Vistas de página en total

sábado, 26 de septiembre de 2026

HAMÁS, EL ENEMIGO QUE ISRAEL AYUDÓ A CREAR

 

«Hamás, para mi gran pesar, es una creación de Israel». La frase tiene todos los ingredientes necesarios para triunfar en internet: es breve, escandalosa y parece explicar de golpe cuarenta años de historia de Oriente Próximo. Lo curioso es que no procede de un propagandista palestino ni de un enemigo declarado de Israel. La pronunció Avner Cohen, un funcionario israelí que durante más de veinte años se ocupó de asuntos religiosos en Gaza. En 2009 explicó al Wall Street Journal que Israel había cometido tres décadas antes un «enorme y estúpido error».

Conviene empezar aclarando qué significa exactamente semejante afirmación. Israel no reunió en un despacho a unos cuantos agentes del Shin Bet para inventar Hamás, redactar sus estatutos y colocar al frente al jeque Ahmed Yassin. La historia es más complicada y, precisamente por eso, más interesante. Lo que hizo Israel fue permitir, favorecer y en determinados casos financiar durante los años setenta y comienzos de los ochenta el crecimiento de las organizaciones islamistas palestinas que competían con la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). De aquella infraestructura surgiría Hamás en 1987.

La historia comienza mucho antes. La Hermandad Musulmana, fundada en Egipto por Hassan al-Banna en 1928, se había establecido en Palestina antes incluso de la creación del Estado de Israel. Los Hermanos Musulmanes o Hermandad Musulmana es una organización islamista, es decir, una organización política con un ideario basado en el islam y considerada terrorista por los gobiernos de Rusia, Estados Unidos, Argentina, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Baréin, y Egipto, entre otros.

Después de la guerra de 1967, cuando Israel ocupó Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este, la principal amenaza palestina que percibían las autoridades israelíes no procedía de los islamistas. Procedía de los nacionalistas.

Era la época de Yaser Arafat y de una OLP dominada por Fatah, acompañada de una constelación de organizaciones algunas de las cuales eran abiertamente marxistas. Secuestros de aviones, atentados y operaciones guerrilleras habían convertido a la OLP en el enemigo palestino prioritario de Israel. Los Hermanos Musulmanes parecían otra cosa. Preferían construir una sociedad islámica desde abajo antes que lanzarse inmediatamente a la guerra contra Israel.

En ese escenario apareció Ahmed Yassin, un predicador palestino tetrapléjico que acabaría teniendo una influencia formidable. En 1973 creó en Gaza el Mujamma al-Islami, el Centro Islámico. Su actividad parecía poco revolucionaria: mezquitas, escuelas, guarderías, clínicas, bibliotecas, asociaciones juveniles, deportes, ayuda a familias necesitadas e incluso bodas colectivas para jóvenes que no podían permitirse pagarlas. El historiador Jean-Pierre Filiu señala un detalle extraordinariamente revelador: el gobernador israelí asistió en septiembre de 1973 a la inauguración de la mezquita de Jawrat al-Shams, destinada a convertirse en uno de los escaparates del Mujamma.

La organización crecía y las autoridades israelíes no parecían especialmente preocupadas. Más bien al contrario. La razón puede resumirse mediante una de las reglas más antiguas de la política: si dos adversarios tuyos se disputan el mismo territorio, quizá convenga que ninguno de los dos gane demasiado deprisa. Los islamistas de Yassin competían por la influencia social con los nacionalistas de la OLP. Para Israel, que dedicaba grandes esfuerzos militares y policiales a combatir a estos últimos, aquella rivalidad podía resultar útil.

El paso decisivo llegó en septiembre de 1979, cuando las autoridades israelíes reconocieron oficialmente al Mujamma. El reconocimiento amplió considerablemente su capacidad administrativa y, sobre todo, sus posibilidades de conseguir dinero y extender su red. Filiu sitúa expresamente la decisión dentro del enfrentamiento entre Israel y el movimiento nacional palestino.

No se trató únicamente de mirar hacia otro lado. El general de brigada Yitzhak Segev, gobernador militar israelí de Gaza desde finales de 1979, reconocería que la administración militar disponía de presupuesto para las mezquitas. La frase que se le atribuye en un reportaje publicado el 28 de marzo de 1981 por David Shipleren The New York Times, es poco ambigua: «El Gobierno israelí me daba un presupuesto y el gobierno militar se lo daba a las mezquitas».

Aquí conviene detenerse porque la historia suele deformarse al pasar por las redes sociales. Segev no dijo la famosa frase de que «Hamás es una creación de Israel». Esa fue Avner Cohen. Lo importante es que ambos testimonios encajan en el mismo paisaje histórico: responsables israelíes reconocieron posteriormente que se había permitido e incluso alentado y financiado el crecimiento del islamismo palestino porque podía funcionar como contrapeso frente al nacionalismo secular.

Cohen asegura además que hubo advertencias. Algunos clérigos musulmanes de Gaza acudieron a las autoridades israelíes para prevenirlas contra Yassin. «Manteneos alejados de Yassin. Es un gran peligro», recuerda que les dijeron. Él mismo redactó a mediados de los años ochenta un informe recomendando poner fin a aquella política de dividir a los palestinos favoreciendo a los islamistas. No consiguió convencer a sus superiores.

Desde la perspectiva israelí de entonces, el cálculo no era necesariamente absurdo. Eso es precisamente lo inquietante de la historia. Las decisiones que terminan en catástrofe rara vez parecen disparatadas cuando se toman.

Yassin y sus seguidores no habían inventado todavía Hamás. La Hermandad Musulmana palestina dedicaba buena parte de sus energías a islamizar la sociedad y, en ocasiones, a enfrentarse políticamente con comunistas y nacionalistas palestinos. Mientras la OLP combatía a Israel, el movimiento islamista parecía relativamente manejable. Israel podía pensar que estaba fomentando una división dentro del campo adversario sin crear un enemigo equivalente. Pero estaba ayudando a que uno de aquellos adversarios construyera algo extraordinariamente valioso: una organización.

Una guerrilla necesita armas. Un movimiento político duradero necesita mucho más: militantes, dinero, lugares de reunión, redes de confianza, mecanismos de reclutamiento, instituciones educativas, asistencia social y presencia cotidiana en los barrios. El Mujamma fue acumulando precisamente todo eso.

En 1984 apareció una señal bastante clara de que la criatura estaba cambiando. Las fuerzas israelíes encontraron armas clandestinas y Yassin fue detenido y condenado. Sin embargo, en 1985 recuperó la libertad como consecuencia de un intercambio de prisioneros. Continuó entonces ampliando su influencia en Gaza.

Dos años después ocurrió lo que ninguno de los estrategas que habían considerado útil al islamismo palestino había previsto. En diciembre de 1987 estalló la Primera Intifada. Yassin y otros dirigentes islamistas decidieron que había llegado el momento de abandonar la relativa pasividad de la Hermandad Musulmana frente a Israel. Crearon Harakat al-Muqawama al-Islamiyya, Movimiento de Resistencia Islámica. Las iniciales árabes formaban una palabra mucho más fácil de recordar: Hamás.

La organización era nueva. La infraestructura sobre la que se apoyaba, no. Por eso resulta simultáneamente verdadero y erróneo afirmar que «Israel creó Hamás». Es erróneo si imaginamos una operación secreta mediante la cual los servicios israelíes fundaron una organización terrorista palestina. No existen pruebas sólidas de semejante cosa. Hamás fue fundado por palestinos islamistas procedentes de la Hermandad Musulmana y poseía raíces ideológicas propias que antecedían varias décadas al Estado de Israel.

Pero la frase de Avner Cohen señala algo históricamente más interesante. Israel contribuyó conscientemente a crear las condiciones institucionales en las que prosperó el movimiento del que nació Hamás, porque durante un tiempo consideró que los islamistas podían debilitar a un enemigo entonces mucho más peligroso: Arafat y la OLP. El propio reconocimiento oficial del Mujamma en 1979 aumentó su capacidad de organización y financiación.

La ironía histórica resulta difícil de exagerar. Israel había encontrado en Gaza una corriente religiosa que podía servir de contrapeso al nacionalismo palestino. Le permitió crecer porque dividía al adversario. Aquella corriente construyó mezquitas, escuelas, clínicas y asociaciones; creó una base social; acumuló recursos; desplazó a competidores y, cuando llegó la Intifada, transformó parte de aquella maquinaria social en una organización de resistencia armada.

Décadas después, Hamás se convertiría en el gobernante de Gaza y en uno de los principales enemigos de Israel. Quizá por eso la frase más instructiva de toda esta historia no sea siquiera aquella de Cohen sobre la «creación» de Hamás. Es otra cosa que dijo al recordar las decisiones tomadas cuando todavía había tiempo para cambiarlas. Las definió como un «enorme y estúpido error».

No era la primera vez que un Estado alimentaba a un adversario menor para debilitar a otro mayor. Tampoco sería la última. El problema de criar enemigos útiles es que llega un momento en que dejan de necesitarte.