Durante años se ha repetido una
frase que suena tranquilizadora, casi reconfortante: tenemos Internet gracias a
la investigación militar. Es una frase ordenada, jerárquica, con un aroma a
despacho bien iluminado y decisiones firmes adoptadas entre estrellas y galones.
Sugiere que alguien, en algún momento, supo exactamente lo que estaba haciendo
y que el resultado es este caos organizado que usamos a diario para trabajar,
discutir y ver vídeos de gatos.
El problema es que no es verdad.
O, para ser más precisos, no es exactamente verdad. Internet no es un invento
militar, aunque durante un tiempo fuera pagado por militares. Y esa diferencia,
que parece menor, lo explica casi todo.
La historia suele empezar en
ARPANET, una red creada a finales de los años sesenta por una agencia del
Departamento de Defensa de Estados Unidos llamada ARPA, luego DARPA. A partir
de ahí, el relato se simplifica peligrosamente: Defensa financia una red, por
tanto, la red es militar. Pero esa lógica es como decir que las autopistas son
inventos bélicos porque el Estado las paga. La financiación explica el
contexto; no define el propósito.
ARPANET no se diseñó para dirigir
guerras ni para resistir ataques nucleares, pese a lo mucho que se repite esa
idea. De hecho, nadie en el proyecto estaba especialmente preocupado por las
bombas atómicas. El problema que intentaban resolver era mucho más pedestre:
los ordenadores eran enormes, carísimos y estaban infrautilizados. Las
universidades y centros de investigación tenían máquinas potentes que solo
podían usar unos pocos investigadores locales. La idea de conectarlas para
compartir recursos parecía sensata, casi doméstica. Nada heroico. Nada
estratégico. Simplemente práctico.
Mapa
lógico de la ARPANET tal como existía en abril de 1971. Ilustra la estructura
de la red, mostrando los nodos interconectados y los ordenadores anfitriones
conectados a ellos. La red estaba compuesta por 15 Procesadores de Mensajes de
Interfaz (IMP). Entre las instituciones clave conectadas se encontraban La
Universidad de California Los Ángeles (UCLA), la Universidad de Stanford en
California, el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT), la Universidad de Harvard
y la RAND Corporation, un grupo estadounidense creado originalmente para
asesorar a las Fuerzas Aéreas tras la Segunda Guerra Mundial. Varios
ordenadores estaban conectados a los IMP, como el PDP-10, el IBM 1800 y el
ILLIAC IV. El mapa muestra la etapa inicial de la red que más tarde se
convertiría en la base del internet moderno. Fuente.
Quienes construyeron ARPANET no
fueron generales ni estrategas, sino ingenieros, matemáticos e informáticos
civiles, muchos de ellos universitarios con barba, gafas gruesas y una
paciencia infinita para discutir protocolos. Los militares ponían el dinero,
sí, pero no diseñaban la red ni dictaban su funcionamiento. De hecho, uno de
los grandes aciertos del proyecto fue que los responsables políticos no
entendían del todo qué se estaba haciendo. Eso permitió algo rarísimo en la
administración pública: que los técnicos trabajaran con bastante libertad.
El correo electrónico, por
ejemplo, no fue una orden ni una necesidad militar. Surgió porque era útil.
Alguien escribió un programa para mandar mensajes entre ordenadores y, de
repente, la red empezó a usarse más para comunicarse que para compartir capacidad
de cálculo. Nadie lo había previsto. Nadie lo había autorizado formalmente.
Simplemente funcionaba.
Lo mismo ocurrió con la
arquitectura descentralizada de la red. No fue una genialidad estratégica
pensada para sobrevivir a una guerra nuclear, sino una solución elegante a un
problema técnico: qué hacer cuando un nodo falla. La respuesta fue repartir la
inteligencia de la red y evitar puntos únicos de colapso. Una decisión técnica
que luego adquirió un aura casi filosófica.
Hasta aquí, todo podría haber
quedado en una curiosidad académica bien financiada. De hecho, si ARPANET
hubiera sido un proyecto militar al uso, eso es exactamente lo que habría
pasado. Habría sido cerrada, clasificada, limitada a unos pocos usuarios autorizados.
No habría salido jamás de Estados Unidos y probablemente nadie fuera del
Pentágono habría oído hablar de ella.
Pero ocurrió algo poco habitual.
Los protocolos que hacían funcionar la red se hicieron públicos. Cuando en los
años setenta y ochenta se desarrollaron TCP/IP, nadie los patentó, nadie los
convirtió en un estándar propietario y nadie exigió licencias. Cualquiera podía
usarlos. Cualquiera podía implementarlos. Cualquiera podía mejorarlos. Fue una
decisión técnica que tuvo consecuencias políticas enormes.
Aquí aparece la pregunta clave:
¿por qué Estados Unidos permitió eso? ¿Por qué soltó el control? La respuesta
corta es que no lo hizo por altruismo, sino por una combinación de pragmatismo,
confianza institucional y un contexto histórico muy específico.
En primer lugar, porque el
objetivo original ya estaba cumplido. ARPANET había servido para conectar
centros de investigación y demostrar que el sistema funcionaba. Desde el punto
de vista militar, el interés era limitado. No era un arma, no daba ventaja
inmediata y no encajaba bien en la lógica de secreto que rige el mundo de la
defensa.
En segundo lugar, porque el
sistema académico estadounidense era —y sigue siendo— extraordinariamente
influyente. Las universidades tenían peso, prestigio y capacidad de presión.
Internet creció en un ecosistema donde compartir conocimiento era un valor central.
Convertir la red en un coto cerrado habría sido ir contra la cultura que la
había hecho posible.
En tercer lugar, porque Estados
Unidos confiaba en su ventaja estructural. Liberar los protocolos no se
percibía como una amenaza, sino como una oportunidad. Si el mundo iba a
conectarse, mejor que lo hiciera usando estándares diseñados en universidades estadounidenses,
con empresas estadounidenses listas para aprovecharlos. Y eso fue exactamente
lo que ocurrió.
A finales de los años ochenta, el
interés militar en la red se había evaporado casi por completo. ARPANET se
apagó en 1990 sin ceremonias. Internet, en cambio, estaba a punto de empezar de
verdad. Las universidades se conectaban entre sí, las empresas comenzaban a
experimentar y la red dejaba de ser un experimento para convertirse en
infraestructura.
El empujón definitivo llegó desde
un lugar inesperado: el CERN, en Suiza. Allí, un físico británico propuso una
forma sencilla de enlazar documentos usando hipertexto. No lo hizo para
conquistar mercados ni para transformar el mundo, sino para que los científicos
compartieran información sin volverse locos. Lo llamó World Wide Web y, en un
gesto que hoy parece casi subversivo, lo liberó al dominio público.
La web no tiene absolutamente
nada de militar. Es, si acaso, un invento burocrático: nació para organizar
papeles. Pero era simple, gratuita y útil. Tres cualidades que suelen ser
letales para cualquier sistema alternativo. A partir de ahí, Internet se convirtió
en lo que conocemos: una red global, civil, caótica, comercial y profundamente
humana.
El mito del Internet militar
persiste porque simplifica una historia compleja y encaja bien con la narrativa
de la Guerra Fría. También porque confunde financiación con autoría y porque da
una falsa sensación de control. Es reconfortante pensar que alguien diseñó todo
esto. La realidad es más inquietante: Internet no fue diseñado. Emergió.
Decir que tenemos Internet
gracias a la investigación militar es como decir que tenemos la medicina
moderna gracias a las guerras. Hay algo de verdad: dinero, urgencia, contexto.
Pero lo decisivo no es la guerra, sino los médicos, los hospitales y la ética
profesional. Con Internet ocurre lo mismo. Lo importante no fue el uniforme,
sino la bata.
La formulación más honesta sería
esta: Internet nació de investigación pública financiada en parte por el ámbito
militar, pero fue concebida, desarrollada y expandida por científicos civiles y
universidades, y se convirtió en lo que es gracias a su apertura, no a su
origen.
O, dicho de forma menos elegante
pero más clara: Internet no es un invento militar. Es un invento civil que tuvo
la suerte —y la rareza histórica— de que quien pagaba supo cuándo apartarse y
dejarlo crecer.
Eso, visto con perspectiva, puede
que sea el verdadero milagro tecnológico del siglo XX.