Philippe Claudel no es
precisamente un autor de fuegos artificiales. Nació en Dombasle-sur-Meurthe,
enseña literatura, escribe novelas, dirige alguna película y, en general, se
dedica a mirar cómo la gente se rompe por dentro cuando la Historia les pasa por
encima. En Les Âmes grises hablaba de la Primera Guerra Mundial como
quien cuenta un secreto a media voz; en Le Rapport de Brodeck
diseccionaba los mecanismos de la exclusión con una precisión que haría
sonrojar a un entomólogo.
En 2005 publicó La petite
fille de Monsieur Linh. Una novela corta, de esas que parecen un cuento y
acaban siendo otra cosa. El argumento cabe en dos frases: un anciano, refugiado
de una guerra sin nombre, llega a un país sin nombre acompañado por su nieta,
la única superviviente de la familia. No entiende la lengua, no conoce a nadie,
pero encuentra un improbable aliado en Monsieur Bark, un viudo local con más
silencios que palabras. Se entienden sin entenderse, y ahí radica la magia.
Claudel escribe como quien habla
bajito para que uno se acerque más. Sus frases son cortas, limpias, sin
adornos. Esa sencillez es engañosa: mientras el lector se deja llevar por la
ternura del abuelo que acuna a la niña, por la amistad que nace entre dos
solitarios, el autor prepara un desenlace que obliga a revisar cada página
anterior con otros ojos. No es un golpe bajo, sino un recordatorio de que la
soledad es un animal astuto.
En tiempos de muros, pateras y
campamentos de refugiados, La petite fille de Monsieur Linh se lee como
una fábula incómoda: no porque muestre el horror —Claudel no se recrea en eso—,
sino porque insiste en lo que cuesta menos reconocer, la necesidad del otro. El
libro se puede leer en una tarde; la sensación de haber rozado algo esencial
dura bastante más.
Claudel no inventa nada nuevo. La amistad improbable, la incomunicación, el desarraigo… son temas trillados. Pero aquí funcionan como esos viejos vinos que uno cree conocer y, de pronto, resultan tener un retrogusto inesperado. Y cuando se cierra el libro, queda la impresión de haber asistido a un pequeño milagro narrativo: un hombre solo, una niña, un amigo, y la sospecha de que el exilio no es únicamente un problema de fronteras, sino de corazón.