Si alguna vez viajas a las islas
Seychelles —ese archipiélago de 115 islas perdidas en el océano Índico, tan
bello que parece un decorado diseñado por un turista suizo con mal gusto—,
tarde o temprano alguien intentará enseñarte un coco que parece… bueno, digamos
que la madre naturaleza tenía un día juguetón. Se llama Coco de Mer o doble
coco, y su fruto tiene una forma tan inconfundible que durante siglos inspiró
mitos, poemas, y seguramente más de un sonrojo victoriano.
Pero no adelantemos
acontecimientos.
Las Seychelles son un manojo de
islas diminutas esparcidas entre África e India. Algunas son atolones de coral
que apenas asoman sobre el mar, pero otras, como Praslin y Curieuse, son
reliquias geológicas: fragmentos de granito arrancados de Gondwana, el
supercontinente que se rompió hace más de 150 millones de años. Dicho de otro
modo: son los restos de una mudanza continental mal hecha. Y en esas islas
crece Lodoicea maldivica, el nombre científico del famoso coco doble, de
cuyos aspectos botánicos me
ocupé en este artículo.
El fruto de los mitos
El Coco de Mer tiene tres récords mundiales botánicos: produce el fruto más grande del planeta (hasta 42 kilos), la semilla más pesada (casi 18 kilos, que se muestra en la imagen) y unas flores de tamaño épico. Y lo hace con paciencia bíblica: un fruto tarda siete años en madurar y la planta no alcanza la madurez sexual hasta los 40 o 50. Algunas palmeras, las más viejas, llevan de pie ocho siglos, lo que significa que mientras en Europa la peste negra hacía estragos, ellas ya estaban tranquilamente produciendo hojas de cinco metros.
El problema —o la delicia— es la
forma. El coco recuerda de manera alarmantemente precisa a unas nalgas humanas
femeninas, y el “apéndice” masculino de la palmera macho tampoco deja lugar a
la imaginación. No es extraño que los marineros árabes que encontraban estas
semillas flotando en el Índico inventaran toda clase de historias: que
provenían de palmeras submarinas, que eran afrodisíacas, que curaban desde la
epilepsia hasta la resaca. En la corte de los reyes maldivos y cingaleses, cada
nuez era más valiosa que una esmeralda.
De hecho, el mismísimo general
Charles Gordon —un héroe británico de la época victoriana, célebre por su
bigote y su martirio en Jartum— visitó Praslin en 1881 y concluyó que aquel
árbol era nada menos que el Árbol del Conocimiento del Jardín del Edén. Según
él, la Biblia hablaba del Coco de Mer. Nadie le creyó, pero su entusiasmo fue
tal que hasta rediseñó el escudo de Seychelles colocando el coco en el centro.
Ahí sigue, en los billetes y documentos oficiales, como recuerdo de aquel
arrebato místico.
La isla de los piratas
Las Seychelles fueron durante
siglos un secreto bien guardado. No había habitantes permanentes: solo piratas
que escondían tesoros, esclavos fugados, y, más tarde, colonizadores franceses
y británicos que se disputaban su posesión como quien pelea por el último
pastel de boda. Francia las tuvo primero, luego los ingleses ganaron una
batalla naval en 1810 y se quedaron con ellas en el Tratado de París.
Mientras tanto, el Coco de Mer
seguía fascinado a todo aquel que lo veía. El misterio se mantuvo hasta 1768,
cuando el explorador francés Marion Dufresne confirmó que las nueces venían de
Praslin y no de ningún bosque submarino. Su segundo de a bordo, un tal
Duchemin, se enteró de la novedad, regresó al año siguiente y saqueó los
bosques a destajo para vender las nueces en la India. Fue, literalmente, el
primer contrabandista de cocos dobles de la historia. La destrucción fue tan
masiva que la especie nunca se ha recuperado del todo.
Una especie en apuros
Hoy la palmera doble sobrevive
solo en Praslin (unos 4.000 ejemplares) y Curieuse (unos cientos). En otras
islitas vecinas, donde también existía, desapareció. La UNESCO declaró la
Vallée de Mai, el bosque más famoso de Praslin, Patrimonio de la Humanidad en
1983. Allí puedes caminar entre palmeras gigantes que parecen diseñadas para un
escenario de Jurassic Park.
El problema es que estas palmeras
tienen un sistema de reproducción poco práctico: frutos pesadísimos que caen
justo al lado del árbol y semillas que tardan años en germinar. Para colmo, los
humanos han talado bosques, provocado incendios, cosechado los frutos por
codicia y, últimamente, introducido plantas invasoras. Como si fuera poco, el
futuro de la especie está ligado al de un loro igualmente raro, Coracopsis
nigra barklyi, conocido como loro negro de Seychelles. Esta ave ayuda a
polinizar las flores y depende a su vez de ellas para alimentarse. Ambos, loro
y coco, se están jugando la supervivencia juntos como en una comedia romántica
de la naturaleza.
El pueblo criollo
Los seychellois, descendientes de
esclavos africanos, colonos franceses, indios y chinos, se han mezclado en un
mestizaje peculiar. Hablan un criollo musical y viven a un par de kilómetros
como mucho del mar. Durante dos siglos cultivaron canela, vainilla y té, pero
todo cambió en 1971 con la apertura del aeropuerto internacional: desde
entonces, el turismo se convirtió en el motor de la economía.
Hoy las tiendas de recuerdos
venden réplicas pulidas de coco doble en todas las formas y tamaños, pero
llevarse uno de verdad está prohibido desde 1970. Los pocos frutos que se
recogen del suelo son custodiados por el gobierno, que subasta algunos para
financiar la conservación.
Aun así, el contrabando continúa.
Un fruto auténtico puede alcanzar miles de dólares en el mercado negro. El
atractivo es irresistible: ¿quién no querría en su salón un coco de tamaño
descomunal con forma de trasero humano?
![]() |
Ciencia, mitos y risas
Los botánicos llevan siglos
obsesionados con esta palmera. El jardinero jefe de Kew Gardens, en Londres,
intentó cultivar semillas en el siglo XIX sin éxito: todas morían antes de
germinar. El naturalista portugués García de Orta escribió en 1563 que las
palmeras crecían bajo el mar, arrasadas por un tsunami. Otros médicos recetaban
agua del coco como cura para la parálisis. En China, todavía hoy, las conchas
se usan como cuencos sagrados en ciertas ceremonias budistas.
Algunos mitos son aún más
pintorescos. En las islas se decía que, en noches de tormenta, las palmeras
macho y hembra se frotaban produciendo sonidos inconfundibles: los árboles
estaban “apareándose”. Nadie podía presenciarlo, advertían, porque quien se atreviera
a mirar moriría en el acto. Lo cierto es que las palmeras no necesitan
espectadores: con viento y loros les basta.
La batalla por el futuro
La conservación del Coco de Mer
es hoy una empresa seria. Desde 1979 existe la Fundación de Islas Seychelles
(SIF), que gestiona los parques naturales y protege tanto a las palmeras como
al loro negro. Científicos como la botánica alemana Frauke Fleischer-Dogley han
dedicado su vida a estudiar la genética y la ecología de la especie. Gracias a
ellos, sabemos que cada árbol que hoy sobrevive es un milagro viviente con
siglos de historia encima.
El desafío es enorme: las
palmeras tardan medio siglo en dar sus primeros frutos, mientras que los
turistas tardan dos segundos en hacer una foto con flash y seguir camino. Y sin
embargo, sigue habiendo esperanza. Los viveros del gobierno plantan cada año
nuevas plántulas y los bosques protegidos permiten que los visitantes vean en
directo el coco más extravagante del planeta.
Epílogo con sonrisa
Al final, el Coco de Mer nos
recuerda que la naturaleza tiene un sentido del humor peculiar. Nos da semillas
que pesan lo mismo que un niño de tres años, palmeras que viven casi mil años,
y frutos con formas tan sugerentes que hicieron perder la cabeza a
exploradores, generales y reyes.
Es posible que, dentro de unos siglos, los humanos sigamos discutiendo sobre su origen, su simbolismo o sus supuestos poderes afrodisíacos. Pero lo que sí sabemos con certeza es que, si el Jardín del Edén hubiera estado en algún lugar, Praslin tendría muchas papeletas. Aunque, pensándolo bien, siete años para esperar un fruto es demasiado incluso para Adán y Eva.