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sábado, 29 de agosto de 2026

REFUGIADOS E INVASORES: EL COLOR DE LA HOSPITALIDAD

 

En febrero de 2022, cuando los carros de combate rusos entraron en Ucrania, millones de personas comenzaron a huir hacia el oeste. España reaccionó como cabía esperar de un país razonablemente civilizado. Se abrieron centros de recepción, se habilitaron alojamientos, se escolarizó a los menores y se concedieron permisos de residencia y trabajo. Las comunidades autónomas, gobernadas por partidos de todos los colores, ofrecieron plazas sin que sus presidentes advirtieran de la desaparición de España, la sustitución de su población o el derrumbe de nuestra cultura.

Hasta febrero de 2026, más de 264 000 desplazados de Ucrania habían recibido protección temporal en nuestro país. Llegaron a ser muchos más que los extranjeros que entraron en Ceuta a finales de julio, pero nunca fueron presentados como una amenaza para la integridad territorial. Eran refugiados. Personas que escapaban de una guerra. Familias necesitadas de ayuda.

En Ceuta, en cambio, se impuso otro vocabulario. Los que llegaban ya no eran refugiados ni personas, sino una avalancha, una invasión o una masa. No huían ni buscaban una vida mejor: asaltaban España. No necesitaban protección: amenazaban nuestra soberanía. La diferencia no reside solamente en las circunstancias de ambas llegadas. También está en el origen, el color de la piel, la religión y la posición social de quienes protagonizaron cada movimiento.

Conviene comenzar reconociendo lo evidente. Lo ocurrido en Ceuta fue una emergencia extraordinaria. Las estimaciones iniciales oscilaron entre 50 000 y más de 70 000 entradas en unas horas. No todos eran marroquíes: también había numerosos migrantes subsaharianos. La mayoría regresó o fue devuelta rápidamente y Reuters calculaba pocos días después que permanecían entre 3 000 y 5 000. Pero concentrar decenas de miles de personas en una ciudad de 84 000 habitantes y apenas 18,5 kilómetros cuadrados desborda cualquier capacidad asistencial.

Hubo muertes, hacinamiento, alteraciones del orden, falta de alojamiento y una frontera sobrepasada. Era imprescindible movilizar policías, sanitarios, servicios sociales y medios militares. El Ejército no fue enviado necesariamente a combatir una invasión: proporcionó vigilancia, alojamientos, suministros y capacidad logística. Una emergencia real exige medios extraordinarios. Hasta aquí, poco hay que discutir.

El problema comienza cuando una crisis fronteriza se convierte en una narración bélica y las personas son transformadas en un ejército enemigo. Vox habló de «verdadera invasión», pidió el cierre de la frontera, la intervención militar y expulsiones colectivas. Algunos de sus dirigentes extendieron sus acusaciones a las organizaciones humanitarias, como si asistir a seres humanos heridos o hambrientos equivaliera a colaborar con el enemigo. El PP utilizó un lenguaje menos homogéneo, pero varios de sus dirigentes asumieron conceptos similares y propusieron devoluciones automáticas que la Fiscalía recordó que no son legalmente posibles, especialmente cuando afectan a menores.

La comparación europea ayuda a recuperar cierta perspectiva. Hasta la irrupción extraordinaria de Ceuta, España ni siquiera era el principal punto de entrada irregular en la Unión Europea. Según Frontex, durante los siete primeros meses de 2026 las rutas marítimas españolas habían registrado unas 13 300 detecciones, frente a más de 16 400 en el Mediterráneo central, dirigido principalmente hacia Italia, y más de 20 200 en el Mediterráneo oriental, cuyo destino principal era Grecia. Grecia e Italia acumulaban juntas casi tres veces más llegadas marítimas que España sin que nadie afirmara que la integridad territorial de ambos países hubiera desaparecido. Frontex advierte, eso sí, que su balance no incorporaba todavía el episodio de Ceuta.

El panorama general es claro: la llegada irregular de inmigrantes por mar forma parte de una realidad europea persistente. Italia y Grecia la soportan desde hace años en proporciones superiores a las españolas. Se habla de control fronterizo, acogida, devoluciones y solidaridad comunitaria, pero no siempre se presenta cada desembarco como una operación contra la soberanía nacional.

La diferencia con los ucranianos es aún más reveladora. España activó para ellos la protección temporal europea, una vía excepcional que les concedía desde el primer momento residencia, permiso de trabajo, sanidad, ayudas y escolarización. Se ampliaron en más de 21 000 las plazas de acogida y las comunidades autónomas ofrecieron espacios para unas 15 000 personas. Según el Gobierno, el esfuerzo público superó los 1 500 millones de euros durante los primeros años.

Todo eso fue correcto. Lo significativo es que casi nadie preguntara obsesivamente cuánto costaba cada ucraniano, qué delitos podrían cometer o si resultaban culturalmente compatibles con nosotros. Tampoco se exigió que demostraran individualmente su condición de buenas personas antes de recibir ayuda. Se los consideró merecedores de protección y después se organizó el procedimiento jurídico para concedérsela.

Los africanos encuentran el proceso inverso. Como apenas existen vías legales para que un joven marroquí, senegalés o maliense pueda solicitar entrada, muchos llegan irregularmente. Esa irregularidad, creada en buena medida por la ausencia de alternativas, se utiliza después como prueba de su peligrosidad. Los ucranianos fueron regulares porque Europa decidió regularizarlos inmediatamente; los africanos son llamados «ilegales» porque Europa ha decidido no ofrecerles una puerta equivalente.

También influye el perfil demográfico. Entre los desplazados ucranianos predominaban mujeres, menores y personas mayores, pues muchos hombres en edad militar no podían abandonar el país. Entre quienes cruzaron a Ceuta había numerosos varones jóvenes. Un grupo de madres con niños despierta compasión; una multitud de hombres jóvenes provoca inquietud. La diferencia psicológica es comprensible, pero no autoriza a convertir una percepción en una condena colectiva. Ser joven, varón, pobre y musulmán no constituye delito ni demuestra una intención invasora.

El contraste aparece igualmente en el reparto territorial. Las comunidades autónomas aceptaron sin grandes conflictos a miles de ucranianos. Cuando se propone distribuir a unos pocos centenares de menores extranjeros llegados a Canarias o Ceuta, comienzan los recursos judiciales, las negativas, las cuentas sobre capacidades supuestamente agotadas y las advertencias sobre efectos llamada. Algunas administraciones que exhibieron orgullosamente su solidaridad con Ucrania consideran ahora insoportable recibir a unas decenas de adolescentes africanos.

Esa diferencia tiene un nombre: xenofobia selectiva. No consiste necesariamente en odiar a cualquier extranjero. De hecho, el xenófobo moderno suele poner como prueba de su tolerancia precisamente a los extranjeros que acepta. Se recibe con los brazos abiertos al europeo blanco, cristiano y culturalmente próximo mientras se presenta al africano o al musulmán como una amenaza demográfica. La hospitalidad queda condicionada por el parecido del recién llegado con quien abre la puerta.

No se trata de negar las diferencias jurídicas ni logísticas. Los ucranianos huían de una guerra reconocida; quienes entraron en Ceuta formaban un grupo heterogéneo de refugiados potenciales, migrantes económicos y personas movilizadas por rumores o redes. Los primeros llegaron gradualmente y se distribuyeron por todo el país; los segundos irrumpieron en unas horas en un territorio diminuto. Estas circunstancias explican por qué Ceuta sufrió una crisis inmediata. No explican que unos fueran recibidos como víctimas y otros descritos colectivamente como invasores.

Un Estado tiene derecho a controlar sus fronteras, identificar a quienes entran, examinar las solicitudes de asilo y devolver a quienes no tienen derecho a permanecer, siempre con garantías legales. Nada de eso es xenófobo. Sí lo es asociar inmigración y delincuencia sin pruebas, atribuir intenciones militares a civiles desarmados, negar protección a los menores por su nacionalidad o reclamar para los africanos un trato que nunca aceptaríamos si se aplicara a los ucranianos.

La pregunta más perturbadora no es por qué España acogió a quienes huían de Ucrania. Hizo bien. La pregunta es por qué aquella generosidad, que demostró nuestra enorme capacidad de acogida, parece evaporarse cuando quienes llaman a la puerta tienen la piel más oscura, rezan de otra manera y proceden del sur. La crisis de Ceuta puso a prueba nuestras fronteras durante unas horas. El lenguaje con el que hemos hablado de quienes las cruzaron está poniendo a prueba algo bastante más duradero: la idea que tenemos de nosotros mismos.