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miércoles, 14 de enero de 2026

COCINA MODERNA: EL DÍA EN QUE LA PIMIENTA GANÓ

 


Nadie proclamó oficialmente la victoria de la pimienta. No hubo edictos, ni concilios gastronómicos, ni campanas repicando en las cocinas europeas. La pimienta ganó como ganan casi siempre las cosas que cambian de verdad la historia: sin que nadie se diera cuenta, poco a poco, por acumulación de gestos pequeños y cómodos. Un giro aquí, un atajo allá, hasta que un día el mundo ya no sabe exactamente cuándo dejó de ser como antes.

Durante siglos, la pimienta negra había sido un lujo casi mítico. Llegaba desde la India por rutas largas y peligrosas, pasaba por intermediarios árabes, venecianos y genoveses, y terminaba en Europa convertida en algo más cercano a una joya que a un ingrediente. Se guardaba bajo llave, se regalaba como símbolo de prestigio y se usaba con cuidado. No estructuraba platos: los subrayaba. El sabor, en cambio, seguía construyéndose con otros pilares mucho más antiguos y complejos: vinagre, vino reducido, agraz, fermentos, miel, grasa y hierbas.

Roma había enseñado a Europa que el ácido no era un error, sino una herramienta. La Edad Media había perfeccionado esa lección hasta convertirla en un arte: acideces amortiguadas, dulces estratégicos, salsas pensadas para envolver y no para golpear. Comer era componer. La pimienta existía, sí, pero no mandaba. Era una nota exótica en una partitura larga y cuidadosamente equilibrada.

El cambio no llegó desde la cocina, sino desde el comercio. Entre los siglos XVII y XVIII, las rutas se estabilizaron, los imperios coloniales hicieron su trabajo y las especias dejaron de viajar como reliquias para empezar a hacerlo como mercancía. La pimienta comenzó a llegar en grandes cantidades, en sacos, de forma regular. Y cuando algo deja de ser raro, deja también de ser pensado. Ahí está el momento clave de su victoria: no cuando apareció, sino cuando se volvió cotidiana.

A partir de entonces, la pimienta empezó a ocupar un lugar que antes no tenía. Ya no era un adorno ni un lujo: se convirtió en solución. Si un plato parecía insípido, se le añadía pimienta. Si faltaba carácter, pimienta. Si algo no acababa de cuadrar, pimienta. El molinillo se volvió un gesto reflejo. Y con ese gesto automático, Europa empezó a abandonar sin saberlo una forma entera de entender el sabor.

Porque la pimienta no vino sola. Llegó acompañada de una gran simplificación. Frente a la cocina antigua —romana y medieval—, que pensaba el plato como una estructura interna de equilibrios, la cocina moderna empezó a tratar el sabor como algo que se ajusta desde fuera. Antes, el ácido se integraba desde el principio; ahora se evitaba. Antes, la fermentación era cotidiana; ahora se volvió sospechosa. El agraz desapareció, el vinagre se relegó a la ensalada y el dulce dejó de ser un amortiguador para convertirse en un compartimento estanco reservado al postre.

El ácido, que durante siglos había sido columna vertebral, empezó a percibirse como un problema potencial. Algo que había que moderar, justificar o esconder. No porque fuera más intenso que antes, sino porque había perdido su contexto. Sin grasa suficiente, sin dulzor estratégico, sin fermentación, la acidez quedaba desnuda. Y un sabor desnudo siempre parece excesivo.

Este cambio coincidió además con una nueva moral del gusto. La Edad Moderna empezó a valorar la claridad, la limpieza, la separación de categorías. Dulce por un lado, salado por otro. Lo complejo empezó a parecer confuso; lo mezclado, sospechoso. La pimienta encajaba perfectamente en este nuevo mundo: era seca, controlable, estable, siempre igual. No vivía, no cambiaba, no evolucionaba. Era el condimento ideal para una cultura que comenzaba a desconfiar de todo lo que no se podía medir o repetir.

En el siglo XIX, la cocina burguesa consagró definitivamente esta transformación. La sal y la pimienta se convirtieron en norma escrita, en base de manual, en punto de partida incuestionable. La cocina dejó de ser un saber transmitido por hábito y pasó a ser un sistema ordenado, racional, pedagógico. Y en ese sistema, la complejidad antigua estorbaba. Lo que no se podía explicar rápido, se eliminaba.

El resultado no fue una cocina sin sabor, sino una cocina con menos lenguaje. La acidez no desapareció del todo, pero se escondió en escabeches, encurtidos y recetas regionales que sobrevivieron casi como fósiles. Mientras tanto, fuera de Europa, muchas cocinas siguieron hablando con naturalidad el idioma que aquí se había olvidado: Asia, África, América precolombina nunca abandonaron la acidez como estructura.

La ironía es que hoy, siglos después, la cocina más inquieta y creativa está intentando volver exactamente a ese punto perdido. Fermentos, vinagres suaves, salsas de pescado, reducciones, agraz recuperado bajo nombres elegantes. Se habla de equilibrio, de tensión, de profundidad. Palabras nuevas para ideas muy antiguas. La pimienta sigue ahí, pero ya no manda sola.

Conviene decirlo claramente: la pimienta no es la villana de esta historia. Es magnífica, aromática y merecidamente famosa. El problema no fue usarla, sino dejarla ganar por goleada. Cuando un solo condimento se convierte en respuesta universal, el gusto se empobrece no por falta de intensidad, sino por falta de conversación.

Roma hablaba en frases largas. La Edad Media escribía párrafos barrocos. La modernidad redujo el discurso a una nota breve, eficaz y repetible. El día en que la pimienta ganó, Europa ganó comodidad. Pero perdió oído. La buena noticia es que el oído se puede reeducar. Y que, como ocurre con los buenos vinagres, el pasado sigue teniendo mucho que decir… si estamos dispuestos a escucharlo sin molinillo en la mano.