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jueves, 22 de enero de 2026

CÓMO GROENLANDIA ACABÓ SIENDO DANESA (Y POR QUÉ TRUMP NO ENTENDIÓ NADA)

 

Ricard Ferrandiz: El capitán Trueno y Sigrid se casan.

Groenlandia me ha llamado desde que era niño y leía los tebeos del Capitán Trueno. Me fascinaba la bella y elegante Sigrid, la amada del Capitán, que no era una princesa ornamental sino reina de Thule, un reino del norte remoto y helado donde los hombres hablaban poco, cumplían su palabra y no parecían especialmente interesados en conquistar el mundo. Como suele ocurrir con los mitos infantiles bien asentados, un día quise saber más. Así que recurrí a la enciclopedia Espasa, ese Google en papel que exigía bíceps y paciencia, y busqué Thule. Descubrí entonces que no era solo un escenario de tebeo, sino también un lugar real o casi real: el asentamiento más septentrional del mundo conocido, situado al norte de Groenlandia, allí donde los mapas empiezan a pedir disculpas.

Mi imaginación quedó atrapada para siempre en ese punto del planeta. Y más aún cuando tropecé con la historia de Erik el Rojo, el vikingo que tuvo la brillante idea de llamar Greenland (Tierra Verde) a uno de los mayores pedazos de hielo del hemisferio norte. Lo hizo para atraer colonos y funcionó. Aquello me pareció prodigioso: cambiar la realidad con una palabra. Años después comprendí que esa habilidad —rebautizar el mundo para hacerlo más vendible— no se perdió con los vikingos, sino que ha tenido una larga y próspera descendencia.

Por eso, cuando Donald Trump afirmó en televisión que el hecho de que un barco danés llegara a Groenlandia hace quinientos años no da derecho a poseer la isla, sentí una mezcla de déjà vu y alarma histórica. La frase tiene esa cualidad tan suya de sonar razonable durante tres segundos y luego desplomarse como una silla plegable mal abierta. Porque, con el mismo argumento, cabría preguntarse qué derecho tienen los anglosajones a poseer Estados Unidos, si llegaron a las costas de Nueva Inglaterra hace prácticamente el mismo tiempo, armados de Biblias, escopetas y una extraordinaria fe en que Dios siempre estaba de su lado… inmobiliario.

El problema de ese razonamiento es que no desmonta solo a Dinamarca: haría saltar por los aires medio planeta. América entera, Australia, buena parte de África y Asia quedarían en suspenso jurídico, como si la historia internacional funcionara con tiques de aparcamiento que caducan a los cinco siglos. Pero Trump no hablaba de coherencia histórica; hablaba de propiedad, una palabra muy peligrosa cuando se aplica a territorios, pueblos y milenios.

Para empezar, conviene corregir el dato. Los primeros europeos que llegaron a Groenlandia no eran daneses. Eran noruegos, y llegaron hacia el año 985 empujados por el destierro, la violencia interpersonal y una notable resistencia al frío. Erik el Rojo, nacido en Noruega, fue expulsado primero de su país y luego de Islandia, antes de decidir que siempre quedaba un oeste más lejano al que huir.

Los asentamientos que fundó en Groenlandia fueron colonias noruegas: dependían políticamente del rey de Noruega, pagaban diezmos a la Iglesia noruega y mantenían lazos constantes con Islandia. Dinamarca no pintaba absolutamente nada en ese momento. Groenlandia formaba parte del mundo atlántico noruego, ese arco de islas y costas donde los vikingos sobrevivían más por tozudez que por comodidad.

Otros tipos fascinantes los vikingos, unos tipos fortachones a los que no importaba lucir una hermosa cornamenta. Parte del malentendido moderno procede de imaginar a los vikingos como una franquicia homogénea del tipo Starbucks: todos iguales, todos daneses, todos astados como mihuras, todos con el mismo mapa mental. En realidad, hubo tres grandes áreas vikingas, con rutas y destinos bien distintos.

Los vikingos noruegos miraron al Atlántico: Irlanda, Escocia, Islandia, Groenlandia y, finalmente, América del Norte. Colonizaron islas y costas donde el viento no perdonaba. Los vikingos daneses miraron al sur y al oeste: Inglaterra, Francia, el mar del Norte. Gobernaron, cobraron impuestos y dejaron una huella política duradera. Los vikingos suecos, los varegos, miraron al este: ríos interminables, comercio con Bizancio y el mundo islámico.

Groenlandia pertenece sin discusión al mundo noruego, no al danés. Así que el famoso “barco danés” de Trump no solo llega tarde: llega al sitio equivocado.

Los colonos nórdicos sobrevivieron en Groenlandia durante varios siglos. Luego, desaparecieron. Probablemente por una combinación letal de enfriamiento climático, aislamiento, falta de recursos y mala suerte. Europa miró hacia otro lado y Groenlandia quedó, durante generaciones, como un territorio inuit, habitado por los antepasados de los actuales Kalaallit, expertos en hielo, caza marina y supervivencia extrema.

Y aquí es donde Groenlandia empieza a estropear los discursos coloniales clásicos. No hubo una conquista continua ni una expansión imparable. Hubo llegada, retirada y olvido. Algo muy poco compatible con las narrativas épicas. Dinamarca entró en escena no por exploración heroica, sino por herencia política. En 1380, Noruega y Dinamarca quedaron unidas bajo un mismo monarca. Más tarde se sumó Suecia en la Unión de Kalmar, uno de esos inventos políticos medievales que sobre el papel parecían una gran idea y en la práctica funcionaron como una mesa coja: se mantenía en pie, pero nadie se atrevía a apoyar demasiado peso.

La arquitecta de la Unión fue Margarita I, reina de Dinamarca y una de las figuras políticas más impresionantes de la Europa medieval. Su objetivo era simple y muy sensato: frenar el poder de la Liga Hanseática y de los principados alemanes, que se estaban quedando con el comercio del Báltico como quien se queda con las mejores mesas del restaurante. Unir Escandinavia significaba controlar rutas comerciales, recursos y defensa común, al menos en teoría.

Así que, entre 1397 y 1523, Dinamarca, Noruega y Suecia estuvieron reunidas bajo un mismo monarca. No era un Estado unificado, sino tres reinos distintos con un solo rey. Cada uno conservaba sus leyes, su nobleza y sus problemas, lo cual garantizaba que los problemas se multiplicaran. Groenlandia, como colonia noruega, quedó incluida automáticamente en esa Unión.

En 1523, Gustavo Vasa lideró la ruptura definitiva. Suecia se separó, creó su propio Estado moderno y dejó a Dinamarca y Noruega unidas un par de siglos más. La Unión se disolvió, pero sus efectos duraron siglos: explica rivalidades, guerras posteriores y, sobre todo, por qué Dinamarca heredó territorios noruegos como Groenlandia, Islandia y las Feroe.

Cuando en 1814 Dinamarca perdió Noruega tras las guerras napoleónicas, conservó Groenlandia, Islandia y las Feroe. No por capricho, sino por tratados internacionales. A partir de entonces, Groenlandia fue danesa por continuidad legal, no por desembarco reciente ni por entusiasmo imperial.

Durante los siglos XVIII y XIX, Dinamarca recolonizó Groenlandia de forma lenta, administrativa y relativamente silenciosa. Fue colonia, luego provincia, y finalmente territorio autónomo. Hoy, Groenlandia gobierna casi todos sus asuntos internos y mantiene un debate abierto sobre su independencia futura.

No es un botín olvidado esperando comprador. Es una sociedad viva, con lengua propia, instituciones propias y memoria histórica. Algo que no encaja bien en el pensamiento inmobiliario aplicado a la geopolítica.

Cuando Trump reduce Groenlandia a “un barco danés hace quinientos años”, no solo yerra el dato —ni era danés, ni hace quinientos años—, sino que convierte mil años de historia en una caricatura televisiva. Es la misma lógica que permitiría cuestionar cualquier frontera que no haya sido dibujada esta misma mañana con rotulador permanente.

La ironía final es que Estados Unidos, el país desde el que se pronuncian estas frases, es uno de los ejemplos más claros de continuidad colonial: llegada europea, desplazamiento indígena, construcción estatal y legitimación posterior. No es una acusación moral; es un hecho histórico. Y precisamente por eso resulta tan llamativo que el argumento se use contra Groenlandia, un territorio donde el proceso fue más torpe, más discontinuo y, en algunos aspectos, menos brutal.

Como Thule en los tebeos del Capitán Trueno, Groenlandia sigue estando en el borde del mapa mental de muchos. Pero convendría recordar que, en ese borde, la historia no se deja resumir sin pelear. Y que, a veces, el hielo conserva mejor la memoria que la televisión.