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martes, 13 de enero de 2026

LAS MOLUCAS: UNA HISTORIA MUNDIAL CONTADA EN GRANOS PEQUEÑOS

 

"Moluccæ Insulæ Celeberrimæ". Mapa de Blaeu de las Molucas, que apareció por primera vez en 1630 en el Atlantis Appendix. Fue el primer mapa detallado en gran escala de las islas en ese momento neerlandesas. Muestra la naturaleza boscosa de las islas y los fuertes de reciente construcción. El recuadro muestra el mapa de la isla de Batjan. La decoración de los bordes muestra los instrumentos de un marino en un lado y al otro los instrumentos de la guerra. Hay varios barcos europeos y asiáticos, así como un par de monstruos marinos. Hay una batalla en el mar cerca de Ternate, donde los neerlandeses derrotaron a los portugueses.

Durante un tiempo sorprendentemente largo, el mundo giró alrededor de unas islas que casi nadie en Europa habría sabido señalar en un mapa. No eran grandes, ni especialmente bellas según los cánones occidentales, ni ricas en metales preciosos. Su única rareza consistía en producir algo que el resto del planeta deseaba con una intensidad hoy difícil de imaginar: clavo, nuez moscada y macis. Las Molucas —las Islas de las Especias— fueron durante los siglos XV, XVI y XVII el punto donde se cruzaron el comercio, la guerra, la religión y la invención moderna del imperialismo.

Antes de que llegaran los europeos, el comercio de especias funcionaba como una red compleja y bastante eficiente. El clavo crecía en unas pocas islas volcánicas; la nuez moscada, únicamente en las Banda. Las islas Banda forman un pequeñísimo archipiélago volcánico en el mar de Banda, al sureste de las Molucas. Su importancia histórica es descomunal porque durante siglos fueron el único lugar del mundo donde crecía de forma natural la nuez moscada y su derivado, el macis. Eso las convirtió en un objetivo estratégico global antes de que existiera el concepto de estrategia global.

Desde Molucas, mercaderes malayos, javaneses, árabes, persas e indios transportaban la mercancía a través del océano Índico. Cada intermediario añadía margen, cada puerto sumaba impuestos, y cuando el producto llegaba a Venecia o Génova su precio se había multiplicado hasta niveles casi obscenos. Pero el sistema tenía una virtud: nadie controlaba todo el proceso.

Rutas de la seda (rojo) y de las especias (azul). Fuente

Ese equilibrio empezó a resultar intolerable para Europa occidental a finales de la Edad Media. No por razones morales, sino económicas. Las especias no eran un lujo frívolo: conservaban alimentos, tapaban sabores dudosos y tenían valor medicinal. Eran una necesidad cara. La solución, pensaron algunos reinos atlánticos, no era negociar mejor con los intermediarios, sino eliminarlos.

Portugal fue el primero en intentarlo. Su estrategia combinó navegación oceánica, artillería naval y una idea muy clara del comercio: quien controla los cuellos de botella manda. En 1511, los portugueses tomaron Malaca, la gran bisagra entre el Índico y el Pacífico. Desde allí se adentraron en el archipiélago indonesio hasta llegar a las Molucas. En islas como Ternate y Tidore, establecieron alianzas con los sultanes locales, prometiendo protección militar a cambio de acceso privilegiado al clavo.

La palabra clave es “privilegiado”. Los portugueses no tenían medios suficientes para imponer un monopolio completo, pero sí para distorsionar el mercado. Introdujeron la lógica europea de la exclusividad en un sistema que hasta entonces había sido plural. Los sultanatos, por su parte, aprendieron rápido a jugar con las rivalidades extranjeras: hoy Portugal, mañana otro.

Ese otro fue España. El viaje de Fernando de Magallanes, completado por Juan Sebastián Elcano, demostró que las Molucas podían alcanzarse navegando hacia el oeste. De pronto, dos imperios cristianos reclamaban las mismas islas apoyándose en mapas distintos y en la misma convicción: Dios estaba de su parte. El Tratado de Zaragoza intentó zanjar la disputa trazando una línea imaginaria en el océano. Funcionó razonablemente bien en Europa. En Asia, fue irrelevante.

Mientras portugueses y españoles discutían sobre meridianos, los productores seguían vendiendo a quien pagara mejor. Eso era precisamente lo que los recién llegados no estaban dispuestos a tolerar. El comercio libre, cuando uno quiere monopolio, es una forma de insubordinación.

A finales del siglo XVI apareció un actor nuevo, menos interesado en la evangelización y mucho más en los balances: Holanda. Los neerlandeses entendieron algo esencial antes que nadie: el problema no era transportar las especias, sino controlar su origen. En 1602 fundaron la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC), una entidad privada con poderes estatales. Podía firmar tratados, levantar ejércitos, acuñar moneda y declarar la guerra. Era una empresa, sí, pero con cañones.

Barcos de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales. Dominio público

La VOC no quería acuerdos flexibles ni alianzas ambiguas. Quería monopolio. Y para lograrlo necesitaba algo más que barcos: necesitaba eliminar la competencia local. Las islas Banda, únicas productoras de nuez moscada en el mundo, se convirtieron en el centro de su estrategia. Los bandaneses llevaban generaciones comerciando con quien les ofreciera mejor precio. Para los holandeses, aquello era inadmisible.

En 1621, el gobernador Jan Pieterszoon Coen decidió resolver el problema de forma definitiva. Las fuerzas de la VOC arrasaron las Banda, ejecutaron a buena parte de la población y deportaron a los supervivientes. Las islas fueron repobladas con esclavos traídos de otros lugares y administradas como plantaciones controladas por colonos holandeses. El monopolio quedó asegurado. El precio fue un genocidio que durante siglos apenas mereció una nota al pie en los manuales de historia.

A partir de ese momento, el comercio de especias dejó de ser una red y se convirtió en una pirámide. Holanda controlaba la producción, regulaba la oferta y manipulaba los precios. Si había demasiada nuez moscada, se quemaba. Si alguien contrabandeaba, se le perseguía. La violencia dejó de ser un medio ocasional y se convirtió en política económica.

Inglaterra también quiso su parte. Lo intentó ocupando islas menores, como Run, y librando guerras comerciales que eran, en esencia, guerras por el acceso a semillas aromáticas. El Tratado de Breda, en 1667, selló uno de los intercambios más reveladores de la historia: los ingleses cedieron Run a los holandeses a cambio de Nueva Ámsterdam, una colonia sin demasiado interés en ese momento. Hoy se llama Nueva York. La nuez moscada ganó la batalla; el tiempo, no.

Para los sultanatos de las Molucas, el siglo XVII fue un descenso gradual a la irrelevancia. De actores centrales pasaron a intermediarios prescindibles y, finalmente, a obstáculos. Las alianzas con europeos dejaron de ser herramientas diplomáticas y se convirtieron en trampas. El poder local fue absorbido, erosionado o directamente eliminado.

Con el tiempo, el monopolio se volvió insostenible. Francia logró sacar plantas de nuez moscada de Banda y cultivarlas en otros lugares. Las especias dejaron de ser raras. El mercado se amplió. Los precios cayeron. El centro del mundo se desplazó otra vez.

Pero el legado de las guerras de las especias fue mucho más duradero que su rentabilidad. En las Molucas se ensayó un modelo que se repetiría sin descanso: control del origen, uso sistemático de la violencia, empresas privadas actuando como Estados y la justificación moral del saqueo mediante el lenguaje del comercio. Fue una globalización temprana, armada y despiadada.

Hoy, el clavo y la nuez moscada se compran por unos pocos euros en cualquier supermercado. Ya no provocan guerras. Pero las lógicas que nacieron en aquellas islas siguen vivas. Cambian los productos, cambian los discursos, pero la estructura permanece. Las Molucas ya no son el centro del mundo, pero durante un siglo largo demostraron que, a veces, la historia universal se escribe en lugares muy pequeños, con consecuencias muy grandes.