realidad son más pequeños, irregulares y menos «perfectos».
Arhizus significa «sin
raíces». Es una descripción apropiada para un organismo que parece emerger
directamente del suelo, aunque en realidad está conectado con una trama
subterránea de hifas mucho más extensa que su parte visible.
Durante mucho tiempo se llamó Pisolithus
tinctorius, y ese nombre sigue apareciendo en muchas guías y viveros. La
genética ha puesto orden —o, más exactamente, ha introducido una clase nueva de
desorden— en el género: bajo aquel nombre amplio se escondían varias especies o
linajes muy parecidos externamente. Para los ejemplares mediterráneos europeos,
el nombre más empleado hoy es Pisolithus arhizus. A simple vista, y sin
examen microscópico o análisis molecular, lo prudente es hablar de Pisolithus
arhizus o, si se quiere dejar una pequeña puerta científica entreabierta,
de «Pisolithus del complejo arhizus».
Los ejemplares jóvenes son
globosos y de piel amarillenta u ocre, a menudo marcada por placas oscuras y
grietas. Crecen lentamente hasta formar masas de varios centímetros, a veces
con aspecto de bulbo y otras de maza corta. Al madurar se convierten en algo
parecido a una ruina: la superficie se abre, los pequeños compartimentos
interiores se deshacen y queda una masa parda, seca y pulverulenta. Cada una de
aquellas diminutas «piedras de guisante» había guardado esporas; el viento, la
lluvia y los animales se encargarán de liberarlas.
No es, pese a su parecido lejano,
un pedo de lobo corriente. Los verdaderos pedos de lobo (Lycoperdon)
suelen tener una gleba blanca y homogénea cuando son jóvenes. Pisolithus,
en cambio, ya lleva dentro esa arquitectura de cápsulas. Tampoco es un hongo
para la sartén: se considera incomestible, por su consistencia coriácea y su
sabor poco amable, y conviene dejarlo donde está.
Su aspecto exterior importa poco
al árbol. Lo que de verdad cuenta está enterrado. Las hifas de Pisolithus
encuentran las raicillas más finas del eucalipto y las envuelven como un guante
microscópico. No perforan las células vegetales: se introducen entre ellas
formando una red de intercambio, la red de Hartig. El árbol paga el servicio
con azúcares fabricados en las hojas gracias a la fotosíntesis. El hongo pone a
disposición de las raíces una inmensa prolongación absorbente que explora
grietas y partículas de suelo inaccesibles para la planta.
La ventaja es considerable. Con
esa red fúngica, el eucalipto accede mejor al agua, al fósforo, al nitrógeno y
a ciertos micronutrientes. A cambio, el hongo recibe una fuente estable de
carbono. No es caridad vegetal ni protección paternal: es una sociedad
mercantil muy bien asentada. Cada parte hace aquello para lo que está mejor
dotada. El árbol levanta una fábrica solar de decenas de metros; el hongo se
infiltra con filamentos de unas pocas micras en los recovecos del suelo.
Pisolithus es
especialmente bueno en lugares difíciles. Tolera suelos ácidos, secos, pobres o
alterados, donde otros hongos micorrícicos son más quisquillosos. Por ello se
ha empleado como inoculante en viveros forestales y en proyectos de
restauración de terrenos degradados. Un plantón que sale del vivero con sus
raíces ya colonizadas por un buen hongo dispone, al ser plantado, de una
pequeña red de abastecimiento instalada.
Los eucaliptos son compañeros
habituales. En su Australia natal, muchas especies de Eucalyptus viven
asociadas a una vasta diversidad de hongos ectomicorrícicos; cuando fueron
llevados a Europa, América o África, algunos viajaron con sus simbiontes y
otros formaron nuevos acuerdos con hongos locales. Pisolithus resulta
particularmente flexible y aparece bajo eucaliptos, pinos, encinas, jaras y
otras plantas capaces de establecer ectomicorrizas. Las hojas de Eucalyptus
globulus de la fotografía no alimentan directamente al hongo como lo
haría un descomponedor; son, más bien, la señal visible de que bajo aquel suelo
probablemente hay raíces con las que puede comerciar.
Hay una paradoja hermosa en ello.
Los eucaliptos tienen fama de árboles independientes y algo imperialistas:
crecen deprisa, dan mucha sombra, dejan una hojarasca aromática y alteran
profundamente el ambiente. Pero bajo el suelo dependen de socios invisibles. Un
árbol no es solo tronco, copa y raíces; es también la comunidad de bacterias,
hongos y pequeños animales que vive asociada a él. La imagen de dos bolas
pardas entre hojas secas no es, por tanto, una anécdota del bosque: es la parte
visible de un sistema de cooperación subterráneo.
El nombre antiguo, tinctorius,
recuerda otro uso curioso. La gleba joven y oscura de este hongo se utilizó
para teñir fibras y lana en gamas que van de los amarillos apagados a los
ocres, pardos, violáceos y negros. El color depende de la madurez del hongo,
del mordiente empleado y de la fibra. Es una vocación modesta pero apropiada:
incluso al morir, cuando se abre y libera sus esporas, Pisolithus
convierte el suelo en una pequeña paleta de pigmentos.
No hace falta, pues, admirarlo
por guapo. Basta con admirarlo por competente. Bajo las hojas de un eucalipto,
este hongo de apariencia terrosa no está improvisando una seta: está revelando,
por unas semanas, la existencia de una gigantesca red de trueque que sostiene
al árbol desde abajo.