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| Ricard Ferrandiz: El capitán Trueno y Sigrid se casan. |
Groenlandia me ha llamado desde
que era niño y leía los tebeos del Capitán Trueno. Me fascinaba la bella y
elegante Sigrid, la amada del Capitán, que no era una princesa ornamental sino
reina de Thule, un reino del norte remoto y helado donde los hombres hablaban
poco, cumplían su palabra y no parecían especialmente interesados en conquistar
el mundo. Como suele ocurrir con los mitos infantiles bien asentados, un día
quise saber más. Así que recurrí a la enciclopedia Espasa, ese Google en papel
que exigía bíceps y paciencia, y busqué Thule. Descubrí entonces que no era
solo un escenario de tebeo, sino también un lugar real o casi real: el
asentamiento más septentrional del mundo conocido, situado al norte de
Groenlandia, allí donde los mapas empiezan a pedir disculpas.
Mi imaginación quedó atrapada
para siempre en ese punto del planeta. Y más aún cuando tropecé con la historia
de Erik el Rojo, el vikingo que tuvo la brillante idea de llamar Greenland
(Tierra Verde) a uno de los mayores pedazos de hielo del hemisferio norte. Lo
hizo para atraer colonos y funcionó. Aquello me pareció prodigioso: cambiar la
realidad con una palabra. Años después comprendí que esa habilidad —rebautizar
el mundo para hacerlo más vendible— no se perdió con los vikingos, sino que ha
tenido una larga y próspera descendencia.
Por eso, cuando Donald Trump
afirmó en televisión que el hecho de que un barco danés llegara a Groenlandia
hace quinientos años no da derecho a poseer la isla, sentí una mezcla de déjà
vu y alarma histórica. La frase tiene esa cualidad tan suya de sonar
razonable durante tres segundos y luego desplomarse como una silla plegable mal
abierta. Porque, con el mismo argumento, cabría preguntarse qué derecho tienen
los anglosajones a poseer Estados Unidos, si llegaron a las costas de Nueva
Inglaterra hace prácticamente el mismo tiempo, armados de Biblias, escopetas y
una extraordinaria fe en que Dios siempre estaba de su lado… inmobiliario.
El problema de ese razonamiento
es que no desmonta solo a Dinamarca: haría saltar por los aires medio planeta.
América entera, Australia, buena parte de África y Asia quedarían en suspenso
jurídico, como si la historia internacional funcionara con tiques de
aparcamiento que caducan a los cinco siglos. Pero Trump no hablaba de
coherencia histórica; hablaba de propiedad, una palabra muy peligrosa cuando se
aplica a territorios, pueblos y milenios.
Para empezar, conviene corregir
el dato. Los primeros europeos que llegaron a Groenlandia no eran daneses. Eran
noruegos, y llegaron hacia el año 985 empujados por el destierro, la violencia
interpersonal y una notable resistencia al frío. Erik el Rojo, nacido en
Noruega, fue expulsado primero de su país y luego de Islandia, antes de decidir
que siempre quedaba un oeste más lejano al que huir.
Los asentamientos que fundó en
Groenlandia fueron colonias noruegas: dependían políticamente del rey de
Noruega, pagaban diezmos a la Iglesia noruega y mantenían lazos constantes con
Islandia. Dinamarca no pintaba absolutamente nada en ese momento. Groenlandia
formaba parte del mundo atlántico noruego, ese arco de islas y costas donde los
vikingos sobrevivían más por tozudez que por comodidad.
Otros tipos fascinantes los
vikingos, unos tipos fortachones a los que no importaba lucir una hermosa
cornamenta. Parte del malentendido moderno procede de imaginar a los vikingos
como una franquicia homogénea del tipo Starbucks: todos iguales, todos
daneses, todos astados como mihuras, todos con el mismo mapa mental. En
realidad, hubo tres grandes áreas vikingas, con rutas y destinos bien
distintos.
Los vikingos noruegos miraron al
Atlántico: Irlanda, Escocia, Islandia, Groenlandia y, finalmente, América del
Norte. Colonizaron islas y costas donde el viento no perdonaba. Los vikingos
daneses miraron al sur y al oeste: Inglaterra, Francia, el mar del Norte.
Gobernaron, cobraron impuestos y dejaron una huella política duradera. Los
vikingos suecos, los varegos, miraron al este: ríos interminables, comercio con
Bizancio y el mundo islámico.
Groenlandia pertenece sin
discusión al mundo noruego, no al danés. Así que el famoso “barco danés” de
Trump no solo llega tarde: llega al sitio equivocado.
Los colonos nórdicos
sobrevivieron en Groenlandia durante varios siglos. Luego, desaparecieron.
Probablemente por una combinación letal de enfriamiento climático, aislamiento,
falta de recursos y mala suerte. Europa miró hacia otro lado y Groenlandia quedó,
durante generaciones, como un territorio inuit, habitado por los antepasados de
los actuales Kalaallit, expertos en hielo, caza marina y supervivencia extrema.
Y aquí es donde Groenlandia
empieza a estropear los discursos coloniales clásicos. No hubo una conquista
continua ni una expansión imparable. Hubo llegada, retirada y olvido. Algo muy
poco compatible con las narrativas épicas. Dinamarca entró en escena no por
exploración heroica, sino por herencia política. En 1380, Noruega y Dinamarca
quedaron unidas bajo un mismo monarca. Más tarde se sumó Suecia en la Unión de
Kalmar, uno de esos inventos políticos medievales que sobre el papel parecían
una gran idea y en la práctica funcionaron como una mesa coja: se mantenía en
pie, pero nadie se atrevía a apoyar demasiado peso.
La arquitecta de la Unión fue
Margarita I, reina de Dinamarca y una de las figuras políticas más
impresionantes de la Europa medieval. Su objetivo era simple y muy sensato:
frenar el poder de la Liga Hanseática y de los principados alemanes, que se
estaban quedando con el comercio del Báltico como quien se queda con las
mejores mesas del restaurante. Unir Escandinavia significaba controlar rutas
comerciales, recursos y defensa común, al menos en teoría.
Así que, entre 1397 y 1523, Dinamarca,
Noruega y Suecia estuvieron reunidas bajo un mismo monarca. No era un Estado
unificado, sino tres reinos distintos con un solo rey. Cada uno conservaba sus
leyes, su nobleza y sus problemas, lo cual garantizaba que los problemas se
multiplicaran. Groenlandia, como colonia noruega, quedó incluida
automáticamente en esa Unión.
En 1523, Gustavo Vasa lideró la
ruptura definitiva. Suecia se separó, creó su propio Estado moderno y dejó a
Dinamarca y Noruega unidas un par de siglos más. La Unión se disolvió, pero sus
efectos duraron siglos: explica rivalidades, guerras posteriores y, sobre todo,
por qué Dinamarca heredó territorios noruegos como Groenlandia, Islandia y las
Feroe.
Cuando en 1814 Dinamarca perdió
Noruega tras las guerras napoleónicas, conservó Groenlandia, Islandia y las
Feroe. No por capricho, sino por tratados internacionales. A partir de
entonces, Groenlandia fue danesa por continuidad legal, no por desembarco reciente
ni por entusiasmo imperial.
Durante los siglos XVIII y XIX,
Dinamarca recolonizó Groenlandia de forma lenta, administrativa y relativamente
silenciosa. Fue colonia, luego provincia, y finalmente territorio autónomo.
Hoy, Groenlandia gobierna casi todos sus asuntos internos y mantiene un debate
abierto sobre su independencia futura.
No es un botín olvidado esperando
comprador. Es una sociedad viva, con lengua propia, instituciones propias y
memoria histórica. Algo que no encaja bien en el pensamiento inmobiliario
aplicado a la geopolítica.
Cuando Trump reduce Groenlandia a
“un barco danés hace quinientos años”, no solo yerra el dato —ni era danés, ni
hace quinientos años—, sino que convierte mil años de historia en una
caricatura televisiva. Es la misma lógica que permitiría cuestionar cualquier
frontera que no haya sido dibujada esta misma mañana con rotulador permanente.
La ironía final es que Estados
Unidos, el país desde el que se pronuncian estas frases, es uno de los ejemplos
más claros de continuidad colonial: llegada europea, desplazamiento indígena,
construcción estatal y legitimación posterior. No es una acusación moral; es un
hecho histórico. Y precisamente por eso resulta tan llamativo que el argumento
se use contra Groenlandia, un territorio donde el proceso fue más torpe, más
discontinuo y, en algunos aspectos, menos brutal.
Como Thule en los tebeos del Capitán Trueno, Groenlandia sigue estando en el borde del mapa mental de muchos. Pero convendría recordar que, en ese borde, la historia no se deja resumir sin pelear. Y que, a veces, el hielo conserva mejor la memoria que la televisión.
