| Antiguo mapa de las tres islas principales de las Banda dibujadas sobre un puerto al pie de unos volcanes. Dominio público |
Durante un tiempo breve y
decisivo, el mundo fue gobernado por unas islas tan pequeñas que casi parecían
una broma cartográfica. Las Islas Banda no tenían oro, ni grandes ríos, ni
ciudades memorables. Tenían nuez moscada. Y eso bastó para que Europa perdiera
la compostura.
La nuez moscada no era uncondimento exótico más. Servía para conservar alimentos, para disimular sabores
dudosos y para fingir sofisticación en mesas que olían a carne pasada. Durante
siglos, solo creció allí. No cerca. No en ningún lugar parecido. Allí. En
economía, eso se llama ventaja absoluta. En política, problema.
Antes de que llegaran los
europeos, los bandaneses vivían del comercio sin dramatizarlo. Vendían a quien
pagaba mejor, como se ha hecho siempre. Mercaderes asiáticos, árabes,
javaneses. El sistema funcionaba porque nadie pretendía controlarlo todo. Esa fue
su perdición. Cuando Europa decidió que el comercio debía tener dueño, las
Banda pasaron de ser un lugar remoto a un obstáculo intolerable.
Los holandeses entendieron antes
que nadie que el negocio no estaba en transportar especias, sino en impedir que
otros lo hicieran. En 1602 fundaron la Compañía Neerlandesa de las IndiasOrientales (VOC), una empresa privada con vocación de Estado y medios de
ejército. La VOC no negociaba mercados: los cerraba. No buscaba socios: exigía
exclusividad. Y en las Banda esa exclusividad no existía.
Durante años, los bandaneses
firmaron tratados que no pensaban cumplir. No por rebeldía ideológica, sino por
sentido común. Si los ingleses pagaban mejor que los holandeses, se vendía a
los ingleses. Esa lógica, perfectamente razonable para quien produce, resultó
inaceptable para quien quería monopolizar. La libertad de comercio, cuando
estorba al monopolio, se convierte en delito.
En 1621, la paciencia se agotó.
El gobernador general Jan Pieterszoon Coen decidió aplicar una solución
definitiva, moderna y eficaz. No castigó a los culpables, no reformó el
sistema, no integró a la población. La eliminó. Con método.
Las tropas de la VOC
desembarcaron en las islas, ejecutaron a los líderes locales, asesinaron a
miles de habitantes y deportaron a los supervivientes. De una población
estimada en torno a quince mil personas, quedaron unos pocos cientos. El resto
murió, huyó o fue vendido como esclavo. No fue una masacre impulsiva ni un
exceso de soldados nerviosos. Fue un plan.
Aquí es donde las Banda entran en
una categoría incómoda: la del genocidio moderno. No hubo furia religiosa ni
venganza tribal. Hubo cálculo. El problema no era quiénes eran los bandaneses,
sino que existieran. Mientras siguieran allí, el monopolio era imperfecto. Y un
monopolio imperfecto no es un monopolio, sino una molestia.
Tras la limpieza, vino la
reorganización. Las tierras se repartieron entre colonos holandeses, los perkeniers.
La producción se estructuró como plantación. La mano de obra llegó en barcos,
encadenada, desde otros lugares. Las islas se convirtieron en una fábrica
agrícola al servicio de un mercado lejano. La población original había sido
sustituida por una más manejable. El negocio, ahora sí, funcionaba.
Durante décadas, la VOC controló
el suministro mundial de nuez moscada. Reguló precios, destruyó excedentes y
persiguió el contrabando con celo religioso. Quemar especias para mantener la
escasez se consideró una práctica comercial razonable. Nadie en Europa protestó
demasiado. El genocidio había ocurrido lejos y olía bien.
El episodio de las Banda resulta
incómodo porque no encaja con la imagen amable del comercio como intercambio
civilizador. Aquí el comercio no trajo progreso, sino exterminio. Y no fue obra
de un imperio medieval, sino de una empresa moderna, con accionistas, balances
y juntas directivas. El capitalismo global nació con contabilidad de doble
entrada y fosas comunes.
Durante siglos, este episodio se
contó mal o no se contó. Se habló de conflictos, de pacificación, de exceso de
celo. Lo que no se dijo es que las Banda demostraron algo esencial: que cuando
una población estorba a un modelo económico, puede ser eliminada con
justificaciones técnicas. No fue odio; fue eficiencia.
El monopolio, como todos los
monopolios, acabó cayendo. Francia consiguió sacar plantas de nuez moscada y
cultivarlas en otros territorios. La especia dejó de ser rara. Los precios
bajaron. El mundo siguió adelante. Las Banda quedaron atrás, reducidas a nota
al pie. El crimen, en cambio, permaneció intacto.
Hoy la nuez moscada se compra por
poco dinero en cualquier supermercado. Nadie piensa en las islas, ni en los
muertos, ni en el método. Pero el patrón se repite con otros productos, otros
lugares y otros discursos. Cambian las mercancías; no cambia la lógica.
Las Banda no fueron una
excepción. Fueron un ensayo general. Un lugar pequeño donde se probó una idea
grande y peligrosa: que el mercado, si se organiza bien y se protege con armas,
puede prescindir de las personas que lo hacen posible. Y que a eso se le puede
llamar progreso sin que a nadie se le atragante la palabra.