| Uluru, una gigantesca mole rojiza que interrumpe el relieve plano del Territorio Norte australiano. |
Hay continentes que parecen
recién hechos. Los Andes todavía se levantan a razón de milímetros por año, el
Himalaya continúa arrugándose mientras la India empuja contra Asia y en
Islandia uno puede contemplar cómo el planeta fabrica suelo nuevo delante de sus
narices. Australia pertenece a la categoría contraria. Si los continentes
fueran personas, sería ese anciano que lleva tanto tiempo sentado en el mismo
sillón que ya conoce todos los crujidos de la casa.
Basta mirar un mapa físico para
advertir algo extraño. Australia tiene casi ocho millones de kilómetros
cuadrados, aproximadamente catorce veces la superficie de España, pero carece
de grandes cordilleras. Su punto culminante, el monte Kosciuszko, alcanza unos
modestísimos 2.228 metros. España, que cabría unas quince veces dentro de
Australia, tiene varias cumbres más altas. Y la altitud media del continente
australiano ronda apenas los 330 metros, la menor de todos los continentes
habitados.
La razón fundamental es que
Australia es terriblemente vieja. Buena parte de su mitad occidental descansa
sobre cratones, fragmentos antiquísimos y extraordinariamente estables de
corteza continental cuyas rocas pueden superar los 2.500 millones de años.
Durante una parte enorme de la historia de la Tierra estuvieron incorporados a
otros supercontinentes y, mucho más recientemente, Australia formó parte de
Gondwana junto con la Antártida, India, África y América del Sur.
Gondwana comenzó a fragmentarse
hace unos 180 millones de años. Australia permaneció unida a la Antártida
durante mucho más tiempo y no terminó de separarse de ella hasta hace alrededor
de 45 millones de años. Desde entonces, la placa australiana ha viajado hacia
el norte a una velocidad geológicamente considerable, del orden de varios
centímetros anuales. Pero aquí está lo importante: Australia se encuentra en
gran medida en medio de su placa tectónica, lejos de los bordes donde suelen
concentrarse las grandes colisiones, los volcanes y el levantamiento de
montañas.
Eso le ha proporcionado decenas
de millones de años de relativa tranquilidad. Y la tranquilidad geológica tiene
un precio: uno acaba desgastándose. Las montañas son estructuras provisionales.
Desde el mismo instante en que se levantan, el agua, el hielo, el viento y los
cambios de temperatura comienzan a destruirlas. Si la tectónica continúa
empujando desde abajo, como sucede en los Andes o el Himalaya, el relieve se
rejuvenece continuamente. Si deja de hacerlo, la erosión termina ganando.
Australia lleva muchísimo tiempo concediéndole ventaja.
Por eso buena parte del interior
está formada por extensas llanuras, mesetas suavizadas y montañas muy antiguas
reducidas a relieves modestos. Y por eso aparecen formas tan desconcertantes
como Uluru, esa gigantesca mole rojiza que parece haber sido depositada en
mitad de una llanura por alguien que olvidó recogerla.
Uluru no es un meteorito ni una
roca que haya surgido recientemente del subsuelo. Está formado principalmente
por arenisca arkósica procedente de sedimentos depositados hace cientos de
millones de años a partir de la erosión de antiguas montañas. Aquellos
sedimentos fueron enterrados, compactados, deformados y posteriormente
expuestos de nuevo por la erosión. Lo que contemplamos hoy es una parte
resistente de una estructura mucho mayor cuyo entorno ha ido siendo rebajado
durante tiempos difíciles de imaginar.
Ser vieja y plana no obliga a una
tierra a ser roja. Para conseguir eso hace falta otro ingrediente: hierro y
muchísimo tiempo. Muchas rocas australianas contienen minerales con hierro.
Cuando quedan expuestos al agua y al oxígeno, el hierro se oxida y forma óxidos
e hidróxidos, entre ellos hematites y goethita. Es esencialmente la misma
química que produce herrumbre en una verja abandonada. Después de periodos
inmensos de meteorización, esos compuestos se acumulan en los suelos y recubren
los granos minerales con películas rojizas y anaranjadas.
De ahí procede buena parte de la
extraordinaria paleta del interior australiano: ocres, naranjas, pardos y,
sobre todo, ese rojo que se ha convertido en uno de los colores nacionales no
oficiales. El famoso Red Centre es, en cierto sentido, un continente oxidado.
La misma antigüedad explica otra
peculiaridad menos fotogénica. Los suelos australianos se cuentan entre los más
viejos y empobrecidos del planeta. En una cordillera joven, la erosión descubre
continuamente roca fresca y los ríos, volcanes o glaciares renuevan los
minerales disponibles. En Australia muchas superficies llevan millones de años
sometidas a meteorización y lavado sin recibir grandes aportes de materiales
nuevos. Elementos esenciales para las plantas, especialmente el fósforo, pueden
ser muy escasos. La flora australiana ha tenido que desarrollar extraordinarias
adaptaciones para sobrevivir en esa pobreza.
Pero todavía me falta explicar la
tercera palabra del título: seca. Y esta vez la culpa principal no está debajo
de nuestros pies, sino sobre nuestras cabezas. Australia está atravesada por el
trópico de Capricornio. Gran parte del continente ocupa aproximadamente las
latitudes comprendidas entre 20 y 35 grados sur, justamente una de las grandes
franjas áridas del planeta. No es casualidad que a latitudes semejantes
encontremos el desierto de Atacama, el Namib y buena parte del Kalahari.
La explicación está en la
circulación general de la atmósfera que se resume en la figura de abajo, que muestra el esquema
general de esa circulación y sus relaciones con grandes
formaciones vegetales. El calor y la humedad son distribuidas sobre la
superficie terrestre por corrientes de convección, surgencia y advección que
tienen lugar en tres grandes células por hemisferio que se encuentran en latitudes
diferentes. Estas células determinan las zonas climáticas generales de
Cerca del ecuador, el intenso calentamiento hace ascender aire húmedo. Al elevarse se enfría, el vapor se condensa y produce las lluvias torrenciales características de las regiones ecuatoriales con las selvas (Pluvilignosa)y bosques secos semicaducifolios (Hiemilignosa). Una vez en las capas altas de la atmósfera, ese aire se desplaza hacia latitudes subtropicales y termina descendiendo alrededor de los 30 grados.
Al descender se comprime y se calienta. Su humedad relativa disminuye y la formación de nubes se dificulta. El resultado son grandes regiones dominadas por altas presiones y precipitaciones escasas. Australia ha tenido la mala suerte climática de colocar buena parte de su territorio precisamente debajo de esa gigantesca secadora atmosférica, que condiciona la aparición de los grandes desiertos (Sicideserta) de todo el mundo.
Su tamaño agrava el problema. Las masas de aire húmedo procedentes del océano deben recorrer cientos o incluso miles de kilómetros para alcanzar el centro del continente. Y por el este encuentran además la Great Dividing Range, la larga sucesión de cordilleras y mesetas que acompaña a la costa oriental. No es una barrera comparable a los Andes, pero basta para obligar a las masas de aire húmedo procedentes del Pacífico a ascender, enfriarse y descargar parte de su agua antes de penetrar hacia el interior.
El norte recibe lluvias
monzónicas durante el verano austral y el sur puede beneficiarse de los frentes
de latitudes medias, especialmente en invierno. Pero entre ambos queda un
interior inmenso al que las lluvias llegan con dificultad y, sobre todo, con
enorme irregularidad. Porque esa es quizá la característica más importante del Outback:
no solo llueve poco, sino que nadie sabe demasiado bien cuándo va a hacerlo.
Un cauce puede permanecer seco
durante meses o años y convertirse repentinamente en un río. Las depresiones
salinas pueden llenarse de agua y enormes extensiones pardas transformarse en
praderas. Después llegan aves acuáticas desde centenares o miles de kilómetros,
aparecen insectos, germinan semillas que llevaban años esperando y durante unas
semanas el desierto parece negar todo lo que acabamos de decir sobre él.
El ejemplo supremo es Kati
Thanda–Lake Eyre, la gran depresión del centro-sur australiano. Su cuenca
hidrográfica ocupa alrededor de una sexta parte del continente, pero sus ríos
no desembocan normalmente en el océano. El agua corre hacia el interior, se
acumula temporalmente en depresiones y acaba evaporándose. Es un mundo
hidrográfico vuelto del revés: en vez de buscar el mar, los ríos se pierden en
el continente.
Todo esto ayuda a entender por
qué Australia produce una impresión tan distinta de otros continentes. No
estamos contemplando simplemente un gran desierto. Estamos viendo el resultado
de una combinación excepcional: una corteza antiquísima y estable, decenas de
millones de años de erosión sin grandes rejuvenecimientos tectónicos, suelos
sometidos a una meteorización interminable y un continente situado justo debajo
de una de las grandes franjas secas de la circulación atmosférica mundial.
Por eso Australia es plana,
porque el tiempo ha ido desmontando sus montañas; es roja, porque ese mismo
tiempo ha oxidado el hierro de sus rocas y suelos; y es seca porque la
maquinaria atmosférica del planeta hace descender sobre buena parte de ella aire
cálido y pobre en humedad.
Lo verdaderamente extraordinario es que, después de semejante combinación de inconvenientes, Australia esté llena de vida. Quizá precisamente por eso su flora y su fauna resultan tan peculiares. Durante millones de años, los organismos australianos no solo tuvieron que evolucionar aislados del resto del mundo. Tuvieron que hacerlo sobre uno de los continentes más viejos, pobres e imprevisibles de la Tierra.
El Outback parece vacío cuando se contempla desde una carretera. En realidad, es todo lo contrario: es un paisaje lleno de tiempo.