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domingo, 27 de septiembre de 2026

GRAN ISRAEL: CUANDO LA BIBLIA ENTRA EN EL MAPA

 

«En aquel día hizo Jehová un pacto con Abram, diciendo: A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río grande, el Éufrates». Esta frase, inserta en el Génesis (15:18), es la base de la que parten algunas de las corrientes más extremistas del sionismo para defender el derecho divino de Israel a controlar gran parte de Oriente Próximo.

En abril publiqué un artículo sobre las promesas británicas en Palestina en el que terminé diciendo que el mapa que salió de aquella ecuación todavía no había dejado de moverse. Quizá me quedé corto. Porque el problema no consiste solamente en que las fronteras hayan cambiado. También ha cambiado, y varias veces, la idea de hasta dónde debería llegar Israel.

Antes de seguir conviene despejar una confusión terminológica. Sionismo y semitismo no tienen prácticamente nada que ver. «Semítico» nació como término lingüístico para agrupar lenguas emparentadas, entre ellas el hebreo, el árabe y el arameo. En la Europa del siglo XIX apareció después «antisemitismo», palabra que, pese a su etimología equívoca, terminó designando específicamente la hostilidad hacia los judíos. El sionismo es otra cosa: un movimiento político nacional surgido a finales del XIX que defendía que los judíos constituían un pueblo y necesitaban un hogar nacional propio.

Tampoco debe confundirse judío con sionista. Ha habido y hay judíos antisionistas o no sionistas y existen, a su vez, sionistas no judíos, entre ellos esa moderna plaga que son los cristianos evangélicos. Y nunca existió un solo sionismo. Hubo sionistas socialistas, liberales, religiosos, culturales y nacionalistas. Como ocurre con casi todas las grandes ideologías, ponerse de acuerdo sobre el sustantivo no garantizaba hacerlo sobre los adjetivos.

En mi artículo anterior había dejado a Theodor Herzl y a los primeros sionistas intentando conseguir un hogar para los judíos en Palestina. Pero ni siquiera entonces estaba definitivamente resuelta una cuestión elemental: qué Palestina y con qué fronteras. El Mandato británico comprendía inicialmente territorios a ambos lados del Jordán. En 1921 los británicos separaron Transjordania, futura Jordania, de la administración palestina en Cisjordania, situada en la porción occidental del río.

Para una parte del movimiento sionista aquello constituía una renuncia intolerable. El hombre que mejor representó esa corriente fue Ze'ev Jabotinsky, fundador en los años veinte del llamado sionismo revisionista. Jabotinsky defendía un Estado judío territorialmente más ambicioso. Su movimiento acabaría convirtiéndose en el antepasado ideológico de la derecha israelí que conduce, pasando por Menájem Begin, hasta el Likud de Benjamin Netanyahu.

En 1923 Jabotinsky publicó su célebre ensayo El muro de hierro. Su razonamiento era sencillo: ningún pueblo indígena acepta voluntariamente que otro pueblo establezca una mayoría y una soberanía en su territorio. Los árabes palestinos, por tanto, se resistirían. El proyecto sionista solo podría consolidarse detrás de un «muro de hierro», es decir, mediante una superioridad de fuerza que hiciera inútil esa resistencia.

Cuando Israel nació en 1948, el mapa real fue resultado de una guerra, no de una teoría. Israel quedó constituido sobre un territorio mayor que el asignado al Estado judío por el plan de partición de Naciones Unidas de 1947, mientras Cisjordania quedó bajo control jordano y Gaza bajo administración egipcia.

Y entonces llegó 1967. La Guerra de los Seis Días transformó la geografía y también la imaginación política israelí. En seis jornadas Israel ocupó Cisjordania, Jerusalén Este, Gaza, el Sinaí y los Altos del Golán. De repente, lugares cargados de historia bíblica como Hebrón, Belén, Jericó y la Ciudad Vieja de Jerusalén estaban bajo control de su ejército.

Para determinados judíos religiosos aquello significaba algo más que una victoria militar: la historia bíblica acababa de regresar al mapa. Cisjordania dejaba de ser, en ese lenguaje, Cisjordania. Era Judea y Samaria. Hebrón no era solamente una ciudad palestina ocupada en 1967: era el lugar de las tumbas de Abraham, Isaac y Jacob.

De aquella combinación de nacionalismo, religión y territorio nació después de la guerra de Yom Kipur de 1973 Gush Emunim, el Bloque de los Fieles. Fundado formalmente en 1974 e inspirado por la teología del rabino Zvi Yehuda Kook, entendía el retorno judío a Judea y Samaria como parte de un proceso de redención. Establecer asentamientos podía convertirse así en un deber religioso.

Ahí adquirió su significado contemporáneo la expresión Gran Israel, aunque conviene manejarla con cuidado porque nunca ha designado un mapa único. Para unos comprende Israel y todos los territorios entre el Mediterráneo y el Jordán. Para ciertas formulaciones revisionistas históricas podía abarcar también Transjordania. Y existen versiones religiosas maximalistas que recurren a fronteras bíblicas mucho más extensas. Meter todas esas concepciones dentro del mismo mapa sirve para fabricar un cartel político, pero no para entender la historia.

Lo que sí puede documentarse es una continuidad ideológica respecto a Cisjordania. Cuando el Likud concurrió a las elecciones de 1977, las primeras que llevarían a Menájem Begin al poder, su programa proclamaba que el derecho del pueblo judío a Eretz Israel era «eterno e indiscutible». Y añadía: «entre el mar y el Jordán solo habrá soberanía israelí».

Aquello no significaba necesariamente anexionar cada metro cuadrado. El propio Begin devolvió a Egipto todo el Sinaí después de los acuerdos de Camp David. Ariel Sharon, otro dirigente histórico del Likud y gran promotor de los asentamientos, ordenó en 2005 la retirada unilateral de Gaza.

Pero Cisjordania fue diferente. Los asentamientos fueron multiplicándose y creando hechos sobre el terreno. Viviendas, carreteras, escuelas y centenares de miles de habitantes convierten una discusión sobre líneas dibujadas en un mapa en algo mucho más difícil de resolver. Naciones Unidas sostiene que los asentamientos establecidos en el territorio palestino ocupado desde 1967, incluido Jerusalén Este, carecen de validez jurídica y violan el derecho internacional; Israel ha impugnado distintos aspectos de esa interpretación.

Y así llegamos al presente. El 23 de julio de 2025, la Knéset aprobó por 71 votos contra 13 una declaración no vinculante que pedía al Gobierno aplicar la soberanía israelí sobre los asentamientos judíos de Cisjordania y el valle del Jordán. El texto afirmaba que «Judea, Samaria y el valle del Jordán son una parte inseparable de Eretz Israel».

Seis días después, el ministro de Finanzas Bezalel Smotrich pidió a Netanyahu que aplicara la soberanía y explicó que su estrategia tenía dos etapas: primero una «soberanía de facto» y después la soberanía formal.   Markdown pegado

El 12 de agosto de 2025, durante una entrevista televisiva, el periodista Sharon Gal entregó a Netanyahu un amuleto que describió como un mapa de la Tierra Prometida y le preguntó si se sentía vinculado a aquella visión del Gran Israel. Netanyahu respondió que «mucho» y añadió que se consideraba embarcado en una misión «histórica y espiritual».

Sería un error convertir aquella respuesta en la prueba de un plan secreto israelí para conquistar medio Oriente Próximo. No lo demuestra. Tampoco existe un mapa oficial del «Gran Israel» que permita dibujar tranquilamente fronteras desde el Nilo hasta el Éufrates, como tantas veces circula por internet.

Pero tampoco se trata únicamente de una fantasía marginal. La declaración parlamentaria de 2025 y las propuestas públicas de miembros del Gobierno muestran que las reivindicaciones de soberanía israelí sobre Cisjordania forman parte de una corriente política institucional y documentable.

Y quizá ahí se encuentre la transformación más extraordinaria de esta historia. Herzl intentaba resolver un problema europeo: cómo proporcionar seguridad y autodeterminación a un pueblo perseguido durante siglos. Jabotinsky añadió la convicción de que ese proyecto solo sobreviviría respaldado por una fuerza incontestable. La victoria de 1967 incorporó territorios cargados de significado bíblico. Gush Emunim convirtió su colonización en misión religiosa. Y una parte de la derecha israelí terminó fundiendo seguridad, nacionalismo, religión y territorio.

Porque las fronteras pueden trazarse con una regla y modificarse mediante un tratado. Lo verdaderamente complicado comienza cuando una línea sobre el mapa deja de ser una cuestión de kilómetros y se convierte en una promesa de Dios.