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lunes, 12 de agosto de 2019

La corteza de los jesuitas y la invención del gintonic

Rama florida del árbol de la quinina, Cinchona officinalis. Foto.
La malaria o paludismo es una enfermedad causada por parásitos microscópicos del género Plasmodium. El parásito siempre tiene dos huéspedes en su ciclo vital: un mosquito del género Anopheles, que actúa como vector, y un huésped vertebrado. La malaria era una enfermedad endémica de África y muchos africanos habían desarrollado inmunidad o una tolerancia muy elevada a ella. Eran portadores del parásito, pero no sufrían sus consecuencias. Cuando la esclavitud se extendió por el mundo, los barcos cruzaron los océanos con las bodegas cargadas de esclavos portadores. En las cubas de agua y en las pútridas aguas de las sentinas, millones de mosquitos viajaban preparados para propagar la enfermedad. 
Durante décadas, médicos, sanadores, curanderos y alquimistas se habían esforzado en dar con el origen de la fiebre mortal. Se pensaba que su causa eran los vapores malolientes que surgían de ciénagas y pantanos, de donde se derivaron los términos malaria, literalmente, “mal aire” y paludismo del latín paludis, ‘ciénaga, pantano’. En esto último tenían razón: las larvas de los mosquitos se crían en aguas estancadas; pero hasta ahí. Hasta ahora, a pesar del éxito relativo de algunas vacunas, nadie ha logrado acabar con la enfermedad.
Cuando el primer homínido apareció sobre la faz de la Tierra, los mosquitos de la malaria ya estaban allí. Mataron a nuestros antepasados y cambiaron nuestra historia. Según el último informe disponible de la OMS, en 2017 la malaria mató a 435.000 personas (entre 219 millones de casos). Eso significa que es muy posible que la malaria haya matado a más personas que cualquier otra enfermedad a lo largo de la historia. Se estima que las hembras de los mosquitos, las únicas que pican para alimentarse de sangre caliente, han enviado al otro mundo unos 52.000 millones de personas del total de 108.000 millones que han existido a lo largo de la historia.
Según la leyenda, el primer europeo en curarse de la malaria fue Francisca Enríquez, condesa de Chinchón, esposa del virrey español en Perú. A medida que cada oleada de fiebre le hacía sentir más cerca de la muerte, el médico de la corte, que hasta ese momento todo pretendía solucionarlo con inútiles sangrías, le administró en 1638 una poción hecha de la corteza de un árbol que crecía en las laderas orientales de las montañas de los Andes. Mano de santo. La condesa sobrevivió. Desde ese momento, la corteza pasó a llamarse “cascarilla de la condesa” o “cascarilla de la chinchona”. 
Según dicen y nadie ha demostrado, la condesa se llevó la cura milagrosa cuando regresó a Europa en la década de 1640. Sea o no cierta la historia, el naturalista sueco Linneo la creyó a pies juntillas, y cuando tuvo delante una muestra de herbario, bautizó al árbol en honor de la condesa, llamándolo Cinchona. La grafía “cinchona” proviene del italiano, ya que en esa lengua la sílaba escrita “ci” se pronuncia “chi”. [1]
Sin embargo, dado que la corteza se conoció más tarde como “cascarilla de los jesuitas”, parece más probable que fuesen los jesuitas españoles, y no la condesa, quienes trajeran la cinchona a Europa. Los misioneros jesuitas se enteraron del poder curativo de la cinchona cuando fundaron misiones en América Latina en el siglo XVI. En 1635 el jesuita Bernabé Cobo publicó su Historia del Nuevo Mundo”, en la que escribió:
«En los términos de la ciudad de Loja, diócesis de Quito, nace cierta casta de árboles grandes que tienen la corteza como de canela, un poco más gruesa, y muy amarga, la cual, molida en polvo, se da a los que tienen calenturas y con sólo este remedio se quitan».
Rama florida de Cinchona officinalis. 1, flor; 2, flor en sección longitudinal, etc. 3, corte del tubo de la corola abierto. 4, estambres. 5, polen. 6, cáliz con estilo. 7, estigmas. Lámina del libro de Franz Eugen Köhler, Köhler's Medizinal-Pflanzen(1897).
Es la primera noticia escrita que se tiene del árbol de la quina. Cobo añade que sus polvos ya son conocidos en Europa y que, incluso, se envían al Vaticano. No andaba descaminado. Sus virtudes eran reconocidas en Europa desde 1631, año en el que fue llevada a Roma por el jesuita Alonso Messia Venegas, enviado por el primer farmacéutico del Colegio Máximo de San Pablo de Lima, el jesuita italiano Agustino Salumbrino quien había observado su uso en el Perú para eliminar tembladeras. Los pragmáticos hijos de San Ignacio pusieron manos a la obra: en el Colegio San Pablo de Lima, fundado por la Compañía en 1568, se creó el laboratorio farmacéutico que difundió por Europa la quinina, que de inmediato pasó a ser conocida como la «corteza jesuita» en toda Europa. 
La llegada de un remedio para una enfermedad que mataba cada año a miles de personas debería haber sido recibida con alborozo en Europa. Pero no fue el caso: en lugar de mostrar gratitud, cambiaron bark (corteza) por barks (ladridos) y la mayor parte de la Europa protestante del XVII rechazó el "ladrido de los jesuitas" (bark of the barks) como una conspiración papista. En los mentideros de Londres, clérigos y correveidiles difundieron el rumor de que la corteza era un instrumento de penetración del Maligno y de los demoniacos influjos papales, una quinta columna, un engaño para apoderarse de la salud y las almas que formaba parte de un complot católico para acabar con el protestantismo. Incluso se afirmó que los propios jesuitas estaban tratando de envenenar al rey. Mientras tanto, los médicos despreciaron la quinina como un remedio vulgar sin fundamento alguno.
Un ejemplo del prejuicio contra los jesuitas fue el de Oliver Cromwell, que sufrió episodios recurrentes de malaria durante toda su vida. Finalmente murió a causa de la enfermedad, en lugar de tomar lo que llamaba "el polvo del diablo". Pero solo veinte años después, Carlos II de Inglaterra, el "monarca alegre", no dudó en llamar a un charlatán que se movía por las marismas de Essex, Robert Talbor, quien se había hecho famoso entre los ricos como sanador de la malaria. Mientras se burlaba públicamente de los jesuitas, el astuto Talbor les suministraba a sus pacientes una pócima de su invención que no era otra cosa que una mezcla hecha de la corteza de los jesuitas.
José Celestino Mutis y Bosio (1732-1808), sacerdote y botánico español que trabajó en el virreinato de Perú donde estudió a fondo el árbol de la quina.
Talbor no solo curó al rey de la malaria, sino que, para consternación de la profesión médica, fue nombrado caballero por sus esfuerzos y por decreto real se convirtió en miembro del prestigioso Colegio Real de Médicos. La reputación de Talbor se extendió al extranjero. En 1679 fue convocado a Francia por Luis XIV, cuyo hijo y heredero tenía malaria. Después de curarlo, Talbor fue recompensado con una pensión vitalicia de 3.000 coronas de oro por la receta, que el rey prometió mantener en secreto hasta después de la muerte del curandero.
Cuando Talbor murió en 1681, el rey francés, además de ahorrase la pensión, reveló la fórmula: seis copas de hojas de rosa, dos onzas de jugo de limón y una fuerte infusión de la corteza en polvo de los jesuitas dispensada en vino. El vino era necesario ya que los alcaloides en la corteza, insolubles en agua, se disuelven en alcohol. El resto de los ingredientes, absolutamente inocuos, servían para disimular el amargo sabor de la quinina.
Muerto Talbor, se acabó la rabia. Con la receta hecha pública, la corteza de los jesuitas fue aceptada por la ahora conversa profesión médica. Aunque era seguro que la corteza de cinchona curaba la malaria, tuvieron que pasar más de cien años para que, en 1820, dos médicos franceses, Joseph Pelletier y Joseph Caventou, aislaran el alcaloide en la corteza que era el agente curativo. Lo llamaron quinina, que tomaron del quechua. 
La palabra quechua "quina" significa corteza, pero esta corteza de propiedades extraordinarias se conoció con el nombre de quina-quina, "corteza de cortezas" de donde derivó el nombre que le dieron los franceses siguiendo a su compatriota Charles Marie de La Condamine que buscó ávidamente el árbol hasta que dio con él en 1737 durante su famosa expedición por Suramérica .
El nombre de tónica no es más que un eufemismo posterior inventado por el joyero alemán Johann Jacob Schweppe quien vistió y aprovechó el brebaje amargo con burbujas carbonatadas para levantar el imperio que perdura hasta hoy.
El control británico de la India colonial requería la capacidad de combatir la malaria, por lo que los británicos en la India consumían raciones en polvo de quinina en forma de "agua tónica india". En la década de 1840, los soldados y ciudadanos británicos residentes en la India usaban 700 toneladas anuales de corteza de quinina. Agregaban ginebra al líquido para reducir su sabor amargo y, sin duda, por su efecto embriagador. Así nació el gintonic.
La colonización europea, la transmisión de enfermedades, el sometimiento de los pueblos indígenas y la explotación de la riqueza imperial en el extranjero, estaban entrelazados y unidos por la sangre de los mosquitos. © Manuel Peinado Lorca @mpeinadolorca.


[1] El árbol que describió Linneo fue Cinchona officinalis, una de las varias especies de Cinchona utilizadas para la producción de quinina. Hoy, Cinchona calisayaes el árbol más cultivado para la producción de quinina. La quinina o quina se emplea principalmente como tónica en forma de polvo, extracto, tintura, jarabe, vino, etcétera; y al exterior en infusión o cocimiento para el lavado de heridas y úlceras. Contiene diversos alcaloides, de los cuales los más abundantes e importantes son cuatro (quinina, quinidina, cinchonina y cinchonidina), todos útiles como antipalúdicos. Aparte de alcaloides, posee también principios astringentes (taninos) y otros compuestos como ácidos orgánicos (ácido quinotánico, rojo cincónico) o compuestos terpénicos que intervienen en su amargor.

sábado, 28 de diciembre de 2019

Emúes, hormigas y quininos australianos: una triple estrategia de dispersión de semillas


En 1932 tuvo lugar en Australia uno de los intentos más chuscos para acabar con un animal convertido en plaga para la agricultura.
Antes de la colonización del oeste de Australia, los emúes (Dromaius novaehollandiae), unas aves grandes como avestruces y emparentadas con kiwis y casuarios, se movían a su antojo; lo hacían en dirección suroeste hacia la costa en invierno, al noreste en verano, o al revés, si las lluvias lo imponían. Con sus migraciones, favorecían las sabanas y los bosques esclerófilos, en donde viven como como omnívoros generalistas que consumen una variedad de plantas y artrópodos. Algunos años se reunían por miles para caminar juntos, formando uno de los mayores espectáculos de la naturaleza. Por supuesto que se enfrentaban a peligros: dingos, tilacinos y aborígenes. Los aborígenes, cazadores ingeniosos, capturaban unos cuantos emúes por todo el continente con la única intención de utilizar las plumas en ceremonia rituales.
Sin embargo, los colonos europeos eran diferentes. Arrasaron la tierra y plantaron trigo. De esa forma, el emú, que contemplaba la nueva tierra de cultivo como una cesta de cereales dispuesta para sus largas caminatas estacionales, se convirtió en el enemigo. Habría guerra.
En noviembre de 1932 más de 20.000 emúes se pusieron en movimiento en dirección hacia la región de cultivo de trigo que rodeaba Campion y Walgoolan. Hasta allí habían llegado durante años muchos colonos después de luchar en la Primera Guerra Mundial y habían plantado trigo a montones. Al principio las cosas fueron bien, pero cuando sufrieron la caída de precios del grano se mostraron reacios al ver que su medio de vida peligraba aún más por culpa de una oleada interminable de picos hambrientos y patas holladoras, y reclamaron la presencia del ejército.
Transcurría la mañana del 2 de noviembre cuando el mayor G. P. W. Meredith, el sargento S. McMurray y el fusilero J. O’Halloran, de la Séptima Batería Pesada de la Real Artillería Australiana, abrieron fuego. Utilizaron una ametralladora automática Lewis con la esperanza de acabar con las aves de un plumazo, tal y como habían hecho en Francia los soldados que segaban la vida de otros mientras corrían aterrorizados hacia la siguiente trinchera. Pero al oír los primeros disparos, los emúes se dispersaron y la compacta bandada se esfumó como la niebla. Dos días después, los soldados lo intentaron de nuevo apostándose al acecho cerca de una poza, listos para disparar sobre unos mil emúes que acudían a beber. El arma escupió de nuevo, pero se atascó y solo pudieron abatir una docena de aves.
El día 8 se retiraron los artilleros porque, además de enfrentarse al ridículo por el fracaso para acabar con un enemigo indefenso, las autoridades discutían sobre quién pagaría las balas. Pero los colonos exigieron la vuelta del ejército, que regresó pasados unos días. Durante el mes siguiente continuó la campaña: en total se hicieron 9.860 disparos. Que solo se mataran 986 aves no puede ocultar la realidad de que se trataba de un intento de exterminio en masa. Después de haber perdido lo que se conoció como la Guerra del Emú [1], el mayor Meredith declaró que el plumífero enemigo «podía enfrentarse a las ametralladoras con la invulnerabilidad de los tanques». No parece que eso fuera cierto, porque en cuanto se ofrecieron mayores recompensas por las cabezas de las aves, los colonos con sus propios rifles  abatieron 57.000 emúes en tan solo un semestre de 1934.
Desde entonces, los emúes de Australia Occidental se han enfrentado a muchas cacerías e incluso al envenenamiento por estricnina, pero todavía se las apañan para reunirse en grandes  multitudes algunos años. Y haciéndolo, contribuyen, junto con unas hormigas, a la dispersión de la quinina australiana.
Un árbol de quinina (Petalostigma pubescens) en flor. Fuente.
Un alimento favorito del emú es Petalostigma pubescens, un árbol conocido como árbol de quinina, corteza amarga o baya de quinina. Los árboles de quinina crecen en los bosques abiertos elegidos por los emúes para sus andanzas .
El árbol de quinina tiene frutos amarillos de tipo drupa (es decir con hueso), de unos dos centímetros de diámetro, con una delgada envoltura carnosa, el exocarpo. Los frutos se dividen en seis u ocho gajos, como una mandarina, y cada segmento contiene un endocarpo duro (es decir, cada fruto contiene entre seis y ocho huesecillos). Cada endocarpo contiene una sola semilla. Si se quedan sobre el árbol, los frutos finalmente se secarán y se abrirán para liberar sus semillas, pero si un emú hambriento descubre los frutos maduros, comienza un triple trasiego de lo más interesante.
Un emú puede zamparse docenas de frutos de una sentada. Se los traga enteros, digiere la parte blanda y carnosa y defeca los endocarpos duros e indigeribles. Defeca mientras recorre a diario grandes recorridos, sembrando endocarpos a medida que avanza. En uno de esos momentos tan necesarios como poco glamurosos de la ciencia, unos biólogos australianos contaron a mano hasta 142 endocarpos en una sola defecación de emú. Si la historia terminara con las semillas del quinino inmersas en una bóñiga de emú, diríamos que el ave ha prestado al árbol un excelente servicio de dispersión de semillas, es decir, de ornitocoria, pero la historia no finaliza ahí.
Frutos de Petalostigma pubescens. Foto
El excremento de emú y los endocarpos comienzan a recalentarse bajo el duro sol del interior de Australia. A medida que los endocarpos se secan, explosionan. Los tejidos del endocarpo tienen fibras orientadas en direcciones opuestas. A medida que las fibras se secan, se contraen y disparan el endocarpo en un típico caso de ballocoria o (dispersión balística). La dehiscencia es repentina y tan explosiva que algunas semillas vuelan más de dos metros desde el excremento de origen. Lanzar las semillas lejos del montón de estiércol es una estrategia beneficiosa para las plantas: la separación espacial significa que es menos probable que las plántulas compitan entre sí.
Pero ese no es el destino final de las semillas. Cada semilla de Petalostigma tiene un pequeño cuerpo graso, un eleosoma, que atrae a las hormigas. Estas recogen las semillas con sus eleosomas adheridos y las llevan a su nido. Una vez allí, consumen el eleosoma y depositan la semilla fuera del nido. Un típico caso de mirmecoria: son las hormigas las que dispersan las semillas hasta su sitio definitivo.
La asociación entre emúes, endocarpos explosivos, hormigas y quininos australianos es probablemente uno de los escenarios de dispersión más complejos en el universo de las plantas. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.



[1] El episodio de la Guerra del Emú está tomado del libro de Adrian Burton (traducción de Manuel Peinado) Life Lines, accesible en este enlace.

sábado, 2 de octubre de 2021

Breve historia de la cascarilla

 

Flores femeninas de la cascarilla Croton eluteria

La medicina y la farmacología avanzan como tantas otras ciencias: ensayando. La búsqueda de medicinas nuevas y mejores es un eterno ensayo en el que se afanan farmacólogos y químicos orgánicos, infatigables cazadores de moléculas con potencial terapéutico. Las epidemias pueden acelerarla, provocando un renovado interés en los remedios antiguos y ampliando los límites de la experimentación con fármacos nuevos y prometedores.

La pandemia de COVID-19 ha despertado el interés público por una variedad tal de terapias inútiles que ha obligado a la Organización Mundial de la Salud a dedicar un portal completo a desacreditar la información errónea sobre las supuestas causas y curas del COVID-19.

A veces, circunstancias como la de la actual pandemia obligan a buscar soluciones vengan de donde vengan. Por citar un solo ejemplo, hace más de un año escribí sobre la brusca aparición en el mercado de un viejo medicamento antipalúdico, la hidroxicloroquina, que durante unas cuantas semanas aparecía convertido en una especie de solución definitiva para acabar con el COVID-19. Aquello no tenía ni pies ni cabeza, porque era inexplicable por qué las cloroquinas (o cualquier otro medicamento antipalúdico) podían ser eficaces contra un virus.

Lo que estaba claro es que la COVID-19 había provocado un resurgimiento del interés público por fármacos ya conocidos, como la hidroxicloroquina. En este caso, ese derivado de la quinina quedó rápidamente desacreditado como remedio frente a la pandemia. Pero el caso de la quinina ha traído a mi memoria un episodio histórico poco conocido en el que la casualidad hizo que dos plantas muy diferentes acabaran por ayudar a combatir una terrible epidemia que azotó Holanda.

Hace unos trecientos años se desató una fiebre no identificada en varias ciudades de Holanda. Entre 1727 y 1728, Herman Boerhaave, el médico holandés más famoso de su época, afirmó en una carta haber tratado y curado a más de mil pacientes en Leiden que padecían una “fiebre atípica” (febris anomala). Desde la perspectiva del siglo XXI, es sorprendente que apenas se puedan encontrar testimonios de la epidemia más allá de las cartas de Boerhaave. A pesar de ello, la mortalidad se disparó durante el siglo XVIII y alcanzó su punto máximo en ciudades como Leiden y Amsterdam precisamente en los años 1727-28.

Cabe suponer que surgiera una necesidad urgente de remedios fiables contra esa enfermedad desconocida. Los envíos de corteza de quina aumentaron en Ámsterdam desde octubre de 1727 en adelante, cuando el número de muertes también comenzó a aumentar. Sorprendentemente para una sustancia medicinal exótica, los comerciantes pudieron responder al brote tan rápidamente como lo han hecho ahora los investigadores en vacunas, y los registros aduaneros reflejan las importaciones masivas de corteza de quina que se vendía inmediatamente en subastas públicas.

Pero ¿fue la corteza de quina el remedio utilizado? En el momento de la epidemia, los médicos tenían casi un siglo de experiencia en el uso de la corteza de quina peruana, introducida en Europa por los jesuitas alrededor de 1640 con el nombre de cinchona, en alusión a la primera paciente europea tratada con ese remedio de los indígenas peruanos: doña Francisca Enríquez, condesa de Chinchón, esposa del virrey español en Perú.

Flores masculina de Croton eluteria

En los días de Boerhaave, la cinchona había comenzado a denominarse simplemente “corteza”, y era de uso común contra todo tipo de afecciones febriles. Entre ellas, las más notables fueron las fiebres malignas “terciana” y “cuartana”, es decir, con episodios de fiebre que ocurren cada tres o cuatro días, una más que probable muestra de la malaria endémica que, desde tiempos históricos, estaba presente en muchas áreas pantanosas de Europa.

Pero el relato de Boerhaave de una " febris anomala " no sugiere que esa extraña enfermedad fuera una fiebre terciana o cuartana que debía de resultar bastante familiar a él y a otros médicos, y los registros comerciales muestran que apenas se usó cinchona entre 1727 y 1728. En otras palabras, los apuntes comerciales y los médicos ofrecen diferentes perspectivas sobre una epidemia que no era de malaria.

La diferencia se puede explicar acudiendo a la botánica. A pesar de la omnipresencia de la cinchona en las prácticas terapéuticas en esos tiempos, existía una amplia gama de alternativas para tratar la fiebre. Una sustancia exótica relativamente nueva era la corteza de cascarilla, cuyo reconocimiento como remedio febrífugo nació de la confusión con la “verdadera” quina. La flauta sonó por casualidad.

El nombre cascarilla, es decir "corteza pequeña", se consideraba por entonces sinónimo de cinchona y todavía se usaría como tal mucho después de que la cascarilla fuera reconocida como una corteza diferente producida por una planta que nada tenía que ver con el árbol de la quinina (Cinchona officinalis). Una vez más, el uso de los nombres populares resultaba desconcertante. Por ejemplo el reputado boticario y botánico español Hipólito Ruiz (1754-1816) publicó en 1792 su afamada Quinologia, o tratado del árbol de la quina o cascarilla

El conocimiento de que la cascarilla era una sustancia diferente de la cinchona circulaba en los círculos académicos europeos desde las últimas décadas del siglo XVII. Apareció pronto en importantes manuales farmacéuticos, como la Histoire générale des drogues de Pierre Pomet (1694, en donde aparece como “Kinkina Femelle”) y en el Traité universel des drogues simples de Nicolas Lémery de 1714 (donde aparece como "Eleaterium").

Aunque la cascarilla se consideraba por entonces como otra corteza febrífuga peruana, el nombre “Eleaterium” usado por Lémery parecía sugerir un origen diferente. El nombre probablemente deriva de la isla de Eleuthera en las Bahamas. Por trivial que este cambio geográfico les pareciera a los europeos en ese momento, significó una transición importante en el conocimiento: la cascarilla comenzó a distinguirse de la cinchona.

Cinchona pubescens, otro de los árboles de los que se obtiene la quinina. En Venezuela es conocida como cascarilla.

En el momento de la epidemia de 1727-28, nadie en Europa estaba seguro de las diferencias entre la cinchona y la cascarilla. Ningún europeo había visto ninguna de las plantas al natural. Los boticarios, en su mayoría interesados en estas sustancias por su valor medicinal, generalmente manipulaban y mezclaban las muestras secas y más o menos trituradas. Presentadas así, la cinchona y la cascarilla parecían muy similares y, especialmente después de un largo viaje transatlántico, se requería el ojo de un experto para distinguirlas entre sí.

En octubre de 1727, justo al comienzo de la epidemia, el naturalista alemán Albertus Seba, autor de un célebre tratado de “curiosidades naturales” y un ávido coleccionista de animales y plantas que regentaba una botica cerca del puerto de Amsterdam, adquirió cinchona y cascarilla en una subasta portuaria. Etiquetó la cascarilla como "sacorille" (una transcripción al holandés del nombre francés "chaquerille"); el que Seba la incorporara a su colección de curiosidades naturales indica su rareza como producto médico en ese momento.

Durante la década de 1720 Seba mantuvo correspondencia con el médico de Ámsterdam Willem van Ranouw en la que intercambiaban información sobre las propiedades de la quina y sustancias similares. Es posible que los intereses de ambos despertaran su atención sobre las alternativas a la cinchona cuando estalló la epidemia y aumentó la demanda de corteza de quina.

Sea como fuese se importaron cada vez más cascarillas a Ámsterdam en los meses siguientes, y la sustancia se convirtió en un ingrediente medicinal común en los manuales comerciales y farmacéuticos de los siglos XVIII y XIX. Su origen en las Bahamas se conocería algunos años después de la epidemia.

Por una feliz coincidencia, la publicación de la primera descripción botánica de la cascarilla por Mark Catesby en 1743 ocurrió poco después de la primera descripción de la quina por La Condamine en 1740. Lo que las muestras de corteza no pudieron conseguir, la botánica lo logró: los dibujos de ambas plantas mostraron claramente sus diferencias.

Las primeras láminas de Croton eluteria (izquierda) y de Cynchona officinalis (derecha) permitieron descubrir que eran plantas muy diferentes.


El árbol de la quina era Cinchona officinalis, utilizada para la producción de quinina, un vocablo derivado de quina-quina (medicina de medicinas) que los indígenas peruanos le daban a la corteza usada para amortiguar las llamadas “tembladeras”. La corteza de quinina contiene diversos alcaloides, cuatro de los cuales son reputados antipalúdicos, que, si bien no acaban con la enfermedad, palían sus efectos febriles.

Para entendernos, en la clasificación botánica la cascarilla tiene tanto que ver con la cinchona como un perro con un elefante en la clasificación zoológica. La cascarilla es una especie del género Croton, nombre que procede del griego kroton, que significa garrapata, debido a que sus semillas se parecen a ese ácaro. Las poblaciones nativas del árbol de la cascarilla, carcanapire, corteza eluteriana, chacarilla o quina aromática (Croton eluteria) están registradas exclusivamente en las islas caribeñas (Bahamas, Cuba, República Dominicana, Haití).

Cualquiera que lo vea alguna vez, jamás lo confundiría con el árbol de la quina. En muestras de botica es otra cosa. Es un pequeño árbol que apenas alcanza los siete metros de altura cuyo tronco está cubierto por una corteza quebradiza con aroma semejante al almizcle, que, elaborada como un tónico amargo, posee características similares a la quina, aunque en dosis elevadas produce dolor de cabeza, náuseas e insomnio. La corteza era parte de la medicina tradicional caribeña como tónica, estimulante y febrífuga. Su potente sabor amargo hace que se utilizara para dar sabor a los licores Campari y a algunos buenos vermús.

La epidemia de 1727-28 provocó un aumento en el comercio de cinchona y cascarilla. La cinchona aumentó su relevancia como producto médico, mientras que la cascarilla experimentó su primera ola intercultural y posteriormente fue adoptada en la práctica común de los médicos europeos. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

jueves, 22 de agosto de 2019

Breve historia del gintonic: Winston Churchill tenía razón


Para mi amigo mallorquín Antonio Coll, bebedor (moderado) de gintonics.
Winston Churchill, gran aficionado a empinar el codo, dijo una vez y con razón: «El gintonic ha salvado más vidas y cabezas inglesas que todos los médicos del Imperio». Toda una metáfora del globalizado mundo colonial: una bebida genuinamente europea y un brebaje suramericano se unieron en un país asiático para sostener al Imperio Británico. El matrimonio entre la ginebra y la tónica se consumó en el Raj Británico del siglo XIX.
Las guerras coloniales emprendidas por los británicos durante lo siglos XVII y XVIII estuvieron salpicadas de desastres provocados por enfermedades tropicales transmitidas por mosquitos. El primero en comprobarlo fue el almirante Francis Hosier, cuando su intento de asaltar el puerto hispano de Cartagena de Indias en 1727 fracasó sin disparar un tiro después de que 4.000 de sus 4.750 hombres, un asombroso 84% del grupo expedicionario británico, murieran de fiebre amarilla mientras navegaban por una costa plagada de mosquitos.
En 1741, el vicealmirante Edward “Old Grog” se presentó en la bahía de Cartagena de Indias con una escuadra impresionante de 204 navíos que llevaban a bordo 16.000 marineros y artilleros, y 13.000 infantes de marina destinados a invadir la plaza. Cuando terminó el fracasado asedio, los cirujanos navales británicos redactaron su informe: los mosquitos habían matado a 22.000 de los 29.000 hombres de Vernon, un asombroso 76%. 
La armada británica llegó a La Habana en junio de 1762 y asedió la ciudad. Los mosquitos empezaron a hacer de la suyas. En tres meses, de una fuerza total de 15.000 hombres, solo 880, un miserable 6%, estaban vivos o lo suficientemente sanos como para mantenerse en pie. 
En 1780, la flota británica del joven capitán de veintidós años Horacio Nelson cruzó los mares para acabar con el dominio español en Mosquitia, la Costa de los Mosquitos, y establecer bases navales en la porción oriental de lo que hoy es Nicaragua. El contingente de 3.000 hombres de Nelson recibió el menú completo que le presentaron los mosquitos: fiebre amarilla, malaria y dengue. Cuando Nelson ordenó la retirada después de seis miserables meses, solo quinientos sobrevivientes famélicos y enfermos lograron abandonar la infesta jungla nicaragüense. Nelson pasaría el resto de su vida enfermo de malaria.
Los británicos tardaron medio siglo en aprender la lección. Desde finales del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX, la Compañía Británica de las Indias Orientales se anexionó manu militari  grandes áreas de la India. India era la joya de la Corona y la explotación de sus recursos hizo posible la revolución industrial británica, pero Gran Bretaña tuvo que pagar un precio muy alto: decenas de nuevas enfermedades diezmaban a invasores, colonos y a los soldados de piel blanca. La malaria era una de ellas, quizás la peor. 
Las modernas latas de tónica, como esta que tengo delante mientras redacto este artículo, siguen ostentando el lema "Indian Tonic".
El control británico de la India colonial requería, pues, la capacidad de combatir la enfermedad. En la década de 1840, los soldados y ciudadanos británicos residentes en la India usaban 700 toneladas anuales de corteza en polvo de quinina importada desde Suramérica. La quinina es amarga, así que para hacer de aquel polvo algo remotamente bebible lo mezclaron con azúcar y agua. Así nació un refresco medicinal, el “Indian Tonic Water”, que aun sigue apareciendo en las modernas latas de tónica. 
Se convirtió en la bebida elegida por los angloindios y mantuvo vivas a las tropas británicas, permitió a los funcionarios sobrevivir en regiones bajas y húmedas de la India, y finalmente hizo posible que una población británica estable (aunque sorprendentemente pequeña) prosperase en las colonias tropicales. 
Pero faltaba algo. El amargor de la quinina no se frenaba con el azúcar de caña. El valor del soldado no se potenciaba con unas gotas de agua. El alcohol barato era un ingrediente más eficaz para mitigar el amargor e infundir valor. Ideal para sobrellevar las larguísimas campañas bélicas en las colonias británicas. ¿Y si lo mezclamos con una ginebra peleona?, debió sugerir algún intendente aficionado al mollate.
La ginebra podía destilarse desde cualquier grano. Empezó a emplearse en Holanda con el nombre holandés "Jenever" y se hizo popular en Gran Bretaña (particularmente en Londres) cuando el holandés Guillermo de Orange se convirtió en el rey Guillermo III de Inglaterra. En ese momento, ya se producía ginebra en Inglaterra, descubierta como el "Valor holandés" por los marineros navales británicos cuando apoyaban a Holanda durante la Guerra de Independencia holandesa en 1568. 
Durante el convulso reinado inglés de Guillermo III y María II que comenzó en 1688, la fabricación de ginebra se convirtió en una herramienta de política económica para proporcionar una alternativa al coñac francés en un momento de conflicto político y religioso entre Gran Bretaña y Francia. Entre 1689 y 1697, el Gobierno aprobó una serie de leyes destinadas a restringir las importaciones de coñac mediante la imposición de fuertes aranceles, al tiempo que, para aumentar la venta de productos nacionales, ofreció beneficios fiscales para ayudar a los súbditos británicos a destilar sus propios licores a partir del "buen grano inglés". 
La ginebra era más segura que el agua potable y diez veces más barata que la cerveza o que cualquier otro refresco y era inagotable. Como no podía ser menos, se convirtió en el licor de los pobres y de las mujeres subyugadas por la sociedad machista de la época. Al final de los primeros dos años de ejecución del programa, la producción nacional de ginebra se disparó hasta más de dos millones de litros al año. 
En 1721, las cuentas de impuestos especiales de Inglaterra indicaban que aproximadamente una cuarta parte de los residentes de Londres estaban empleados en la producción de ginebra, lo que equivalía a casi 9,1 millones de litros de producto libre de impuestos al año. Durante la década siguiente, el consumo de ginebra (por mayores de 15 años) se duplicaría nuevamente y las ciudades de medio millón de habitantes podrían comprar una copita de ginebra por poco más de un centavo entre una gama de casi 7.000 ginebras. 
Así que si algo sobraba en Inglaterra era capacidad para fabricar ginebra. Y si los marinos de la Royal Navy tenían derecho a una ración de ron al día, ¿por qué no añadirle ginebra barata al “agua india” para reducir su sabor amargo y, sin duda, (aunque no se dijera) por su efecto embriagador que infundía valor a las tropas? 
La mezcla con el alcohol fue la excusa para socializar una medicina imprescindible para la supervivencia de la colonia. Cuando los soldados regresaban al Reino Unido y pedían en los clubes el combinado se identificaban como los héroes de oriente, los que fomentaba su consumo. Había nacido el combinado por excelencia del Imperio Británico y de otro imperio, el de un avispado alemán, Johann Jacob Schweppe (1740-1821).
Etiqueta de Schweppe's de 1883. Foto.
Schweppe desarrolló un método para carbonatar el agua en la ciudad suiza de Ginebra (toda una premonición) donde fundó la empresa Schweppe's en 1783. En 1792 se trasladó a la populosa Londres para desarrollar el negocio hasta retirarse en 1798, dejando el negocio abierto a su expansión futura, bajo el nombre de J. Schweppe & Co. La expansión internacional llegó alrededor de 1870 cuando apareció la tónica, un agua carbonatada con varios ingredientes, entre otros con quinina. Era una empresa con buen fario. Cuando la empresa quiso implantar su negocio en América, envió al que sería su primer jefe de exportación, Walter James Hawksford, a bordo del Titanic: llegó sano y salvo. En 2012, la botella original de Schweppes, que se hundió con el barco, fue encontrada en perfectas condiciones.
La tónica era una bebida directa y original heredera de los ingleses que habían servido (o se habían enriquecido) en la India. Allí tomaban quinina y se acostumbraron a mezclarla con limón y soda. El resultado, solo o mezclado con ginebra, acabó teniendo tanto éxito, que lo llevaron consigo de vuelta a Inglaterra y lo convirtieron en la bebida nacional. Había nacido el gintonic, un trago "largo, vivo y ligero", perfecta compañía igual para el aperitivo que para la sobremesa o la noche.
Y si le gusta tomar gintonics, olvídense del carácter medicinal del gintonic moderno. No hay excusa terapéutica que valga. La tónica hace mucho que no lleva la cantidad de quinina original (algunas versiones premiumestán volviendo a los orígenes) por los efectos secundarios de su ingesta, y la mayoría de ginebras, hijas de la química, están a años luz del “London Gin” original: un destilado seco sin edulcorantes, con puro sabor a nebrina obtenida de los enebros menorquines (de ahí la lucha histórica de los británicos para conservar Menorca) y hecha con aguardiente de cereal. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 4 de agosto de 2024

LECTURAS DE VERANO: BREVE HISTORIA DE LA ANILINA O DE CÓMO UN TINTE DIO COMIENZO A LA ERA DE LOS ANTIBIÓTICOS

 

Indigofera tinctorea, la madre de todos los tintes

La anilina todavía se utiliza ampliamente para producir tintes para telas y cabello, pero tiene muchas otras aplicaciones y está en el origen del primer antibiótico conocido, que no fue la penicilina.

El gas del carbón y el alquitrán de hulla

Poco antes de que comenzara el siglo XIX, las calles de las grandes ciudades no estaban iluminadas por la noche, lo que hacía peligrosas. Luego llegaron las farolas de gas. Encendidas al anochecer por los faroleros, aquellas primeras lámparas inventadas por el escocés William Murdock en 1792, producían una llama quemando “gas metano del carbón”, una mezcla de hidrógeno, metano, monóxido de carbono y varios hidrocarburos.

Los transeúntes se maravillan con la nueva iluminación de gas (Londres, 1809).

El gas, generado al calentar carbón en ausencia de aire, se enviaba por tuberías a las farolas de las calles y a las casas de las personas acadauladas. Después de la combustión, quedaba una sustancia espesa y negra llamada “alquitrán de hulla”, que se acumulaba en grandes cantidades. Obviamente, surgió un gran interés en encontrarle un uso a esa sustancia. El primer intento fue destilarla.

La destilación entra en escena

Practicado desde tiempos inmemoriales por los alquimistas, la destilación es un método clásico para separar los componentes de una mezcla en virtud de las diferencias en el punto de ebullición de aquellos. En 1834, más de una década antes de que William Henry Perkin fuera consagrado como el descubridor de los tintes sintéticos, el químico alemán Friedlieb Runge (quien, por cierto, también fue el primero en aislar la cafeína de los granos de café) destiló una muestra de alquitrán de hulla y aisló un líquido que apestaba a pescado que se volvía azul cuando se trataba con hipoclorito de calcio. Lo llamó kyanol, de la antigua palabra griega que significa azul.

Runge se dio inmediatamente cuenta del potencial de su descubrimiento y propuso la construcción de una planta para la fabricación de tintes sintéticos y otros productos de alquitrán de hulla, pero sus intentos cayeron en saco roto.

Ocho años antes del experimento de Runge, Otto Unverdorben había aislado una sustancia que llamó crystaliine a partir de la destilación del índigo, el tinte azul producido a partir de Indigofera tinctoria, una planta originaria de la India. En 1843, August Wilhelm von Hofmann, demostró que el kianol y la crystaliine eran lo mismo. A partir de entonces, el compuesto pasó a conocerse como anilina, de “anil”, el nombre común de la planta que produce el índigo, que en español es más conocido como “añil”.

En 1845, Hofmann, a pesar de ser alemán, fue nombrado el primer director del Royal College of Chemistry de Londres, donde llevó a cabo más investigaciones sobre la anilina y otros compuestos encontrados en el alquitrán de hulla. La estructura de las moléculas era desconocida en ese momento, pero los químicos pudieron determinar los elementos de los que estaba compuesta esa sustancia desconocida.

La anilina y la quinina, que curiosamente también había sido aislada por Runge de la corteza del árbol de la quina peruana (Cinchona officinalis), contenían carbono, hidrógeno y nitrógeno, aunque la quinina también contenía oxígeno. A Hofmann se le ocurrió que, utilizando un reactivo que añadiera oxígeno a una molécula, en otras palabras, un agente oxidante, podría convertir la anilina en quinina, que era muy demandad como tratamiento para la malaria.

Hofmann le sugirió a su estudiante de 18 años William Henry Perkin ensayara esta reacción. Visto en retrospectiva, teniendo en cuenta que la química orgánica estaba en mantillas, el plan no tenía ninguna posibilidad de concretarse, ya que la anilina y la quinina tienen estructuras químicas totalmente diferentes, por lo que no es sorprendente que Perkin se sintiera frustrado con unos experimentos que no conducían a ninguna parte.

El comienzo de la era de los colorantes sintéticos

Un día, después de echar al desagüe el líquido resultante de su último intento de oxidar la anilina y enjuagar, Perkin se sorprendió al descubrir que el fregadero se había vuelto de un color púrpura brillante. El joven aprendiz de químico había descubierto accidentalmente el tinte que se conocería más tarde como malva.

Perkin se dio cuenta de las posibilidades comerciales de su descubrimiento, pero destilar cantidades significativas de anilina a partir del alquitrán de hulla resultó ser más complicado de lo que suponía. En esas estaba cuando el químico francés Antoine Béchamp dio con la forma de convertir el benceno, fácilmente obtenible a partir del alquitrán de hulla, en anilina. La industria de los tintes sintéticos estaba en marcha.

Aunque Perkin se hizo rico gracias a su patente, fue en Alemania donde las empresas aprovecharon la química de la anilina para crear una enorme industria de tintes. BASF (Badische Analin und Sodafabrik), hoy en día la empresa química más grande del mundo, comenzó produciendo tintes a partir de anilina.

El comienzo de la era de los antibióticos

Además de teñir tejidos, los derivados de la anilina también resultaron útiles para teñir portaobjetos de microscopio. Ciertas bacterias absorben selectivamente los colorantes, haciéndolas más visibles al microscopio. Eso le sugirió a Paul Ehrlich, un eminente médico y bacteriólogo alemán, la idea de mezclar el colorante con arsénico, con la esperanza de que matara a las bacterias que absorbieran el colorante. Esto llevó al desarrollo en 1909 del Salvarsan, el primer fármaco eficaz para el tratamiento de la sífilis.



Dado el éxito del Salvarsan, las empresas químicas comenzaron a experimentar con la síntesis de todo tipo de colorantes que pudieran actuar como agentes antibacterianos. Los químicos Josef Klarer y Fritz Mietzsch, de los laboratorios alemanes Bayer, sintetizaron un derivado de la anilina, la sulfamidocrisoidina, que el bacteriólogo alemán Gerhard Domagk descubrió que atacaba a las bacterias estreptocócicas en ratones.

El fármaco, llamado Prontosil, salió al mercado europeo en 1935 y recibió un gran impulso en los Estados Unidos cuando Eleanor, esposa del presidente Franklin Delano Roosevelt, tuvo que perderse la cena de Acción de Gracias para viajar a Boston, donde su hijo había sido afectado por una infección estreptocócica. Como informó con todo detalle la revista Time, Franklin Jr. se recuperó después de que su médico le inyectara Prontosil.

Los investigadores del Instituto Pasteur de París demostraron que el Prontosil se descompone en el organismo y libera sulfanilamida, que es el verdadero principio activo. Este producto era más fácil de producir que el Prontosil, pero la reputación de la sulfanilamida sufrió un duro golpe en 1937, cuando la farmacéutica SE Massengill Co. formuló una versión líquida utilizando dietilenglicol como disolvente sin comprobar su toxicidad. Antes de que las autoridades pudieran retirar el Elixir Sulfanilamide, más de cien persona, en su mayoría niños, habían muerto como resultado de la intoxicación hepática y renal provocada por el dietilenglicol.


Como el problema no se debía al principio activo, sino al disolvente, la tragedia no detuvo la investigación de otras sulfamidas. A principios de los años cuarenta, se habían producido unas 500 sulfamidas, entre ellas el sulfatiazol. Durante la Segunda Guerra Mundial, los soldados estadounidenses llevaban atado al cinturón un botiquín de primeros auxilios que contenía un polvo que se espolvoreaba sobre cualquier herida abierta para evitar infecciones.

Sin embargo, a finales de la década, estas sulfamidas cedieron su lugar a la penicilina, un antibiótico más eficaz. No obstante, el Prontosil sigue siendo considerado el fármaco que marcó el comienzo de la era de los antibióticos.

En la actualidad, la anilina se produce a partir del benceno destilado del petróleo. Todavía se sigue utilizando para fabricar tintes para telas y cabellos, pero tiene muchas otras aplicaciones. Los antioxidantes para conservar el caucho, el edulcorante ciclamato, el analgésico paracetamol (Tylenol), las tintas y los plásticos de poliuretano requieren anilina para producirlas.

El índigo, a partir del cual Unverdorben produjo por primera vez anilina, se sintetiza ahora a partir de la anilina sin necesidad de cultivar plantas. Ni Unverdorben ni Runge podrían haber adivinado a dónde conducirían sus descubrimientos del “crystallin” y el “kyanol”.