Quienes se aventuren a pasear por
cualquier ciudad esquivando con elegancia olímpica las cacas de perro —deporte urbano
no reconocido por el COI, pero merecedor de medalla— quizá, entre salto y
salto, levanten la vista lo justo para fijarse en el suelo al pie de los
plátanos de paseo. Allí descubrirán un paisaje de pequeñas tragedias botánicas:
ramitas tronchadas, astillas dispersas y, en ocasiones, auténticos ramones que
parecen haber perdido una pelea con un gigante invisible. No es vandalismo
vegetal; es la vida moderna.
El plátano de paseo (Platanus
× hispanica) es el Chuck Norris del arbolado urbano: aguanta la
contaminación, sobrevive a podas que rozan la cirugía medieval y tolera con
estoicismo esa manía municipal de embutirle las raíces bajo toneladas de
cemento, como si el árbol fuera un enchufe que conviene sellar bien. En algunas
ciudades lo practican con entusiasmo; en Alcalá, al menos hasta donde alcanzan
mis suelas zigzagueantes, no he detectado semejante sadismo paisajístico. Lo
cual es de agradecer: bastante tiene el pobre titán con sostener el cielo, filtrar
el aire y servir de diana involuntaria para las palomas.
De la descripción de los plátanos
de paseo de Alcalá me ocupé en otro artículo, así que alertado por algún
convecino, hoy voy a ocuparme de algunas enfermedades que los afectan. Empezaré
por decir que el plátano de paseo es resistente, sí, pero no invulnerable. De
vez en cuando “tose”. Y esa tos puede tener varios diagnósticos. Los tres
sospechosos habituales son:
La antracnosis, causada por el hongo Apiognomonia
veneta;
El oídio, provocado por especies del
género Erysiphe;
La enfermedad de Massaria, asociada a Splanchnonema
platani.
Parecen nombres de personajes secundarios de una novela
rusa, pero conviene aprender a distinguirlos. No todo follaje triste anuncia el
Apocalipsis vegetal.
Antracnosis: la falsa helada primaveral
La antracnosis es la más
melodramática… en primavera. Aparece al inicio de la brotación, tras periodos
fríos y húmedos como los que hemos tenido recientemente. Las hojas jóvenes se
necrosan, se arrugan o se quedan a medio abrir. Se observan manchas marrones
irregulares que siguen las nervaduras. Puede haber muerte de puntas de brotes.
El árbol puede perder muchas
hojas en mayo… y luego rebrotar como si nada hubiera pasado. El truco está en
el calendario: si el árbol parece “quemado” justo después de una primavera
lluviosa y fría, probablemente sea antracnosis. A menudo se confunde con daño
por helada, pero la clave diferencial es que la antracnosis afecta sobre todo
tejido joven y coincide con la brotación primaveral temprana.
Los árboles de Alcalá están
sufriendo esta enfermedad causada por el hongo Apiognomonia veneta. Estos
son los síntomas y las causas:
Actúa durante la brotación primaveral.
Afecta brotes jóvenes y ramillas del año.
Puede provocar necrosis en la base de brotes tiernos.
Las pequeñas ramitas se secan y se desprenden.
Es más intensa tras períodos fríos
y lluviosos seguidos de temperaturas cálidas bien primaverales, bien debidas a las
falsas primaveras provocadas por el cambio climático. En esta época el hongo
infecta tejidos jóvenes muy sensibles, y el árbol “sacrifica” esas partes
dañadas. Lo que vemos en el suelo son las bajas de esa batalla microscópica.
La abundancia de ramas secas de este año es consecuencia de la primavera lluviosa del año pasado cuando el hongo tuvo condiciones de desarrollarse a sus anchas. Las rachas de viento de las últimas semanas han provocado su caída masiva.
Oídio: el plátano enharinado
El oídio es menos dramático, pero
más fácil de detectar. Aparece como un polvillo blanco o grisáceo en la
superficie de la hoja, que puede darse en primavera o verano. Las hojas se
deforman ligeramente, pero rara vez se necrosan por completo. No suele causar
defoliaciones masivas. Es la enfermedad más estética del trío: parece que
alguien hubiera espolvoreado azúcar glas sobre el árbol. La clave para
diferenciarlo es sencilla: si ve polvo blanco superficial, es oídio. La
antracnosis no produce ese recubrimiento harinoso.
| Ataque de oidios (Erysiphe platani) en hojas de plátano de paseo. Las manchas farinosas son típicas de estas infecciones que, a la vez, deforman las hojas. |
Massaria: el problema que viene de arriba
La enfermedad de Massaria se
llama así por el nombre del hongo que originalmente se consideró su agente
causal: el género Massaria. Es decir, aunque suene a nombre mitológico
femenino, no es un nombre poético ni geográfico, sino taxonómico. La taxonomía
fúngica es un terreno movedizo. Con los estudios moleculares modernos se
reclasificó la especie responsable como: Splanchnonema platani. Como es
más que comprensible, no es lo mismo pronunciar “Esplanchnonemosis” que
Massaria, así que como el nombre vulgar Massaria ya estaba consolidado en la
literatura técnica y en la arboricultura urbana, y así se quedó.
La enfermedad de Massaria es más
insidiosa. No empieza en las hojas, sino en las ramas gruesas, y tiene cierta
predilección por la parte superior de las mismas. Produce lesiones alargadas y
oscuras en la parte superior de las ramas. La corteza se agrieta y puede
desprenderse. Las ramas afectadas pueden quebrarse sin previo aviso. No depende
tanto de primaveras frías como la antracnosis. Es la más preocupante en
entornos urbanos porque puede comprometer la estabilidad de ramas grandes. La
clave para diferenciarla es que si el problema principal está en ramas
estructurales (no en hojas jóvenes), hay que sospechar de Massaria, como todo
indica que está pasando con los plátanos complutenses.
Durante décadas, la enfermedad de
Massaria fue poco más que una nota a pie de página en manuales de patología
forestal. Y, sin embargo, a partir de los años 2000 empezó a mencionarse con
creciente frecuencia en informes técnicos de arbolado urbano en Alemania,
Suiza, Francia, Italia o España. ¿Qué pasó?
Uno de los factores más señalados
por los especialistas es el aumento de temperaturas y la mayor frecuencia de
veranos secos y calurosos en Europa central y meridional desde finales del
siglo XX. Massaria prospera especialmente en condiciones cálidas. Este hongo
encuentra un terreno favorable en árboles debilitados. El cambio climático no
“crea” la enfermedad, pero reduce la capacidad de defensa del árbol y favorece
el desarrollo del patógeno.
Los plátanos urbanos viven en
condiciones que ningún árbol elegiría voluntariamente: suelos compactados;
espacio radicular limitado; contaminación; islas de calor urbanas y podas
intensivas. Ese estrés crónico hace que las ramas superiores —especialmente las
horizontales gruesas— sean más vulnerables a infecciones oportunistas. Massaria
tiene una peculiaridad preocupante: coloniza preferentemente la parte superior
de ramas gruesas, donde la humedad puede acumularse tras las lluvias. Desde
allí provoca necrosis del tejido cortical y puede comprometer la resistencia
mecánica.
¿El enfermo está grave?
El plátano de paseo es, en
esencia, un superviviente urbano con una tolerancia admirable al maltrato
humano y micológico. Por eso, la buena noticia es que, en la mayoría de los
casos, los plátanos sobreviven sin grandes dramas. La antracnosis rara vez mata
árboles adultos; simplemente los hace pasar una primavera deprimente. El oídio
suele ser un problema cosmético. Massaria sí puede requerir intervención por
riesgo estructural de desprendimiento de ramas grandes, aunque por lo general
solo provoca desprendimiento de ramitas y brotes.
Consejos prácticos de prevención y control
No existen soluciones mágicas, pero sí sentido común
arborícola.
1. Mejorar ventilación; evitar copas
excesivamente densas ayuda a reducir humedad persistente. Una poda técnica bien
planificada favorece la aireación (nunca mutilaciones indiscriminadas).
2. Retirar hojas infectadas. Con antracnosis, recoger hojas
caídas reduce el inóculo para la siguiente primavera.
3. Poda sanitaria. Con Massaria eliminar las
ramas afectadas es crucial. Debe hacerlo personal cualificado, especialmente en
arbolado urbano.
4. Fungicidas (con prudencia). Para la
antracnosis los tratamientos solo son realmente eficaces los preventivos y muy
tempranos. Para el oídio pueden utilizarse si el problema es severo. Con
Massaria, el tratamiento químico no suele ser la solución principal; prima la
gestión estructural. En arbolado urbano adulto, el tratamiento químico suele
ser poco práctico y a menudo innecesario.
5. Mantener el
árbol vigoroso: riego adecuado en sequías prolongadas; evitar compactación del
suelo; reducir estrés mecánico y podas excesivas. Un árbol vigoroso tolera
mejor cualquier hongo oportunista.
El drama vegetal de la ciudad
Curiosamente, muchas de estas enfermedades prosperan en
condiciones que nosotros mismos favorecemos: podas agresivas, estrés hídrico,
suelos compactados, primaveras alteradas por el cambio climático.
El plátano de paseo no eligió
vivir alineado en bulevares; simplemente se adaptó. Y cuando enferma, no
siempre es señal de decadencia irreversible. A menudo es solo la manifestación
de un equilibrio alterado.
La próxima vez que vea hojas
marrones en mayo o polvo blanco en junio, no imagine el fin de la avenida.
Observe el calendario, mire dónde están los síntomas y recuerde: los árboles,
como las ciudades, tienen achaques estacionales. Y casi siempre, si se les deja
respirar, vuelven a vestirse de verde.