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| Rama florida del árbol de la quinina, Cinchona officinalis. Foto. |
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| José Celestino Mutis y Bosio (1732-1808), sacerdote y botánico español que trabajó en el virreinato de Perú donde estudió a fondo el árbol de la quina. |
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| Rama florida del árbol de la quinina, Cinchona officinalis. Foto. |
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| José Celestino Mutis y Bosio (1732-1808), sacerdote y botánico español que trabajó en el virreinato de Perú donde estudió a fondo el árbol de la quina. |
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| Un árbol de quinina (Petalostigma pubescens) en flor. Fuente. |
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| Frutos de Petalostigma pubescens. Foto. |
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| Flores femeninas de la cascarilla Croton eluteria |
La medicina y la farmacología avanzan como tantas otras
ciencias: ensayando. La búsqueda de medicinas nuevas y mejores es un eterno ensayo en el que se afanan farmacólogos y químicos orgánicos, infatigables cazadores de
moléculas con potencial terapéutico. Las epidemias pueden acelerarla,
provocando un renovado interés en los remedios antiguos y ampliando los límites
de la experimentación con fármacos nuevos y prometedores.
La pandemia de COVID-19 ha despertado el interés público
por una variedad tal de terapias inútiles que ha obligado a la Organización
Mundial de la Salud a dedicar un
portal completo a desacreditar la información errónea sobre las supuestas
causas y curas del COVID-19.
A veces, circunstancias como la de la actual pandemia
obligan a buscar soluciones vengan de donde vengan. Por citar un solo ejemplo,
hace más de un año escribí
sobre la brusca aparición en el mercado de un viejo medicamento
antipalúdico, la hidroxicloroquina, que durante unas cuantas semanas aparecía
convertido en una especie de solución definitiva para acabar con el COVID-19.
Aquello no tenía ni pies ni cabeza, porque era inexplicable por qué las
cloroquinas (o cualquier otro medicamento antipalúdico) podían ser eficaces
contra un virus.
Lo que estaba claro es que la COVID-19 había provocado un
resurgimiento del interés público por fármacos ya conocidos, como la
hidroxicloroquina. En este caso, ese derivado de la quinina quedó rápidamente
desacreditado como remedio frente a la pandemia. Pero el caso de la quinina ha
traído a mi memoria un episodio histórico poco conocido en el que la casualidad
hizo que dos plantas muy diferentes acabaran por ayudar a combatir una terrible
epidemia que azotó Holanda.
Hace unos trecientos años se desató una fiebre no
identificada en varias ciudades de Holanda. Entre 1727 y 1728, Herman Boerhaave, el
médico holandés más famoso de su época, afirmó en una carta haber tratado y
curado a más de mil pacientes en Leiden que padecían una “fiebre atípica” (febris
anomala). Desde la perspectiva del siglo XXI, es sorprendente que apenas se
puedan encontrar testimonios de la epidemia más allá de las cartas de
Boerhaave. A pesar de ello, la mortalidad se disparó durante el siglo XVIII y
alcanzó su punto máximo en ciudades como Leiden y Amsterdam precisamente en los
años 1727-28.
Cabe suponer que surgiera una necesidad urgente de remedios
fiables contra esa enfermedad desconocida. Los envíos de corteza de quina
aumentaron en Ámsterdam desde octubre de 1727 en adelante, cuando el número de
muertes también comenzó a aumentar. Sorprendentemente para una sustancia
medicinal exótica, los comerciantes pudieron responder al brote tan rápidamente
como lo han hecho ahora los investigadores en vacunas, y los registros
aduaneros reflejan las importaciones masivas de corteza de quina que se vendía
inmediatamente en subastas públicas.
Pero ¿fue la corteza de quina el remedio utilizado? En el
momento de la epidemia, los médicos tenían casi un siglo de experiencia en el
uso de la corteza de quina peruana, introducida
en Europa por los jesuitas alrededor de 1640 con el nombre de cinchona, en
alusión a la primera paciente europea tratada con ese remedio de los indígenas
peruanos: doña Francisca Enríquez, condesa de Chinchón, esposa del virrey
español en Perú.
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| Flores masculina de Croton eluteria |
En los días de Boerhaave, la cinchona había comenzado a denominarse simplemente “corteza”, y era de uso común contra todo tipo de afecciones febriles. Entre ellas, las más notables fueron las fiebres malignas “terciana” y “cuartana”, es decir, con episodios de fiebre que ocurren cada tres o cuatro días, una más que probable muestra de la malaria endémica que, desde tiempos históricos, estaba presente en muchas áreas pantanosas de Europa.
Pero el relato de Boerhaave de una " febris anomala
" no sugiere que esa extraña enfermedad fuera una fiebre terciana o
cuartana que debía de resultar bastante familiar a él y a otros médicos, y los
registros comerciales muestran que apenas se usó cinchona entre 1727 y 1728. En
otras palabras, los apuntes comerciales y los médicos ofrecen diferentes
perspectivas sobre una epidemia que no era de malaria.
La diferencia se puede explicar acudiendo a la botánica. A
pesar de la omnipresencia de la cinchona en las prácticas terapéuticas en esos
tiempos, existía una amplia gama de alternativas para tratar la fiebre. Una
sustancia exótica relativamente nueva era la corteza de cascarilla, cuyo
reconocimiento como remedio febrífugo nació de la confusión con la “verdadera”
quina. La flauta sonó por casualidad.
El nombre cascarilla, es decir "corteza pequeña", se consideraba por entonces sinónimo de cinchona y todavía se usaría como tal
mucho después de que la cascarilla fuera reconocida como una corteza diferente producida por una planta que nada tenía que ver con el árbol de la
quinina (Cinchona officinalis). Una vez más, el uso de los nombres
populares resultaba desconcertante. Por ejemplo el reputado boticario y botánico español Hipólito Ruiz (1754-1816)
publicó en 1792 su afamada Quinologia, o tratado del árbol de la quina o
cascarilla.
El conocimiento de que la cascarilla era una sustancia
diferente de la cinchona circulaba en los círculos académicos europeos desde
las últimas décadas del siglo XVII. Apareció pronto en importantes manuales
farmacéuticos, como la Histoire
générale des drogues de Pierre Pomet (1694, en donde aparece como
“Kinkina Femelle”) y en el Traité
universel des drogues simples de Nicolas Lémery de 1714 (donde aparece
como "Eleaterium").
Aunque la cascarilla se consideraba por entonces como otra
corteza febrífuga peruana, el nombre “Eleaterium” usado por Lémery parecía
sugerir un origen diferente. El nombre probablemente deriva de la isla de
Eleuthera en las Bahamas. Por trivial que este cambio geográfico les pareciera a los europeos en ese momento, significó una transición importante en el conocimiento:
la cascarilla comenzó a distinguirse de la cinchona.
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| Cinchona pubescens, otro de los árboles de los que se obtiene la quinina. En Venezuela es conocida como cascarilla. |
En el momento de la epidemia de 1727-28, nadie en Europa estaba seguro de las diferencias entre la cinchona y la cascarilla. Ningún europeo había visto ninguna de las plantas al natural. Los boticarios, en su mayoría interesados en estas sustancias por su valor medicinal, generalmente manipulaban y mezclaban las muestras secas y más o menos trituradas. Presentadas así, la cinchona y la cascarilla parecían muy similares y, especialmente después de un largo viaje transatlántico, se requería el ojo de un experto para distinguirlas entre sí.
En octubre de 1727, justo al comienzo de la epidemia, el
naturalista alemán Albertus
Seba, autor de un célebre
tratado de “curiosidades naturales” y un ávido coleccionista de animales y
plantas que regentaba una botica cerca del puerto de Amsterdam, adquirió
cinchona y cascarilla en una subasta portuaria. Etiquetó la cascarilla como
"sacorille" (una transcripción al holandés del nombre francés
"chaquerille"); el que Seba la incorporara a su colección de
curiosidades naturales indica su rareza como producto médico en ese momento.
Durante la década de 1720 Seba mantuvo correspondencia con
el médico de Ámsterdam Willem van Ranouw en la que intercambiaban información
sobre las propiedades de la quina y sustancias similares. Es posible que los
intereses de ambos despertaran su atención sobre las alternativas a la cinchona
cuando estalló la epidemia y aumentó la demanda de corteza de quina.
Sea como fuese se importaron cada vez más cascarillas a
Ámsterdam en los meses siguientes, y la sustancia se convirtió en un
ingrediente medicinal común en los manuales comerciales y farmacéuticos de los
siglos XVIII y XIX. Su origen en las Bahamas se conocería algunos años después
de la epidemia.
Por una feliz coincidencia, la publicación de la primera
descripción botánica de la cascarilla por Mark Catesby en 1743
ocurrió poco después de la primera descripción de la quina por La Condamine
en 1740. Lo que las muestras de corteza no pudieron conseguir, la botánica lo
logró: los dibujos de ambas plantas mostraron claramente sus diferencias.
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| Las primeras láminas de Croton eluteria (izquierda) y de Cynchona officinalis (derecha) permitieron descubrir que eran plantas muy diferentes. |
El árbol de la quina era Cinchona
officinalis, utilizada para la producción de quinina, un vocablo
derivado de quina-quina (medicina de medicinas) que los indígenas peruanos le
daban a la corteza usada para amortiguar las llamadas “tembladeras”. La corteza
de quinina contiene diversos alcaloides, cuatro de los cuales son reputados
antipalúdicos, que, si bien no acaban con la enfermedad, palían sus efectos
febriles.
Para entendernos, en la clasificación botánica la cascarilla
tiene tanto que ver con la cinchona como un perro con un elefante en la
clasificación zoológica. La cascarilla es una especie del género Croton,
nombre que procede del griego kroton, que significa garrapata, debido a
que sus semillas se parecen a ese ácaro. Las poblaciones nativas del árbol de
la cascarilla, carcanapire, corteza eluteriana, chacarilla o quina
aromática (Croton
eluteria) están registradas exclusivamente en las islas caribeñas (Bahamas,
Cuba, República Dominicana, Haití).
Cualquiera que lo vea alguna vez, jamás lo confundiría con
el árbol de la quina. En muestras de botica es otra cosa. Es un pequeño árbol
que apenas alcanza los siete metros de altura cuyo tronco está cubierto por una
corteza quebradiza con aroma semejante al almizcle, que, elaborada como un
tónico amargo, posee características similares a la quina, aunque en dosis
elevadas produce dolor de cabeza, náuseas e insomnio. La corteza era parte de
la medicina tradicional caribeña como tónica, estimulante y febrífuga. Su
potente sabor amargo hace que se utilizara para dar sabor a los licores Campari
y a algunos buenos vermús.
La epidemia de 1727-28 provocó un aumento en el comercio de
cinchona y cascarilla. La cinchona aumentó su relevancia como producto médico,
mientras que la cascarilla experimentó su primera ola intercultural y
posteriormente fue adoptada en la práctica común de los médicos europeos. ©Manuel
Peinado Lorca. @mpeinadolorca.
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| Las modernas latas de tónica, como esta que tengo delante mientras redacto este artículo, siguen ostentando el lema "Indian Tonic". |
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| Etiqueta de Schweppe's de 1883. Foto. |
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| Indigofera tinctorea, la madre de todos los tintes |
La anilina todavía
se utiliza ampliamente para producir tintes para telas y cabello, pero tiene
muchas otras aplicaciones y está en el origen del primer antibiótico conocido,
que no fue la penicilina.
El gas del
carbón y el alquitrán de hulla
Poco antes de que comenzara el siglo XIX, las calles de las grandes ciudades no estaban iluminadas por la noche, lo que hacía peligrosas. Luego llegaron las farolas de gas. Encendidas al anochecer por los faroleros, aquellas primeras lámparas inventadas por el escocés William Murdock en 1792, producían una llama quemando “gas metano del carbón”, una mezcla de hidrógeno, metano, monóxido de carbono y varios hidrocarburos.
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| Los transeúntes se maravillan con la nueva iluminación de gas (Londres, 1809). |
El gas,
generado al calentar carbón en ausencia de aire, se enviaba por tuberías a las
farolas de las calles y a las casas de las personas acadauladas. Después de la
combustión, quedaba una sustancia espesa y negra llamada “alquitrán de hulla”,
que se acumulaba en grandes cantidades. Obviamente, surgió un gran interés en
encontrarle un uso a esa sustancia. El primer intento fue destilarla.
La destilación entra en escena
Runge se dio inmediatamente
cuenta del potencial de su descubrimiento y propuso la construcción de una planta
para la fabricación de tintes sintéticos y otros productos de alquitrán de
hulla, pero sus intentos cayeron en saco roto.
Ocho años
antes del experimento de Runge, Otto Unverdorben
había aislado una sustancia que llamó crystaliine a partir de la
destilación del índigo, el tinte azul producido a partir de Indigofera tinctoria, una planta originaria de
la India. En 1843, August
Wilhelm von Hofmann, demostró que el kianol y la crystaliine eran
lo mismo. A partir de entonces, el compuesto pasó a conocerse como anilina, de
“anil”, el nombre común de la planta que produce el índigo, que en español es
más conocido como “añil”.
En 1845,
Hofmann, a pesar de ser alemán, fue nombrado el primer director del Royal
College of Chemistry de Londres, donde llevó a cabo más investigaciones sobre
la anilina y otros compuestos encontrados en el alquitrán de hulla. La
estructura de las moléculas era desconocida en ese momento, pero los químicos pudieron
determinar los elementos de los que estaba compuesta esa sustancia desconocida.
La anilina y
la quinina, que curiosamente también había sido aislada por Runge de la corteza
del árbol de la quina peruana (Cinchona
officinalis), contenían carbono, hidrógeno y nitrógeno, aunque la
quinina también contenía oxígeno. A Hofmann se le ocurrió que, utilizando un
reactivo que añadiera oxígeno a una molécula, en otras palabras, un agente
oxidante, podría convertir la anilina en quinina, que era muy demandad como
tratamiento para la malaria.
Hofmann le
sugirió a su estudiante de 18 años William
Henry Perkin ensayara esta reacción. Visto en retrospectiva, teniendo en
cuenta que la química orgánica estaba en mantillas, el plan no tenía ninguna
posibilidad de concretarse, ya que la anilina y la quinina tienen estructuras
químicas totalmente diferentes, por lo que no es sorprendente que Perkin se
sintiera frustrado con unos experimentos que no conducían a ninguna parte.
El
comienzo de la era de los colorantes sintéticos
Un día,
después de echar al desagüe el líquido resultante de su último intento de
oxidar la anilina y enjuagar, Perkin se sorprendió al descubrir que el
fregadero se había vuelto de un color púrpura brillante. El joven aprendiz de
químico había
descubierto accidentalmente el tinte que se conocería más tarde como malva.
Perkin se dio
cuenta de las posibilidades comerciales de su descubrimiento, pero destilar
cantidades significativas de anilina a partir del alquitrán de hulla resultó
ser más complicado de lo que suponía. En esas estaba cuando el químico francés Antoine
Béchamp dio con la forma de convertir el benceno, fácilmente obtenible a
partir del alquitrán de hulla, en anilina. La industria de los tintes
sintéticos estaba en marcha.
Aunque Perkin
se hizo rico gracias a su patente, fue en Alemania donde las empresas
aprovecharon la química de la anilina para crear una enorme industria de
tintes. BASF
(Badische Analin und Sodafabrik), hoy en día la empresa química más
grande del mundo, comenzó produciendo tintes a partir de anilina.
El
comienzo de la era de los antibióticos
Además de
teñir tejidos, los derivados de la anilina también resultaron útiles para teñir
portaobjetos de microscopio. Ciertas bacterias absorben selectivamente los
colorantes, haciéndolas más visibles al microscopio. Eso le sugirió a Paul
Ehrlich, un eminente médico y bacteriólogo alemán, la idea de mezclar el
colorante con arsénico, con la esperanza de que matara a las bacterias que
absorbieran el colorante. Esto llevó al desarrollo en 1909 del Salvarsan,
el primer fármaco eficaz para el tratamiento de la sífilis.
Dado el éxito del Salvarsan, las empresas químicas comenzaron a experimentar con la síntesis de todo tipo de colorantes que pudieran actuar como agentes antibacterianos. Los químicos Josef Klarer y Fritz Mietzsch, de los laboratorios alemanes Bayer, sintetizaron un derivado de la anilina, la sulfamidocrisoidina, que el bacteriólogo alemán Gerhard Domagk descubrió que atacaba a las bacterias estreptocócicas en ratones.
El fármaco,
llamado Prontosil, salió al mercado europeo en 1935 y recibió un gran
impulso en los Estados Unidos cuando Eleanor, esposa del presidente Franklin
Delano Roosevelt, tuvo que perderse la cena de Acción de Gracias para viajar a
Boston, donde su hijo había sido afectado por una infección estreptocócica.
Como informó con todo detalle la revista Time, Franklin Jr. se recuperó después
de que su médico le inyectara Prontosil.
Los
investigadores del Instituto Pasteur de París demostraron que el Prontosil
se descompone en el organismo y libera sulfanilamida, que es el verdadero principio
activo. Este producto era más fácil de producir que el Prontosil, pero
la reputación de la sulfanilamida sufrió un duro golpe en 1937, cuando la farmacéutica
SE Massengill Co. formuló una versión líquida utilizando dietilenglicol como
disolvente sin comprobar su toxicidad. Antes de que las autoridades pudieran
retirar el Elixir
Sulfanilamide, más de cien persona, en su mayoría niños, habían muerto
como resultado de la intoxicación hepática y renal provocada por el
dietilenglicol.
Como el
problema no se debía al principio activo, sino al disolvente, la tragedia no
detuvo la investigación de otras sulfamidas. A principios de los años cuarenta,
se habían producido unas 500 sulfamidas, entre ellas el sulfatiazol. Durante la
Segunda Guerra Mundial, los soldados estadounidenses llevaban atado al cinturón
un botiquín de primeros auxilios que contenía un polvo que se espolvoreaba
sobre cualquier herida abierta para evitar infecciones.
Sin embargo,
a finales de la década, estas sulfamidas cedieron su lugar a la penicilina, un
antibiótico más eficaz. No obstante, el Prontosil sigue siendo
considerado el fármaco que marcó el comienzo de la era de los antibióticos.
En la
actualidad, la anilina se produce a partir del benceno destilado del petróleo.
Todavía se sigue utilizando para fabricar tintes para telas y cabellos, pero
tiene muchas otras aplicaciones. Los antioxidantes para conservar el caucho, el
edulcorante ciclamato, el analgésico paracetamol (Tylenol), las tintas y
los plásticos de poliuretano requieren anilina para producirlas.
El índigo, a
partir del cual Unverdorben produjo por primera vez anilina, se sintetiza ahora
a partir de la anilina sin necesidad de cultivar plantas. Ni Unverdorben ni
Runge podrían haber adivinado a dónde conducirían sus descubrimientos
del “crystallin” y el “kyanol”.