Desde Darwin solemos celebrar nuestra evolución atribuyéndola a la inteligencia, la
adaptabilidad y la capacidad de hacer cosas terriblemente complicadas, como
inventar el GPS y aun así seguir perdiéndonos. Pero hace unas décadas, el
biólogo Faustino Cordón publicó un libro encantador titulado Cocinar hizo al
hombre, donde sostenía que la verdadera revolución humana no llegó con las
herramientas de piedra, ni con el lenguaje, ni siquiera con la invención de las abuelas, sino con algo mucho más prosaico y sabroso: poner comida sobre el
fuego.
Cordón defendía que
empezamos a separarnos del resto de los primates cuando nuestros antepasados
decidieron que, en lugar de pasarse tres horas masticando raíces imposibles,
quizá sería buena idea aplicar un poco de calor a lo que comían. A partir de
ahí, la vida cambió. Lo más notable es que, aunque sabemos que nuestros
ancestros utilizaban el fuego hace unos 300 000 años, el primatólogo Richard
Wrangham afirma que ya lo
dominaban un millón y medio de años antes, cuando todavía no éramos del
todo humanos. Es decir, antes de tener lenguaje articulado, ya estábamos
pensando en la cena.
Como Cordón, Wrangham sostiene que el gran motor de nuestra evolución no fue la caza cooperativa ni la fabricación de herramientas, sino la cocina. Cocinar los alimentos —afirma— permitió que nuestro tracto digestivo se encogiera (menos intestino que alimentar) y que nuestro cerebro creciera (más energía disponible).
Los alimentos cocinados proporcionaban más calorías, eran más
fáciles de digerir y reducían el tiempo de masticación. Si los chimpancés
tardan horas en procesar alimentos duros, nosotros, gracias al fuego, pudimos
dedicar ese tiempo extra a fabricar herramientas, explorar, cuidar de las crías
y, en general, comportarnos como una especie que planeaba quedarse en el
planeta por un buen tiempo.
Cocinar tiene
ventajas tan evidentes que sorprende que se nos diera tan tarde por hacerlo. El
calor mata toxinas, ablanda fibras, mejora el sabor y amplía el catálogo de
cosas comestibles hasta un punto que cualquier chef moderno envidiaría. Pero su
mayor ventaja evolutiva fue energética. Nuestro cerebro —ese glotón energético
que gasta unas 400 calorías diarias solo por estar encendido— necesitaba un
suministro constante. Y los alimentos cocinados eran el combustible perfecto.
Sin embargo, si la
cocina nos transformó por dentro, lo que puede haber afilado nuestra
supervivencia frente a los patógenos fue algo que huele mejor que el carbón
ardiendo y que hoy tenemos en frasquitos sobre la encimera: las especias.
Propiedades
antimicrobianas de las especias
Las especias, en la
naturaleza, son armas químicas. Las plantas las fabrican para defenderse de
hongos, bacterias e insectos. Son sustancias aromáticas, sí, pero también
defensivas, algo que en retrospectiva encaja bastante con la sensación que deja
un buen curry. Lo curioso es que “especia” no es una categoría botánica seria,
sino un término puramente culinario. Metemos ahí flores, raíces, semillas,
cortezas, frutos y hasta líquenes, unidos únicamente por su capacidad de
producir compuestos aromáticos que hacen que la comida parezca más interesante.
Durante miles de
años, las especias se utilizaron tanto para cocinar como para conservar
alimentos e incluso para embalsamar. Los egipcios, los habitantes del valle del
Indo y los comerciantes que recorrían las Islas de las Especias sabían que algo
tenían esos ingredientes que no solo aromatizaban los platos, sino que
alargaban la vida de lo que se comía.
La explicación
habitual es que las especias mejoran el sabor, el color y la textura de los
alimentos. Y eso es cierto. Pero no explica por qué los países cálidos tienen
cocinas intensamente especiadas y los fríos parecen más sobrios en el uso de
condimentos. Para esto hay que mirar al mundo microscópico.
Bacterias como Salmonella,
Listeria, Shigella o ciertas especies de Vibrio —auténticas
compañías indeseables en la mesa— atacan tanto a las plantas como a la carne. Y
resulta que muchas especias tienen propiedades antimicrobianas que inhiben su
crecimiento. Es decir, si añades especias a tu comida, es menos probable que
esta se estropee o que te provoque una intoxicación alimentaria.
Si esta hipótesis es
correcta, deberían cumplirse ciertos requisitos. Y sorprendentemente, se
cumplen casi uno por uno.
En primer lugar, las
especias deberían mostrar actividad antibacteriana y antifúngica. Y lo hacen.
Ajo, cebolla, clavo, jengibre, orégano, cúrcuma… todos han demostrado frenar o
matar microorganismos problemáticos. En segundo lugar, su uso debería ser mayor
en climas cálidos, donde la comida se estropea con mucha rapidez. Y así es:
India utiliza una media de 9,3 especias por receta, mientras que Noruega apenas
1,6.
En tercer lugar, las
recetas de los países cálidos deberían inhibir más bacterias que las de los
fríos. Y, efectivamente, a medida que aumentan las temperaturas anuales, crece
el porcentaje de bacterias que las especias locales son capaces de inhibir. En
otras palabras, la cocina del sur global tiene una eficacia antibacteriana
mayor que la del norte.
Incluso dentro de un mismo país se observa el mismo patrón. Tanto en China como en Estados Unidos, las cocinas del sur —más cálidas— utilizan más especias y más potentes que las cocinas del norte. Como si las tradiciones culinarias hubieran sido moldeadas por la climatología y no por las preferencias personales de un antepasado particularmente atrevido.
Orígenes del uso de las especias
Cómo empezó todo esto? Probablemente no por criterios microbiológicos, sino por puro placer. Algunas especias sabían bien, olían bien o sentaban bien al estómago. Pero esa preferencia sensorial pudo tener consecuencias evolutivas. Las familias que usaban especias enfermaban menos y podían almacenar alimentos más tiempo. Esas ventajas, pequeñas pero constantes, habrían marcado la diferencia durante generaciones. Los vecinos imitaban las recetas de quienes parecían más sanos, y así el uso de especias se propagó sin necesidad de una teoría científica.
Lo que hoy vemos
como cultura culinaria pudo ser, en su origen, una estrategia evolutiva
inconsciente. La selección natural, al fin y al cabo, no necesita que sepamos
lo que hacemos. Solo exige que lo hagamos.
Y aquí entra Darwin. En la estricta Inglaterra victoriana de su infancia, los hombres no pisaban la cocina más que para servirse el té. Darwin jamás imaginó que la gastronomía podría explicar parte de la historia humana. De haberlo sabido, quizá habría incluido un capítulo extra en El origen de las especies, algo así como: Sobre la selección natural… y el irresistible aroma del clavo.