En Moscú, bajo toneladas de
granito, mármol y propaganda, reposa Vladimir Ilich Uliánov, alias Lenin.
Bueno, reposa a medias. Su cuerpo, embalsamado con más esmero que el jamón de
Jabugo, se expone desde 1924 en la Plaza Roja como si el pobre hombre fuera una
atracción de feria. Pero hay un detalle: a Lenin le falta el cerebro. No es que
se haya evaporado con el paso del tiempo o que se lo llevara un turista como
recuerdo. Fue el propio gobierno soviético el que, apenas muerto el líder,
decidió extraerle el órgano para examinarlo. La idea era comprobar qué
diferencias había entre su masa gris y la de los simples mortales. Al fin y al
cabo —pensaban— alguien que inventó el comunismo debía de tener un cerebro
especial.
El encargo fue a parar a un
neurocientífico alemán, Oskar
Vogt, que dedicó años a mirar al microscopio aquellas circunvoluciones con
el fervor de un coleccionista de sellos. ¿Su gran hallazgo? Que algunas
neuronas eran más grandes y numerosas de lo habitual. Eso le pareció suficiente
para insinuar que allí podía estar el germen del comunismo. Aunque, siendo
honestos, las neuronas no explican del todo la nacionalización forzosa ni las
colas interminables para comprar pan.
El caso de Lenin no es único. El
cerebro de Albert Einstein, por ejemplo, es seguramente el órgano más famoso
desde el corazón de Jesús. Cuando murió en 1955, fue incinerado. Pero su hijo
decidió que reducir a cenizas semejante máquina de pensar era un desperdicio.
Así que el patólogo de guardia, el doctor Thomas Harvey, lo
extrajo durante la autopsia. Después lo cortó en rodajas —sí, rodajas— y lo
guardó en dos frascos como quien conserva pepinillos en vinagre.
Durante años el cerebro de
Einstein fue poco menos que una leyenda urbana. En los años setenta, un
periodista olió la historia y descubrió que Harvey lo guardaba en una caja de
sidra bajo el fregadero. A partir de ahí, el cerebro inició una segunda vida tan
ajetreada como la primera: fue enviado en pequeños fragmentos a laboratorios,
analizado, fotografiado, venerado. Se publicaron tres estudios científicos que
hallaron pequeñas diferencias respecto a cerebros normales. Nada escandaloso,
salvo quizá que era algo más ligero que la media. En resumen: un cerebro
brillante, pero en tamaño de bolsillo.
Y sin embargo, ahí estaba la fascinación: la idea de que un
genio debe tener un órgano distinto, un sello físico que explique sus
prodigiosas ideas. Como si la teoría de la relatividad cupiera en un pliegue de
materia gris.
La manía por hurgar en los restos
de grandes figuras no se limita a cerebros. También se extiende a huesos,
dedos, dientes y, en general, cualquier cosa que un día perteneciera a un
prócer. En Alcalá de Henares, por ejemplo, apareció
hace pocos años una urna de plomo con los restos de Francisco Vallés,
médico personal de Felipe II. Vallés fue un pionero de la anatomía en España,
discípulo de Vesalio y, lo que es más notable, el hombre que salvó la vida al
monarca cuando este estuvo a punto de morir tras atragantarse con perdiz medio
podrida (al parecer, un manjar de la época).
Su apodo, “el Divino Vallés”,
podría hacer pensar que era inmortal, pero murió en 1592 de tifus. Fue
enterrado con gran pompa, aunque sus huesos, siglos después, reaparecieron
incompletos: faltaba aquí un cráneo, allá un fémur. La vida post mortem de los
sabios es a menudo más agitada que la terrenal.
Dedo de Galileo custodiado en una urna del Museo di Storia della Scienza, Florencia.
Y si no, que se lo pregunten a Galileo Galilei. Condenado por la Inquisición por atreverse a decir que la Tierra giraba alrededor del Sol, acabó sus días en arresto domiciliario. Tras su muerte, sus restos fueron trasladados a un mausoleo digno de su genio. Pero en el proceso, un admirador entusiasta se llevó como recuerdo un dedo, un diente y un par de vértebras. Hoy, el dedo medio de su mano derecha se exhibe en Florencia dentro de un relicario de cristal, apuntando hacia el cielo. Es un espectáculo a medio camino entre lo solemne y lo grotesco. Porque, si lo pensamos bien, ese dedo es el mismo que usamos para hacer la universal “peineta”. Uno casi puede imaginar a Galileo dedicándosela, desde la eternidad, a los inquisidores que lo humillaron.
Otro que viajó mucho después de muerto fue René Descartes. El filósofo murió en Estocolmo en 1650, en un
invierno de los que quitan las ganas de pensar. Dieciséis años más tarde, un
embajador francés exhumó sus huesos en secreto y se los llevó a Francia. A
partir de ahí, comenzó un periplo de siglos: los huesos de Descartes fueron
robados, vendidos, venerados, revendidos y estudiados como si fueran acciones
de bolsa. Hoy descansan en un archivador del Museo de las Ciencias de París,
aunque nadie pondría la mano en el fuego porque no vuelvan a emprender viaje.
La fascinación por los restos físicos de los grandes personajes es un fenómeno universal. Los antiguos ya la practicaban con entusiasmo: reliquias de santos, mechones de cabello de héroes, dientes milagrosos. El Renacimiento añadió el entusiasmo científico: si diseccionamos un cuerpo ilustre, quizá encontremos el secreto de su genio. La modernidad, por su parte, convirtió el asunto en espectáculo museístico.
¿Y qué nos dice todo esto sobre
nosotros? Quizá que tenemos una necesidad casi infantil de tocar la grandeza,
de que nos dejen llevarnos a casa un trozo, aunque sea diminuto. Queremos
pruebas físicas de que los gigantes de la historia fueron de carne y hueso. Tal
vez porque así creemos que algo de su genio se nos contagiará. O, más
prosaicamente, porque a los humanos siempre nos ha encantado coleccionar
rarezas: sellos, monedas, cromos… o falanges momificadas.
El resultado es un catálogo entre
cómico y macabro. Lenin expuesto como si fuese cera de museo, Einstein
convertido en muestras de histología, Vallés en urna de plomo, Galileo en gesto
obsceno y Descartes en archivador. El cerebro, los huesos, los dedos: piezas de
museo que, como decía Borges de los espejos, multiplican lo innecesario.
Y sin embargo, resulta difícil
apartar la vista. Nos reímos de la superstición de quienes veneraban reliquias
medievales —un prepucio del Niño Jesús aquí, una espina de la corona de Cristo allí, un dedo de santa Teresa
allá—, pero hacemos lo mismo con los restos de científicos y filósofos. Quizá
la única diferencia sea el contexto: antes eran templos, hoy son museos. Antes
rezábamos ante los huesos, hoy tomamos fotos.
Hay algo entrañablemente humano
en todo esto. Queremos que el genio deje huella, y no nos basta con sus ideas,
libros o inventos. Necesitamos el hueso, el diente, el frasco con neuronas.
Como si la inmortalidad intelectual no fuera suficiente sin una pizca de
inmortalidad ósea.
Quizá lo más sensato sea adoptar la ironía de Galileo, cuyo dedo apunta aún al cielo, como recordándonos que lo importante está allá arriba, en las estrellas, y no en el frasco que exhibe su falange.