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sábado, 29 de agosto de 2026

LA COMIDA QUE NO QUIEREN QUE DEJEMOS DE COMER

 

¿Alguna vez se ha sentido adicto a la comida? No a toda, claro. Nadie se levanta de madrugada incapaz de pensar en otra cosa que no sea un plato de acelgas hervidas. La tentación suele tener otra forma: una bolsa de patatas fritas, una tableta de chocolate, una pizza, unas galletas o ese helado que uno pensaba probar a cucharadas y acaba desapareciendo misteriosamente mientras ve la televisión.

Es lo que llamamos «comida basura», una expresión poco científica pero bastante elocuente. Designa alimentos que ofrecen muchas calorías, una recompensa sensorial inmediata y, con frecuencia, poca fibra, vitaminas, minerales o compuestos vegetales beneficiosos. Su principal virtud comercial es que saben bien. Tan bien que activan los mecanismos cerebrales que nos impulsan a repetir la experiencia: una cucharada más, y luego otra, hasta que el paquete vacío pone fin a la discusión.

El concepto de «adicción a la comida» no es nuevo. Apareció en la literatura científica en 1956, cuando el alergólogo estadounidense Theron G. Randolph publicó un artículo científico en el que aplicó el término a alimentos tan diversos como el maíz, el trigo, el café, la leche, los huevos y las patatas, a los que atribuía reacciones comparables a las observadas en otras dependencias. Su interpretación mezclaba alergia, adaptación fisiológica y conducta compulsiva y está muy alejada de la concepción actual, pero tuvo el mérito de plantear la cuestión.

Hoy las sospechas no recaen sobre los huevos o el trigo, sino sobre ciertos alimentos elaborados industrialmente, ricos en hidratos de carbono refinados, grasas añadidas, azúcar o sal y diseñados para resultar extremadamente apetecibles. Algunos investigadores prefieren llamarlos «altamente procesados»; otros, «hiperpalatables»; y otros los incluyen dentro de la categoría más amplia de los ultraprocesados. Los tres términos se solapan, pero no significan exactamente lo mismo.

«Comida basura» es una denominación coloquial basada en la mala calidad nutricional. «Ultraprocesado», en cambio, es una categoría técnica del sistema NOVA, creado por investigadores de la Universidad de São Paulo, que clasifica los alimentos según la naturaleza, intensidad y finalidad de su procesamiento. Su cuarta categoría reúne los ultraprocesados: formulaciones industriales elaboradas con ingredientes refinados o modificados y aditivos producidos principalmente con sustancias extraídas o derivadas de alimentos —aceites refinados, almidones, aislados proteicos o azúcares— y aditivos destinados a conservarla o modificar su color, sabor, aroma y textura.

Muchas comidas basura son ultraprocesadas: refrescos, chocolatinas, patatas de bolsa, cereales azucarados, bollería industrial y buena parte de los platos preparados. Pero ambas categorías no coinciden por completo. Un cereal integral enriquecido, una bebida vegetal, un yogur de sabores o determinadas fórmulas infantiles pueden ser ultraprocesados sin merecer necesariamente el nombre de basura. Por el contrario, unas patatas fritas en casa, unas galletas artesanas o una tarta casera pueden ser nutricionalmente deplorables sin pertenecer a la categoría industrial NOVA 4. Y, como ya expliqué al hablar de los helados y los ultraprocesados, tampoco todo procesamiento es perjudicial: el aceite de oliva, el queso, las legumbres en conserva y las verduras congeladas son productos procesados perfectamente compatibles con una alimentación saludable.

La palabra «adicción» exige todavía más cuidado. La adicción a la comida no figura como diagnóstico independiente en los principales manuales psiquiátricos. Sin embargo, algunas personas muestran ante ciertos alimentos una conducta parecida a la observada en los trastornos por consumo de sustancias: deseo intenso, pérdida de control, intentos fallidos de reducir el consumo y persistencia a pesar de conocer sus consecuencias.

La Escala de Adicción a la Comida de Yale, creada en 2009, trasladó a la alimentación varios criterios utilizados para diagnosticar las adicciones. A partir de numerosos estudios realizados con esta herramienta se ha estimado que aproximadamente el 14% de los adultos y el 12% de los niños presentan conductas alimentarias de tipo adictivo. Son cifras considerables, aunque deben interpretarse con prudencia: proceden de cuestionarios y no equivalen a un diagnóstico clínico universalmente aceptado. Un análisis publicado en 2023 en The BMJ sostienen que algunos ultraprocesados ricos en hidratos refinados y grasas añadidas pueden desencadenar patrones de consumo que cumplen varios criterios propios de una adicción.

La comida, además, sí actúa sobre el cerebro. Afirmar que no modifica su actividad ni provoca liberación de dopamina sería incorrecto. Comer es imprescindible para sobrevivir y la evolución se ha encargado de que resulte gratificante. Un estudio realizado mediante tomografía por emisión de positrones mostró que la ingestión de alimentos produce dos oleadas de actividad dopaminérgica: una asociada al sabor y otra, más tardía, a las señales que llegan desde el aparato digestivo. La intensidad de algunas de esas respuestas se relaciona con lo agradable que resulta la comida.

Eso no significa que un helado actúe igual que la cocaína. Las drogas introducen en el organismo sustancias capaces de alterar directamente la neurotransmisión y, por lo general, producen efectos más rápidos e intensos. La comida activa circuitos de recompensa creados precisamente para estimular la alimentación. La cuestión es si la tecnología industrial ha aprendido a explotar esos circuitos hasta provocar, en determinadas personas, una conducta compulsiva comparable en algunos aspectos a una dependencia.

La hipótesis resulta verosímil. La fruta ofrece azúcar, pero también agua, fibra y una estructura celular que ralentiza su ingestión y absorción. Los frutos secos contienen grasa, pero encerrada en tejidos que exigen masticación. En la naturaleza es poco frecuente encontrar grandes cantidades de grasa, azúcar, almidón refinado y sal reunidas en un alimento blando, concentrado, de absorción rápida y que casi no requiere esfuerzo para ser ingerido. La industria puede fabricarlo.

No existe un único «punto de placer» válido para todos los productos, pero sí una formulación sistemática de combinaciones capaces de potenciarse entre ellas. Tera Fazzino y sus colaboradores propusieron una definición cuantitativa de alimento hiperpalatable basada en tres combinaciones: grasa y sodio, grasa y azúcares simples, o hidratos de carbono y sodio. Al aplicarla a una gran base de datos estadounidense, comprobaron que el 62% de los alimentos examinados cumplía al menos uno de esos criterios.

La textura también importa. Los ultraprocesados suelen ser blandos, crujientes o solubles, con poca fibra y escasa resistencia a la masticación. Se comen deprisa y permiten ingerir muchas calorías antes de que las señales de saciedad tengan tiempo de imponer cordura. En el experimento controlado de Kevin Hall y sus colaboradores, veinte voluntarios recibieron durante dos semanas una dieta ultraprocesada y durante otras dos una dieta mínimamente procesada. Aunque las comidas ofrecidas estaban equiparadas en calorías, azúcar, grasa, fibra y macronutrientes, los participantes podían comer cuanto quisieran. Con la dieta ultraprocesada consumieron unas 500 kilocalorías diarias adicionales, comieron más deprisa y ganaron cerca de 0,9 kilos; durante la dieta no procesada perdieron una cantidad equivalente.

La sal contribuye al problema sin aportar una sola caloría. Combinada con grasas y almidones refinados hace mucho más atractivos aperitivos, pizzas y platos preparados. Como señalé en un artículo anterior sobre el exceso de sal, el sodio no solo favorece la hipertensión: también puede alterar el microbioma intestinal y participa en combinaciones hiperpalatables que estimulan el picoteo y facilitan la sobreingesta.

La comparación con la industria tabacalera no es solo una metáfora. Philip Morris y R. J. Reynolds adquirieron durante las últimas décadas del siglo XX grandes empresas alimentarias, entre ellas Kraft y Nabisco. Un estudio publicado en 2024 en una revista científica que lleva el significativo título de Adiction, examinó los productos comercializados entre 1988 y 2001 y descubrió que los pertenecientes a compañías controladas por la industria tabaquera tenían un 29% más de probabilidades de combinar grasa y sodio y un 80 % más de combinar hidratos de carbono y sodio en proporciones hiperpalatables que los productos de otras empresas. Los autores no demostraron que las tabaqueras inventaran la comida basura, pero sí que contribuyeron de manera selectiva a difundir productos formulados para estimular su consumo.

Conviene, no obstante, evitar la conclusión fácil de que todo ultraprocesado es adictivo o de que el procesamiento industrial, por sí solo, secuestra el cerebro. El estudio de Finlayson y colaboradores que hemos comentado muestra que, una vez consideradas la densidad energética, la fibra, las grasas, los hidratos de carbono y las percepciones del consumidor, la categoría de ultraprocesado solo añadía entre un cero y un siete por ciento a la explicación de cuánto gustaba un alimento o cuánto se creía que podía inducir a comer en exceso. Su diseño se basaba en fotografías y respuestas declaradas, no en consumo real, pero obliga a matizar el relato: quizá el problema no sea una misteriosa propiedad del «ultraprocesamiento», sino el modo en que algunos productos concentran calorías, aceleran la ingestión, retrasan la saciedad y combinan estímulos que rara vez aparecen juntos en la naturaleza.

Por eso, afirmar que los ultraprocesados son «tan adictivos como la heroína» sería científicamente excesivo. Pero también lo sería reducir su consumo a una cuestión de voluntad. Algunos productos han sido formulados, probados y comercializados para que resulte difícil dejar de comerlos. Y cuando el consumidor es un niño, rodeado de anuncios, personajes de dibujos animados y paquetes de colores, hablar de libertad de elección empieza a sonar tan convincente como cuando las tabaqueras defendían que fumar era simplemente una decisión personal.