«En aquel día hizo Jehová un
pacto con Abram, diciendo: A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de
Egipto hasta el río grande, el Éufrates». Esta frase, inserta en el Génesis
(15:18), es la base de la que parten algunas de las corrientes más extremistas
del sionismo para defender el derecho divino de Israel a controlar gran parte
de Oriente Próximo.
En abril publiqué
un artículo sobre las promesas británicas en Palestina en el que terminé
diciendo que el mapa que salió de aquella ecuación todavía no había dejado de
moverse. Quizá me quedé corto. Porque el problema no consiste solamente en que
las fronteras hayan cambiado. También ha cambiado, y varias veces, la idea de hasta
dónde debería llegar Israel.
Antes de seguir conviene
despejar una confusión terminológica. Sionismo y semitismo no tienen
prácticamente nada que ver. «Semítico» nació como término lingüístico para
agrupar lenguas emparentadas, entre ellas el hebreo, el árabe y el arameo. En
la Europa del siglo XIX apareció después «antisemitismo», palabra que, pese a
su etimología equívoca, terminó designando específicamente la hostilidad hacia
los judíos. El sionismo es otra cosa: un movimiento político nacional surgido a
finales del XIX que defendía que los judíos constituían un pueblo y necesitaban
un hogar nacional propio.
Tampoco debe confundirse
judío con sionista. Ha habido y hay judíos antisionistas o no sionistas y
existen, a su vez, sionistas no judíos, entre ellos esa moderna plaga que son
los cristianos evangélicos. Y nunca existió un solo sionismo. Hubo sionistas socialistas,
liberales, religiosos, culturales y nacionalistas. Como ocurre con casi todas
las grandes ideologías, ponerse de acuerdo sobre el sustantivo no garantizaba
hacerlo sobre los adjetivos.
En mi artículo anterior
había dejado a Theodor Herzl y a los primeros sionistas intentando conseguir un
hogar para los judíos en Palestina. Pero ni siquiera entonces estaba
definitivamente resuelta una cuestión elemental: qué Palestina y con qué
fronteras. El Mandato británico comprendía inicialmente territorios a ambos
lados del Jordán. En 1921 los británicos separaron Transjordania, futura
Jordania, de la administración palestina en Cisjordania, situada en la porción occidental
del río.
Para una parte del
movimiento sionista aquello constituía una renuncia intolerable. El hombre que
mejor representó esa corriente fue Ze'ev Jabotinsky,
fundador en los años veinte del llamado sionismo revisionista. Jabotinsky
defendía un Estado judío territorialmente más ambicioso. Su movimiento acabaría
convirtiéndose en el antepasado ideológico de la derecha israelí que conduce,
pasando por Menájem Begin, hasta el Likud de Benjamin Netanyahu.
En 1923 Jabotinsky publicó
su célebre ensayo El muro de hierro. Su razonamiento era sencillo:
ningún pueblo indígena acepta voluntariamente que otro pueblo establezca una
mayoría y una soberanía en su territorio. Los árabes palestinos, por tanto, se
resistirían. El proyecto sionista solo podría consolidarse detrás de un «muro
de hierro», es decir, mediante una superioridad de fuerza que hiciera inútil
esa resistencia.
Cuando Israel nació en 1948,
el mapa real fue resultado de una guerra, no de una teoría. Israel quedó
constituido sobre un territorio mayor que el asignado al Estado judío por el
plan de partición de Naciones Unidas de 1947, mientras Cisjordania quedó bajo
control jordano y Gaza bajo administración egipcia.
Y entonces llegó 1967. La
Guerra de los Seis Días transformó la geografía y también la imaginación
política israelí. En seis jornadas Israel ocupó Cisjordania, Jerusalén Este,
Gaza, el Sinaí y los Altos del Golán. De repente, lugares cargados de historia
bíblica como Hebrón, Belén, Jericó y la Ciudad Vieja de Jerusalén estaban bajo
control de su ejército.
Para determinados judíos
religiosos aquello significaba algo más que una victoria militar: la historia
bíblica acababa de regresar al mapa. Cisjordania dejaba de ser, en ese
lenguaje, Cisjordania. Era Judea y Samaria. Hebrón no era solamente una ciudad
palestina ocupada en 1967: era el lugar de las tumbas de Abraham, Isaac y
Jacob.
De aquella combinación de
nacionalismo, religión y territorio nació después de la guerra de Yom Kipur de
1973 Gush Emunim, el Bloque
de los Fieles. Fundado formalmente en 1974 e inspirado por la teología del
rabino Zvi Yehuda Kook, entendía el retorno judío a Judea y Samaria como parte
de un proceso de redención. Establecer asentamientos podía convertirse así en
un deber religioso.
Ahí adquirió su significado
contemporáneo la expresión Gran Israel, aunque conviene manejarla con cuidado
porque nunca ha designado un mapa único. Para unos comprende Israel y todos los
territorios entre el Mediterráneo y el Jordán. Para ciertas formulaciones
revisionistas históricas podía abarcar también Transjordania. Y existen
versiones religiosas maximalistas que recurren a fronteras bíblicas mucho más
extensas. Meter todas esas concepciones dentro del mismo mapa sirve para
fabricar un cartel político, pero no para entender la historia.
Lo que sí puede documentarse
es una continuidad ideológica respecto a Cisjordania. Cuando el Likud concurrió
a las elecciones de 1977, las primeras que llevarían a Menájem Begin al poder,
su programa proclamaba que el derecho del pueblo judío a Eretz Israel era
«eterno e indiscutible». Y añadía: «entre el mar y el Jordán solo habrá
soberanía israelí».
Aquello no significaba
necesariamente anexionar cada metro cuadrado. El propio Begin devolvió a Egipto
todo el Sinaí después de los acuerdos de Camp David. Ariel Sharon, otro
dirigente histórico del Likud y gran promotor de los asentamientos, ordenó en 2005
la retirada unilateral de Gaza.
Pero Cisjordania fue
diferente. Los asentamientos fueron multiplicándose y creando hechos sobre el
terreno. Viviendas, carreteras, escuelas y centenares de miles de habitantes
convierten una discusión sobre líneas dibujadas en un mapa en algo mucho más difícil
de resolver. Naciones Unidas sostiene que los asentamientos establecidos en el
territorio palestino ocupado desde 1967, incluido Jerusalén Este, carecen de
validez jurídica y violan el derecho internacional; Israel ha impugnado
distintos aspectos de esa interpretación.
Y así llegamos al presente.
El 23 de julio de 2025, la Knéset aprobó por 71 votos contra 13 una declaración
no vinculante que pedía al Gobierno aplicar la soberanía israelí sobre los
asentamientos judíos de Cisjordania y el valle del Jordán. El texto afirmaba
que «Judea, Samaria y el valle del Jordán son una parte inseparable de Eretz
Israel».
Seis días después, el
ministro de Finanzas Bezalel Smotrich pidió a Netanyahu que aplicara la
soberanía y explicó que su estrategia tenía dos etapas: primero una «soberanía
de facto» y después la soberanía formal.
Markdown pegado
El 12 de agosto de 2025,
durante una entrevista televisiva, el periodista Sharon Gal entregó a Netanyahu
un amuleto que describió como un mapa de la Tierra Prometida y le preguntó si
se sentía vinculado a aquella visión del Gran Israel. Netanyahu respondió que
«mucho» y añadió que se consideraba embarcado en una misión «histórica y
espiritual».
Sería un error convertir
aquella respuesta en la prueba de un plan secreto israelí para conquistar medio
Oriente Próximo. No lo demuestra. Tampoco existe un mapa oficial del «Gran
Israel» que permita dibujar tranquilamente fronteras desde el Nilo hasta el
Éufrates, como tantas veces circula por internet.
Pero tampoco se trata
únicamente de una fantasía marginal. La declaración parlamentaria de 2025 y las
propuestas públicas de miembros del Gobierno muestran que las reivindicaciones
de soberanía israelí sobre Cisjordania forman parte de una corriente política
institucional y documentable.
Y quizá ahí se encuentre la
transformación más extraordinaria de esta historia. Herzl intentaba resolver un
problema europeo: cómo proporcionar seguridad y autodeterminación a un pueblo
perseguido durante siglos. Jabotinsky añadió la convicción de que ese proyecto
solo sobreviviría respaldado por una fuerza incontestable. La victoria de 1967
incorporó territorios cargados de significado bíblico. Gush Emunim convirtió su
colonización en misión religiosa. Y una parte de la derecha israelí terminó
fundiendo seguridad, nacionalismo, religión y territorio.
Porque las fronteras pueden trazarse con una regla y modificarse mediante un tratado. Lo verdaderamente complicado comienza cuando una línea sobre el mapa deja de ser una cuestión de kilómetros y se convierte en una promesa de Dios.
