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domingo, 30 de agosto de 2026

LA FONTANERÍA DEL CEREBRO Y LA CURA DEL ALZHEIMER

En 2019, el cirujano chino Qingping Xie abrió el cuello de una mujer que oía un ruido que nadie más podía escuchar. Padecía tinnitus, un zumbido producido sin que haya campana, mosquito ni vecino utilizando un taladro. Se sospechaba que alguna estructura comprimía los nervios relacionados con la audición. Xie se dispuso a aliviarla, una tarea delicada porque el cuello es uno de esos lugares donde la anatomía parece haber guardado todos sus cables, tuberías y conductos en el mismo cajón.

Durante la operación observó que algunas estructuras linfáticas profundas estaban aumentadas de tamaño o funcionaban de manera anómala. Xie era especialista en microcirugía reconstructiva y aplicó una técnica utilizada para tratar el linfedema: conectó pequeños vasos linfáticos y tejido ganglionar con venas cercanas, creando un atajo por el que la linfa pudiera drenar directamente en la circulación sanguínea. 

Según contaría después, la mujer mejoró del tinnitus, pero añadió algo inesperado: también se sentía mentalmente más despejada. No era un resultado obtenido en un ensayo clínico, sino la impresión de una paciente. Las versiones de la historia tampoco coinciden en todos los detalles —unas sitúan la operación en 2018 y otras en 2019—, pero la observación llevó a Xie a hacerse una pregunta sorprendente: ¿podía el drenaje linfático del cuello influir en el funcionamiento del cerebro?

Durante mucho tiempo se creyó que el sistema nervioso central carecía de vasos linfáticos. El tejido cerebral propiamente dicho, en efecto, no posee una red comparable a la de otros órganos. Eso planteaba un problema fundamental: el cerebro consume alrededor de una quinta parte de la energía del organismo y produce continuamente residuos metabólicos. Las células degradan parte de ellos, otros atraviesan la barrera hematoencefálica y algunos pasan al líquido cefalorraquídeo, pero faltaba una explicación completa de cómo eran evacuados.

En 2012, el equipo de la neurocientífica Maiken Nedergaard describió en ratones el llamado sistema glinfático. El líquido cefalorraquídeo penetra por los espacios que rodean las arterias, intercambia sustancias con el líquido intersticial y favorece la salida de solutos por vías asociadas a los vasos sanguíneos. En el proceso intervienen los astrocitos, células gliales cuyas prolongaciones envuelven los vasos y contienen canales de agua denominados acuaporinas 4.

El sistema glinfático no es una red de tuberías anatómicas, sino un modelo funcional de circulación de líquidos por los espacios perivasculares y extracelulares. Su funcionamiento exacto continúa siendo objeto de debate, pero en 2024 se demostró mediante contraste que los espacios perivasculares también actúan como vías de circulación del líquido cefalorraquídeo en el cerebro humano.

Quedaba por localizar el desagüe. En 2015, dos equipos independientes identificaron verdaderos vasos linfáticos en las meninges. El trabajo más conocido, dirigido por Jonathan Kipnis y publicado en Nature, describió una red situada principalmente en la duramadre, junto a los senos venosos. Aquellos vasos transportaban líquido, macromoléculas y células inmunitarias hacia los ganglios cervicales.

No es completamente exacto decir que se descubrió «el sistema linfático del cerebro». El tejido nervioso continúa careciendo de capilares linfáticos. Los vasos se encuentran en las membranas que lo envuelven y reciben parte del material movilizado desde su interior. El sistema glinfático actuaría como servicio de recogida; los vasos linfáticos meníngeos constituirían una de las conducciones de salida.

Cuando Xie observó las anomalías linfáticas de su paciente, estos descubrimientos acababan de transformar la neuroanatomía. Si los residuos procedentes del cerebro terminaban en los ganglios cervicales profundos y éstos funcionaban peor con la edad, quizá fuera posible construir una derivación que facilitara su salida. Para hacerlo necesitaba unir vasos de menos de un milímetro. Afortunadamente, la técnica ya existía.

Las primeras anastomosis entre vasos linfáticos y venas se ensayaron en la década de 1960 y comenzaron a utilizarse clínicamente para tratar el linfedema en los años setenta. El gran perfeccionamiento llegó en la década de 1990 gracias al cirujano japonés Isao Koshima, pionero de la supermicrocirugía, que permite disecar y unir vasos sanguíneos, vasos linfáticos y fascículos nerviosos de entre 0,3 y 0,8 milímetros. Koshima aplicó el procedimiento a las anastomosis linfático-venosas y lo convirtió en una intervención fiable para determinados casos de linfedema. Una revisión publicada en 2018 resume la historia y las aplicaciones de esta proeza técnica.

Xie no inventó la anastomosis ni la supermicrocirugía. Su innovación consistió en trasladarlas desde los brazos y las piernas hasta las profundidades del cuello y atribuirles una finalidad mucho más ambiciosa: facilitar la evacuación de residuos cerebrales. En septiembre de 2020 operó experimentalmente a un paciente de 84 años con deterioro cognitivo grave. Según el informe publicado dos años después, el hombre recuperó algunas funciones básicas.

El Alzheimer parecía un candidato perfecto para aquella fontanería experimental. En la enfermedad se acumulan beta-amiloide y formas anómalas de tau. Ambas proteínas pueden aparecer en el líquido intersticial y en el líquido cefalorraquídeo. Además, en animales, la alteración de las vías glinfáticas y linfáticas reduce la eliminación de beta-amiloide y agrava algunos rasgos de la enfermedad.

La denominada anastomosis linfático-venosa cervical profunda pretende actuar al final de ese recorrido. El cirujano identifica colectores linfáticos cervicales y los conecta con pequeñas venas. La diferencia de presión debería facilitar el paso de la linfa a la sangre y, en teoría, arrastrar beta-amiloide, tau y otros productos procedentes del cerebro, que después serían eliminados por los mecanismos periféricos.

La hipótesis resulta atractiva, pero contiene varios saltos todavía no demostrados. Que la anastomosis reciba linfa no prueba que ésta proceda del cerebro. Encontrar proteínas cerebrales en la sangre tampoco demuestra que hayan salido de placas u ovillos. Y ensanchar el desagüe final puede servir de poco si el principal atasco está en los espacios perivasculares, los astrocitos, las paredes arteriales o el interior de las neuronas.

Pese a ello, la intervención se difundió con enorme rapidez por China. Aparecieron vídeos de pacientes que parecían volver a conversar, reconocer a sus familiares o caminar sin ayuda. Algunos hospitales anunciaron tasas de éxito superiores al ochenta o noventa por ciento. Pero las mejorías observadas en pocos días eran difíciles de conciliar con una enfermedad que destruye neuronas y sinapsis durante años. Los síntomas de la demencia fluctúan y pueden verse afectados por el sueño, la hidratación, las infecciones, la medicación, la atención recibida y las expectativas de familiares y médicos.

En julio de 2025, la Comisión Nacional de Salud de China prohibió ofrecer la operación como tratamiento ordinario del Alzheimer. Sólo podría practicarse dentro de investigaciones autorizadas. La decisión no significaba que se hubiera demostrado su inutilidad, sino que se estaba aplicando antes de averiguar si funcionaba.

En febrero de 2026 se publicó el estudio más amplio hasta entonces: 139 pacientes con Alzheimer grave seguidos durante seis meses después de la operación. Los investigadores encontraron una mejoría cognitiva modesta, algunos cambios conductuales y variaciones en los biomarcadores de beta-amiloide y tau. No hubo muertes ni complicaciones quirúrgicas graves.

Los resultados justifican continuar investigando, pero no demuestran eficacia. Todos los participantes fueron operados y no existía un grupo de control. Sólo 95 completaron la evaluación de seis meses y los biomarcadores se midieron en grupos menores. Algunos cambios aparecieron apenas 48 horas después de la intervención, cuando la anestesia, la inflamación y el estrés quirúrgico podían alterar las mediciones.

Para averiguar si la operación elimina realmente proteínas del cerebro no basta con medirlas en la sangre o en el líquido cefalorraquídeo. La tomografía por emisión de positrones —PET, por sus siglas en inglés— permite observar su distribución dentro del encéfalo. Para ello se administran trazadores radiactivos que se unen selectivamente a las placas de beta-amiloide o a los agregados de tau; cada una de esas dos proteínas requiere un trazador diferente. Al comparar las imágenes obtenidas antes y después de la intervención puede estimarse si los depósitos han disminuido y en qué regiones. La PET tampoco demuestra por sí sola que mejore la función cerebral, pero proporcionaría una prueba mucho más directa de la supuesta «limpieza» que una variación pasajera de los biomarcadores sanguíneos.

En 2026 ya se habían registrado ensayos aleatorizados destinados a comparar la operación más donepezilo con el tratamiento farmacológico convencional. Deberán demostrar que las anastomosis permanecen abiertas, medir si aumenta realmente el drenaje cerebral, utilizar PET para comprobar la evolución de los depósitos de beta-amiloide y tau y seguir a los pacientes durante años.

Es posible que Xie viera en aquel cuello algo que los demás no habían sabido ver. También es posible que confundiera una coincidencia con una causa. La hipótesis no es absurda: el cerebro posee vías de drenaje que se deterioran con la edad y cuya alteración puede contribuir a la acumulación de proteínas. Lo que continúa sin demostrarse es que una derivación realizada en el cuello baste para limpiar el tejido cerebral y recuperar la función perdida.

La supermicrocirugía permite unir vasos de tres décimas de milímetro. Lo que todavía no ha conseguido unir de manera convincente es una mejor evacuación linfática del cuello con la recuperación de la memoria. Entre ambas cosas queda una distancia diminuta bajo el microscopio y enorme en la ciencia.