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viernes, 29 de agosto de 2025

EL PREPUCIO DE CRISTO Y LOS ANILLOS DE SATURNO

 

En los museos vaticanos se custodia el mastodóntico sarcófago de pórfido rojo de Santa Elena, la emperatriz Elena, madre de Constantino el Grande y, según la tradición transmitida por la Leyenda Dorada de Jácopo da Voragine, descubridora de la Vera Cruz de Cristo y coleccionista frenética (y frenopática) de otras reliquias de la pasión.

En su libro El fraude de la Sábana Santa y las reliquias de Cristo, Juan Eslava Galán aúna ironía, humor y rigor histórico para denunciar los fraudes perpetrados a lo largo de la historia con supuestas y pintorescas reliquias de Cristo: los abundantes Santos Prepucios, los Santos Pañales, las innumerables astillas de la Cruz, el guardarropa de la Virgen, los Santos Rostros y Verónicas, las Santas Espinas, los Santos griales, los Santos lugares… y todo el inmenso arsenal de trolas fraguado para estafar a los crédulos devotos.

Hubo, pues, un tiempo en que Europa estaba llena de prepucios de Cristo. Sí, han leído bien: prepucios, en plural. Hasta catorce se contaron en la Edad Media, como si la circuncisión del Niño Jesús hubiera producido una lluvia de fragmentos multiplicables.

La cosa empezó pronto. El evangelista Lucas dejó escrito (Lucas 2, 21) que, cumpliendo la ley de Moisés, al octavo día de su nacimiento el niño fue circuncidado en un acto en que también «le pusieron por nombre Jesús, el cual le había sido puesto por el ángel antes que fuera concebido» (en referencia al episodio de la anunciación).

Recuérdese a estos efectos, que circuncisión es la ablación ritual del prepucio en una ceremonia que los judíos ortodoxos están obligados a seguir. La inevitable pregunta surgió siglos más tarde: ¿qué se hizo del pellejito? Una lógica piadosa concluía que debía haberse guardado, porque en la Edad Media todo lo que oliera a corporalidad de Cristo era codiciado. Un pelo, una gota de leche de la Virgen, un diente del Bautista… El prepucio, siendo el primer despojo carnal del Salvador, valía oro.

Izquierda: Circuncisión de Jesús de Friedrich Herlin, 1466. Derecha: El Prepucio Sagrado, también conocido como Sanctam Virtutem, es una reliquia que ha sido venerada por los cristianos durante siglos. Según la tradición, María retuvo el prepucio después de la circuncisión de Jesús y se transmitió de generación en generación hasta que se lo entregó al Papa Clemente VII en 1527. El prepucio de la imagen fue venerado en la Catedral de Orvieto en Italia hasta 1983.

Carlomagno, siempre tan oportuno, aseguró haber recibido de manos angélicas la reliquia. No dudó en enviarla a Roma, al papa León III, como quien regala un Rolex al suegro. Como sucedió con el resto de reliquias, la demanda superaba la oferta, así que los avispados surgieron como setas y los sagrados pellejitos empezaron a multiplicarse por toda Europa hasta llegar a la cifra de 21 prepucios distintos.

Muchas iglesias empezaron a competir por demostrar la autenticidad del suyo. En el siglo XII los monjes de la Archibasílica de San Juan de Letrán en Roma intentaron que el Papa Inocencio III nombrara su prepucio como auténtico, pero no lo consiguieron. Sí tuvieron más suerte los monjes del monasterio de Charroux, en Francia, que se presentaron en Roma con el supuesto prepucio, que según ellos debía ser el verdadero porque sangraba, y consiguieron que el Papa Clemente VII lo declarara el auténtico prepucio de Jesucristo y garantizara indulgencias a todos los que peregrinaran para contemplarlo. Convertido en un prepucio con denominación de origen, el de Charroux atraía peregrinos como un imán.

El prepucio, además, tenía usos místicos. Santa Brígida de Suecia, visionaria incansable, juraba que en éxtasis lo había probado con la lengua y que le supo a miel celestial. Catalina de Siena, no queriendo ser menos, lo convirtió en alianza invisible: aseguraba que Cristo mismo le había puesto el prepucio como anillo de bodas místicas. En la iconografía la pintan desposándose con el Niño Jesús; la anécdota del anillo de pellejo se omite por decoro.

En un tiempo en que no había televisión, fútbol ni toros, estaba claro que los teólogos iban a complicar las cosas. Si Cristo resucitó íntegro, ¿no debió reaparecer también el prepucio? Algunos doctores dijeron que sí, que el pellejo voló al cielo en la Ascensión y se convirtió en los anillos de Saturno, recién descubiertos por Galileo. La astronomía y la devoción, ya se ve, se llevaban de la mano.

El disparatado y sabroso asunto de los anillos prepuciales tiene su fundamento, que diría Arguiñano. El vínculo aparece en textos de los siglos XVII-XVIII, cuando los astrónomos empiezan a observar los anillos de Saturno con telescopios relativamente modernos. Galileo los había visto en 1610, pero no entendía bien qué eran; Christiaan Huygens en 1655 identificó claramente que se trataba de un anillo.

En ese contexto, algunos eruditos y predicadores se lanzaron a especular. La imagen de un fragmento de Cristo “ascendido al cielo” daba pie a imaginar destinos celestiales para el prepucio. El caso más citado es el del jesuita Leo Allatius (1586-1669), bibliotecario del Vaticano y autor de un opúsculo titulado De Praeputio Domini Nostri Jesu Christi Diatriba (Disquisición sobre el prepucio de Nuestro Señor Jesucristo). En él reflexiona sobre el destino de la reliquia: si Cristo resucitó íntegro, ¿dónde quedó el pellejo? Allatius especuló con que pudo haberse transformado en un fenómeno celeste, y más tarde la imaginación popular (y la sátira ilustrada) unió esa idea a los recién descubiertos anillos de Saturno.

Como del De Praeputio no se conservan copias íntegras, no está del todo claro si Allatius mencionó explícitamente los anillos de Saturno o si fue una extrapolación posterior de comentaristas, cronistas y libelistas burlones del XVIII, que vincularon esa ocurrencia con los anillos de Saturno, recién descubiertos. Es un ejemplo perfecto de cómo la frontera entre teología seria y humor involuntario podía ser muy tenue en la erudición barroca.

Roma nunca estuvo cómoda con tanta imaginación. La Iglesia, incómoda, decidió meter la tijera. El papa Inocencio XI, hombre sobrio, prohibió en el siglo XVII hablar del asunto. Y ya en el XX, cuando todavía en el pueblecito de Calcata (Italia) se organizaban procesiones con la reliquia cada 1 de enero, el Vaticano hizo discretas presiones. En 1983 la reliquia desapareció misteriosamente del convento. Un robo nunca aclarado: quizá fue cosa de ladrones devotos, quizá de emisarios vaticanos que prefirieron guardar el pellejo en algún cajón ignoto de los Archivos Secretos.

Sea como fuere, el Santo Prepucio pertenece hoy a esa categoría de reliquias incómodas que hacen sonrojar a los curas y sonreír a los historiadores. Un ejemplo perfecto de cómo la Edad Media necesitaba objetos palpables para creer en lo invisible. Y si alguien pregunta qué fue del prepucio de Cristo, siempre cabe responder con retranca: ahí arriba está, dando vueltas alrededor de Saturno.