Vistas de página en total

martes, 22 de septiembre de 2026

EL HONGO QUE HACE NEGOCIOS CON LOS EUCALIPTOS

 

Hay hongos que nacen con sombrero, pie y cierta voluntad de parecerse al dibujo infantil de una seta. Y hay otros, como Pisolithus arhizus, que parecen una patata olvidada, un terrón de tierra con vocación mineral o, en su vejez, algo que uno apartaría prudentemente con la punta del zapato. No tiene láminas ni poros, ni la menor intención de resultar elegante. Aun así, bajo las hojas de Eucalyptus globulus de la fotografía se esconde una de las asociaciones más eficaces y antiguas de la naturaleza: un acuerdo comercial entre un árbol y un hongo.

El nombre ya anuncia rareza. Pisolithus procede del griego pison, guisante, y lithos, piedra: «piedras de guisante». Si se corta joven, su interior no ofrece una carne uniforme, sino multitud de pequeñas cápsulas redondeadas —los peridíolos—, donde se forman las esporas. Los peridíolos son pequeñas cápsulas internas donde se producen y agrupan las esporas. Los peridíolos dan al corte un aspecto de muchos guisantes diminutos compactados. Al madurar el hongo, esas cápsulas se rompen, se deshacen y liberan las esporas como polvo pardo. No son semillas ni huevos, sino pequeños compartimentos reproductores del hongo. En la lámina que encabeza este artículo los representé algo grandes y redondos para hacer visible la idea; en la realidad son más pequeños, irregulares y menos «perfectos».

Arhizus significa «sin raíces». Es una descripción apropiada para un organismo que parece emerger directamente del suelo, aunque en realidad está conectado con una trama subterránea de hifas mucho más extensa que su parte visible.

Durante mucho tiempo se llamó Pisolithus tinctorius, y ese nombre sigue apareciendo en muchas guías y viveros. La genética ha puesto orden —o, más exactamente, ha introducido una clase nueva de desorden— en el género: bajo aquel nombre amplio se escondían varias especies o linajes muy parecidos externamente. Para los ejemplares mediterráneos europeos, el nombre más empleado hoy es Pisolithus arhizus. A simple vista, y sin examen microscópico o análisis molecular, lo prudente es hablar de Pisolithus arhizus o, si se quiere dejar una pequeña puerta científica entreabierta, de «Pisolithus del complejo arhizus».

Los ejemplares jóvenes son globosos y de piel amarillenta u ocre, a menudo marcada por placas oscuras y grietas. Crecen lentamente hasta formar masas de varios centímetros, a veces con aspecto de bulbo y otras de maza corta. Al madurar se convierten en algo parecido a una ruina: la superficie se abre, los pequeños compartimentos interiores se deshacen y queda una masa parda, seca y pulverulenta. Cada una de aquellas diminutas «piedras de guisante» había guardado esporas; el viento, la lluvia y los animales se encargarán de liberarlas.

No es, pese a su parecido lejano, un pedo de lobo corriente. Los verdaderos pedos de lobo (Lycoperdon) suelen tener una gleba blanca y homogénea cuando son jóvenes. Pisolithus, en cambio, ya lleva dentro esa arquitectura de cápsulas. Tampoco es un hongo para la sartén: se considera incomestible, por su consistencia coriácea y su sabor poco amable, y conviene dejarlo donde está.

Su aspecto exterior importa poco al árbol. Lo que de verdad cuenta está enterrado. Las hifas de Pisolithus encuentran las raicillas más finas del eucalipto y las envuelven como un guante microscópico. No perforan las células vegetales: se introducen entre ellas formando una red de intercambio, la red de Hartig. El árbol paga el servicio con azúcares fabricados en las hojas gracias a la fotosíntesis. El hongo pone a disposición de las raíces una inmensa prolongación absorbente que explora grietas y partículas de suelo inaccesibles para la planta.

La ventaja es considerable. Con esa red fúngica, el eucalipto accede mejor al agua, al fósforo, al nitrógeno y a ciertos micronutrientes. A cambio, el hongo recibe una fuente estable de carbono. No es caridad vegetal ni protección paternal: es una sociedad mercantil muy bien asentada. Cada parte hace aquello para lo que está mejor dotada. El árbol levanta una fábrica solar de decenas de metros; el hongo se infiltra con filamentos de unas pocas micras en los recovecos del suelo.

Pisolithus es especialmente bueno en lugares difíciles. Tolera suelos ácidos, secos, pobres o alterados, donde otros hongos micorrícicos son más quisquillosos. Por ello se ha empleado como inoculante en viveros forestales y en proyectos de restauración de terrenos degradados. Un plantón que sale del vivero con sus raíces ya colonizadas por un buen hongo dispone, al ser plantado, de una pequeña red de abastecimiento instalada.

Los eucaliptos son compañeros habituales. En su Australia natal, muchas especies de Eucalyptus viven asociadas a una vasta diversidad de hongos ectomicorrícicos; cuando fueron llevados a Europa, América o África, algunos viajaron con sus simbiontes y otros formaron nuevos acuerdos con hongos locales. Pisolithus resulta particularmente flexible y aparece bajo eucaliptos, pinos, encinas, jaras y otras plantas capaces de establecer ectomicorrizas. Las hojas de Eucalyptus globulus de la fotografía no alimentan directamente al hongo como lo haría un descomponedor; son, más bien, la señal visible de que bajo aquel suelo probablemente hay raíces con las que puede comerciar.

Hay una paradoja hermosa en ello. Los eucaliptos tienen fama de árboles independientes y algo imperialistas: crecen deprisa, dan mucha sombra, dejan una hojarasca aromática y alteran profundamente el ambiente. Pero bajo el suelo dependen de socios invisibles. Un árbol no es solo tronco, copa y raíces; es también la comunidad de bacterias, hongos y pequeños animales que vive asociada a él. La imagen de dos bolas pardas entre hojas secas no es, por tanto, una anécdota del bosque: es la parte visible de un sistema de cooperación subterráneo.

El nombre antiguo, tinctorius, recuerda otro uso curioso. La gleba joven y oscura de este hongo se utilizó para teñir fibras y lana en gamas que van de los amarillos apagados a los ocres, pardos, violáceos y negros. El color depende de la madurez del hongo, del mordiente empleado y de la fibra. Es una vocación modesta pero apropiada: incluso al morir, cuando se abre y libera sus esporas, Pisolithus convierte el suelo en una pequeña paleta de pigmentos.

No hace falta, pues, admirarlo por guapo. Basta con admirarlo por competente. Bajo las hojas de un eucalipto, este hongo de apariencia terrosa no está improvisando una seta: está revelando, por unas semanas, la existencia de una gigantesca red de trueque que sostiene al árbol desde abajo.