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martes, 13 de enero de 2026

UN MONOPOLIO PERFECTO Y EL PRIMER GENOCIDIO MODERNO

 

Antiguo mapa de las tres islas principales de las Banda dibujadas sobre un puerto al pie de unos volcanes. Dominio público

Durante un tiempo breve y decisivo, el mundo fue gobernado por unas islas tan pequeñas que casi parecían una broma cartográfica. Las Islas Banda no tenían oro, ni grandes ríos, ni ciudades memorables. Tenían nuez moscada. Y eso bastó para que Europa perdiera la compostura.

La nuez moscada no era uncondimento exótico más. Servía para conservar alimentos, para disimular sabores dudosos y para fingir sofisticación en mesas que olían a carne pasada. Durante siglos, solo creció allí. No cerca. No en ningún lugar parecido. Allí. En economía, eso se llama ventaja absoluta. En política, problema.

Antes de que llegaran los europeos, los bandaneses vivían del comercio sin dramatizarlo. Vendían a quien pagaba mejor, como se ha hecho siempre. Mercaderes asiáticos, árabes, javaneses. El sistema funcionaba porque nadie pretendía controlarlo todo. Esa fue su perdición. Cuando Europa decidió que el comercio debía tener dueño, las Banda pasaron de ser un lugar remoto a un obstáculo intolerable.

Los holandeses entendieron antes que nadie que el negocio no estaba en transportar especias, sino en impedir que otros lo hicieran. En 1602 fundaron la Compañía Neerlandesa de las IndiasOrientales (VOC), una empresa privada con vocación de Estado y medios de ejército. La VOC no negociaba mercados: los cerraba. No buscaba socios: exigía exclusividad. Y en las Banda esa exclusividad no existía.

Durante años, los bandaneses firmaron tratados que no pensaban cumplir. No por rebeldía ideológica, sino por sentido común. Si los ingleses pagaban mejor que los holandeses, se vendía a los ingleses. Esa lógica, perfectamente razonable para quien produce, resultó inaceptable para quien quería monopolizar. La libertad de comercio, cuando estorba al monopolio, se convierte en delito.

En 1621, la paciencia se agotó. El gobernador general Jan Pieterszoon Coen decidió aplicar una solución definitiva, moderna y eficaz. No castigó a los culpables, no reformó el sistema, no integró a la población. La eliminó. Con método.

Las tropas de la VOC desembarcaron en las islas, ejecutaron a los líderes locales, asesinaron a miles de habitantes y deportaron a los supervivientes. De una población estimada en torno a quince mil personas, quedaron unos pocos cientos. El resto murió, huyó o fue vendido como esclavo. No fue una masacre impulsiva ni un exceso de soldados nerviosos. Fue un plan.

Aquí es donde las Banda entran en una categoría incómoda: la del genocidio moderno. No hubo furia religiosa ni venganza tribal. Hubo cálculo. El problema no era quiénes eran los bandaneses, sino que existieran. Mientras siguieran allí, el monopolio era imperfecto. Y un monopolio imperfecto no es un monopolio, sino una molestia.

Tras la limpieza, vino la reorganización. Las tierras se repartieron entre colonos holandeses, los perkeniers. La producción se estructuró como plantación. La mano de obra llegó en barcos, encadenada, desde otros lugares. Las islas se convirtieron en una fábrica agrícola al servicio de un mercado lejano. La población original había sido sustituida por una más manejable. El negocio, ahora sí, funcionaba.

Durante décadas, la VOC controló el suministro mundial de nuez moscada. Reguló precios, destruyó excedentes y persiguió el contrabando con celo religioso. Quemar especias para mantener la escasez se consideró una práctica comercial razonable. Nadie en Europa protestó demasiado. El genocidio había ocurrido lejos y olía bien.

El episodio de las Banda resulta incómodo porque no encaja con la imagen amable del comercio como intercambio civilizador. Aquí el comercio no trajo progreso, sino exterminio. Y no fue obra de un imperio medieval, sino de una empresa moderna, con accionistas, balances y juntas directivas. El capitalismo global nació con contabilidad de doble entrada y fosas comunes.

Durante siglos, este episodio se contó mal o no se contó. Se habló de conflictos, de pacificación, de exceso de celo. Lo que no se dijo es que las Banda demostraron algo esencial: que cuando una población estorba a un modelo económico, puede ser eliminada con justificaciones técnicas. No fue odio; fue eficiencia.

El monopolio, como todos los monopolios, acabó cayendo. Francia consiguió sacar plantas de nuez moscada y cultivarlas en otros territorios. La especia dejó de ser rara. Los precios bajaron. El mundo siguió adelante. Las Banda quedaron atrás, reducidas a nota al pie. El crimen, en cambio, permaneció intacto.

Hoy la nuez moscada se compra por poco dinero en cualquier supermercado. Nadie piensa en las islas, ni en los muertos, ni en el método. Pero el patrón se repite con otros productos, otros lugares y otros discursos. Cambian las mercancías; no cambia la lógica.

Las Banda no fueron una excepción. Fueron un ensayo general. Un lugar pequeño donde se probó una idea grande y peligrosa: que el mercado, si se organiza bien y se protege con armas, puede prescindir de las personas que lo hacen posible. Y que a eso se le puede llamar progreso sin que a nadie se le atragante la palabra.