viernes, 19 de agosto de 2016

Investibilidad o inestabilidad

“Investibilidad” o inestabilidad. Esa es la cuestión. La responsabilidad de la posición ventajista en la que se situó ayer Mariano Rajoy al aceptar las seis condiciones impuestas por Ciudadanos y fijar una fecha de investidura manejando a su antojo a la presidenta del Congreso, convertida en títere político de quien les da de comer a ella y a su marido, es, fundamentalmente, de la izquierda. Estamos acostumbrados a resignarnos al determinismo de que la derecha siga en el poder porque haciéndolo tenemos una magnífica excusa para esquivar nuestra propia responsabilidad en que nadie cambie para que todo siga igual.

Tuvimos una excelente ocasión (¿será la única a corto plazo?) de desalojar al PP de la Moncloa. Podemos cometió un error estratégico gravísimo al creer que unas segundas elecciones le permitirían superar al PSOE en escaños y subirse al machito del “sorpasso”. Pero intentando cabalgar un asno sumiso, acabaron subidos a un tigre desbocado. Como tantas otras veces, como ocurrió con Anguita, la montaña parió un ratón. De haber actuado con lógica, incluso de forma egoísta para Iglesias, hoy sería presidente Pedro Sánchez con el apoyo de Ciudadanos y la abstención de Podemos. Posiblemente no sería un gobierno revolucionario (ni falta que hace) para la izquierda pero, dados los precedentes, sí para el país. ¿Recuerdan aquello de ganar primero la guerra para después hacer la revolución? Pues eso.

Avancemos sin mirar atrás. No es tiempo de lamentos ni de utilizar los errores como armas arrojadizas, pero un correcto diagnóstico de por qué nos encontramos en este momento es la mejor forma de encontrar un acuerdo común que beneficie a la mayoría de la ciudadanía y también a la propia izquierda.

Sin duda alguna, tras las elecciones de diciembre y aún más tras las de junio, corresponde al PP intentar la investidura; sólo ante su fracaso o su incapacidad de amarrar una mayoría parlamentaria, la izquierda debe intentar explorar otras posibilidades. Eso sigue vigente hoy. Rajoy se acerca en las últimas horas a los 169 escaños. Lo que quiere decir que la presión que ya ha sido capaz de hacer girar a Rivera para enfocar la entrada en Génova se va a redoblar contra el PSOE.

Planteémonos  algunas preguntas. ¿La investidura es una cuestión política o aritmética? Si la frontera es numérica la cercanía de 169 a 176 es, sin duda, notable. Pero si hablamos de política,  ¿Rajoy es menos tóxico y más progresista, y el imputado PP más honesto si le votan 169 diputados que si le votan 137? La respuesta es no, lo que nos lleva a una segunda cuestión, no menos importante, que se está formulando desde algunos sectores progresistas, ex dirigentes, barones y miembros de la dirección del PSOE para facilitar la investidura de Rajoy.

El proceso de facilitar la investidura del pontevedrés se haría a través de diversos mecanismos, más o menos alambicados, entre los que se han dejado caer la abstención de algunos diputados, su premeditado absentismo o su misteriosa abducción. Aquí entran en juego los sofistas cuando plantean el falso dilema de que «la responsabilidad política es permitir la investidura de Rajoy, sobre todo si este se presenta con un apoyo cercano a la mayoría absoluta». Resulta pintoresco ver que, en el caso de que el PP hubiera tenido 176 escaños, es decir, mayoría absoluta, ninguno de esos sofistas hubiera planteado ni siquiera la abstención. Pero si le falta un poquitín sí. ¿Alguien sabe cuánto es un poquitín? Que falten siete es un poquitín. ¿Y ocho? ¿Y nueve? ¿Qué hora es? Manzanas traigo. La mejor respuesta a un sofisma es una respuesta absurda.

El problema no es numérico sino político. Imaginemos que la «responsabilidad del PSOE ante los ciudadanos y la historia» por el bien de España y para evitar unas terceras elecciones es permitir la investidura del señor Rajoy. Hacerlo será un hecho aclamado por muchos votantes (de la derecha),  por la mayoría de medios y por muchas personas de relevancia con rango de “ex” a los que no les gusta ser “jarrones chinos”. Perfecto. Invistamos a Rajoy como presidente del todo, es decir, sin funciones. Hagamos la ola. Cuando finalice la algarabía, hay que gobernar. Hay que aprobar el techo de gasto, los presupuestos y gobernar (y legislar) con estabilidad durante cuatro años.

Pues muy bien. Los que defienden permitir la investidura con la abstención del PSOE para evitar unas terceras elecciones, ¿qué sugieren que hagamos ahora? ¿Abstenerse para permitir la investidura de Rajoy era sólo para que hubiera Presidente o para que hubiera Gobierno? ¿Un voto negativo como oposición o votarlo todo a favor para dejar gobernar? Parece legítimo defender la gobernabilidad, pero defender la “investibilidad” no tiene sentido. Si queremos un Gobierno queremos un gobierno estable y eso nos lleva a un “pacto de gobernabilidad” sea como Gobierno de coalición, en minoría o con pactos de presupuestos o de legislatura. Pero si sólo queremos un Presidente para luego ejercer como oposición estamos apoyando la inestabilidad merced a la “investibilidad”, lo que demostraría la incoherencia de quienes quieren ser oposición contra un presidente al que le colocan en la poltrona pero no lo dejan gobernar. Es decir no es posible facilitar la Presidencia a Rajoy sin caer, por activa o por pasiva, en un pacto de gobernabilidad.

Esa es la trampa que está tendida, para Pedro Sánchez en particular y para el PSOE en general, si ceden a las presiones de cambiar la opción que ha permitido al líder socialista ser, todavía, la fuerza mayoritaria de la izquierda. El más mínimo movimiento del PSOE en favor de Rajoy es, a su vez, el mayor deseo de Pablo Iglesias para recuperar el terreno perdido en las elecciones de junio. Y es que el “sorpasso” al PSOE sólo lo puede conseguir el mismo PSOE.

El hombre del «¡Sé fuerte, Luis!» puede conseguir esos siete diputados que le otorguen la estabilidad y la mayoría de gobernabilidad. Ya los consiguió para que su amiguita del alma consiguiera la Presidencia del Congreso. Incluso le sobraron. Es verdad que se han cruzado las elecciones vascas, gallegas y la compleja situación de Cataluña con la moción de confianza de su presidente que se debatirá a la vuelta del verano, pero que cada palo aguante su vela: cada partido político debe asumir su responsabilidad en cada momento.

Lo que procede es que los catalanes moderados (¿cómo demonios se llaman ahora los antiguos convergentes? y los meapilas del PNV le dan su apoyo al PP. Al fin y al cabo, si hay elecciones el 25 de diciembre, unos y otros podrían encontrarse esa noche en la misa de gallo. Aunque Rajoy no ha hecho muchos amigos por esas tierras y el “pasteleo” de nacionalistas y populares para la Mesa del Congreso no ha terminado muy bien. Además, aunque  entre dentro de lo posible que los conservadores catalanes y vascos pudieran apoyar o abrir descuidadamente la gatera para que pasara a hurtadillas el PP, nunca dejarían pasar a Ciudadanos. El cantado apoyo de Rivera al registrador de Santa Pola da al traste con cualquier resquicio visible de esos partidos a su mayor adversario, el centralismo del partido naranja.

No parece que haya otros apoyos más allá del escaño canario de la ex alcaldesa de La Laguna, Ana Oramas. Así que faltan tantos escaños como toros en una corrida con rejones, siete escaños, siete. Si deben venir del PSOE, la distancia entre 169 y 176 es abismal. Tanta como la que lleva consigo cada papeleta de quienes votaron socialista con respecto a la de quienes votaron al PP. Constatada esa distancia insalvable en un debate de investidura gracias al “no” de la izquierda, el candidato Rajoy sería derrotado. Y en ese caso, y sólo en ese, habría llegado el momento de explorar otras alternativas antes de acudir a unas nuevas elecciones.

El líder de Podemos ya ha sido capaz de cerrar
algunos acuerdos privados en el Congreso.
Buena parte de quienes defendieron la abstención de Podemos y la incompatibilidad de Ciudadanos con un acuerdo con el PSOE y Podemos, han borrado la “línea roja” de sus condicionantes y el partido de Rivera es aceptado ahora como “animal de compañía”. En estos momentos sólo la suma y el encuentro común de los grupos progresistas y de los que están por la regeneración de las instituciones, puede articular un cambio en favor de una alternativa sin líneas rojas en la que prime el beneficio de una mayoría ciudadana y electoral que deje atrás la etapa negra de Rajoy, que es también la de la las desigualdades, los recortes, y la de la corrupción protagonizada por el PP.  

Para eso es imprescindible mantener las posiciones en esta partida, algo que acaba de valorar muy positivamente el CIS para el PSOE, y que exige no abandonar solamente porque el rival pueda tener más peones sobre el tablero. 

Inmediatamente después de las elecciones del pasado 21 de diciembre escribí una entrada en la que decía que Rajoy Brey era el candidato que peor lo tenía para gobernar. La vida sigue igual. Se puede (y se debe) dar jaque al Brey.