En el Londres de 1603, las calles
olían a estiércol, el agua daba diarrea y los médicos recetaban sangrías como
si fueran limonada. Era una época gloriosa para las supersticiones y para los
abogados, que a menudo vivían mejor que los nobles. En ese contexto, un
caballero bienintencionado —o crédulo, según se mire— decidió comprar un
bezoar.
Un bezoar, para quienes no lo hayan necesitado últimamente, es una bola que se forma en los estómagos de
algunos rumiantes, generalmente cabras o antílopes. Su existencia fue
descubierta por pastores persas y luego elevada a los altares de la farmacopea europea:
se decía que curaban todo, desde mordeduras de serpiente hasta el mal de
amores, pasando por, cómo no, los venenos. Los reyes llevaban uno colgado del
cuello. Si caías desplomado envenenado, bastaba con que alguien te pasara un
bezoar por la lengua, y en unos minutos estabas listo para el banquete. Al
menos, ésa era la teoría.
El caso que nos ocupa fue
Chandelor vs. Lopus, y merece un lugar destacado en la historia del derecho, no
tanto por su impacto social (que fue nulo) sino porque introdujo una doctrina
que aún nos acompaña como un resfriado mal curado: el caveat emptor, esto es, "que el comprador tenga cuidado".
El señor Chandelor compró un
bezoar a un comerciante llamado Lopus. Pagó un buen dinero, probablemente
libras de las que olían a lana mojada, por lo que se suponía era una piedra
milagrosa. El problema, como es habitual en estas cosas, fue que no funcionaba.
No curó nada, no neutralizó venenos, y ni siquiera servía como pisapapeles.
Chandelor, indignado, demandó a Lopus.
Y aquí es donde el asunto se pone
jugoso. El tribunal, compuesto por lo más rancio y pelucón del Court of Exchequer, dictaminó que Lopus no había hecho ninguna garantía explícita.
Simplemente dijo: «Esto es un bezoar». No dijo: «Esto es un bezoar de verdad»,
ni «esto
le salvará de la cicuta». Ergo, el comprador no tenía derecho a reclamar
nada. O sea: si uno compra una piedra por superstición, no puede luego quejarse
de que la piedra no haga milagros.
Y así, sin fanfarria ni editorial
en The Times, nació el principio del caveat emptor, que
básicamente dice: "si compras sin mirar, ajo y agua".
Este caso tiene algo de cómico y
algo de profundamente contemporáneo. No es muy diferente de comprar un
suplemento de jengibre “energizante” por 60 euros en una tienda eco-chic
de Chamberí. Solo que hoy los vendedores sí añaden letras pequeñas que dicen: «Estas
afirmaciones no han sido evaluadas por la Agencia Europea del Medicamento».
Pero volvamos al bezoar. La
piedra en cuestión, que en la Edad Media era más valiosa que el oro, ha tenido
una resurrección inesperada en la medicina moderna. No como talismán contra
venenos —aunque con las redes sociales nunca se sabe—, sino como objeto
clínico. Porque los bezoares existen, vaya si existen. Son el resultado de
restos de comida, pelo o medicamentos que se aglutinan en el tracto
gastrointestinal. En algunos casos, hay que operarlos. En otros, basta con...Coca-Cola.
Sí, Coca-Cola. El mismo brebaje
con el que empujamos hamburguesas ahora sirve para disolver bezoares gástricos.
Estudios publicados en revistas médicas describen cómo pacientes con estos
bultos difíciles de tragar se curan tras unas cuantas botellas de cola
administradas por sonda. Nadie sabe muy bien si es por el ácido fosfórico, la
cafeína, la carbonatación o la magia negra, pero funciona. Es como si el siglo
XVII y el XXI se dieran la mano a través de una pajita.
Es tentador imaginar al señor
Chandelor, revivido por el prodigio moderno, viendo cómo un líquido oscuro y
chispeante salva a un paciente del bezoar que lo atormenta. “¡Eso sí que es
alquimia!” podría decir, antes de mirar a Lopus y susurrar: “Me debes una".
El caso de Chandelor vs. Lopus
fue solo el principio. Desde entonces, la doctrina del “comprador informado” se
ha esparcido como moho por las legislaciones anglosajonas. Hoy sigue viva en
muchas transacciones: desde viviendas hasta criptomonedas. Hay leyes que
intentan suavizar su crudeza —las famosas garantías de producto—, pero el
espíritu original sigue ahí, con su mueca sarcástica: si compras una piedra por
milagrosa y no lo es, el problema es tuyo.
Y, sin embargo, hay una extraña
belleza en esa historia. En que una medicina mágica —el bezoar— sirviera tanto
para crear un principio jurídico duradero como para reaparecer, siglos después,
bajo forma de enfermedad y de tratamiento. Y en que los milagros de la
antigüedad no se esfumen, sino que cambien de forma. Lo que antes se vendía
como protección contra el veneno, hoy se neutraliza con un refresco.
La diferencia es que ahora, si algo falla, podemos leer la letra pequeña. Y pedir el ticket.