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miércoles, 27 de agosto de 2025

EL COCO MÁS EXTRAÑO DEL MUNDO

Si alguna vez viajas a las islas Seychelles —ese archipiélago de 115 islas perdidas en el océano Índico, tan bello que parece un decorado diseñado por un turista suizo con mal gusto—, tarde o temprano alguien intentará enseñarte un coco que parece… bueno, digamos que la madre naturaleza tenía un día juguetón. Se llama Coco de Mer o doble coco, y su fruto tiene una forma tan inconfundible que durante siglos inspiró mitos, poemas, y seguramente más de un sonrojo victoriano.

Pero no adelantemos acontecimientos.

Las Seychelles son un manojo de islas diminutas esparcidas entre África e India. Algunas son atolones de coral que apenas asoman sobre el mar, pero otras, como Praslin y Curieuse, son reliquias geológicas: fragmentos de granito arrancados de Gondwana, el supercontinente que se rompió hace más de 150 millones de años. Dicho de otro modo: son los restos de una mudanza continental mal hecha. Y en esas islas crece Lodoicea maldivica, el nombre científico del famoso coco doble, de cuyos aspectos botánicos me ocupé en este artículo.

El fruto de los mitos

El Coco de Mer tiene tres récords mundiales botánicos: produce el fruto más grande del planeta (hasta 42 kilos), la semilla más pesada (casi 18 kilos, que se muestra en la imagen) y unas flores de tamaño épico. Y lo hace con paciencia bíblica: un fruto tarda siete años en madurar y la planta no alcanza la madurez sexual hasta los 40 o 50. Algunas palmeras, las más viejas, llevan de pie ocho siglos, lo que significa que mientras en Europa la peste negra hacía estragos, ellas ya estaban tranquilamente produciendo hojas de cinco metros.

El problema —o la delicia— es la forma. El coco recuerda de manera alarmantemente precisa a unas nalgas humanas femeninas, y el “apéndice” masculino de la palmera macho tampoco deja lugar a la imaginación. No es extraño que los marineros árabes que encontraban estas semillas flotando en el Índico inventaran toda clase de historias: que provenían de palmeras submarinas, que eran afrodisíacas, que curaban desde la epilepsia hasta la resaca. En la corte de los reyes maldivos y cingaleses, cada nuez era más valiosa que una esmeralda.

De hecho, el mismísimo general Charles Gordon —un héroe británico de la época victoriana, célebre por su bigote y su martirio en Jartum— visitó Praslin en 1881 y concluyó que aquel árbol era nada menos que el Árbol del Conocimiento del Jardín del Edén. Según él, la Biblia hablaba del Coco de Mer. Nadie le creyó, pero su entusiasmo fue tal que hasta rediseñó el escudo de Seychelles colocando el coco en el centro. Ahí sigue, en los billetes y documentos oficiales, como recuerdo de aquel arrebato místico.

La isla de los piratas


Las Seychelles fueron durante siglos un secreto bien guardado. No había habitantes permanentes: solo piratas que escondían tesoros, esclavos fugados, y, más tarde, colonizadores franceses y británicos que se disputaban su posesión como quien pelea por el último pastel de boda. Francia las tuvo primero, luego los ingleses ganaron una batalla naval en 1810 y se quedaron con ellas en el Tratado de París.

Mientras tanto, el Coco de Mer seguía fascinado a todo aquel que lo veía. El misterio se mantuvo hasta 1768, cuando el explorador francés Marion Dufresne confirmó que las nueces venían de Praslin y no de ningún bosque submarino. Su segundo de a bordo, un tal Duchemin, se enteró de la novedad, regresó al año siguiente y saqueó los bosques a destajo para vender las nueces en la India. Fue, literalmente, el primer contrabandista de cocos dobles de la historia. La destrucción fue tan masiva que la especie nunca se ha recuperado del todo.

Una especie en apuros

Hoy la palmera doble sobrevive solo en Praslin (unos 4.000 ejemplares) y Curieuse (unos cientos). En otras islitas vecinas, donde también existía, desapareció. La UNESCO declaró la Vallée de Mai, el bosque más famoso de Praslin, Patrimonio de la Humanidad en 1983. Allí puedes caminar entre palmeras gigantes que parecen diseñadas para un escenario de Jurassic Park.

El problema es que estas palmeras tienen un sistema de reproducción poco práctico: frutos pesadísimos que caen justo al lado del árbol y semillas que tardan años en germinar. Para colmo, los humanos han talado bosques, provocado incendios, cosechado los frutos por codicia y, últimamente, introducido plantas invasoras. Como si fuera poco, el futuro de la especie está ligado al de un loro igualmente raro, Coracopsis nigra barklyi, conocido como loro negro de Seychelles. Esta ave ayuda a polinizar las flores y depende a su vez de ellas para alimentarse. Ambos, loro y coco, se están jugando la supervivencia juntos como en una comedia romántica de la naturaleza.

El pueblo criollo

Los seychellois, descendientes de esclavos africanos, colonos franceses, indios y chinos, se han mezclado en un mestizaje peculiar. Hablan un criollo musical y viven a un par de kilómetros como mucho del mar. Durante dos siglos cultivaron canela, vainilla y té, pero todo cambió en 1971 con la apertura del aeropuerto internacional: desde entonces, el turismo se convirtió en el motor de la economía.

Hoy las tiendas de recuerdos venden réplicas pulidas de coco doble en todas las formas y tamaños, pero llevarse uno de verdad está prohibido desde 1970. Los pocos frutos que se recogen del suelo son custodiados por el gobierno, que subasta algunos para financiar la conservación.

Aun así, el contrabando continúa. Un fruto auténtico puede alcanzar miles de dólares en el mercado negro. El atractivo es irresistible: ¿quién no querría en su salón un coco de tamaño descomunal con forma de trasero humano?

Lodoicea maldivica. A, copa con frutos de un ejemplar femenino. B, cocos con su cubierta inicial, verde. C, inflorescencia masculina en amento. D, semilla con el típico aspecto de nalgas humanas, E, las semillas servían para tallar el kashkul, un cuenco o recipiente en forma de barco, que los derviches (ascetas musulmanes, sobre todo sufíes) usaban para mendigar comida o limosna durante sus viajes espirituales. Funcionaba como un símbolo de renuncia al mundo: el derviche no tenía posesiones salvo ese cuenco, que llevaba colgado del hombro con una cadena o cuerda. Hoy son ejemplares codiciados por los museos.

Ciencia, mitos y risas

Los botánicos llevan siglos obsesionados con esta palmera. El jardinero jefe de Kew Gardens, en Londres, intentó cultivar semillas en el siglo XIX sin éxito: todas morían antes de germinar. El naturalista portugués García de Orta escribió en 1563 que las palmeras crecían bajo el mar, arrasadas por un tsunami. Otros médicos recetaban agua del coco como cura para la parálisis. En China, todavía hoy, las conchas se usan como cuencos sagrados en ciertas ceremonias budistas.

Algunos mitos son aún más pintorescos. En las islas se decía que, en noches de tormenta, las palmeras macho y hembra se frotaban produciendo sonidos inconfundibles: los árboles estaban “apareándose”. Nadie podía presenciarlo, advertían, porque quien se atreviera a mirar moriría en el acto. Lo cierto es que las palmeras no necesitan espectadores: con viento y loros les basta.

La batalla por el futuro

La conservación del Coco de Mer es hoy una empresa seria. Desde 1979 existe la Fundación de Islas Seychelles (SIF), que gestiona los parques naturales y protege tanto a las palmeras como al loro negro. Científicos como la botánica alemana Frauke Fleischer-Dogley han dedicado su vida a estudiar la genética y la ecología de la especie. Gracias a ellos, sabemos que cada árbol que hoy sobrevive es un milagro viviente con siglos de historia encima.

El desafío es enorme: las palmeras tardan medio siglo en dar sus primeros frutos, mientras que los turistas tardan dos segundos en hacer una foto con flash y seguir camino. Y sin embargo, sigue habiendo esperanza. Los viveros del gobierno plantan cada año nuevas plántulas y los bosques protegidos permiten que los visitantes vean en directo el coco más extravagante del planeta.

Epílogo con sonrisa

Al final, el Coco de Mer nos recuerda que la naturaleza tiene un sentido del humor peculiar. Nos da semillas que pesan lo mismo que un niño de tres años, palmeras que viven casi mil años, y frutos con formas tan sugerentes que hicieron perder la cabeza a exploradores, generales y reyes.

Es posible que, dentro de unos siglos, los humanos sigamos discutiendo sobre su origen, su simbolismo o sus supuestos poderes afrodisíacos. Pero lo que sí sabemos con certeza es que, si el Jardín del Edén hubiera estado en algún lugar, Praslin tendría muchas papeletas. Aunque, pensándolo bien, siete años para esperar un fruto es demasiado incluso para Adán y Eva.