«El pasado es obstinado». La
frase aparece en 22/11/63, la extraordinaria novela de Stephen King en
la que un hombre intenta corregir una fecha concreta —la del asesinato de
Kennedy— y descubre que el tiempo no acepta correcciones sin presentar una
factura detallada. Cada intento de ajuste provoca un desorden mayor que el
anterior. El tiempo, viene a decir King, es como un gato. Hace lo que quiere y
se ofende si lo tocas.
En cierto modo, el viaje en el
tiempo sí existe. Basta con tomar un avión de Lisboa a Ankara o a Moscú para
desplazarse tres horas en el reloj. No cambia tu edad, ni tu carácter, ni tu
cuenta bancaria, pero confunde lo suficiente como para que durante unos minutos
no sepas si tienes hambre, sueño o ambas cosas a la vez.
Durante la mayor parte de la
historia humana, esta clase de confusión no existía. Nadie necesitaba saber qué
hora era en otra ciudad. Bastaba con mirar al cielo y aceptar que el mediodía
llegaba cuando el sol decidía ponerse en lo alto. Era un sistema primitivo, sí,
pero tenía una gran ventaja: funcionaba.
Hasta el siglo XIX, cada ciudad
vivía en su propio presente. La hora era local, subjetiva y bastante flexible.
Si el reloj de la plaza decía una cosa y el sol otra, se le daba la razón al
sol. Y si alguien llegaba tarde, siempre podía culpar a la sombra de la torre.
El problema apareció con el
ferrocarril, una invención extraordinaria que, además de transportar personas y
mercancías, introdujo un concepto inquietante: la puntualidad compartida. De
repente, no bastaba con salir “más o menos” a una hora. Había que salir
exactamente a la misma hora que figuraba en un papel impreso. Eso fue el
principio del fin.
Durante un tiempo se intentó
convivir con el caos. En Estados Unidos, por ejemplo, llegaron a coexistir más
de trescientas horas locales distintas. Algunas estaciones tenían varios
relojes, cada uno marcando la hora correcta para una línea distinta. Era como
un museo del tiempo, pero con trenes. Los viajeros aprendieron a vivir con
ello. Perdían trenes, discutían con revisores y llegaban tarde a destinos que
aún no sabían exactamente en qué hora vivían.
Este método de cronometraje se
vio cuestionado en 1853 cuando, en Nueva Inglaterra, dos trenes que se dirigían
uno hacia el otro, en la misma vía, colisionaron. Podría haberse evitado si los
conductores hubieran tenido la misma hora en sus relojes. El desastre provocó
la muerte de catorce pasajeros y diecisiete heridos, lo que puso de relieve los
peligros de no contar con una hora ferroviaria estandarizada. Pero estandarizar
la hora en los ferrocarriles norteamericanos resultó ser mucho más difícil de
lo previsto, por lo que la idea estuvo prácticamente paralizada drente más de veinte
años.
En 1878, Sir Sandford Fleming, ingeniero ferroviario canadiense, tuvo una idea revolucionaria. Inspirado por un error en un horario de trenes, cuando una confusión entre AM y PM le hizo perder su tren, Fleming ideó la creación de un reloj de veinticuatro horas (hora militar). Tras esta propuesta, Fleming concibió la idea de implementar otras tantas zonas horarias en todo el mundo. Las zonas horarias, según Fleming, tendrían cada una quince grados de longitud de ancho; en pocas palabras, una hora de ancho.
El cálculo que ahora parece pan comido es que la Tierra gira 360° en un día, lo que, dividido entre veinticuatro se obtienen 15° y, ¡por lo tanto, zonas horarias iguales! Aunque inicialmente se enfrentaron a cierta resistencia, en 1883, las compañías ferroviarias de Estados Unidos decidieron operar en cuatro zonas horarias, y poco después, el resto del mundo siguió su ejemplo.
En 1884, se celebró en Washington la Conferencia Internacional del Meridiano, una reunión en la que representantes de varios países discutieron algo aparentemente sencillo: dónde empieza el mundo. Ganó Greenwich. No porque fuera el mejor sitio, sino porque los británicos ya lo usaban y tenían barcos en todas partes. Francia votó en contra, y durante décadas siguió usando su propio meridiano en París, porque el orgullo nacional también tiene huso horario.
Así como el Ecuador divide la
Tierra en los hemisferios norte y sur, el meridiano de Greenwich divide la
Tierra en los hemisferios este y oeste. Básicamente:
La latitud 0º
es el Ecuador y sus líneas corren horizontalmente.
La longitud 0º
es el meridiano de Greenwich y sus líneas corren verticalmente.
El Meridiano de Greenwich es
importante porque sirve como punto de referencia para los mecanismos de
medición del tiempo del mundo tal como los conocemos. El GMT (Tiempo Medio de
Greenwich) es la base del sistema de husos horarios estándar.
Aunque sobre el papel, los husos horarios son elegantes franjas verticales limpias, ordenadas, casi racionales, en la realidad son una pesadilla cartográfica. Se doblan, se estiran y hacen curvas imposibles para no molestar a países, provincias, islas, intereses económicos o señores muy serios con bigote que un día dijeron “aquí no”.
Y es que, si bien la idea de
Fleming de crear veinticuatro husos horarios perfectamente uniformes era lógica
y parecía tener un amplio apoyo en su momento, no se mantuvo plenamente vigente
por mucho tiempo. Si bien técnicamente existen veinticuatro husos horarios
estándar, hoy en día existen entre treintaiocho y cuarenta reconocidos en todo
el mundo. Esta discrepancia se debe en gran medida a que los países no siguen
diferencias horarias de una hora completa con respecto al GMT, como India y
Nepal, que operan en GMT+5:30 y GMT+5:45 respectivamente.
En el caso de la India, y de
manera similar en China, la decisión de mantener una única zona horaria
nacional fue impulsada por el liderazgo político con la intención de unificar
el país bajo una hora estándar. La zona horaria de la India tiene también raíces
históricas en el dominio colonial británico.
España vive en el mismo huso que
Alemania, pese a que el sol insiste en comportarse como si estuviéramos en el
de Portugal. Aunque hay quien sostiene que Franco cambió nuestro huso para adaptarlo
al de los alemanes, nadie recuerda bien por qué ocurrió, pero como cambiarlo
implicaría reuniones, informes y opiniones, se ha decidido que lo mejor es
seguir tal y como estamos.
Rusia, cansada de cambiar el
reloj dos veces al año, decidió dejar de hacerlo. Turquía hizo lo mismo. Otros
países lo estudian, lo debaten, lo votan, lo posponen y vuelven a estudiarlo.
El resultado es que el mapa horario europeo parece diseñado por alguien que
empezó con entusiasmo y terminó con sueño.
Mientras que, siguiendo la lógica
de Fleming, los científicos que viven en la Antártida simplemente usan el GMT, el
continente se dividiría en veinticuatro pequeñas zonas horarias. ¡Qué manera de
pasar la Nochevieja, celebrando el Año Nuevo a cada hora, todo el día! ¡Eso sí
que es una fiesta!
Y es que nada de esto tiene que
ver con el tiempo real. Los relojes no miden el tiempo: miden decisiones
humanas. Decisiones políticas, económicas y sociales que aceptamos porque la
alternativa —que cada uno viva al sol que más le caliente— sería aún más
caótica.
Por eso viajar en avión produce
esa sensación infantil de haber ganado o perdido horas sin merecerlo. No has
hecho nada heroico. No estás en el mundo imaginario de detrás del espejo.
Simplemente has cruzado una línea imaginaria que alguien dibujó hace más de un
siglo para que los trenes no colisionaran.
Como advertía Stephen King, el
tiempo no acepta bien las correcciones. Cada ajuste genera pequeñas molestias: jet
lag, reuniones a horas absurdas, informativos que no coinciden,
videollamadas en las que alguien bosteza siempre. Nada grave, pero todo
constante.
La pregunta inevitable es por qué
seguimos tocando el reloj, por qué continuamos modificando la hora si nadie
parece estar satisfecho. La respuesta es decepcionante: porque ya estamos
demasiado metidos en el lío. El sistema funciona lo suficiente como para que
cambiarlo resulte aún más complicado que soportarlo.
El tiempo moderno es una
infraestructura invisible. Como el alcantarillado o el wifi, solo pensamos en
él cuando falla. Y cuando falla, suele hacerlo de madrugada, un domingo, con el
reloj del microondas parpadeando y la vaga sensación de que alguien nos ha
robado una hora de vida sin pedir permiso.
No hemos inventado la máquina del
tiempo. Pero hemos creado algo quizá más inquietante: un sistema global que
permite desplazarse por el tiempo administrativo con solo cruzar una frontera.
Y eso, para una especie que durante milenios se conformó con mirar al cielo y decir “más o menos ahora”, es un logro notable. O una advertencia. Depende de la hora a la que lo leas.