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sábado, 15 de agosto de 2026

¿POR QUÉ AUSTRALIA ES TAN PLANA, ROJA Y SECA?

 

Uluru, una gigantesca mole rojiza que interrumpe el relieve plano del Territorio Norte australiano.

Hay continentes que parecen recién hechos. Los Andes todavía se levantan a razón de milímetros por año, el Himalaya continúa arrugándose mientras la India empuja contra Asia y en Islandia uno puede contemplar cómo el planeta fabrica suelo nuevo delante de sus narices. Australia pertenece a la categoría contraria. Si los continentes fueran personas, sería ese anciano que lleva tanto tiempo sentado en el mismo sillón que ya conoce todos los crujidos de la casa.

Basta mirar un mapa físico para advertir algo extraño. Australia tiene casi ocho millones de kilómetros cuadrados, aproximadamente catorce veces la superficie de España, pero carece de grandes cordilleras. Su punto culminante, el monte Kosciuszko, alcanza unos modestísimos 2.228 metros. España, que cabría unas quince veces dentro de Australia, tiene varias cumbres más altas. Y la altitud media del continente australiano ronda apenas los 330 metros, la menor de todos los continentes habitados.

La razón fundamental es que Australia es terriblemente vieja. Buena parte de su mitad occidental descansa sobre cratones, fragmentos antiquísimos y extraordinariamente estables de corteza continental cuyas rocas pueden superar los 2.500 millones de años. Durante una parte enorme de la historia de la Tierra estuvieron incorporados a otros supercontinentes y, mucho más recientemente, Australia formó parte de Gondwana junto con la Antártida, India, África y América del Sur.


Gondwana comenzó a fragmentarse hace unos 180 millones de años. Australia permaneció unida a la Antártida durante mucho más tiempo y no terminó de separarse de ella hasta hace alrededor de 45 millones de años. Desde entonces, la placa australiana ha viajado hacia el norte a una velocidad geológicamente considerable, del orden de varios centímetros anuales. Pero aquí está lo importante: Australia se encuentra en gran medida en medio de su placa tectónica, lejos de los bordes donde suelen concentrarse las grandes colisiones, los volcanes y el levantamiento de montañas.

Eso le ha proporcionado decenas de millones de años de relativa tranquilidad. Y la tranquilidad geológica tiene un precio: uno acaba desgastándose. Las montañas son estructuras provisionales. Desde el mismo instante en que se levantan, el agua, el hielo, el viento y los cambios de temperatura comienzan a destruirlas. Si la tectónica continúa empujando desde abajo, como sucede en los Andes o el Himalaya, el relieve se rejuvenece continuamente. Si deja de hacerlo, la erosión termina ganando. Australia lleva muchísimo tiempo concediéndole ventaja.

Por eso buena parte del interior está formada por extensas llanuras, mesetas suavizadas y montañas muy antiguas reducidas a relieves modestos. Y por eso aparecen formas tan desconcertantes como Uluru, esa gigantesca mole rojiza que parece haber sido depositada en mitad de una llanura por alguien que olvidó recogerla.

Imagen satelital de Australia, que permite reconocer las tres grandes unidades que se mencionan en el texto. Se aprecia la enorme planitud del centro, aparecen claramente los grandes desiertos —Great Sandy, Gibson, Great Victoria y Simpson— y destaca al este la Great Dividing Range. 

Uluru no es un meteorito ni una roca que haya surgido recientemente del subsuelo. Está formado principalmente por arenisca arkósica procedente de sedimentos depositados hace cientos de millones de años a partir de la erosión de antiguas montañas. Aquellos sedimentos fueron enterrados, compactados, deformados y posteriormente expuestos de nuevo por la erosión. Lo que contemplamos hoy es una parte resistente de una estructura mucho mayor cuyo entorno ha ido siendo rebajado durante tiempos difíciles de imaginar.

Ser vieja y plana no obliga a una tierra a ser roja. Para conseguir eso hace falta otro ingrediente: hierro y muchísimo tiempo. Muchas rocas australianas contienen minerales con hierro. Cuando quedan expuestos al agua y al oxígeno, el hierro se oxida y forma óxidos e hidróxidos, entre ellos hematites y goethita. Es esencialmente la misma química que produce herrumbre en una verja abandonada. Después de periodos inmensos de meteorización, esos compuestos se acumulan en los suelos y recubren los granos minerales con películas rojizas y anaranjadas.

De ahí procede buena parte de la extraordinaria paleta del interior australiano: ocres, naranjas, pardos y, sobre todo, ese rojo que se ha convertido en uno de los colores nacionales no oficiales. El famoso Red Centre es, en cierto sentido, un continente oxidado.

La misma antigüedad explica otra peculiaridad menos fotogénica. Los suelos australianos se cuentan entre los más viejos y empobrecidos del planeta. En una cordillera joven, la erosión descubre continuamente roca fresca y los ríos, volcanes o glaciares renuevan los minerales disponibles. En Australia muchas superficies llevan millones de años sometidas a meteorización y lavado sin recibir grandes aportes de materiales nuevos. Elementos esenciales para las plantas, especialmente el fósforo, pueden ser muy escasos. La flora australiana ha tenido que desarrollar extraordinarias adaptaciones para sobrevivir en esa pobreza.

Pero todavía me falta explicar la tercera palabra del título: seca. Y esta vez la culpa principal no está debajo de nuestros pies, sino sobre nuestras cabezas. Australia está atravesada por el trópico de Capricornio. Gran parte del continente ocupa aproximadamente las latitudes comprendidas entre 20 y 35 grados sur, justamente una de las grandes franjas áridas del planeta. No es casualidad que a latitudes semejantes encontremos el desierto de Atacama, el Namib y buena parte del Kalahari.

La explicación está en la circulación general de la atmósfera que se resume en la figura de abajo, que muestra el esquema general de esa circulación y sus relaciones con grandes formaciones vegetales. El calor y la humedad son distribuidas sobre la superficie terrestre por corrientes de convección, surgencia y advección que tienen lugar en tres grandes células por hemisferio que se encuentran en latitudes diferentes. Estas células determinan las zonas climáticas generales de la Tierra, que se manifiestan en grandes formaciones.

Cerca del ecuador, el intenso calentamiento hace ascender aire húmedo. Al elevarse se enfría, el vapor se condensa y produce las lluvias torrenciales características de las regiones ecuatoriales con las selvas (Pluvilignosa)y bosques secos semicaducifolios (Hiemilignosa). Una vez en las capas altas de la atmósfera, ese aire se desplaza hacia latitudes subtropicales y termina descendiendo alrededor de los 30 grados.

Al descender se comprime y se calienta. Su humedad relativa disminuye y la formación de nubes se dificulta. El resultado son grandes regiones dominadas por altas presiones y precipitaciones escasas. Australia ha tenido la mala suerte climática de colocar buena parte de su territorio precisamente debajo de esa gigantesca secadora atmosférica, que condiciona la aparición de los grandes desiertos (Sicideserta) de todo el mundo.

Su tamaño agrava el problema. Las masas de aire húmedo procedentes del océano deben recorrer cientos o incluso miles de kilómetros para alcanzar el centro del continente. Y por el este encuentran además la Great Dividing Range, la larga sucesión de cordilleras y mesetas que acompaña a la costa oriental. No es una barrera comparable a los Andes, pero basta para obligar a las masas de aire húmedo procedentes del Pacífico a ascender, enfriarse y descargar parte de su agua antes de penetrar hacia el interior. 

El norte recibe lluvias monzónicas durante el verano austral y el sur puede beneficiarse de los frentes de latitudes medias, especialmente en invierno. Pero entre ambos queda un interior inmenso al que las lluvias llegan con dificultad y, sobre todo, con enorme irregularidad. Porque esa es quizá la característica más importante del Outback: no solo llueve poco, sino que nadie sabe demasiado bien cuándo va a hacerlo.

Un cauce puede permanecer seco durante meses o años y convertirse repentinamente en un río. Las depresiones salinas pueden llenarse de agua y enormes extensiones pardas transformarse en praderas. Después llegan aves acuáticas desde centenares o miles de kilómetros, aparecen insectos, germinan semillas que llevaban años esperando y durante unas semanas el desierto parece negar todo lo que acabamos de decir sobre él.

El ejemplo supremo es Kati Thanda–Lake Eyre, la gran depresión del centro-sur australiano. Su cuenca hidrográfica ocupa alrededor de una sexta parte del continente, pero sus ríos no desembocan normalmente en el océano. El agua corre hacia el interior, se acumula temporalmente en depresiones y acaba evaporándose. Es un mundo hidrográfico vuelto del revés: en vez de buscar el mar, los ríos se pierden en el continente.

Todo esto ayuda a entender por qué Australia produce una impresión tan distinta de otros continentes. No estamos contemplando simplemente un gran desierto. Estamos viendo el resultado de una combinación excepcional: una corteza antiquísima y estable, decenas de millones de años de erosión sin grandes rejuvenecimientos tectónicos, suelos sometidos a una meteorización interminable y un continente situado justo debajo de una de las grandes franjas secas de la circulación atmosférica mundial.

Por eso Australia es plana, porque el tiempo ha ido desmontando sus montañas; es roja, porque ese mismo tiempo ha oxidado el hierro de sus rocas y suelos; y es seca porque la maquinaria atmosférica del planeta hace descender sobre buena parte de ella aire cálido y pobre en humedad.

Lo verdaderamente extraordinario es que, después de semejante combinación de inconvenientes, Australia esté llena de vida. Quizá precisamente por eso su flora y su fauna resultan tan peculiares. Durante millones de años, los organismos australianos no solo tuvieron que evolucionar aislados del resto del mundo. Tuvieron que hacerlo sobre uno de los continentes más viejos, pobres e imprevisibles de la Tierra.

El Outback parece vacío cuando se contempla desde una carretera. En realidad, es todo lo contrario: es un paisaje lleno de tiempo.