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miércoles, 25 de febrero de 2026

TRUMP E IRÁN: LA TENTACIÓN DE LA GUERRA LIMITADA

 


Hay momentos en los que la política exterior de una superpotencia parece escrita en una servilleta de papel, entre el postre y el café. La actual aproximación de Donald Trump a Irán tiene algo de eso: una mezcla de intuición, teatralidad, cálculo electoral y presión militar que avanza sin una arquitectura clara, pero con abundantes riesgos.

Ante la posibilidad de un ataque contra Irán, en las últimas semanas Estados Unidos ha ido concentrando recursos militares en Oriente Medio y Europa. Portaaviones, sistemas antimisiles, bombarderos estratégicos. El ruido de fondo es inequívoco. Sin embargo, en paralelo, Trump insiste en que las conversaciones con Teherán deben continuar. La acción militar no está descartada, pero tampoco lo está la negociación. La ambigüedad como método.

El viaje del primer ministro israelí Netanyahu a Washington el 11 de febrero tenía un objetivo evidente: endurecer la posición estadounidense hasta hacer inviables las conversaciones. No lo consiguió. Según diversas informaciones, Trump le trasladó que prefería mantener abiertos los canales indirectos con Teherán. La escena es reveladora: Israel empujando hacia la confrontación estratégica, mientras la Casa Blanca calibra costes y tiempos.

Netanyahu puede confiar en que Trump mantendrá una línea dura respecto al programa nuclear iraní. Pero no está tan claro qué ocurrirá con los misiles balísticos y con la red de apoyos regionales de Irán. Durante meses, el presidente estadounidense repitió que cualquier acuerdo debía incluir el desmantelamiento de la capacidad misilística iraní. Más recientemente, ha deslizado que podría aceptar un pacto limitado al ámbito nuclear. «Nada de armas nucleares», dijo. El resto, ya se verá.

Esa frase, aparentemente simple, contiene una fractura estratégica. Tanto Irán como Israel saben que la disuasión iraní descansa más en sus misiles que en el enriquecimiento de uranio. El átomo es amenaza potencial; los misiles son herramienta inmediata. Renunciar a esa exigencia sería admitir que el conflicto puede administrarse, no resolverse.

Pero hay un problema más profundo: la guerra no es una operación quirúrgica de bajo coste político. Trump, que se considera a sí mismo un negociador nato, parece buscar una victoria rápida, limitada, sin cadáveres estadounidenses que regresen envueltos en la bandera. El precedente pesa. Tras lo que él interpreta como acciones con éxito contra objetivos iraníes en el pasado reciente, confía en que la presión militar produzca resultados sin derivar en una guerra abierta.

El Pentágono, sin embargo, maneja otros cálculos. Según diversas informaciones —incluida una difundida por CBS News— el presidente ha recibido advertencias claras sobre los riesgos. Irán conserva capacidad para cerrar o perturbar rutas marítimas esenciales, golpear bases estadounidenses en la región y activar redes afines en distintos escenarios. La contención que mostró en episodios anteriores podría evaporarse si percibe una amenaza existencial.

La tensión entre poder civil y mando militar no es nueva. En los años noventa, la administración de Barack Obama todavía no existía; quien ocupaba la Casa Blanca era Bill Clinton, y el presidente del Estado Mayor Conjunto era Colin Powell. Powell relató en sus memorias su choque con la entonces secretaria de Estado Madeleine Albright cuando esta preguntó para qué servía un gran ejército si no se utilizaba. La respuesta implícita era clara: la fuerza militar no es un instrumento ornamental ni una palanca automática; implica vidas y consecuencias.

Hoy la discusión reaparece con otros protagonistas y mayor estridencia. Trump no parece disponer de un aparato institucional sólido que ordene prioridades, riesgos y objetivos. No hay un marco estratégico comparable al que articuló la administración de Obama en 2015 para negociar el acuerdo nuclear. Entonces, la Agencia Internacional de la Energía Atómica verificó el cumplimiento técnico; la UE presidía la comisión conjunta y el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas dio respaldo jurídico internacional al pacto. Había arquitectura.

Trump se mueve en otro registro. Retiró a Estados Unidos del acuerdo en 2018 sin un plan alternativo detallado. Su aproximación actual se apoya en conversaciones indirectas supervisadas por dos figuras sin trayectoria diplomática clásica: Steve Witkoff y Jared Kushner. Ambos, además, gestionan otros conflictos delicados, como la guerra entre Rusia y Ucrania. La política exterior convertida en pluriempleo.

A esta fragilidad institucional se suma un elemento estructural: la sobreextensión. Estados Unidos dispone de un poder militar formidable, pero no ilimitado. Los sistemas de defensa antimisiles —interceptores Thaad, baterías Patriot— son recursos escasos. En los últimos años han sido enviados a aliados como Israel, Ucrania y Taiwán. La Marina ha reducido existencias de misiles esenciales para proteger su flota. En un conflicto prolongado con Irán, Washington debería redistribuir arsenales, debilitando otros teatros estratégicos.

Mensaje de Trump transmitido en enero de este año por su red social TruthSocial instando a los iraníes a seguir protestando contra el régimen. El texto dice: «Patriotas iraníes, SIGAN PROTESTANDO – ¡TOMEN EL CONTROL DE SUS INSTITUCIONES!!! Guarden los nombres de los asesinos y abusadores. Pagarán un alto precio. He cancelado todas las reuniones con funcionarios iraníes hasta que se DETENGA el asesinato sin sentido de manifestantes. LA AYUDA ESTÁ EN CAMINO. ¡¡¡MIGA!!! PRESIDENTE DONALD J. TRUMP»

El dilema es evidente: para un presidente que proclamó “America First” y prometió evitar aventuras exteriores innecesarias, abrir un frente de alta intensidad en el Golfo Pérsico implicaría tensar aún más las costuras globales. La producción industrial de determinados misiles no permite una reposición inmediata. La guerra moderna se libra también en las cadenas de suministro.

En este tablero intervienen otros actores regionales. Arabia Saudí, Qatar y Turquía —cada uno con su propia agenda— han recomendado cautela. Un colapso del régimen iraní puede sonar atractivo en abstracto, pero la experiencia en Irak, Libia o Siria sugiere que la fragmentación estatal, el desplazamiento masivo y la violencia prolongada son escenarios más probables que una transición ordenada. Incluso un Irán debilitado podría dañar gravemente el tráfico petrolero del Golfo.

Trump, sin embargo, ya ha elevado la apuesta. El despliegue militar masivo crea expectativas. Para un líder especialmente atento a la percepción de fortaleza, retroceder sin resultados visibles puede interpretarse como debilidad. Y en política estadounidense, la debilidad percibida se paga.

Nos encontramos, así, ante una ecuación inestable. Por un lado, la posibilidad de un acuerdo limitado al ámbito nuclear, pragmático, quizá frágil pero funcional. Por otro, la tentación de una acción militar que pretenda resolver simultáneamente el expediente nuclear, el misilístico y la proyección regional iraní. Entre ambos extremos, la improvisación.

La historia reciente enseña que los acuerdos sin anclaje institucional y sin mecanismos claros de resolución de disputas tienden a erosionarse. También enseña que las guerras iniciadas con objetivos ambiguos tienden a expandirse. Si Trump decide atacar pese a las advertencias militares, asumirá una de las decisiones más arriesgadas de las últimas décadas en la política exterior estadounidense. 

El precio no será solo suyo. En un mundo interconectado, las ondas expansivas de una guerra en el Golfo alcanzarían mercados energéticos, equilibrios regionales y alianzas globales. A veces, la política internacional parece un juego de billar; otras, una mesa de pinball donde la bola rebota sin rumbo claro. En estos momentos, la Casa Blanca oscila entre ambos tableros.