El cerebro dirige nuestros movimientos, interpreta
cuanto percibimos, conserva los recuerdos y hace posible el lenguaje, la
atención y el pensamiento. Sin embargo, se trata de un órgano extremadamente
blando y vulnerable. Su protección no depende de una única envoltura, sino de una sucesión de tejidos,
huesos, membranas y líquidos que se extiende desde el cabello hasta
la superficie cerebral.
El recorrido comienza con el cabello, que no
constituye propiamente una capa anatómica. Los pelos nacen en folículos
incluidos en la piel y proporcionan una protección modesta frente a la
radiación solar, las pequeñas rozaduras y la pérdida de calor.
Debajo aparece la piel del cuero cabelludo,
relativamente gruesa, muy vascularizada y provista de abundantes folículos
pilosos, glándulas sebáceas y glándulas sudoríparas. Forma la primera barrera
verdadera frente a los traumatismos leves, los agentes químicos y los
microorganismos.
La sigue una capa de tejido conectivo denso
subcutáneo, rica en grasa, vasos sanguíneos y nervios. La grasa amortigua los
golpes y contribuye al aislamiento térmico. Los vasos permanecen firmemente
sujetos por las fibras conjuntivas y por eso, cuando se cortan, no se retraen
con facilidad: una herida del cuero cabelludo puede sangrar de forma
sorprendentemente abundante.
Más profundamente se encuentra la galea
aponeurótica, una resistente lámina fibrosa que une los músculos frontal y
occipital. Junto con la piel y el tejido subcutáneo forma una cubierta
relativamente móvil, pero firme, que distribuye las fuerzas ejercidas sobre la
cabeza y permite desplazar el cuero cabelludo.
Bajo la galea se extiende el tejido conectivo
areolar laxo. Sus fibras poco compactas permiten que las capas superficiales se
deslicen sobre el cráneo. Esa movilidad resulta útil para absorber y repartir
algunas fuerzas, pero tiene una contrapartida: la sangre o una infección pueden
extenderse con facilidad por este plano. Sus venas emisarias comunican con
vasos situados en el interior del cráneo, razón por la cual tradicionalmente se
lo denomina «zona peligrosa» del cuero cabelludo.
La última capa del cuero cabelludo es el pericráneo,
nombre que recibe el periostio que recubre externamente los huesos craneales.
Es una membrana resistente, vascularizada y adherida al hueso, especialmente en
las suturas. Participa en su nutrición, reparación y crecimiento. Estas cinco
capas —piel, tejido conectivo denso, galea, tejido areolar laxo y pericráneo—
forman el cuero cabelludo propiamente dicho, resumido en anatomía mediante el
acrónimo inglés SCALP.
A continuación aparece el cráneo, la gran defensa
mecánica del encéfalo. Los huesos de la bóveda craneal presentan una tabla
externa compacta, una zona intermedia de hueso esponjoso llamada diploe y una
tabla interna también compacta. Esta construcción combina resistencia y una
relativa ligereza. El cráneo evita deformaciones del encéfalo y reparte la
energía de muchos impactos, aunque su rigidez plantea un inconveniente: si se
produce una hemorragia o un edema, el tejido cerebral no dispone de espacio
para expandirse y aumenta la presión intracraneal.
Pegada a la cara interna del cráneo se encuentra
la duramadre,
la más externa, gruesa y resistente de las tres meninges. En el interior
del cráneo posee una capa perióstica, adherida al hueso, y otra meníngea. Esta
última forma tabiques, como la hoz del cerebro y la tienda del cerebelo, que
sostienen el encéfalo y limitan sus desplazamientos. Entre ambas capas
discurren los senos venosos durales, encargados de recoger la sangre cerebral.
El llamado espacio epidural craneal, situado entre
el hueso y la duramadre, no es un espacio abierto en condiciones normales:
ambas estructuras permanecen unidas. Por eso se considera un espacio potencial.
Puede aparecer cuando un traumatismo rompe un vaso —a menudo una arteria
meníngea— y la sangre separa la duramadre del cráneo, originando un hematoma
epidural.
Entre la duramadre y la siguiente meninge se
encuentra el espacio subdural, también potencial y omitido en la figura. Solo
se abre cuando se acumula líquido o sangre, generalmente tras la rotura de las
venas que atraviesan la zona para desembocar en los senos durales. Así se forma
el hematoma subdural, especialmente frecuente después de traumatismos y en
personas mayores.
La aracnoides es una membrana fina, translúcida y
prácticamente desprovista de vasos. No penetra en los surcos cerebrales, sino
que pasa por encima de ellos como una cubierta. Recibe su nombre de las
delicadas trabéculas que parten de ella y le dan un aspecto semejante al de una
telaraña. Sus granulaciones intervienen en el retorno del líquido
cefalorraquídeo a la circulación venosa.
Bajo ella se abre el espacio subaracnoideo, que, a
diferencia de los dos anteriores, es un espacio real. Contiene líquido
cefalorraquídeo, trabéculas aracnoideas y los principales vasos que irrigan el
cerebro. El líquido mantiene el encéfalo en una especie de flotación, reduce
enormemente su peso efectivo y amortigua movimientos y golpes. También ayuda a
mantener estable el medio químico y participa en la eliminación de productos de
desecho. En algunos lugares, el espacio se ensancha formando cisternas.
La piamadre es la meninge más interna: una
membrana muy fina y vascularizada que se adhiere íntimamente a la superficie
cerebral. A diferencia de la aracnoides, acompaña todas las circunvoluciones y
penetra en cada surco. Envuelve los vasos cuando estos abandonan el espacio
subaracnoideo y se introducen en el tejido nervioso, contribuyendo a sostener y
proteger la delicada superficie del encéfalo.
Finalmente llegamos a la corteza
cerebral. Ya no es una cubierta protectora, sino el propio tejido nervioso
que todo el sistema anterior protege. Se trata de una capa de sustancia gris de
apenas unos milímetros de grosor, formada por cuerpos neuronales, dendritas,
sinapsis, axones y células gliales. Debajo se encuentra la sustancia blanca,
compuesta principalmente por fibras nerviosas mielinizadas que conectan
distintas regiones.
La corteza se pliega formando circunvoluciones o
giros, separados por surcos. Este plegamiento permite alojar una superficie
cortical mucho mayor sin aumentar excesivamente el volumen del cráneo y, con
ella, un número enorme de neuronas y conexiones. Sus distintas regiones
intervienen en la percepción sensorial, el control del movimiento, el lenguaje,
la memoria, la atención, la planificación, las emociones y el pensamiento
consciente.
Desde el cabello hasta las neuronas, por tanto, no
existe una simple sucesión de envoltorios. Cada estrato cumple una tarea
distinta: la piel aísla, el tejido conectivo amortigua, la galea da
consistencia, el plano areolar proporciona movilidad, el pericráneo nutre al
hueso, el cráneo resiste los impactos, las meninges sostienen y compartimentan,
y el líquido cefalorraquídeo mantiene el encéfalo suspendido. En el centro de
todo se encuentra la corteza cerebral, una lámina extraordinariamente compleja
protegida por una arquitectura construida, literalmente, capa sobre capa.