En su libro El fraude de la
Sábana Santa y las reliquias de Cristo, Juan Eslava Galán aúna ironía, humor
y rigor histórico para denunciar los fraudes perpetrados a lo largo de la historia
con supuestas y pintorescas reliquias de Cristo: los abundantes Santos
Prepucios, los Santos Pañales, las innumerables astillas de la Cruz, el
guardarropa de la Virgen, los Santos Rostros y Verónicas, las Santas Espinas,
los Santos griales, los Santos lugares… y todo el inmenso arsenal de trolas
fraguado para estafar a los crédulos devotos.
Hubo, pues, un tiempo en que
Europa estaba llena de prepucios de Cristo. Sí, han leído bien: prepucios, en
plural. Hasta catorce se contaron en la Edad Media, como si la circuncisión del
Niño Jesús hubiera producido una lluvia de fragmentos multiplicables.
La cosa empezó pronto. El
evangelista Lucas dejó escrito (Lucas 2, 21) que, cumpliendo la ley de
Moisés, al octavo día de su nacimiento el niño fue circuncidado en un acto en
que también «le pusieron por nombre Jesús, el cual le había sido puesto por el
ángel antes que fuera concebido» (en referencia al episodio de la anunciación).
Recuérdese a estos efectos, que
circuncisión es la ablación ritual del prepucio en una ceremonia que los judíos
ortodoxos están obligados a seguir. La inevitable pregunta surgió siglos más
tarde: ¿qué se hizo del pellejito? Una lógica piadosa concluía que debía
haberse guardado, porque en la Edad Media todo lo que oliera a corporalidad de
Cristo era codiciado. Un pelo, una gota de leche de la Virgen, un diente del
Bautista… El prepucio, siendo el primer despojo carnal del Salvador, valía oro.
Carlomagno, siempre tan oportuno, aseguró haber recibido de manos angélicas la reliquia. No dudó en enviarla a Roma, al papa León III, como quien regala un Rolex al suegro. Como sucedió con el resto de reliquias, la demanda superaba la oferta, así que los avispados surgieron como setas y los sagrados pellejitos empezaron a multiplicarse por toda Europa hasta llegar a la cifra de 21 prepucios distintos.
Muchas iglesias empezaron a
competir por demostrar la autenticidad del suyo. En el siglo XII los monjes de
la Archibasílica de San Juan de Letrán en Roma intentaron que el Papa Inocencio
III nombrara su prepucio como auténtico, pero no lo consiguieron. Sí tuvieron
más suerte los monjes del monasterio de Charroux, en Francia, que se
presentaron en Roma con el supuesto prepucio, que según ellos debía ser el
verdadero porque sangraba, y consiguieron que el Papa Clemente VII lo declarara
el auténtico prepucio de Jesucristo y garantizara indulgencias a todos los que
peregrinaran para contemplarlo. Convertido en un prepucio con denominación de
origen, el de Charroux atraía peregrinos como un imán.
El prepucio, además, tenía usos místicos. Santa Brígida de
Suecia, visionaria incansable, juraba que en éxtasis lo había probado con la
lengua y que le supo a miel celestial. Catalina de Siena, no queriendo ser
menos, lo convirtió en alianza invisible: aseguraba que Cristo mismo le había
puesto el prepucio como anillo de bodas místicas. En la iconografía la pintan
desposándose con el Niño Jesús; la anécdota del anillo de pellejo se omite por
decoro.
En un tiempo en que no había
televisión, fútbol ni toros, estaba claro que los teólogos iban a complicar las
cosas. Si Cristo resucitó íntegro, ¿no debió reaparecer también el prepucio?
Algunos doctores dijeron que sí, que el pellejo voló al cielo en la Ascensión y
se convirtió en los anillos de Saturno, recién descubiertos por Galileo. La
astronomía y la devoción, ya se ve, se llevaban de la mano.
El disparatado y sabroso asunto
de los anillos prepuciales tiene su fundamento, que diría Arguiñano. El vínculo
aparece en textos de los siglos XVII-XVIII, cuando los astrónomos empiezan a
observar los anillos de Saturno con telescopios relativamente modernos. Galileo
los había visto en 1610, pero no entendía bien qué eran; Christiaan Huygens en
1655 identificó claramente que se trataba de un anillo.
En ese contexto, algunos eruditos
y predicadores se lanzaron a especular. La imagen de un fragmento de Cristo
“ascendido al cielo” daba pie a imaginar destinos celestiales para el prepucio.
El caso más citado es el del jesuita Leo Allatius (1586-1669), bibliotecario
del Vaticano y autor de un opúsculo titulado De Praeputio Domini Nostri Jesu
Christi Diatriba (Disquisición sobre el prepucio de Nuestro Señor
Jesucristo). En él reflexiona sobre el destino de la reliquia: si Cristo
resucitó íntegro, ¿dónde quedó el pellejo? Allatius especuló con que pudo
haberse transformado en un fenómeno celeste, y más tarde la imaginación popular
(y la sátira ilustrada) unió esa idea a los recién descubiertos anillos de
Saturno.
Como del De Praeputio no
se conservan copias íntegras, no está del todo claro si Allatius mencionó
explícitamente los anillos de Saturno o si fue una extrapolación posterior de
comentaristas, cronistas y libelistas burlones del XVIII, que vincularon esa
ocurrencia con los anillos de Saturno, recién descubiertos. Es un ejemplo
perfecto de cómo la frontera entre teología seria y humor involuntario podía
ser muy tenue en la erudición barroca.
Roma nunca estuvo cómoda con
tanta imaginación. La Iglesia, incómoda, decidió meter la tijera. El papa
Inocencio XI, hombre sobrio, prohibió en el siglo XVII hablar del asunto. Y ya
en el XX, cuando todavía en el pueblecito de Calcata (Italia) se organizaban
procesiones con la reliquia cada 1 de enero, el Vaticano hizo discretas
presiones. En 1983 la reliquia desapareció misteriosamente del convento. Un
robo nunca aclarado: quizá fue cosa de ladrones devotos, quizá de emisarios
vaticanos que prefirieron guardar el pellejo en algún cajón ignoto de los Archivos
Secretos.