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jueves, 5 de enero de 2012

De Kit Carson a Big Foot

Desanimados, enfermos y despojados de todo, los indios norteamericanos eran en el último cuarto del siglo XIX la sombra de sí mismos, un puñado de desharrapados obligados a mendigar la rancia harina de maíz y el agusanado cerdo en salazón distribuidos por las agencias de Asuntos Indios. Muy debilitados por las enfermedades y no menos desorientados por el brutal cambio de su mundo, no se dieron cuenta de que su sistema de vida llegaba a su fin hasta que ya no les quedó nada. Su resistencia armada fue el canto del cisne de un mundo irremediablemente condenado a desaparecer. Comanches y apaches, los pueblos de las Grandes Llanuras, fueron las últimas tribus en plantar cara a los hombres blancos.

Kit Carson, prototipo del «hombre del Oeste», nació en Kentucky en 1809. El 17 de febrero de 1909 murió en Fort Sill, Oklahoma, a los 80 años de edad, Gerónimo, uno de los últimos protagonistas de las guerras indias contra los blancos. En el siglo que separa el nacimiento de uno y la muerte del otro se desarrolla la gran epopeya de la conquista del Oeste americano, la leyenda alimentada por las primeras novelas genuinamente americanas, empeñadas desde su mismo nacimiento en narrar los mundos que encierra un país tan grande como un continente que ha vivido en tiempos recientes las feroces injusticias y los dramas sangrientos que inevitablemente traen consigo los cambios de civilización.

El acta fundacional de la leyenda del Oeste la suscribió Cooper en 1823 con Los pioneros, la primera de las cinco novelas de la serie Cuentos de los Peleteros, protagonizada por un mestizo cultural, Natty Bumppo, a la que seguiría El último de los mohicanos, su única novela memorable. El tipo del hombre del Oeste -un solitario como Bumppo, que respetaba su entorno y sólo cazaba lo necesario para subsistir- ya había sido encarnado por Daniel Boone a finales del siglo anterior; con Boone nació la leyenda del guía de las caravanas de carromatos, a la vez cazador, explorador, trampero y amigo o enemigo de los indios, según conviniera. La fama de Daniel Boone llegó a oídos de lord Byron, que le consideró en su Don Juan la encarnación del hombre de los bosques y de la naturaleza.

Como Lewis y Clark -los primeros estadounidenses que llegaron al océano Pacífico remontando ríos y atravesando las Rocosas- como Daniel Boone, Davy Crockett o el gran Jedediah Smith, Carson fue también cazador, explorador, trampero y guía de caravanas y de destacamentos militares en misiones de exploración. Muy experto en cuestiones indias por su matrimonio con Hierba Cantante, una india arapahoe que le dio dos hijos, y más tarde con una nativa cheyenne, Carson murió en Colorado en 1868, cinco años después de que su historial quedara manchado para siempre durante la guerra contra los navajos que trajo como consecuencia final la muerte de centenares de ellos en su forzada marcha hacia Bosque Redondo.

Retirado, Kit Carson vivió en Taos, el pueblo donde un escribano español levantó acta en 1706 de la primera y amenazante aparición de una tribu hasta entonces desconocida, los comanches, que se harían los dueños durante casi dos siglos de las Grandes Llanuras norteamericanas después de librar feroces y crueles batallas contra otras tribus –utes, paiutes, kiowas y apaches- a los que acabaron por arrojar fuera de sus cazaderos tradicionales.

Los comanches, los jinetes más diestros de su tiempo, fueron los primeros guerreros capaces de mantener a raya y de hacer retroceder en el continente americano a los conquistadores españoles, la mayor potencia militar de la época. En los confines del universo por entonces conocido, en las llanuras que se extendían por la Comanchería -el nombre con el que Vázquez de Coronado designó en 1546 a esa región de desolación extrema-, un inmenso y monótono océano de hierba que servía de pasto a treinta millones de bisontes que ennegrecían el horizonte, un lugar inhóspito en el que los soldados blancos se desorientaban, se extraviaban y morían de sed. 

Cabalgando sobre las inmensas colonias de perrillos de las praderas que eran trampas mortales para las patas de los caballos, sin caminos ni puntos de referencia, los conquistadores del imperio español primero, luego las tropas mexicanas y más tarde la caballería estadounidense habían emprendido confiadas marchas militares a la caza de comanches que inevitablemente terminaban en que eran ellos los cazados y masacrados.

Para vencerlos, el desesperado general en jefe del Ejército, Sherman, nombró al coronel Ranald Mackenzie, quien en tan solo cuatro años se revelaría el combatiente más eficaz de cuantos lucharon contra los indios en toda la historia de Estados Unidos. Mackenzie, un militar exigente con sus soldados e intransigente, feroz y cruel con sus enemigos, un hombre obsesionado que se volvió loco a los 44 años cuando ya no tuvo comanches a los que derrotar, fue el máximo responsable de la derrota de la última de las bandas comanches hostiles, la del jefe Quanah Parker, un joven mestizo, el hijo de un jefe comanche y de una mujer blanca, un hombre nacido de la interculturalidad que imperaba en la última frontera continental. Cuando en 1875 la banda de comanches quahadis de Quanah aceptó su derrota y se entregó en Cache, Oklahoma, las Guerras Indias se dieron por concluidas. 

Quanah Parker,
último jefe de los comanches libres

Quedaban por liquidar algunos focos de resistencia india, el más importante de los cuales era el enclave apache de las montañas Chiricahuas, la prolongación septentrional de la Sierra Madre en los confines de Arizona y Nuevo México.  Gerónimo, jefe de los chiricahuas, es el apache sobre el que se ha construido la gesta agónica del final bélico de su tribu gracias a su biografía, dictada por él mismo a S. M. Barrett, que compuso un libro fascinante Gerónimo, historia de su vida, que sirvió de guion a las películas que auparon a Gerónimo a la leyenda de los grandes jefes indios como Toro Sentado, Caballo Loco y Nube Roja, los tres guerreros que derrotaron al Séptimo de Caballería, desastrosamente dirigido por el teniente coronel Custer, un cálido mes de junio de 1876, en Little Big Horn, Montana.


Gerónimo,
último jefe de los apaches libres
Gerónimo se rindió por última vez en el Cañón del Esqueleto en 1886. Fue confinado en Ford Sill (Oklahoma). Acabó sus días como un guerrero domesticado que se prestó a participar como un indio de opereta en el desfile de la toma de posesión del presidente Theodore Roosevelt. A su muerte, antiguos guerreros chiricahuas sacaron su cuerpo de Fort Sill para conducirlo a un lugar secreto, en los espolones septentrionales de Sierra Madre, donde reposa para siempre no muy lejos de una montaña –la Cabeza de Cochise- en cuyas faldas reposan ocultos los restos de su predecesor, el otro gran jefe finisecular de la belicosa Apachería.

Las guerras indias se dieron prácticamente por terminadas a partir de diciembre de 1890, cuando un grupo de pacíficos sioux lakotas al mando del jefe Big Foot fue aniquilado en Wounded Knee, Dakota del Sur, durante la que fue la última gran matanza de amerindios provocada por los blancos. Pero ese fue un drama que merece tratamiento aparte.

miércoles, 4 de enero de 2012

Un país de viceversas

En este país de los viceversas, todo es posible menos tener memoria.
Rafael Pérez del Álamo (Apuntes sobre dos revoluciones andaluzas, 1872)

Enero primaveral en los campos de la Baja Andalucía. En Cádiz, los pueblos blancos se encaraman por los escarpes de rojas areniscas desde las que en esta mañana brumosa se divisan los campos de algodón y las negras siluetas de los toros que pastan en la reverdecida hierba de la campiña. En Arcos de la Frontera, con sus calles empinadas que trepan por el cerro cárdeno, el cementerio está enjalbegado con la misma cal que blanquea el caserío. Un humilde nicho, tapado por una lápida cubierta de verdín y musgo, con las juntas descarnadas por el paso del tiempo, lleva grabada la fecha -15 de enero de 1911- de la muerte de Rafael Pérez del Álamo, un idealista honrado al que la muerte sorprendió en la pobreza pero al que nunca le faltaron amigos y seguidores. 


Pérez del Álamo un modesto albéitar herrador y un honesto activista político, encabezó la “Revolución de Loja”, uno de los más sonados acontecimientos revolucionarios vividos por nuestro país en el siglo XIX, que intentó levantar los campos de Andalucía con un bando que proclamaba: «Ciudadanos: todo el que sienta el sagrado amor a la libertad de su patria, que empuñe un arma y únase a sus compañeros: el que no lo hiciere será un cobarde o un mal español. Tened presente que nuestra misión es defender los derechos del hombre respetando la propiedad, el hogar doméstico y todas las opiniones». 


Con tal proclama asumía el liderazgo de una idea delirante pero posible: encender la mecha de una revolución política capaz de derrocar al régimen de Isabel II, una monarquía decadente y corrupta, políticamente manejada desde las bambalinas por la viuda de Fernando VII, la exreina regente María Cristina y su amante Muñoz, convertidos ambos en saqueadores de la hacienda española con la inestimable ayuda del marqués de Salamanca, y por una corte moralmente degradada de curas trabucaires, monjas visionarias, amantes reales que actuaban de validos omnipotentes y espadones siempre dispuestos a sentar la mano sobre las espaldas de un pueblo explotado, sin derechos, humilde e iletrado: nueve de cada diez españoles era analfabeto. El movimiento encabezado por Pérez del Álamo, que Galdós noveló en La vuelta al mundo en La Numancia, uno de los Episodios Nacionales, fue el precedente inmediato de “La Gloriosa”, la revolución de 1868 que acabó definitivamente con aquella valleinclanesca y rijosa “corte de los milagros” retratada en las viñetas erótico-satíricas de los hermanos Bécquer. 


Una fotografía del cabecilla revolucionario, al que Bernaldo de Quirós llamó el “Espartaco andaluz”, lo muestra alto e imponente, la barba blanca y poblada, la frente poderosa bajo la que destacan unos ojos que muchas veces tuvieron que llenarse de lágrimas, otras encenderse de ira y siempre brillar con los fulgores del ideal. Es la misma mirada encendida y febril de otros revolucionarios honestos. Es la misma mirada que puede verse en los daguerrotipos de Garibaldi, Targhini y Montanari, los caudillos del movimiento carbonario que inspiró el proceso de unificación italiana, el mismo que sirvió de modelo organizativo, conspirativo e insurreccional a los jornaleros andaluces comandados por el veterinario de Loja. 


Dentro de un entorno internacional marcado por profundas transformaciones sociales que condujeron a la creación de la Primera Internacional, el campo andaluz vivía tiempos de desigualdad social y de incultura, de una economía rural escasamente productiva, de pocos propietarios y muchos siervos, de escasez y de caciquismo. Tiempos de obligaciones sin derechos. Son tiempos también de una conciencia social y de clase creciente; tiempos de contestación a la monarquía que simboliza la secuela del Antiguo Régimen, freno de las aspiraciones liberales y democratizadoras de una buena parte de la sociedad española. Entre los anhelos de pan y trabajo de la población más desfavorecida y los objetivos políticos del perseguido progresismo nacional, Pérez del Álamo encabezó una sociedad secreta clandestina que contó con miles de militantes repartidos por las provincias de Granada, Málaga y el sur de Córdoba, y que sólo en Loja agrupaba a cerca de tres mil seguidores, lo que le otorgaba una enorme capacidad de acción social.


Al igual que la revolución de 1830 en París y el nacimiento de Bélgica como nación, la Revolución de Loja estalló durante la representación de una ópera. A las cinco de la tarde del sábado 29 de junio de 1861, el público del teatro de Loja aguardaba el comienzo de una zarzuela cuando el corregidor José Henríquez entró a informarles de que la función había sido suspendida y que debían regresar inmediatamente a sus hogares. El día antes, al grito de "¡Viva la República y muera la Reina!", un numeroso grupo de jornaleros había asaltado el cuartel de la Guardia Civil de Iznájar sin derramar una sola gota de sangre. Desde allí, Pérez del Álamo proclamó su bando y los sublevados marcharon sobre Loja, la capital comarcal y segunda ciudad más grande de la provincia de Granada. El domingo, Pérez del Álamo y seis mil hombres más llegaron jubilosos a Loja al son del himno liberal de Riego interpretado por las bandas municipales de ambos pueblos.


Sin desmanes, sin abusos y sin violencia gratuita, la tropa revolucionaria se atrincheró en la ciudad y resistió los reiterados intentos de asalto de las fuerzas gubernamentales enviadas desde Granada. Cinco días después, conscientes de que la chispa revolucionaria no había prendido en otras ciudades e incapaces de resistir un asedio que amenazaba con ser reforzado por la artillería, los revolucionarios más comprometidos iniciaron una huida por la sierra de Loja que concluyó con el abatimiento o la detención de los insurrectos. 


Tras el indulto general de los encausados, un año después de los sucesos de Loja, acosado por la presión judicial, económica y social a la que lo someten los moderados lojeños que no olvidan ni perdonan, Pérez del Álamo enfrentó la última etapa de su vida en Arcos de la Frontera, en la que falleció como consecuencia de una pulmonía gripal. Al funeral acudió el Ayuntamiento en pleno y una buena parte de los vecinos de la localidad. Diez años después, una suscripción popular recaudó las ciento cincuenta pesetas necesarias para garantizar el derecho a perpetuidad del humilde nicho en que, aún hoy, reposan sus restos mortales.


El tratamiento dado por la historia a la figura de Rafael Pérez del Álamo no ha sido distinto al concedido a otros muchos perdedores: ostracismo, demérito y olvido. Todos tenemos una doble muerte. La primera no es definitiva, uno se muere y durante algún tiempo está vivo en el recuerdo de algunas personas. La segunda muerte sí es verdadera y se produce cuando ya no queda ningún vivo a cuya memoria pueda aferrarse el muerto. 


Por eso, evocar a los muertos respetables no es una simple narración de los hechos, es un imperativo ético y una obligación moral.

Rosell y el dómine Cabra

Como advertí en la entrada anterior, hace tiempo que movido por mis deseos de seguir las andanzas de Joan Rosell, ese empresario que no ha creado más puesto de trabajo que el suyo, amplié mis lecturas a la prensa catalana, circunstancia que me está deparando no pocas sorpresas. Repaso mis recortes de prensa y recupero sendos artículos, uno en El País, edición de Cataluña (“Funcionarios”, 17-06-09), y otro en El Periódico (“La cifra de funcionarios se acerca a la de empresarios”, 15-06-09), que guardaba para cuando la ocasión fuese propicia. 


Ahora lo es. Los rescato de donde habita el olvido porque Rosell los ha sacado a colación como argumento a favor de su campaña a favor de someter a una dieta de efectivos al Estado español que ríanse ustedes de la que sufrían los pupilos del dómine Cabra. Para el señor Rosell el caso español es “único e insostenible” porque -¡pásmense ustedes!- en España el número de lo que tales artículos definen como “funcionarios” es casi idéntico al número de empresarios y autónomos en España. Ambos artículos son representativos de una percepción bastante generalizada que prospera en las barras de los bares, donde toda ocurrencia es tolerable, pero que requiere alguna puntualización cuando se pone negro sobre blanco.


En primer lugar, procede negar la mayor. No hay excepción que valga: en todos los países desarrollados el porcentaje de la población activa dedicada a actividades en el sector público es mayor que el correspondiente a empresarios y autónomos. A mayor abundamiento, el caso español no sólo no es una excepción, sino que el nuestro es el país de la UE donde la balanza entre empresarios-autónomos y empleados públicos se decanta a favor de los primeros.


Dispongo únicamente de los datos de 2008, aunque presumiblemente cuando se actualicen no variarán sustancialmente, habida cuenta de que tanto la oferta de empleo público como la caída en el número de pequeños empresarios y autónomos han tenido una línea descendente muy parecida como consecuencia de la actual coyuntura económica. En 2008, el porcentaje de personas adultas que ejercían como empresarios y autónomos era mayor (10,6%) que el promedio de la UE-15 (9,78%), mientras que el porcentaje de las que trabajan para el sector público era sólo del 9%, uno de los más bajos de UE-15, cuyo promedio alcanzaba el 16%. En los países escandinavos el porcentaje es del 26% en Dinamarca, el 22% en Suecia y el 19% en Finlandia, tres países cuya economía es de las más más eficientes y emprendedoras de la OCDE, tal como señala el último informe sobre competitividad y eficiencia económica que publica el prestigioso Economic Policy Institute de Washington. 


La jeremiada se incrementa cuando la mesnada ultraliberal utiliza como argumento positivo a favor de los recortes salariales a los funcionarios el siguiente: “si los trabajadores de las empresas privadas asumen el coste de la crisis con el despido, los funcionarios deben aceptar una rebaja de su sueldo”. Al colectivo al que se define alegremente como “funcionarios” no es uniforme ni tiene garantizado un puesto de trabajo a perpetuidad. Las cifras que ofrecen corresponden al número de personas adultas que trabajan en los servicios públicos (administraciones central, autonómica y local), lo que incluye los servicios públicos del Estado del bienestar (sanidad, educación, servicios sociales, servicios domiciliarios, atención a los mayores y a los discapacitados, etc.), del Estado de derecho (judicatura, fiscalías, administración de justicia...) y los servicios generales (correos, transportes públicos, seguridad, entre otros). Estos empleados tienen en su mayoría varios tipos de contratos indefinidos como el de cualquier trabajador, mientras que solamente una minoría (28%) tiene la categoría de funcionario.


Y mientras, prietas las filas, las tropas rosellianas señalan con el dedo al colectivo de los servidores públicos con el loable propósito de marear la perdiz y alejar las miradas de sus particulares patios de Monipodio, los sectores afines se marchan de rositas haciendo mangas y capirotes de la fiscalidad nacional. El Informe de la Lucha contra el Fraude Fiscal en la Agencia Tributaria que han elaborado técnicos del Cuerpo Especial de Gestión de la Hacienda Pública (GESTHA) es rotundo: según las declaraciones de IRPF presentadas, los trabajadores y pensionistas ganan un 75% más que los empresarios. Por no buscar la viga en el ojo ajeno, los empresarios madrileños declaran haber ganado una media de 10.776 euros al año, es decir, ganan menos que asalariados y pensionistas. 


De manera que las cifras de ingresos declaradas por la mayoría de los que (supongo) apoyan al señor Rosell resultan rondar, de tragarnos sus fantasiosas declaraciones, el entorno del mileurismo y se sitúan, en la mayoría de las ocasiones, por debajo de ese límite, lo cual, en lugar de hacernos quedar por tontos, dice poco a favor de su inteligencia, porque si tales declaraciones fueran ciertas y las trabas para montar y mantener una empresa son comparables las de los trabajos de Hércules ¿cómo son tan necios para emprender unos negocios cuyos réditos están por debajo de los sufridos mileuristas? 


Y no es que se trate de una situación transitoria motivada por la crisis, no. Un estudio comparativo de las rentas declaradas desde 1993 pone de manifiesto que la brecha entre empresarios y asalariados ha ido creciendo año tras año, hasta alcanzar su máximo en las rentas referidas al año 2010. Esta es la prueba irrefutable –dice el informe GESTHA- de la existencia de un "fraude fiscal estructural y masivo" entre autónomos y empresarios.


De acuerdo con los que nos anunció el recién estrenado Presidente del Gobierno en su discurso de investidura, la cantidad que se debe recortar en los presupuestos generales del Estado de 2012 para alcanzar los objetivos de déficit para dicho ejercicio asciende a 16.500 millones de euros. Pues ya sabe dónde los tiene y quintuplicados: según los mencionados técnicos del Ministerio de Hacienda, el enorme fraude fiscal español alcanza la cifra de 88.617 millones de euros: a la Agencia Tributaria (58.676 millones) y a la Seguridad Social (29.941 millones). 


Y qué casualidad, los que detectan esos fraudes son, precisamente, los funcionarios que tanto molestan al señor Rosell, sumo sacerdorte de la burocracia empresarial.

Más funcionarios que chinos

Desde que Larra escribiese hace 178 años la amarga crónica de la burocracia española, se ha confundido función pública con burocracia. La palabra "funcionario" evoca una mesa de despacho en una oscura covachuela, la visera y los manguitos, los dedos manchados de tinta, el cortaplumas y el afila lápices con manivela, el papeleo interminable, las pólizas y los sellos, las gestiones agotadoras, el indescifrable lenguaje de una administración decimonónica y el «vuelva usted mañana». Aprovechando esa imagen distorsionada de la realidad, Joan Rosell, presidente de la CEOE, ha presentado un disparatado informe sobre la situación del sector público español cuya conclusión general es plantear la necesidad de una poda general de funcionarios acompañada de una jibarización del sector público, cuyos males quedarían prodigiosamente sanados mediante la transferencia de servicios públicos básicos al sector privado.


Cuando el señor Rosell, empresario sin empresas y emprendedor que jamás ha creado un puesto de trabajo, habla por televisión, parece que lleva razón. Sin embargo, una lectura más detallada de su propuesta de recortar el gasto público mediante el expeditivo procedimiento de engordar las carteras privadas revela que, como el rey del cuento, el discurso está revestido de un vistoso manto demagógico cosido con el hilo de la inanidad con el que pretende aprovechar la crisis para arrimar el ascua a la sardina de sus intereses sectoriales. El dibujante El Roto lo resumió en una viñeta genial: «Tuvimos que asustar a la población para tranquilizar a los mercados». Aquellos que deseen profundizar en el conocimiento de quienes siembran y favorecen el pánico social para pescar en río revuelto, no deberían dejar de leer el libro La economía del miedo recientemente publicado por Joaquín Estefanía (Galaxia, 2011). 


En las administraciones públicas sobra gente, sostiene Rosell. Podría ser. Acudamos a las fuentes. Hacerlo fatiga, pero evita caer en los errores ajenos, algunos de los cuales son descabellados. En la edición catalana de El País, a la que me he aficionado para seguir las andanzas del señor Rosell, el 14 de mayo del pasado año y bajo el titular «Uno de cada 10 asalariados trabaja en el sector público» se asegura sin el menor rubor que en Extremadura, Castilla-La Mancha, Madrid, Castilla y León y Aragón existen por encima de «60 empleados públicos por habitante», lo que extrapolado al conjunto español supondría que la suma de empleados públicos de nuestro país ascendería a más de 2.400 millones: ¡Más que chinos!


Afortunadamente somos bastantes menos. Según un documento tan prolijo como aburrido cuya lectura no me atrevo a recomendar, el Boletín Estadístico del Personal al Servicio de las Administraciones Públicas, las tres administraciones públicas cuentan con 2,6 millones de efectivos entre personal contratado y funcionario, a los que me referiré genéricamente como “funcionarios” aunque no todos los trabajadores públicos lo sean. Al presidente de la CEOE, al que acompañan en sus desvaríos un nutrido coro de gacetilleros afines, eso le parece una barbaridad. Toman la motosierra y proponen una saludable y drástica poda. Con unos setecientos mil funcionarios bastaría, sostiene Rosell, mientras que Luis María Anson, otro hooligan del adelgazamiento de lo público, le hace la ola. Podría ser. Volvamos al Boletín, que no me dejará mentir.


Empecemos por la educación y la sanidad, dos pilares del Estado de bienestar. En el sistema educativo prestan servicios 650.000 trabajadores, más de un 90% de los cuales son maestros y profesores. Si le sumamos el más de medio millón de sanitarios, la cuenta es sencilla: de cada cien funcionarios, 46 se dedican a educar, enseñar y curar. Algo más de un cuarto de millón de los servidores públicos son militares, guardias civiles y policías, a los que hay que sumar otros tantos trabajadores adscritos a la administración de justicia, a los centros penitenciarios y a las policías locales y autonómicas, las cuales –aunque no sean consideradas como Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado- también velan por nuestra seguridad. De manera que en este sector militan medio millón de funcionarios que constituyen un pelotón difícilmente privatizable, aunque es probable que a Rosell y a Anson les gustara que las sentencias judiciales se emitieran en El Corte Inglés y Alcalá-Meco la custodiara Visegur.


De cada cien funcionarios más de sesenta y cinco  se dedican a actividades dentro de los sectores que acabo de enumerar. ¿De verdad alguien cree que como sostiene Rosell debamos reducir su número hasta dejarlo en la cuarta parte del actual? Y eso que el conjunto español enmascara otras realidades. Los porcentajes varían de unas comunidades a otras. Mientras que en comunidades como la de Madrid, empeñadas en la poda sistemática del sector público, los efectivos se desploman, en otras como en Andalucía los números son aún más rotundos: el 45% pertenece a la rama de la docencia; casi el 40%, al sistema sanitario y sólo algo más del 12% se dedica a tareas administrativas. 


La leyenda negra dice que España es un país de funcionarios pero, ¿más que Alemania, menos que en Francia, igual que Portugal, el doble que Austria? Vayamos a la fuente más reciente. En 2008, la Unión Europea presentó un estudio comparativo sobre los cuerpos de funcionarios en el informe Administration and the Civil Service in the EU 27 Member States. ¿En qué posición quedamos? En la zona media, exactamente en el puesto décimo sexto, al mismo nivel que Italia y Alemania. Italia tenía entonces tres millones y medio de empleados públicos, uno por cada diecisiete habitantes, el 5,7% de la población, una cifra muy similar a la española -uno por cada dieciocho, 5,5%,- y a la alemana, en donde cuatro millones y medio de funcionarios atienden a ochenta y dos millones de ciudadanos, lo que se traduce en un 5,4%, dieciocho habitantes por cada trabajador público.


Al contrario de lo que sostiene Rosell,  el número de funcionarios de nuestro país es más bien bajo con respecto a la media Europea e inferior al de países con un estado del bienestar más consolidado como Francia, Noruega, Alemania o Reino Unido. En España, el porcentaje de personas en edad de trabajar empleadas en el sector público (9%) es uno de los más bajos de la Zona Euro (cuyo promedio es el 16%). En los países escandinavos es del 26% en Dinamarca, del 22% en Suecia y del 19% en Finlandia, tres de los países con la economía más eficiente y emprendedora de la OCDE. 


A pesar de lo que sostienen las peñas ultraliberales y sus voceros, el problema que tenemos en España es el opuesto al que ellos denuncian: el sector público está subdesarrollado en lugar de sobredimensionado. Otra cosa es, desde luego, su organización, que depende del poder político. Pero esa es otra cuestión.

Noche de reyes

En Borges, la teología está lejos de ser un trauma a extirpar. En lugar de ser hostil a ella, la recibió encantado en el maravilloso país de la literatura, celebrando la existencia de la especulación teológica y extrayendo de ella todas sus posibilidades estéticas. «La teología es la rama más frondosa de la literatura fantástica», escribió. Borges creía que una antología de la literatura fantástica no debería prescindir de las prodigiosas creaciones teológicas de la imaginación humana.

Desde que Juan Jacobo Brucker introdujera en el XVIII el concepto “sincretismo” para designar una «conciliación mal hecha de doctrinas filosóficas totalmente disidentes entre sí», el término indica la síntesis mal lograda de creencias procedentes de diversos sistemas. En la historia del pensamiento religioso ha llegado a poseer igual significado, de manera que cualquier sugerencia de sincretismo pasa, cuando menos, por la sospecha de la autenticidad de su origen. 

El catolicismo, un producto político de la era de Constantino, es la síntesis de una religión conformada y potenciada para la unidad del imperio romano recién salido de la dividida tetrarquía del emperador Diocleciano. El lema del Imperio unificado de Constantino: “Un solo Dios, un solo Emperador”, es la clave del éxito de la Iglesia Católica en su imparable conquista del poder terrenal. El arquetipo del Jesús católico es el resultado del sincretismo de diversos mitos más antiguos importados de Oriente desde los tiempos de Alejandro Magno y que se añadieron al Mesías de las tradiciones judías. El gran perdedor en esa conquista fue el mensaje de Jesús, que resultó sepultado en la idolatría de un arquetipo del Jesús católico revestido con mitología precristiana. 

En las religiones precristianas las deidades nacían de vírgenes celestiales que parían dioses solares. El solsticio de invierno, el día del triunfo del sol naciente para los romanos, el día que Jesús nació de una virgen, es la misma fecha en que nacieron Atis, de la virgen Nana; Buda, de la virgen Maya; Krisna, de la virgen Devaki; Horus, de la virgen Isis, en un pesebre y una cueva. También Mitra nació el 25 de diciembre, de una virgen y en una cueva y lo visitaron pastores que también le llevaron regalos. Zoroastro o Zaratustra, al igual que las anteriores divinidades, nació también de una virgen. 

Atis murió por la salvación de la humanidad clavado en un árbol, descendió al infierno y resucitó después de tres días. Mitra tuvo doce apóstoles y pronunció un Sermón de la Montaña. También fue llamado el Buen Pastor, la Verdad, la Luz, el Verbo, la Palabra, el Redentor, el Salvador y el Mesías. Se sacrificó por la paz del mundo, fue enterrado y resucitó a los tres días; su día sagrado era el domingo y su religión tenía una eucaristía muy similar a la liturgia católica, en la que utilizaban el pan y el vino que el sacerdote tomaba entre sus manos y proclamaba: «El que no coma de mi cuerpo ni beba de mi sangre de suerte que sea uno conmigo y yo con él, no se salvará». 

Las similitudes con Buda son también notables: fue bautizado con agua estando presente en su bautizo el “Espíritu de Dios”, enseñó en el templo a los doce años, curó a los enfermos, caminó sobre las aguas y alimentó a quinientos hombres con una pequeña cesta de panes. Al igual que Jesús fue llamado el Señor, Maestro, la Luz del Mundo, Dios de Dioses, Altísimo y Redentor. Por último, en un acto similar al de Cristo, resucitó y ascendió corporalmente al Nirvana. 

Dionisos también resucitó y fue llamado Rey de Reyes, Dios de Dioses, Unigénito, Ungido, Redentor y Salvador. Horus, hijo de Isis y Osiris, fue bautizado en el río Eridamus por Anup el Bautista, que como le ocurrió a otro bautista, Juan, fue decapitado. También a los doce años enseñó en el templo y fue bautizado a los treinta años, igual que Jesús. Se le llamó el Ungido, la Verdad, la Luz, el Mesías, el Hijo del Hombre, la Palabra Encarnada, el Buen Pastor y el Cordero de Dios. Hizo milagros, sacó demonios, resucitó a Azarus y caminó sobre el agua. Al igual que Cristo, pronunció un sermón de la montaña y se transfiguró en lo alto de un monte. Por último fue crucificado entre dos ladrones y resucitó después de ser enterrado tres días en una tumba. 

Krisna fue hijo de un carpintero, su nacimiento fue anunciado por una estrella de oriente y esperado por pastores que le llevaron especias como regalo. Tuvo doce discípulos que le proclamaban el Buen Pastor, Cordero, Redentor, Primogénito y Palabra Universal. Realizó milagros, resucitó muertos y curó leprosos, sordos y ciegos. Cuando murió en la treintena, como Jesús, lo hizo por la salvación de la humanidad, y el sol se oscureció; resucitó entre los muertos, ascendió al cielo y fue la segunda persona de una divina trinidad. En Persia, Zoroastro fue bautizado en un río con agua, fue tentado por el diablo mientras ayunaba en el desierto y empezó su ministerio a los treinta años. Se destacaba por expulsar demonios y les devolvía la vista a los ciegos. Predicó sobre el cielo y el infierno, sobre la resurrección, el juicio, la salvación y el Apocalipsis. 

En la madrugada del 5 de enero los niños católicos (que no todos los niños cristianos) dejan los zapatos preparados para que los Reyes Magos depositen en ellos sus regalos con nocturnidad y sigilo. Se conmemora así la tradicional llegada a Belén, desde lejanas tierras de Oriente, de Melchor, Gaspar y Baltasar, que acudieron siguiendo la guía de una estrella para adorar al recién nacido rey de los judíos, y agasajarlo con sus ofrendas de oro incienso y mirra.  

«Unos magos vinieron de Oriente a Jerusalén, preguntando: “¿Dónde está el nacido rey de los judíos? Porque vimos en Oriente su estrella y hemos venido con el fin de adorarle”». Este escueto texto de Mateo, redactado en torno al año 50 después de Cristo, y que no recogen los demás evangelistas, es todo lo que hay para sostener la gran historia de los Magos de Oriente. El evangelista nada dice de que sean reyes, ni de que sean tres, ni de cuáles eran sus nombres. Eso es todo. 

Todo lo demás que hoy damos por cierto sobre estos enigmáticos personajes —y que se escenifica pacientemente cada Navidad en nuestro doméstico portal de Belén con monarcas a caballo, pajes de vistosos atuendos y camellos cargados de regalos—, es una elaboración literaria posterior, acuñada en textos apócrifos y en tradiciones culturales muy dispares. Una leyenda que se va tejiendo con enorme éxito, sobre todo entre los siglos IV y IX, mezclando creencias mazdeístas, mitraicas, gnósticas, judaicas y cristianas, e incorporada a la tradición católica con los mismos fines que otras: recaudar dinero para la clase sacerdotal o para fidelizar a los sectores económicos que hacen su agosto en pleno mes de diciembre.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

El jardín de los poetas muertos

Hace justamente setenta y cinco años, la sangre empapaba los olivares de la campiña andaluza. Con los negros frutos sazonados en las ramas de los árboles, la escarcha de la madrugada formaba cristales de hielo sobre los cuerpos de dos poetas muertos, Ralph Fox y John Cornford, caídos en la primera batalla por la libertad que les había traído a una España en guerra.


Campiña del Guadalquivir, navidades de 1936. Desde el principio de la guerra, el frente se ha estabilizado momentáneamente en Villa del Río y Montoro, cerca de las lindes de Córdoba, en manos de los sublevados, y Jaén, que permanece fiel a la República. Mientras se combate a las puertas de Madrid, con la Ciudad Universitaria en manos fascistas, la calma impera en el frente andaluz, pero en diciembre de 1936 las tropas de Queipo de Llano lanzan una ofensiva que, aunque no alcanza sus objetivos (la ocupación de Linares y Andújar para cortar los accesos a Madrid por Despeñaperros), logra apoderarse de Montoro, El Carpio, Adamuz, Pedro Abad, Villa del Río y Lopera. Es la llamada «campaña de la aceituna» porque coincide con las fechas en las que se recogen las olivas. Lopera cae en manos de los sublevados el día de Nochebuena. Fusilan a los jornaleros. Ese año las olivas se pudrirán sobre los árboles.


La República tiene casi todas sus tropas comprometidas en la defensa de Madrid, pero el Estado Mayor de Miaja recuerda que se están acuartelando en Pozo Rubio, Albacete, las primeras remesas de voluntarios internacionales. Los recién llegados, hombres y mujeres de todo el mundo, eran la avanzadilla de los más de treinta y cinco mil jóvenes románticos, alegres, osados, pacifistas y vitales, que querían protagonizar la gesta de la lucha contra el fascismo. Era gente dispuesta a todo, con corazón, con una disciplina de la que carecían las milicias españolas, unos idealistas y unos valientes que nunca habían empuñado un arma. Reunían todos los atributos para convertirse en fuerzas de choque y en carne de cañón. 


Los primeros voluntarios llegaron a Albacete en octubre de 1936 y formaron la XI Brigada Internacional, cuyos dos mil miembros procedían en su mayoría de Europa oriental; luego se constituiría la XII Brigada, integrada por alemanes, italianos y franco-belgas. Dos semanas más tarde ya estaban combatiendo contra moros y legionarios en el frente de Madrid. En pocos días se habían convertido en tropas de asalto disciplinadas y admiradas por los republicanos. Un modelo a seguir. 


En noviembre se constituye la XIV Brigada, formada por soldados de habla inglesa. Sin apenas instrucción, se les mete en vagones de tercera y son enviados al frente andaluz con la misión de recuperar las posiciones recién conquistadas por los sublevados. Los brigadistas de aquella hornada eran soldados bisoños y sus mandos tan incompetentes que algunos ni siquiera sabían leer los mapas. El 121º Batallón, formado por británicos, es el que resultará peor parado. Llega al frente el 26 de diciembre y recibe la orden de recuperar Lopera. Será la fuerza de choque que se enfrentará a los tercios de la columna Redondo, compuesta fundamentalmente por una brigada de choque del requeté andaluz y por fuerzas regulares de las guarniciones de Cádiz y Sevilla. 


La víspera de los Santos Inocentes, los brigadistas británicos amanecen entumecidos en las trincheras desde las que se avistan los meandros del Guadalquivir. Cuando apenas levanta la alborada sobre el mar de olivos, los británicos creen que están soñando. Desde las líneas enemigas les llega una música familiar: son los tamboriles y gaitas del Tercio Virgen del Rocío de Huelva que acompañaban el avance de las tropas, como si se trataran de las cornamusas de los Royal Highlanders escoceses. Es el anuncio de inicio de la batalla de Lopera, que durará desde ese momento hasta la medianoche del día siguiente y será la más dura de todo el frente andaluz.


La Primera Compañía, formada por ciento cuarenta y cinco brigadistas ingleses e irlandeses, inicia el asalto del cerro del Calvario, desde el que se dominan los arrabales de Lopera. A pecho descubierto, los jóvenes trabajadores y estudiantes de Dublín, Londres y Lancashire llegan hasta las primeras trincheras, donde son obligados a retroceder por la tempestad de metralla y plomo que cae sobre ellos. Para consolidar sus precarias posiciones, excavan margas y arcillas para improvisar refugios en los que guarecerse a flor de tierra entre las gruesas raíces y los retorcidos troncos de los olivos; resisten durante horas, sin ceder ni un palmo. Durante toda la batalla, los nacionales, ventajosamente emplazados, mantienen a los internacionales bajo fuego cruzado de ametralladoras, artillería y morteros. Aviones llegados desde Sevilla lanzan sobre ellos bombas fragmentarias. Los voluntarios avanzan, retroceden, vuelven al ataque, se arrastran sobre el dorso pelado de las colinas hasta cerca de las posiciones fascistas. En los repetidos ataques y contraataques, las compañías se desorganizan, se dispersan, se mezclan unas con otras y pierden el enlace con sus respectivos capitanes. Muchos caen bajo el fuego de la propia artillería. Al caer la noche, rotas las líneas de abastecimiento, los voluntarios supervivientes se encuentran sin municiones y sin fuerzas por haber corrido tanto y por no haber comido durante todo el día.


Diciembre, 28. Fin de la batalla. Lopera no se ha tomado pero el avance nacional en el frente andaluz se ha detenido. La Primera Compañía ha resultado aniquilada. Entre los brigadistas muertos figuran dos intelectuales británicos procedentes de las universidades de Oxford y Cambridge, el poeta Ralph Fox, de treinta y seis años, abatido el día 27, y su colega y amigo, el poeta John Cornford, de veintiún años, biznieto de Charles Darwin, que cae al día siguiente. Antes de morir, Cornford –del que José Ángel Valente dijo que en él se conjugaban «la fe y el verso en un solo acto»- le había escrito a Margot Heinemann, su novia, unos versos estremecedores: 


Y si la suerte acaba con mi vida
dentro de una fosa mal cavada, 
John Cornford
acuérdate de toda nuestra dicha; 
no olvides que yo te amaba.

Los cuerpos nunca se encontraron. Seguramente terminaron en una fosa común. En el jardín del Pilar Viejo de Lopera hay una sencilla columna de austero cemento con una placa que dice: «Jardín de los Poetas Ingleses». Al verla, uno no puede dejar de preguntarse por qué centenares de obreros metalúrgicos, de estibadores y de campesinos, de activistas negros norteamericanos, pero también de intelectuales cómo Malraux, Orwell, Koestler, Fox y Cornford, dejaban sus hogares y venían a pelear en suelo español. 


En el caso de los poetas ingleses, el recuerdo lleva hasta lord Byron, aquel aristócrata romántico que murió luchando por la independencia de Grecia. Un contemporáneo de Fox y Cornford, Pollit, lo había advertido: «La mejor manera de ayudar a la causa comunista es ir y dejar que te maten: necesitamos un Byron en el movimiento».

lunes, 19 de diciembre de 2011

Ni oficial ni caballero








El pasado 14 de diciembre se conmemoró el centenario de la conquista del Polo Sur. Cuando el británico Robert Falcon Scott y sus compañeros llegaron al extremo meridional de la Tierra y se encontraron con la bandera que había dejado la expedición noruega de Roald Amundsen, fueron amargamente conscientes de que habían perdido una batalla real entre deportistas y caballeros. No puede decirse lo mismo del duelo que habían mantenido un año antes dos norteamericanos, Robert Peary y Frederick Cook en su falaz conquista del Polo Norte. La prensa de la época los calificó con alguna precisión: «Cook es un mentiroso y un caballero, Peary ninguna de las dos cosas». Como el tiempo se encargaría de demostrar, Peary no solo era un patán, sino que era también un mentiroso contumaz.

Sir Wally Herbert
Si la aventura de Amundsen y Scott es la historia de una epopeya acabada en tragedia, la de Peary y Cook es la crónica de una burla que logró engañar a la opinión pública mundial el siglo pasado y todavía logra hacerlo con multitud de despistados. Amundsen ansiaba más que ninguna otra cosa ser el primero en alcanzar el Polo Sur porque creía –erróneamente- que un estadounidense se le había adelantado en la porfía por la conquista del Polo Norte. No era así; el noruego era uno más de los millones de estafados por los dos exploradores norteamericanos. Hubo que esperar hasta 1969 para que el británico Wally Herbert desmontara la farsa. El 21 de febrero de 1968 una expedición de cuatro hombres y cuarenta perros liderada por Herbert salió de Punta Barrow (Alaska) para realizar una travesía épica de dieciséis meses en la que no solamente llegó al Polo Norte, sino que atravesó por primera vez la banquisa polar desde Alaska hasta Spitsbergen (Noruega) en un viaje de más de 6.000 kilómetros que duró cerca de año y medio. Herbert se convirtió así en el primer hombre en alcanzar el Polo Norte a pie, ¡el mismo año en que Armstrong descendió del Apolo 11 y puso el pie en la Luna! 

Robert Peary
Gracias a Herbert se supo que muchas de las páginas del diario de Peary son pura ciencia-ficción y que sus etapas medias de más de 48 kilómetros diarios por el hielo (por no mencionar los ¡95! del retorno) son inconcebibles incluso suponiendo que este fuera tan llano como la palma de una mano y la presión de la deriva no levantara crestas de hielo infranqueables. La famosa página de su diario del día 6 de abril de 1909 que decía: «¡El Polo por fin! […] mi sueño y mi ambición durante veintitrés años. Mío por fin...», era una hoja suelta ladinamente añadida después. Peary presentó únicamente sus mediciones de latitud, ignorando las de longitud porque supuso, sin fundamento alguno, que se hallaba en el meridiano del cabo Columbia. La observación de la deriva era imprescindible porque sin ella la expedición se habría desviado inevitablemente hacia el este o hacia el oeste. Como ha señalado Fergus Fleming (La conquista del Polo Norte, Tusquets, 2007), Peary ofreció dos páginas de sumas que cualquier muchacho con el Almanaque Náutico y de Navegación en la mano podría haber escrito para superar un sencillo examen. 

Un telegrama de Copenhague del primero de septiembre de 1909 transmitía al mundo la noticia de que el Polo Norte había sido alcanzado por un explorador americano. Entre otras cosas, el telegrama decía textualmente: «Se encuentra a bordo del Hans Egede [un vapor danés que procedía de Groenlandia] el explorador americano doctor Cook, que ha alcanzado el Polo Norte el 21 de abril de 1908 […] Los  esquimales de cabo York confirman la verdad de las afirmaciones del doctor Cook». 

Tanto esfuerzo y tanta mentira para nada, debió pensar Peary cinco días más tarde cuando se aprestaba a comunicar al mundo su propio éxito y se enteró de que la conquista del Polo Norte, al que tras veintitrés años rondándolo consideraba su patrimonio, había sido realizada por otro que, además, era un donnadie en el selecto club de los exploradores polares. Para mayor escarnio, su célebre telegrama al presidente Theodore Roosevelt en el que proclamaba orgullosamente: «La bandera de las barras y las estrellas se ha plantado en la cima del Globo», se había convertido en papel mojado. El vanidoso Peary montó en cólera y se dispuso a desmontar la mentira ajena para hacer valer la suya. Mal enemigo Peary. 

Estampa de la época con Cook, a la izquierda, y Peary .
En su revelador Grandes engaños de la exploración (Desnivel, 2005) David Roberts califica a Cook y Peary como una pareja de sinvergüenzas y mentirosos, megalómanos y paranoicos, un dúo de ególatras ansiosos de acumular fama y dinero en el que es difícil elegir cuál era de la peor catadura. Si para la prensa de la época el doctor Cook era un mentiroso pero un caballero, para Fleming Peary era "el más desagradable de los hombres", un tipo antipático, cruel y déspota, un explotador de los esquimales y un rijoso que no dudaba en yacer con las niñas inuits.

En cuanto a Cook, se trataba de un falsario compulsivo poco hábil pero tenaz, tan tenaz que logró mantener durante casi veinte años la ficción de que él se había adelantado casi en un año a Peary en la conquista del Polo. Cuando Peary montó en cólera, Cook, venteando lo que le se venía encima, se mostró elegantemente generoso, felicitó a su adversario por haber llegado “también” y afirmó que había "gloria para los dos". Tan caballerosa actitud le otorgó cierta ventaja ante la opinión pública. No le sirvió de nada; Peary y los periódicos que le apoyaban no cesaban en su empeño para desenmascararlo. El pedestal de Cook comenzó a tambalearse cuando se supo que en 1903 Cook había liderado una expedición para escalar en Alaska el monte McKinley, el más alto de Norteamérica. Había fracasado, pero volvió en 1906 y aseguró haber conquistado la cima. Enseguida surgieron las dudas. Cook era un mentiroso ingenuo: cometió la torpeza de presentar fotos trucadas como testimonio de su gesta, imágenes que, precisamente, sirvieron como prueba de que el ascenso a la cima había sido una mentira. Cuando en 1923 fue condenado a cinco años de cárcel por un timo inmobiliario, su causa acabó de naufragar. Peary no pudo saborear del todo el aniquilamiento de su rival: tres años antes había muerto de anemia perniciosa, pero para entonces ya se le daba como triunfador. 

Roald Amundsen
Con todo, ambos estadounidenses sostuvieron con tanto ahínco sus mentiras, sus datos falseados y sus cuadernos trucados, que lograron hacer creer –y todavía algunos lo siguen creyendo sobre todo en Estados Unidos- que el “almirante” Peary (que ni siquiera era marino), el doctor Cook o ”algún norteamericano” había conquistado el Polo Norte antes de 1910. Lo creyó incluso Amundsen quien falleció creyendo que los norteamericanos se le habían adelantado. El melancólico noruego tuvo ocasión de ver su fallido objetivo cuando lo sobrevoló en dirigible el año 1926 y, sobrecogido el ánimo, oró por el alma de Peary.

Wally Herbert puso los puntos sobre las íes cuando en 1983, en un congreso sobre la conquista del Polo, afirmó con rotundidad: «Es al explorador a quien le corresponde aportar la prueba de sus hechos. Y es evidente que ni Peary ni su rival Cook presentaron pruebas suficientes que apoyaran su causa. De las dos conclusiones, ésta es la más generosa. La otra es que los dos mintieron». Y es que a ambos les viene de perillas la conocida sentencia de Groucho Marx: «Disculpen que les llame caballeros, pero es que no les conozco bien». 

Robert Peary, considerado un héroe nacional norteamericano, almirante honorífico de la U. S. Navy, poseedor de veinte medallas de honor que reconocen una gesta que nunca logró, descansa en el Cementerio Nacional de Arlington, cerca de donde arde permanentemente la llama de la tumba del presidente Kennedy, y rodeado de otros mil quinientos norteamericanos célebres. Las noches de luna llena su espectro entretiene a los ilustres yacentes con sus cuentos acerca de una conquista que nunca ejecutó.