Durante un tiempo
sorprendentemente largo, el mundo giró alrededor de unas islas que casi nadie
en Europa habría sabido señalar en un mapa. No eran grandes, ni especialmente
bellas según los cánones occidentales, ni ricas en metales preciosos. Su única
rareza consistía en producir algo que el resto del planeta deseaba con una
intensidad hoy difícil de imaginar: clavo, nuez moscada y macis. Las Molucas
—las Islas de las Especias— fueron durante los siglos XV, XVI y XVII el punto
donde se cruzaron el comercio, la guerra, la religión y la invención moderna
del imperialismo.
Antes de que llegaran los
europeos, el comercio de especias funcionaba como una red compleja y bastante
eficiente. El
clavo crecía en unas pocas islas volcánicas; la
nuez moscada, únicamente en las Banda. Las islas Banda forman un
pequeñísimo archipiélago volcánico en el mar de Banda, al sureste de las
Molucas. Su importancia histórica es descomunal porque durante siglos fueron el
único lugar del mundo donde crecía de forma natural la nuez moscada y su
derivado, el macis. Eso las convirtió en un objetivo estratégico global antes
de que existiera el concepto de estrategia global.
Desde Molucas, mercaderes
malayos, javaneses, árabes, persas e indios transportaban la mercancía a través
del océano Índico. Cada intermediario añadía margen, cada puerto sumaba
impuestos, y cuando el producto llegaba a Venecia o Génova su precio se había
multiplicado hasta niveles casi obscenos. Pero el sistema tenía una virtud:
nadie controlaba todo el proceso.
Rutas de la seda (rojo) y de las especias (azul). Fuente
Ese equilibrio empezó a resultar
intolerable para Europa occidental a finales de la Edad Media. No por razones
morales, sino económicas. Las especias no eran un lujo frívolo: conservaban
alimentos, tapaban sabores dudosos y tenían valor medicinal. Eran una necesidad
cara. La solución, pensaron algunos reinos atlánticos, no era negociar mejor
con los intermediarios, sino eliminarlos.
Portugal fue el primero en
intentarlo. Su estrategia combinó navegación oceánica, artillería naval y una
idea muy clara del comercio: quien controla los cuellos de botella manda. En
1511, los portugueses tomaron Malaca, la gran bisagra entre el Índico y el
Pacífico. Desde allí se adentraron en el archipiélago indonesio hasta llegar a
las Molucas. En islas como Ternate y Tidore, establecieron alianzas con los
sultanes locales, prometiendo protección militar a cambio de acceso
privilegiado al clavo.
La palabra clave es
“privilegiado”. Los portugueses no tenían medios suficientes para imponer un
monopolio completo, pero sí para distorsionar el mercado. Introdujeron la
lógica europea de la exclusividad en un sistema que hasta entonces había sido
plural. Los sultanatos, por su parte, aprendieron rápido a jugar con las
rivalidades extranjeras: hoy Portugal, mañana otro.
Ese otro fue España. El viaje de
Fernando de Magallanes, completado por Juan Sebastián Elcano, demostró que las
Molucas podían alcanzarse navegando hacia el oeste. De pronto, dos imperios
cristianos reclamaban las mismas islas apoyándose en mapas distintos y en la
misma convicción: Dios estaba de su parte. El Tratado de Zaragoza intentó
zanjar la disputa trazando una línea imaginaria en el océano. Funcionó
razonablemente bien en Europa. En Asia, fue irrelevante.
Mientras portugueses y españoles
discutían sobre meridianos, los productores seguían vendiendo a quien pagara
mejor. Eso era precisamente lo que los recién llegados no estaban dispuestos a
tolerar. El comercio libre, cuando uno quiere monopolio, es una forma de
insubordinación.
A finales del siglo XVI apareció
un actor nuevo, menos interesado en la evangelización y mucho más en los
balances: Holanda. Los neerlandeses entendieron algo esencial antes que nadie:
el problema no era transportar las especias, sino controlar su origen. En 1602
fundaron la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC), una entidad
privada con poderes estatales. Podía firmar tratados, levantar ejércitos,
acuñar moneda y declarar la guerra. Era una empresa, sí, pero con cañones.
Barcos de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales. Dominio público
La VOC no quería acuerdos
flexibles ni alianzas ambiguas. Quería monopolio. Y para lograrlo necesitaba
algo más que barcos: necesitaba eliminar la competencia local. Las islas Banda,
únicas productoras de nuez moscada en el mundo, se convirtieron en el centro de
su estrategia. Los bandaneses llevaban generaciones comerciando con quien les
ofreciera mejor precio. Para los holandeses, aquello era inadmisible.
En 1621, el gobernador Jan
Pieterszoon Coen decidió resolver el problema de forma definitiva. Las fuerzas
de la VOC arrasaron las Banda, ejecutaron a buena parte de la población y
deportaron a los supervivientes. Las islas fueron repobladas con esclavos traídos
de otros lugares y administradas como plantaciones controladas por colonos
holandeses. El monopolio quedó asegurado. El precio fue un genocidio que
durante siglos apenas mereció una nota al pie en los manuales de historia.
A partir de ese momento, el
comercio de especias dejó de ser una red y se convirtió en una pirámide.
Holanda controlaba la producción, regulaba la oferta y manipulaba los precios.
Si había demasiada nuez moscada, se quemaba. Si alguien contrabandeaba, se le
perseguía. La violencia dejó de ser un medio ocasional y se convirtió en
política económica.
Inglaterra también quiso su
parte. Lo intentó ocupando islas menores, como Run, y librando guerras
comerciales que eran, en esencia, guerras por el acceso a semillas aromáticas.
El Tratado de Breda, en 1667, selló uno de los intercambios más reveladores de
la historia: los ingleses cedieron Run a los holandeses a cambio de Nueva
Ámsterdam, una colonia sin demasiado interés en ese momento. Hoy se llama Nueva
York. La nuez moscada ganó la batalla; el tiempo, no.
Para los sultanatos de las
Molucas, el siglo XVII fue un descenso gradual a la irrelevancia. De actores
centrales pasaron a intermediarios prescindibles y, finalmente, a obstáculos.
Las alianzas con europeos dejaron de ser herramientas diplomáticas y se convirtieron
en trampas. El poder local fue absorbido, erosionado o directamente eliminado.
Con el tiempo, el monopolio se
volvió insostenible. Francia logró sacar plantas de nuez moscada de Banda y
cultivarlas en otros lugares. Las especias dejaron de ser raras. El mercado se
amplió. Los precios cayeron. El centro del mundo se desplazó otra vez.
Pero el legado de las guerras de
las especias fue mucho más duradero que su rentabilidad. En las Molucas se
ensayó un modelo que se repetiría sin descanso: control del origen, uso
sistemático de la violencia, empresas privadas actuando como Estados y la justificación
moral del saqueo mediante el lenguaje del comercio. Fue una globalización
temprana, armada y despiadada.
Hoy, el clavo y la nuez moscada
se compran por unos pocos euros en cualquier supermercado. Ya no provocan
guerras. Pero las lógicas que nacieron en aquellas islas siguen vivas. Cambian
los productos, cambian los discursos, pero la estructura permanece. Las Molucas
ya no son el centro del mundo, pero durante un siglo largo demostraron que, a
veces, la historia universal se escribe en lugares muy pequeños, con
consecuencias muy grandes.