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jueves, 15 de enero de 2026

POR QUÉ LA ESCALA FAHRENHEIT PARECE UNA BROMA Y NO LO ES

 

Hay invenciones humanas que parecen concebidas expresamente para irritar a las generaciones futuras. La escala Fahrenheit es una de ellas. No porque no funcione —funciona estupendamente— sino porque parece diseñada por alguien que se levantó una mañana y pensó: “Voy a medir algo perfectamente natural usando números que no tengan ningún sentido evidente”.

Según esta escala, el agua se congela a 32 grados, hierve a 212, y el cero no coincide con ninguna de las dos cosas, ni siquiera intenta caer cerca. Es como si alguien hubiera numerado los pisos de un edificio empezando por el sótano, saltándose el tercero y llamando “ático” al quinto. Y, sin embargo, durante más de tres siglos millones de personas han vivido perfectamente bien con este sistema sin arder de indignación (aunque a veces sí de calor).

El responsable de todo esto fue Daniel Gabriel Fahrenheit, un físico del siglo XVIII que no tenía ni la más remota intención de fastidiarnos la vida. De hecho, su problema era exactamente el contrario: quería que las cosas funcionaran de una vez. En su época, medir la temperatura era un ejercicio cercano al arte adivinatorio. Dos termómetros distintos podían dar lecturas distintas para el mismo día, el mismo lugar y la misma habitación, lo cual no es ideal si uno intenta hacer ciencia y no simplemente comentar el tiempo mientras toma café.

Fahrenheit decidió que la única forma de imponer orden era fabricar termómetros fiables y, para ello, necesitaba una escala estable. Estable no en el sentido filosófico, sino práctico: que pudiera reproducirse en cualquier laboratorio sin depender de inviernos excepcionales, veranos tórridos o estados de ánimo del observador. Y ahí es donde empezó el problema, por el principio de todo sistema de medida: el cero.

Hoy damos por hecho que el cero debe significar algo profundo y solemne, como “nada”, “inicio” o “a partir de aquí pasan cosas importantes”. Pero en el siglo XVIII el cero era, ante todo, un número incómodo, y los números negativos eran vistos con una mezcla de sospecha matemática y anomalía estética. Fahrenheit decidió evitar ambos fijando el cero en la temperatura más baja que podía generar de forma fiable en su laboratorio: una mezcla de hielo, agua y sal. Un brebaje tan frío como poco apetecible, pero maravillosamente constante. Ese fue el 0 °F. Ni el frío absoluto, ni el invierno de 1709, ni el Polo Norte. Simplemente, lo más frío que puedo hacer sin cambiar de continente.

Una vez decidido el cero, Fahrenheit necesitaba puntos de referencia útiles. El primero era obvio: el punto de congelación del agua. Cuando lo midió en su escala recién creada, cayó en 32 grados. Y aquí ocurrió algo revelador: no hizo absolutamente nada al respecto. No redondeó, no reajustó, no pensó “qué número tan feo”. Aceptó el 32 con la seguridad de alguien que entiende que el mundo no tiene obligación alguna de ser elegante. El termómetro funcionaba. El punto era reproducible. Caso cerrado.

Después vino la temperatura del cuerpo humano, que le pareció un referente práctico y universal. Midió, probablemente en sí mismo o en alguien disponible y cooperativo, y obtuvo 96 grados. De nuevo, no 100, no un número bonito para los pósteres educativos, sino uno útil. Entre 32 y 96 hay 64 grados, una potencia de dos, lo que permitía dividir intervalos una y otra vez sin recurrir a fracciones endiabladas. Era una escala pensada para manos, no para pizarras; para artesanos, no para filósofos.

El último gran hito fue el punto de ebullición del agua, que resultó estar en 212 °F. Esto dejó exactamente 180 grados entre congelación y ebullición, un número extraordinariamente cooperativo. Divisible por casi todo, ideal para cálculos en una época sin calculadoras, sin hojas de cálculo y sin paciencia infinita. A esas alturas, la escala ya estaba completa. No era bonita, pero era sólida. Y, sobre todo, era consistente.

Lo que ocurre es que la escala Fahrenheit tuvo la mala suerte de ser comparada más tarde con la escala Celsius, que apareció cuando la ciencia ya había decidido que, además de funcionar, debía tener buena presencia. Celsius estableció que, por narices, el agua se congelara a 0 y hirviera a 100, creando una escala tan limpia y pedagógica que parece diseñada por un comité de profesores con regla y compás. Frente a eso, Fahrenheit parece un manuscrito medieval lleno de tachones.

Pero aquí viene la ironía: para la vida cotidiana, la escala  Fahrenheit es sorprendentemente buena. Tiene más grados en el mismo rango, lo que permite describir cambios pequeños pero perceptibles. Entre 68 y 72 °F hay una diferencia clara que cualquiera nota al salir de casa. En Celsius, 20 y 22 grados parecen casi la misma cosa, como si el clima se encogiera de hombros. Fahrenheit, en cambio, susurra matices. Es una escala con oído fino.

Por eso, cuando los estadounidenses hablan del tiempo en Fahrenheit, suenan extraordinariamente precisos, como si el clima estuviera afinado al milímetro. No es que la escala sea más científica; es que es más gradual. Está ajustada a la experiencia humana, no a la elegancia conceptual.

Así que la escala Fahrenheit no es complicada porque sea mala, sino porque es antigua. Nació antes de que la ciencia decidiera que debía ser intuitiva, bonita y fácil de explicar a adolescentes. Nació en un mundo donde lo importante era que dos instrumentos distintos dijeran lo mismo, aunque los números parecieran sacados de una rifa. Y lo consiguió.

Al final, Fahrenheit no nos dejó una escala absurda, sino un fósil funcional: algo que no encaja del todo con nuestras expectativas modernas, pero que sigue haciendo su trabajo con una dignidad imperturbable. Como muchas reliquias del siglo XVIII, no tiene sentido a primera vista, pero basta usarla un rato para darse cuenta de que, por extraño que parezca, sabe exactamente lo que está haciendo.